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La verdad en la democracia

La democracia liberal, el sistema de gobierno que creció y maduro luego de la Segunda Guerra mundial, ha sido una alternativa no solo a los totalitarismos derrotados en 1945 (con la excepción de la Rusia de Stalin que caería en 1989) sino también, ha sido la forma libertaria contraria a las monarquías decadentes de principios de siglo veinte. Monarquías o sistemas autocráticos europeos que tuvieron, en el caudillismo latinoamericano, imitadores que usaban el término de“popular” para la democracia pero sin un contenido real. O dicho de manera mas directa: lo popular era sinonimo de populismo “anti-liberal,” estado omnicomprensivo. Eran democracias resentidas del termino liberal por considerarlo cómplice de la explotación del pueblo.

La propuesta de la democracia liberal era, no obstante, inequívoca. Por un lado, tenia un aspecto formal, de procedimiento. Lo “democrático” se presentaba como una forma de gobierno en la que los administradores de la cosa pública debían seguir la forma de ser votados por la mayoría. Lo “liberal” se encarnaba en la posibilidad de que esa voluntad – no ya la de un súbdito sino de un ciudadano – se ejerciera sin coerción, ajenas a las limitaciones del mismo Estado, de la raza, clase, o de una ideología única. Así, en la democracia liberal, las decisiones populares se tomarían a través de la deliberación, del debate razonable y razonado; y donde la mayoría de las mismas, en la medida de lo posible, serian fruto de un consenso.

La idea de esta formalidad ha sido indudablemente provechosa: no más a los privilegios de grupos. Cada ciudadano posee así el mismo derecho y dignidad de ser escuchado y respetado. Nadie es más que nadie. Es que sin ese sentido de igualdad y del debate razonable, no habría más que una falsificación de lo humano. Es por eso por lo que la democracia liberal se acopla con la idea de república que requiere, para ser tal, la coparticipación de todos en igualdad como también– se debe insistir en esto – la razonabilidad de las políticas publicas. El todos del demos libre, exige, el querer ser parte del todo, de la cosa pública.

Este era, y aún es, el aspecto formal, procedimental, de la democracia.

Pero esta otro aspecto: el de la verdad sustantiva de los valores encarnados en los procedimientos democráticos. La democracia, y la política como quehacer de normas que indican como se debe organizar una sociedad, no es indiferente a la verdad. La democracia supone y asume ciertos principios que asumen verdades. Fijese el lector : la misma pretensión que afirma que ella misma, la democracia como sistema político, es más verdadera que otros sistemas autoritarios pues su correspondencia a la condición humana de libertad y razonabilidad es evidente, casi no necesita demostración. Si lo que obra el ser humano, lo hace razonablemente y lo ejerce con libertad, entonces, es obvio que el sistema verdadero es la democracia.

De ahi se colige que si esta verdad o los principios enunciados por la democracia se relativizan , la democracia se debilita y oscurece, atenta contra sí misma. La protección que la democracia liberal hace de las expresiones propiamente humanas, la de hablar, transitar, manifestar lo que piensa, la de no ser coaccionado por su forma de pensar o, forzado para creer una verdad oficial, son principios cuya evidencia no debe arriesgarse. Sin ellos, el ser humano, como agente mismo de la política, corre el riesgo de negarse a si mismo.

Este ha sido el aspecto sustantivo de la democracia, dimensión que, precisamente, esta en crisis.

Lo “sustantivo” de la democracia se ha quedado vacío. La democracia parece querer ser hoy la “agnóstica” – la que no pregona ninguna idea de bien objetivo. La que no esta segura si existe una noción clara de lo que es un ser humano. La que no se arriesga en afirmar valores permanentes, y mucho menos objetivos que sirvan de criterio o confieran legitimidad a lo democrático. Se pretende que las formas solas de mayoría, independientemente de lo que estas mayorías crea, serian suficientes. La democracia liberal se torna así vacía, deslizándose lentamente en el sopor de la pasividad, la desgana, y formalidad del procedimiento, hacia un totalitarismo “blando.” Esta es la decadencia de Occidente hoy.Decadencia que implica una democracia incapaz de plantear valores objetivos para contrarrestar a los fundamentalismos actuales que nacen precisamente de ese deseo de verdad pero negando a la libertad e imponiéndola por la fuerza.

Repito para concluir: solo en la recuperación de la verdad de la democracia liberal republicana – la de la ley, la razón, la dignidad de la vida – y no en la propuesta pseudoprogresita de un democratismo relativista procedimental, la democracia podrá ser eficaz, como sistema y forma de vida, contra la barbarie y la violencia irracional. Sin eso – lo había expresado la semana pasada ante el ataque terrorista en París – sólo nos quedara la respuesta del poder y la fuerza ante la barbarie, olvidando que solo un sentido pleno a la vida (y la verdad) sera el mejor antídoto a la gran crisis política y espiritual que estamos atravesando.

Por Mario Ramos-Reyes

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