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La memoria histórica

No estoy muy seguro de que pueda existir una memoria que no sea histórica, ya que no se puede tener memoria de algo que no haya ocurrido. Ahora bien, lo que pensemos en torno a ese hecho, eso es lo que hace a la historia, ya que con frecuencia las opiniones no suelen ser las mismas. Lo curioso es que la fórmula “memoria histórica”, se ha convertido en una manera breve de referirse al recuerdo de las atrocidades cometidas por gobiernos dictatoriales.

El viernes pasado se cumplieron cuarenta años de la muerte del “caudillo” Francisco Franco, casi tantos años como los que el tiranizó este país. Después de una larga y atroz agonía, responsable de una persecución implacable a sus enemigos a los que intentó aniquilar en los paredones de fusilamiento, murió en su cama cubierto con el manto de la Virgen del Pilar y abrazado al brazo momificado de Santa Teresa de Jesús. La fecha fue recordada con profusión de artículos en la prensa de toda España, encarándose el tema de acuerdo a la tendencia de la publicación. Cuarenta años después la figura del “generalísimo” sigue estando presente en la vida cotidiana de los españoles a pesar de los esfuerzos que se han hecho, y se siguen haciendo, por borrar sus huellas dejadas en el nomenclátor de las calles de ciudades y pueblos, en los monumentos, en el gigantesco arco del triunfo que le da la bienvenida a quienes entran a Madrid por el acceso noroeste o el famoso Valle de los Caídos que fue levantado, según se explicó en su momento, como símbolo de la reconciliación de todos los españoles pero que quedó como el gran monumento a la memoria de Franco. Aquí en Salamanca queda su perfil en altorrelieve en la Plaza Mayor y numerosos edificios, incluso algunos pertenecientes al Patrimonio, como Casa de las Conchas, lucen lo que se llama el “escudo preconstitucional”. Hasta hora, los concejales municipales no se han atrevido ni siquiera a insinuar que tales símbolos deben ser retirados. Es como si en Alemania algunos edificios públicos siguieran luciendo la cruz gamada, o “svastica”.

Traigo a colación el tema porque todo lo que se hizo en torno a rememorar aquel 20 de noviembre de 1975 me pareció un calco de la actitud que se tiene en Paraguay en torno a la desdichada dictadura (1947-1989) y a uno de sus fatídicos representantes: Alfredo Stroessner. Incluso los argumentos que utilizan algunos para tratar de justificar el infausto periodo, son idénticos. El historiador español, Julián Casanova, uno de los más prestigiosos historiadores contemporáneos, entrevistado por la revista “Leer“, dijo que “es difícil sacar la conclusión de que las dictaduras como la de Franco –o como la de Stalin– fueron positivas, modernizadoras, y trajeron grandes beneficios para la población, olvidando los grandes costes sociales –y la violencia no fue el menor–. Stalin decía que había encontrado a Rusia con el arado romano y la había dejado con la bomba atómica, para subrayar el gran cambio que él había propiciado. ¿Jugamos a eso? Es el mismo argumento que puede defenderse con Franco. ¿Le damos importancia a que se aplicara la tortura sistemáticamente y la pena de muerte hasta el último momento? ¿Lo situamos en un contexto más amplio o cedemos ante ese famoso argumento sobre la modernización y la prosperidad desde los 60?” Y finaliza la entrevista con una frase que no deja de ser dramática: “Me consternaría que se pusiera en marcha literatura histórica de rehabilitación del franquismo”.

Quienes vivimos durante los años de la dictadura, este argumento de la “modernización“, de la “paz” y la “prosperidad” nos resulta enteramente familiar y hasta el momento nadie salió a poner en evidencia las mentiras de aquella propaganda que nos llevaba hasta el hartazgo sobre la construcción de rutas abiertas en todo el país, cuando Uruguay, que tiene menos de la mitad de habitantes que Paraguay, posee cuatro veces más de kilómetros por habitantes, de rutas.

Leo que se ha creado una comisión para buscar a los centenares de desaparecidos durante aquella época nefasta de la dictadura. Veintiséis años después de haber sido derrocada, vamos a ponernos a buscar a nuestros muertos. No critico sus objetivos, solo critico el tiempo que hemos dejado pasar para iniciar una labor que tendría que haber comenzado el 3 de febrero de 1989 a la mañana. Por el momento, no está demás aprovechar la experiencia ajena, la de los españoles enfrentados a su pasado para enfrentarnos nosotros con una de las etapas más ignominiosas de nuestra historia.

Por Jesús Ruiz Nestosa

 

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