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“¿Arde París?”

La tragedia del viernes 13, en París, dio con fuerza en el corazón de la humanidad, acostumbrada a tantas locuras. Apenas saltó la noticia cayó un silencio planetario a la espera, o con la esperanza, de que se tratase de una pesadilla. Pronto se supo que no lo era. Llovían las informaciones que daban la certeza de que un grupo humano –o subhumano– había decidido matar a la mayor cantidad posible de personas.

En la celebrada novela de no ficción, “¿Arde París?”, Dominique Lapierre y Larry Collins cuentan la orden que Hitler había dado al comandante de la fuerza de ocupación para hacer volar la identidad artística y cultural de Francia antes de salir corriendo. Frente al avance de las fuerzas aliadas, el dictador preguntaba por teléfono “¿arde París?”. La respuesta fue la civilizada desobediencia del general que tenía que disponer la destrucción de la capital francesa.

Nos imaginamos que el viernes 13 también una pregunta similar habrán escuchado los terroristas en sus móviles mientras ajustaban los detalles para el horror. Esta vez la respuesta no fue la desobediencia civilizada. En varios sitios se atentó contra la identidad y la cultura de Francia: su disposición para recibir a los extranjeros y mostrarles sus incomparables obras artísticas. Muchos de esos extranjeros murieron y otros quedaron gravemente heridos, igual que los franceses.

Conforme se recibían las informaciones, gran parte de la humanidad manifestaba su angustia por las víctimas y sus familiares. Era un dolor sincero merecidamente expresado. Semejante tragedia mueve los hilos más íntimos del alma. Una muchedumbre había caído para siempre golpeada por un acto irracional.

Frente a este hecho pienso en lo enredado del alma humana; en lo selectivo del alma humana. ¿Por qué nos duele tanto una calamidad y no otra semejante? ¿Por qué nos parece que una vida humana es más importante que otra, más valiosa que otra, más digna de dolor que otra?

Desgraciadamente lo del viernes 13 en París se repite a cada momento en otras partes del mundo sin que apenas llame nuestra atención. ¿Cuántos niños, mujeres, ancianos inocentes caen destrozados por las bombas que les llueven desde los aviones rusos, norteamericanos, franceses, israelíes, etc.? ¿Cómo es posible que no nos afecten esas muertes?

Todos los grandes medios de comunicación estuvieron informándonos con detalles, sin parar, de la desgracia parisina. Necesariamente conmovieron nuestra sensibilidad. ¿Y qué información tenemos, por lo menos con la insistencia, los detalles, las imágenes, de los horrores que se dan en Irak, Siria, Afganistán, etc.? En esos y otros países igualmente seres humanos inocentes dejan su vida atrapada también por la locura. Inocentes, sí. Es imposible pensar que las bombas rusas, norteamericanas o francesas caigan exactamente sobre la cabeza de los terroristas. Caen donde sea. Y el donde sea son ciudades y aldeas habitadas por otros seres humanos. Después nos dirán con indiferencia que son “efectos colaterales”. Y para la prensa serán datos estadísticos: “Se ahogaron 320 personas”, “Cuatro aldeas fueron bombardeadas esta mañana”; “Cientos de niños perdieron a sus padres”, etc.

Los que pueden –y son millones– salen corriendo desesperados de esos sitios infernales, apenas con lo puesto, en busca de salvación. Y en esta búsqueda son miles los que dejan su vida en el lecho del mar. Y ahí quedan, lejos de toda compasión. Se entiende, nuestro sentimiento sabe discriminar la vida humana.

La próxima pregunta será: ¿Arde el mundo?

Por Alcibiades González Delvalle

http://www.abc.com.py/edicion-impresa/opinion/arde-paris-1428955.html

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

3 comentarios en ““¿Arde París?”

  1. El terrorismo y el terror

    Si no fuera porque son hechos reales, dolorosamente reales, resultaría imposible imaginarlos para cualquier persona sensata: tomar por asalto un hotel y matar a todo el que no es capaz de recitar de memoria el Corán; entrar en un teatro y disparar indiscriminadamente contra público y artistas; acribillar restaurantes y bares, donde la gente se relaja un viernes a la noche, y finalmente terminar la faena haciéndose explotar uno mismo.

    Tal desprecio por la vida de las personas inocentes y tal desapego de la propia existencia resultan incomprensibles a cualquier lógica inmediata, pero no inexplicables para el análisis histórico. De hecho, se podría decir que lo que en la Edad Media fue una guerra de religiones, con sus cruzadas y sus yihad, se ha transformado hoy en día en un conflicto entre naciones laicas y naciones confesionales.

    Dicen que quienes olvidan o no conocen la historia están condenados a repetirla. El fundamentalismo religioso no conoce la historia, porque la desprecia; las víctimas del terror la olvidan, porque el miedo o la furia, que son sus consecuencias más inmediatas, obnubilan cualquier reflexión.

    Algunas de las lecciones de la historia que hoy es importante no olvidar:

    Que durante gran parte de la Edad Media el mundo islámico fue más próspero y más avanzado que Occidente. Eso ocurrió mientras el mundo árabe fue más tolerante y culto que la Europa medieval, pero cuando dejó de serlo se estancó y empobreció.

    Que a partir de finales del siglo XII, en la etapa que se conoce como Renacimiento, se fue generalizando en la mayor parte de Occidente la separación del poder político y el poder religioso, mientras que, por el contrario, en el mundo musulmán ambos poderes se fueron identificando cada vez más.

    Que Francia es el enemigo principal del integrismo porque es la cuna de la Revolución Francesa, que redefinió la idea de República, consolidó el concepto de Estado laico, instauró una cultura de la tolerancia política y religiosa, fundó y amplió más que ningún otro país el concepto de derechos humanos.

    Que Occidente es más avanzado tecnológicamente y más próspero que los países árabes, en gran medida gracias a esos legados del Renacimiento y de la Revolución Francesa, inimaginables en un Estado teocrático. Por eso aun los países petroleros que son ricos no son prósperos y en ellos el desarrollo no alcanza al ciudadano promedio.

    Que la mayor cantidad de víctimas del integrismo islámico son los propios musulmanes, que son asesinados, torturados, perseguidos, aterrorizados y obligados a huir masivamente de sus propios países. ISIS antes de atacar París arrasó gran parte de Irak y casi toda Siria.

    Por último, que el mal llamado Estado Islámico no es un Estado sino nada más que una banda armada, aunque muy poderosa; porque el terrorismo no construye, solamente destruye; así que puede crear ejércitos, pero carece de los instrumentos para instaurar instituciones. Tampoco es islámico en la medida que la mayor parte de sus víctimas son “hermanos” del Islán.

    François Hollande está haciendo lo que cualquier gobernante está obligado a hacer ante una agresión y una amenaza de tal calibre, pero hay que pensar y hacer algo más, porque no se puede combatir como si fuera un Estado a algo que no es un Estado, ni como a una religión a lo que no es una religión.

    Para vencer al terrorismo lo más importante es liberarse del terror, para pensar con las reglas de la razón y no con las de la violencia.

    Por Rolando Niella

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    Publicado por Anónimo | 11 diciembre, 2015, 07:58
  2. Los verdugos y aliados de la Francia de Hollande

    En 1979, la policía francesa antidisturbios intervino en la toma de la Gran Mezquita de La Meca a manos de Juhayman ibn Muhammad al-Utaybi y doscientos de sus seguidores, quienes protestaban contra la corrupción moral de la familia real saudí y su lectura del islam. La Gran Mezquita es un laberinto de cuevas subterráneas, por lo que el asedio de la policía saudí duró dos semanas, hasta la llegada de los aliados franceses. Estos “inundaron los sótanos de la mezquita y sumergieron cables en el agua, con lo que electrocutaron, a lo Sadam, a muchos de los rebeldes”, cuenta Robert Fisk en La Gran Guerra por la civilización, su voluminoso libro que relata su experiencia de cuatro décadas como reportero en el Oriente Medio.

    Fue también en 1979 que la familia que gobierna con despotismo Arabia Saudí —con apoyo norteamericano y complicidad europea— compró propiedades en las playas de la Costa Azul francesa, en las que hasta hoy veranea. Cuando el rey Salmán está de vacaciones allí, toda una playa se cierra para él y su familia. En julio pasado, interrumpió su presencia por la polémica suscitada por el cierre. Pero eso no pasa de una anécdota. El verdadero acontecimiento es otro: un mes antes de los atentados en París, la Francia de Hollande firmó acuerdos en las áreas de la tecnología y armamentos con el rey Salmán. El primer ministro francés, Manuel Vallas, se hizo acompañar en Riad por veinte empresarios para cerrar acuerdos y posar para la foto con quien es dueño de una pequeña pero privilegiada porción del territorio francés.

    Así como en 1979, la principal ayuda francesa al régimen dinástico saudí —sostenedor ideológico, político y económico del wahabismo que profesan los talibanes, Al-Qaeda y el Estado Islámico— es de índole militar, represiva, no solo al interior de Arabia. La contraparte es para el enriquecimiento de la burguesía empresarial francesa, defensora entusiasta del régimen de Salmán. Si la familia real que ejecuta ochenta personas al año y niega el voto femenino, entre otras cosas, lo necesita, la Francia a la que le da igual votar a Hollande o a Le Pen, siempre está allí para darle una mano.

    Los franceses lloran, al igual que todo el mundo, las muertes en los recientes atentados, mientras Hollande clama por venganza. Ese deseo de sangre, por supuesto, no alcanza a sus aliados saudíes, convenientemente invisibilizados en la trama de acontecimientos que llevaron a la creación y auge del Estado Islámico, tan verdugo este de los muertos parisinos como Arabia Saudí.

    Por Blas Brítez

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    Publicado por Anónimo | 3 diciembre, 2015, 15:01
  3. Terrorismo en París: una visión arbitraria de Dios

    La culpa de todo la tiene la religión. Sin este prejuicio, estaríamos mejor. Divisiones, exclusiones, sin contar las discriminaciones que no son sino expresiones de la religión. Peor, las pretensiones morales de las religiones hacen la vida democrática difícil, casi imposible. Y lo que resulta es imposición, en suma, religión es violencia. Esta es una opinión común. Todo parece un eco de los años sesenta del siglo pasado, del Imagine de John Lennon: “imagina que no hay cielo, es fácil si lo intentas, sin infierno bajo nosotros, encima de nosotros, solo el cielo”.

    Y aún así, en pleno siglo veintiuno, donde al decir del filósofo Lipovetsky, la cultura sacrificial del deber ya ha muerto, y aunque ya hemos entrado en el periodo post-moralista de las democracias – irónicamente– la violencia se torna más brutal, sin un ápice de retroceder. Todo esto no hace sino, de alguna manera, confirmar aquella tenebrosa afirmación de Nietzche de que la religión es un caso de alteración de la personalidad.

    El ataque terrorista en París, más allá de las explicaciones políticas o sociales que pudiera darse del mismo, hinca sus razones en el hecho religioso. Hay una visión de la realidad transcendente que no es ajena a la motivación del crimen. La violencia está relacionada con la visión del misterio de Dios de los terroristas-musulmanes. Esto no es un secreto ni descubrimiento, es una realidad que las democracias occidentales, precisamente por el vacío de toda creencia que confiere lo “post-moral,” no pueden, o no saben cómo, confrontarse a este fenómeno.

    Hace unos años, en el 2006, el entonces papa Ratzinger advirtió este hecho en aquella célebre conferencia en Ratisbona. La que existe un problema de fondo en la visión de Dios del Islam, una visión que lo identifica a una voluntad arbitraria. Ratzinger utilizó un brevísimo diálogo entre un emperador bizantino y un intelectual persa, en donde se cuestiona la novedad de la propuesta de Mahoma como su directiva de difundir por medio de la espada la fe que él predicaba. Y la crítica, según Ratzinger, venía de Manuel II que sostenía que una fe defendida por la violencia es irracional. Dios no es un “objeto” cuya voluntad omnímoda viola –por omnipotente– las leyes de la razón. Dios no puede hacer que un círculo sea cuadrado. Ello sería suponer que Dios crea la realidad de manera irracional, caprichosa. Por el contrario, en consonancia con la fe bíblica y la filosofía griega, Dios es “logos”, es decir, palabra, razón. Y por sobre todo, Dios es caritas, amor.

    Entonces, el mundo islámico se enfureció, por las palabras del entonces pontífice-filosofo, por su implicación de que existe una justificación de la violencia –derivada de aquella visión de Dios– en la tradición del Islam. Pero lo llamativo del caso es que en el mismo Occidente, el lugar de las democracias liberales –que hoy siente en la carne los efectos de dicha irracionalidad–, el argumento de Ratzinger fue calificado de “odioso”, intolerante, que no ayudaba al diálogo. Incluso, al interior de la Iglesia, varios prelados hablaron de la “imprudencia” del Papa alemán en obstruir el diálogo interreligioso.

    Pero Ratzinger tenía y sigue teniendo razón. Las ideas se purifican en el debate, en el ágora, en el intercambio público de las mismas, no prohibiéndolas, no con amenazas, como también hace –muy a menudo– la democracia liberal procedimental en nuestros países occidentales, que no permiten las tesis de un creyente por suponer –prejuiciosamente– que no son “científicas”. Pero, insisto, la cuestión no es el sentido de lo religioso en sí mismo algo propio en toda persona sino el contenido que da respuesta a ese deseo de infinito. En el caso referido, existe un contenido, presuntamente revelado de un Dios que en el Islam es entendido como pura voluntad arbitraria y, por lo tanto, una voluntad que debe ser obedecida sin detenerse en la irracionabilidad de sus mandamientos: la de matar inocentes, si fuera necesario.

    Han habidos monoteísmos en la historia, de eso no cabe duda, que fueron una excusa o pretexto para la intolerancia y la violencia. Es que una religión puede enfermar y llegar a oponerse a la naturaleza más profunda de nuestra humanidad. Pero eso ocurre siempre que el ser humano suponga que él mismo, de manera arbitraria y unilateral, tome en sus manos la causa o el partido de Dios, haciendo así del misterio de ese Dios una voluntad ciega. Pero también es verdad que, el privar al ser humano de los valores propiamente espirituales, el humanismo agnóstico liberal actual, se ha vuelto contra sí mismo, contra la propia democracia, sin las energías necesarias para afirmar ciertos valores contra ese fundamentalismo islamista. Ese es el caso de las democracias europeas (y la americana), donde la libertad religiosa se está agotando ante el avance de un neutralismo secularista legal hostil a toda religión, sin matices. Y así, solo le queda a esas democracias, por el momento, la respuesta del poder y la fuerza ante la barbarie, olvidando que solo un sentido pleno a la vida puede ser el mejor antídoto, a largo plazo, de la gran crisis espiritual que estamos atravesando.

    Mario Ramos-Reyes, filosofo político

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    Publicado por Anónimo | 28 noviembre, 2015, 16:27

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