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“Fin de ciclo”, no solo para el kirchnerismo

Dijimos antes y lo reiteramos ahora. El balotaje a realizarse el próximo 22 de noviembre en la Argentina marca un “final de ciclo”. Independiente de quien resulte triunfador, si el oficialista Daniel Scioli o Mauricio Macri, representante de la oposición. El primero expresa al segmento conservador del peronismo, mientras que el segundo a la derecha de carácter ultra liberal. Pero lo concreto es que el 10 de diciembre, cuando asuma el nuevo mandatario, no solo se va de la Casa Rosada Cristina Fernández de Kirchner, sino también el modelo inaugurado por su marido Néstor, completamente agotado después de 12 años. El escenario del vecino país ya es distinto, Se acabó la grasa acumulada durante varios años y sea con Daniel o con Mauricio, los argentinos deberán ajustarse los cinturones en un futuro próximo.

El kirchnerismo agita el fantasma del neoliberalismo y proclama el retorno del menemismo de la mano del candidato opositor. Una época que, por cierto, representó la peor pesadilla para las clases populares en muchos años. Al mismo tiempo, hace el mayor de los esfuerzos por “embellecer” a su presidenciable, presentándolo como si fuera un auténtico “redentor de las causas sociales”. Mientras, la oposición desarrolla un discurso supuestamente inclusivo, muy aperturista y jura que no habrá ajustes en una eventual presidencia de Macri. Pero la verdad es que ambos, a juzgar por sus trayectorias, bailarán muy pronto al ritmo de la musiquita que le pongan los grandes capitales, las corporaciones mediáticas a estos asociados y los organismos financieros internacionales. Es más, al decir de Mario Eduardo Firmenich, exlíder de la organización guerrillera Montoneros, es muy probable que terminen celebrando un pacto político, para poder dar inicio a un “nuevo ciclo”.

La situación política que ha dejado la primera vuelta y el balotaje del 22N son las manifestaciones del “fin de ciclo”, no sólo por la composición conservadora y derechista de los candidatos en disputa, sino también por el hecho mismo de que el “macrismo” logró acorralar al oficialismo, al que le despojó de los votos de un segmento de los trabajadores y sectores populares, lo cual hasta no hace mucho era algo directamente impensable. Y es que desde hace al menos un par de años, en la Argentina “el horno no está para bollos” y comenzó un retroceso en las capas sociales que antes habían sido beneficiadas por numerosos programas del gobierno.

El “fin de ciclo” del kirchnerismo, en realidad no se limita solamente a esta organización política en particular. No es solo un fenómeno nacional, ni resultado de un proceso electoral. Es un proceso de carácter regional, que tiene su mayor grado de descomposición en Venezuela, ya golpeó con fuerza las puertas del Brasil e, irremediablemente, más temprano que tarde hará lo propio en el Ecuador y Bolivia.

En estos países habían irrumpido hace poco más de una década gobiernos de centro izquierda, de contenidos populistas, como respuesta a la destrucción de sus estructuras productivas a las que los había sometido el neoliberalismo, con trágicas consecuencias sociales. Hasta en nuestro  país hubo algo parecido, durante el breve gobierno de Fernando Lugo. Todos ellos tuvieron la oportunidad de construir un modelo distinto, para ir hacia adelante, para que la  sociedad evolucione y los pueblos tengan una mejor vida que sea sustentable, pero sacaron del baúl de la historia algunas viejas recetas que en América Latina ya se aplicaron y también fracasaron a mediados del siglo pasado.

No aprendieron de anteriores experiencias y ahora se están retirando, fuertemente cuestionados por aquellos a quienes supuestamente representaban, es decir, los propios trabajadores.

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

2 comentarios en ““Fin de ciclo”, no solo para el kirchnerismo

  1. Campana de salida

    Las elecciones en la Argentina y la grave crisis del Brasil nos muestran que las dos locomotoras de los procesos de integración política y económica de América Latina dejan ver claros signos de agotamiento y cambio. Con el triunfo de Macri toda la historia de acuerdos y conveniencias con Venezuela cambiarán de manera drástica al punto que el mandatario electo de Argentina ya afirmó que pedirá en la reunión del Mercosur en Asunción que se aplique la cláusula democrática a este país caribeño por las abiertas transgresiones contra opositores y medios de comunicación.

    Ya no estarán los Kirchners para defenderlos y que tanto recibieron y dieron a la Venezuela de Chávez primero y de Maduro después. Este tendrá una parada difícil en la primera semana de diciembre cuando se escojan nuevos miembros del Congreso. Le queda aceptar los resultados contrarios o construir un tinglado de fraude que lo aísle aún más. Los gobiernos de fachada democrática están de salida. La gente está harta de la confrontación y de la división. De los insultos y de los agravios, mientras la misma gente receptora de sus políticas de subsidios no pueden salir a la calle por la inseguridad reinante. ¿De qué le sirve a ciudadano un mendrugo si los sitios marginales donde habita están invadidos de droga, delincuencia y violencia? La vida no vale nada en muchos de estos países y para eso no hace falta más que sumar los 54 mil asesinados por año en Brasil, más los 22 mil de Venezuela y los casi 15 mil de la Argentina. Entre los tres suman más muertos por año que los que se dan en Kabul, Damasco o Bagdad.

    La campana de salida ha comenzado a sonar y las urnas hablaron en la Argentina el domingo. No será fácil ordenar la casa para un Macri que enfrentará severas resistencias del statu quo. El mandato que recibe es claro: cambiar. Su movimiento lo conjuga en un plural complejo donde están los de la Unión Cívica Radical hasta los comunistas. Del otro lado, un peronismo siempre dispuesto a tomar las riendas luego de que otro gobierno fracasara luego de ordenar las cosas. Un ciclo perverso y brutal que ha dejado a la Argentina en las condiciones actuales luego de haber sido uno de los 10 países más ricos del planeta a inicios del siglo XX. Veremos cómo funciona la alianza con un congreso en contra, con una economía en recesión, inflación alta e inseguridad igual. La gente no tiene mucha paciencia ni espera como antes. Macri deberá impactar en sus primeras medidas a partir del 10 de diciembre. 12 años de un mismo gobierno han dejado tan mal las cosas que al que viene le costará resolver el desaguisado que le han montado.

    En Brasil siguen esperando que se debilite más Dilma y que la corrupción involucre a sus críticos, de manera que el grito de “que se vayan todos” incluya a los que impulsan el juicio político de la mandataria por los escándalos de Petrobras y otras empresas. El tono del discurso confrontacional ha perdido valor y todos hablan de diálogo y de consenso. Buscan a líderes con ese perfil incluso dentro de estos partidos que administraron por una década el mayor ingreso de recursos por el boom de las materias primas. Es de nuevo una década perdida en chapucerías e insultos. Hoy no tenemos instituciones ni capacidad de hacer frente a la realidad con otras virtudes que no sean aquellas tendientes al autoritarismo y la exclusión.

    No podrán sumar los que restaron y dividieron. Y la realidad que construyeron es hoy insostenible para todos. No tienen capacidad tampoco para pedir disculpas, eso es debilidad y no están dispuestos a conceder nada que se le parezca. Quieren imponer una realidad que no existe y ese es el comienzo del final. Del campanazo que ponga fin a un combate que se perdió desde el inicio.

    Benjamín Fernández Bogado

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    Publicado por Anónimo | 28 noviembre, 2015, 16:21
  2. Macri y el fin del populismo en Argentina

    La victoria de Mauricio Macri en Argentina es el triunfo del sentido común sobre el discurso crispado y fallido de las emociones. Es, también, el arribo de la modernidad y el entierro de una etapa populista que debió desaparecer hace mucho tiempo.

    Hay una exitosa manera de gobernar. Es la que se emplea en las 25 naciones punteras del planeta, donde debiera estar Argentina, donde estuvo en el primer cuarto del siglo XX. La esperanza de todos es que Macri encamine al país en ese rumbo.

    ¿Cuáles son esas naciones? Las que consignan todos los manuales rigurosos, desde el Índice de desarrollo humano que publica Naciones Unidas hasta el Doing Business del Banco Mundial, pasando por Transparencia Internacional. Son una veintena de compilaciones y da igual cómo se crucen: a la cabeza siempre comparecen los mismos.

    ¿Cuáles? Los sospechosos habituales: Noruega, Inglaterra, Suiza, Canadá, Alemania, Estados Unidos, Holanda, Dinamarca, Japón, y el consabido etcétera. ¿Cómo lo hacen? Con una mezcla de respeto a la ley, reglas claras, fortaleza institucional, mercado, apertura comercial, razonable honradez administrativa, buen nivel educativo, innovaciones, competencia, productividad y, sobre todo, confianza.

    A veces los gobiernos son liberales, democristianos o socialdemócratas. A veces se combinan en coaliciones. Pese a las disputas, todos forman parte de la extendida familia de la democracia liberal. Lo que suelen discutir en las elecciones no es la forma en que se relacionan la sociedad y el Estado, sino el monto de la presión fiscal y la fórmula distributiva del gasto social. No se juegan en las urnas el modelo económico sobre el que descansa el aparato productivo ni el modelo político que organiza la convivencia y garantiza las libertades. En eso están de acuerdo.

    Son naciones, en fin, sedadas, sin sobresaltos, sin ruido de sables ni rumores de caos, maravillosamente aburridas, en las que las voces antisistema son demasiado débiles para tomarlas en cuenta, y en las que se pueden hacer planes a largo plazo porque es muy difícil que la moneda pierda su valor súbitamente o que el gobierno te secuestre los ahorros en un infame e ilegal corralito.

    Eso no quiere decir que no surjan crisis y burbujas especulativas, o que algunos, como Grecia, hagan trampas y haya que sacarles las castañas del fuego. Claro que ocurren, pero se superan y la economía se recupera sin que se rompa el juego democrático. Son los ciclos inevitables que se producen en los mercados libres en los que la codicia, cada cierto tiempo, distancia a compradores y vendedores. Las naciones punteras han aprendido a superarlos y seguir adelante.

    Todos esperan que Mauricio Macri se desplace en esa misma dirección por el bien de los argentinos, pero tratándose del país mayor y mejor instruido de América Latina, puede aventurarse que su triunfo va a tener notables consecuencias en todo el continente. Por lo pronto, es muy importante que Argentina haya abandonado la deriva chavista en que la introdujo el kirchnerismo.

    El triunfo de Macri va a repercutir en las elecciones venezolanas del 6 de diciembre próximo, a las que la oposición democrática llegará con la certeza de que tiene un nuevo y valioso amigo que se negará a convalidar el fraude que prepara Maduro, y mucho menos la opresiva Junta Cívico-Militar con la que ha amenazado si las urnas le son adversas.

    Va a tener efectos sobre el panorama electoral brasileño, fortaleciendo a las fuerzas de centro derecha que se oponen a Lula; y sobre el chileno, cuando la señora Bachelet, cuya popularidad está en el suelo, convoque a unas nuevas elecciones en las que no podrá ser candidata.

    No solo Mauricio Macri, como acertadamente señala Joaquín Morales Solá en La Nación, es la expresión del relevo generacional que el país necesita, con hombres y mujeres que no sufrieron el trauma de la dictadura militar ni la barbarie guerrillera de la oposición armada, sino puede ser quien encabece en América Latina la lucha por la democracia y las libertades. Alguien que conduzca al país a ese siglo XXI que empezó hace casi 16 años, y lo saque del viejo pantano populista en el que lo atascó el peronismo hace muchas décadas.

    Pocos gobernantes han comenzado su mandato con tantas ilusiones nacionales e internacionales puestas en su gestión. Tiene un gran país que merece a un gran presidente.

    Por Carlos Alberto Montaner (*)

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    Publicado por Anónimo | 28 noviembre, 2015, 16:20

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