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Los derechos contra lo humano

Confieso que al oírlo me llamó la atención. Una persona estaba siendo entrevistada en un canal de televisión americano y se quejaba amargamente de que a una señora embarazada no se le había atendido en un hospital donde había acudido para exigir un aborto. Pero lo más llamativo del caso es que, la entrevistada, estaba enojada, no tanto por el hecho quirúrgico negado, sino por la violación de los médicos –según decía– del juramento hipocrático. La pretensión de la airada ciudadana seguía cierta lógica, no obstante. Se daba cuenta de que, por ser dicho hospital administrado por una diócesis de la fe católica, no se podrían practicar abortos pero que, no obstante, al negarse a hacerlo, violaban el juramento que hicieron al graduarse. Y eso era, para la ciudadana, inaceptable. Me costó unos minutos darme cuenta qué era aquello que no me “cerraba” del reclamo: si el negarse al procedimiento autorizado por la ley o, al juramento hipocrático. O ambas cosas.

El juramento hipocrático –finalmente me dije– casi sorprendido. Claro, la señora había supuesto que dicho juramento era exclusivamente “profesional”, para decirlo de alguna manera. Pero no. Hipócrates, –respetuoso de la naturaleza– como buen conocedor de sus antecesores, los filósofos presocráticos –allá por el siglo V antes de Cristo– buscaba la armonía y la vida de la naturaleza, no su muerte. Así el aborto o abortifacientes estaban expresamente prohibidos en su juramento. Bombardeado por una cultura que mira los hechos desde el prisma de los “nuevos derechos” y así reescribiendo toda la realidad, ahora se nos hace creer como el caso de esta ciudadana –me dije– que el juramento hipocrático no tenía contenido moral, y que el padre de la medicina tenía una visión puramente mecánica de la vida.

La realidad es que eso no es así. La medicina, para Hipócrates y para los que creemos en la persona humana, no se reduce a una ciencia mecánica, sino que es arte o tecne al decir de los griegos: es el arte de aplicar principios o verdades científicas a un paciente singular que posee una dignidad intrínseca. El arte de diagnosticar una situación concreta, de cuidar a una vida que debe ser curada o al menos aliviada de su enfermedad, nunca interrumpida o eliminada. Una vida que es un quién y no un qué.

Pero existe otro aspecto en nuestro tiempo. El juramento hipocrático –lamentablemente– está casi abandonado. Los nuevos “derechos” –aborto y eutanasia– lo rechazan calificándolo como a una serie de prescripciones fuera de la realidad, discriminatorias. Es así como la democracia liberal actual, la de meros procedimientos –sin contenido sustantivo de la persona– invoca la autonomía de los pacientes a tal punto que, un profesional médico, no puede “zafarse” de realizar un derecho querido por el paciente pero rechazado por el mismo: la muerte asistida, el aborto deseado como también, las terapias con células madres embrionarias. No hay juramento hipocrático que valga. Es que, se argumenta, si dichos derechos son conferidos al paciente, entonces no habría más remedio que facilitarle su voluntad. Para eso, se afirma, una persona tiene servicios de salud. La situación es clara, trágica: los derechos contra la persona, pero derechos al fin.

Sólo queda un último recurso a los doctores o profesionales de la salud a negarse a participar en proveer tales derechos: el pequeño espacio para ejercer la objeción de conciencia. Conciencia no meramente sentimental o subjetiva, sino conciencia como juicio que se forma al confrontar con la realidad del paciente, la propia historia, y la experiencia y creencias del médico. Una conciencia que no es terquedad sino juicio fiel a los principios más íntimos.

Pero ese espacio para la conciencia se va cerrando poco a poco. Los derechos del Estado lo van presionando poco a poco. En Estados Unidos los médicos están protegidos si no quieren participar en abortos o suicidio asistido. Pero en algunos cuerpos colegiados, se muestran disconformes en hacer dicha concesión. Hace ya unos años, en el 2007, el Colegio de Obstetras y Ginecología de EEUU, publicó una opinión del comité de ética del mismo que hablaba de la “intolerancia” del juramento hipocrático sosteniendo, entre otras cosas, que la objeción de conciencia debe limitarse, sobre todo si la misma constituye una imposición religiosa –por parte del médico– en los pacientes. En Canadá, en la provincia de Quebec, ya no existe protección a la conciencia en cuestiones de suicidio asistido desde el 2014.

La conclusión es clara: los derechos “positivos” (desde el aborto hasta el cambio de sexo) conferidos a los pacientes por varias legislaciones de la democracia liberal contemporánea –lo de “liberal” suena irónico realmente– es cuasi absoluta. La pretensión es clara, inequívoca: no hay objeción de conciencia cuando lo que está “en riesgo” son los derechos reproductivos. Y sobre todo, cuando el objetor lo hace invocando creencias religiosas. El arte médico se convierte así en brazo auxiliar del poder del estado laicista con una visión determinada de lo que es el ser humano: la vida como valor instrumental. ¿Qué espacio queda para profesionales que quieran reconciliar ciencia con moralidad, o su ciencia con las exigencias de su fe? Muy poco: cambiar de especialidad talvez si están a tiempo, abandonar medicina y dedicarse a otros menesteres. Es que el mismo Hipócrates hoy sería catalogado de discriminar a pacientes no dándoles la atención de la que ellos son “merecedores” por los “nuevos” derechos.

Mario Ramos-Reyes

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