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terrenal

Fin del sistema

Ni los grandes nombres de la historia política pudieron resolver el agotamiento que generan los largos periodos de gobierno. Con ciertas ínfulas y cinismo algunos decían que “el poder desgasta solo al que no lo tiene”. Sin embargo, Adenauer, De Gaulle, Kohl o Felipe González asumieron, cuando dejaron el control del gobierno, que, de manera silenciosa pero efectiva, el poder corroe y se deja corroer con el paso de los años. Uno de ellos me comentó que solo se gobierna con entusiasmo y mística en los primeros cinco años, los siguientes son para cuidarse de que el equipo de gobierno no cometa fallas que lleven a perder el control.

Muchos de nuestros gobernantes están llegando al límite con claros signos de agotamiento producidos por la pérdida de sintonía con la gente por un lado, aislamiento de la realidad por el otro y una situación económica nueva que dejó el viento de cola para colocarse frente a la nave que va perdiendo altura y fuerza. Quedan solo dos cosas que hacer ante esto, una de carácter casi imposible: reconocer la realidad y generar un cambio profundo en la forma y fondo de gobernar. Ir contra la manera que se lideró confrontando, dividiendo y persiguiendo para sustituirlo por otro que dialogue, reconozca debilidades y genere consensos, y eso no es fácil. Diría imposible, porque no ha habido líderes mundiales que lo hagan. Generalmente solo el electorado cansado y harto, como en la Argentina o el NO contra Pinochet, se encarga de decirle al gobernante el lugar de la puerta de salida. Lo otro es morir con las mismas botas autoritarias, desgastando a todo el equipo y deteriorando lo más importante: las escasas conquistas conseguidas. El país solo cuenta el momento del final de quien proclamando lo nuevo terminó convertido en lo viejo del que todos desean deshacerse, incluso aquellos que llenan de elogios al gobernante de ocasión.

La realidad se impone y el sistema muestra claros signos de agotamiento, como las piezas de un avión sometidas al viento, lluvia, nieve o calores intensos, que requieren un mantenimiento profundo en tierra que pueda asegurar un viaje seguro para todos. Los gobernantes generalmente no quieren reconocer eso y pretenden arreglar el avión en vuelo, que es cuando más posibilidades de capotar tiene la nave. La locura del gobernar, de creerse inmune e impune a cualquier circunstancia domina al capitán de la nave, que cuando más cerca está su final más grita, amenaza, divide y confronta. Es como si supiera el final, al que pretende espantar con cadenas nacionales, imprecaciones e insultos. Es ahí cuando el final de esta historia está más cerca.

Como las instituciones solo funcionaban de fachada, ellas no pueden corregir el rumbo de la nave y solo les queda el mismo final del presidente o comandante y su tripulación. Cuando se trata de que el congreso se deshaga del mandatario o mandataria, afirman que es una forma de golpe de Estado suave o a la paraguaya, o cuando el poder judicial en esos raros raptos de buen funcionamiento comienza a llamar a los protagonistas del poder y de la corrupción buscan por todos los medios desacreditarlos primero y forzar su salida después. No entienden la lógica natural del agotamiento del sistema.

Los claros signos de agotamiento se sienten en todos los niveles, pero donde más es en el entorno del mismo mandatario, cada vez más deseoso de apoyos falsos de sus cortesanos que no logran poder apartarse del sino al que les lleva el agotamiento del sistema. El poder esa veleta tan difícil de manejar se mece una y otra vez ante cualquier viento que la hace chirriar y manifestar su herrumbre y desgaste.

En estos momentos los que pueden entender esta realidad desde el poder buscan afanosamente el lugar de caída de la nave que genere el menor costo posible, pero claramente nadie se anima a decirle al comandante que el avión ha perdido parte de la cola y el combustible se agota.

Por Benjamin Fernandez Bogado

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arquitecto jubilado, hoy "hurgador" de la filosofía de vida, de las cosas cotidianas y trascendentes.

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