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Los difuntos queridos

El 2 de noviembre es Día de los Fieles Difuntos. Lo establecen el Pintoresco Almanaque Brístol y otros textos sagrados. Es una conmemoración de origen medieval que los colonizadores ibéricos trajeron a América, donde se acomodó fácilmente, ya que la mayoría de los indígenas poseían cultos a los ancestros. Los guaraníes, por ejemplo, daban a los lugares de inhumación de sus parientes la mayor categoría de sacralidad. Los misioneros supieron aprovechar muy bien este sentimiento para afincarlos en las reducciones, luego de instalar allí los camposantos.

El padre del Techo cuenta que: “en los aniversarios de la muerte de sus parientes tenían lugar otras borracheras. Los invitados acudían, y colocados en larga fila ofrecían al anfitrión un avestruz, que era llevado sobre la cabeza por una hermosa doncella. Tres días duraban los banquetes funerales, y al cabo de ellos era preciso derramar lágrimas forzadas por espacio de una hora, a las que se sucedían risas, bailes y embriagueces”.

Por cierto, las “risas, bailes y embriagueces” indígenas entroncaron muy bien con la tradición católica del novenario, originalmente tomada de la grecolatina, que señalaba nueve días de duelo por sus muertos. Los cristianos medievales creían que los fieles difuntos ascendían al cielo o iban al infierno al noveno día del fallecimiento, orando durante ese lapso para favorecer la primera chance. Al cabo del novenario, el supuesto éxito obtenido se celebraba con banquetes y libaciones. Desde los griegos clásicos hasta la “novena paha” paraguaya, como se ve, no hubo sino matices de diferencia.

El provincial Lupercio de Zurbano relata: “Los padres (jesuitas) cayeron en cuenta de que varios indios bautizados llevaban consigo, supersticiosamente, los restos de sus antepasados y de algunos caciques jefes de su tribu. Fueron a ellos los padres y primero les hablaron buenamente, ganándoles la voluntad con regalillos, para persuadirlos a entregar a la sepultura esos huesos según la costumbre de los cristianos. No les hicieron caso. No quedó más remedio que mandar se les sacasen por fuerza de su escondrijo debajo de las camas y se los sepultase a deshora de la noche, sin testigos, para que no los volviesen a sacar”.

Acudir a los cementerios el 2 de noviembre con almuerzos, flores y otros homenajes entronca con tradiciones clásicas e indígenas, según se vio, haciendo parte de venerables costumbres que consolidan la familia y que actualmente van declinando penosamente, al mismo tiempo que triunfa y lo sustituye el exótico “halloween”. ¡Dígame usted!

Una peculiaridad del catolicismo es proscribir la cremación, al parecer porque interfiere con el dogma de la resurrección. Aun así, se puede decir misa por un difunto cremado si la incineración fue involuntaria y si tal no consistió en un acto de protesta masónica (no lo digo yo sino el Santo Oficio). La disolución física de nuestros cuerpos debe ser, por tanto, obra de la tierra y el agua, mas no del fuego y el aire (filosóficamente, este asunto es más complicado de lo que usted suponía).

El depositar los cuerpos debajo o sobre la superficie terrena es otro tema. Los panteones familiares alimentan la ilusión de mantenernos cercanos aun después de la muerte; o, tal vez, el deseo de demorar la inexorable dispersión material. Sin embargo, en la mayoría de los países son obligatorias la inhumación o la cremación.

En cuanto a los epitafios, fueron creación de cierta época y para uso aristocrático, por lo que hoy están fuera de moda. Pero los hubo muy creativos y de muy variado tono, desde aquel que se cuenta dedicaron a Alejandro: “Una tumba es ahora suficiente para alguien a quien el mundo no le era suficiente”, como ese otro, más afable, que decía: “Disculpe que no me levante a saludarle”. En estos días en que padecemos la atroz enfermedad de la telefonía celular, propondría yo este modelo de epitafio: “Hola. Lamento no poder atenderle en este momento pues estoy acudiendo al llamado del Señor”. Algo es seguro: el buen humor es una buena manera de compensar la nostalgia de los difuntos queridos.

Por Gustavo Laterza Rivarola

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