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El evangelio del domingo: Ser santo es ser responsable

Mt 4,25 – 5,12.- Celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos, ocasión en que nos unimos a los bienaventurados del cielo, que constantemente ven al Señor tal cual es. Es un deber de todo bautizado ser santo y, por ello, hablamos de la vocación universal a la santidad. Es necesario insistir en que no es algo opcional, que si uno se siente a gusto con la idea va a esforzarse, caso contrario, se queda para los otros. Es pésima comprensión actuar de esta forma.

Los caminos hacia la santidad son muy variados, pero en todos hay una victoria contra el egoísmo. Sin embargo, nos damos cuenta de que, muchas veces, la palabra “santo” es tomada a la ligera y hasta con cierta broma. Más de uno afirma: “No, yo no puedo hacer tal cosa, porque no soy un Francisco de Asís…” o “yo no soy la madre Teresa de Calcuta…”.

Debemos entender que “ser santo” es ser responsable. Y ser responsable, en primer lugar, para construir su propia felicidad, ya que el generoso Señor nos colma de bendiciones para que tengamos vida abundante y vivamos contentos.

Los dones de Dios deben ser desarrollados sin parar, lo que exige arremangarse, saber hacer algunas renuncias que evidentemente molestan, en fin, como se dice normalmente: “Dios ayuda a quien madruga”.

Entonces, ser santo es tratar de vivir el espíritu de la felicidad, que llamamos el espíritu de las bienaventuranzas, como muestra el Evangelio de hoy. Ser responsable es practicar todas las beatitudes indicadas por Jesús: tener un corazón humilde, consolar a los que están afligidos, ser paciente con las bobadas ajenas y mantener el alma limpia, sin pornografía, infidelidades y otras impurezas.

Igualmente, forjar la paz, a través de palabras suaves y honestas, y practicar la justicia, sin ser cómplice, silencioso o activo, de esta corrupción cruel que nos mantiene en el subdesarrollo.

Pero no nos olvidemos de que esta santidad-responsabilidad es fruto, principalmente, del amor de Dios, que nos transforma y motiva. Los santos, todos ellos, son personas que supieron abrirse a la gracia del Señor, sudaron la gota gorda para vencer sus malas inclinaciones, vencieron y ahora disfrutan de la verdadera felicidad.

Por otro lado, mañana es la Conmemoración de Todos los Fieles Difuntos y podemos ofrecer la indulgencia plenaria por las almas del Purgatorio, cumpliendo estas condiciones: visitar un cementerio, recibir el Sacramento de la Confesión, comulgar y rezar por las intenciones del Papa.

Con esto, ayudamos a las almas que se purifican y este gesto de caridad colabora con nuestra propia santificación.

Paz y bien

Por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

4 comentarios en “El evangelio del domingo: Ser santo es ser responsable

  1. Pidamos la gracia de la santidad para ser instrumentos de la misericordia de Dios

    01 de nov de 2015
    Homilía del Papa en la misa de Todos los Santos
    En el Evangelio hemos escuchado a Jesús que enseñaba a sus discípulos y a la gente reunida sobre la colina del lago de Galilea (Cfr. Mt 5,1-12). La palabra del Señor resucitado y vivo indica también a nosotros, hoy, el camino para alcanzar la verdadera felicidad, el camino que conduce al Cielo. Es un camino difícil de comprender por qué va contra corriente, pero el Señor nos dice que quien va por este camino es feliz, tarde o temprano alcanza la felicidad.

    “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos”. Podemos preguntarnos, ¿cómo puede ser feliz una persona pobre de corazón, cuyo único tesoro es el Reino de los cielos? Pero la razón esta aquí mismo: que teniendo el corazón vacío y libre de tantas cosas mundanas, esta persona está en “espera” del Reino de los Cielos.

    “Bienaventurados los que ahora lloran, porque serán consolados”. ¿Cómo pueden ser felices aquellos que lloran? Es más, quién en la vida nunca ha experimentado la tristeza, la angustia, el dolor, no conocerá jamás la fuerza de la consolación. En cambio, pueden ser felices cuantos tienen la capacidad de conmoverse, la capacidad de sentir en el corazón el dolor que hay en sus vidas y en la vida de los demás. ¡Ellos serán felices! Porque la compasiva mano de Dios Padre los consolará y los acariciará.

    “Bienaventurados los mansos”. Y nosotros al contrario, ¡cuántas veces somos impacientes, nerviosos, siempre listos a lamentarnos! Hacia los demás tenemos tantas pretensiones, pero cuando nos tocan, reaccionamos alzando la voz, como si fuéramos dueños del mundo, mientras que en realidad todos somos hijos de Dios. En cambio, pensemos en aquellas mamás y en aquellos papás que son tan pacientes con sus hijos, que “los hacen enloquecer”. Este es el camino del Señor: el camino de la humidad y de la paciencia. Jesús ha recorrido este camino: desde pequeño ha soportado la persecución y el exilio; y después, de adulto, las calumnias, los engaños, las falsas acusaciones en los tribunales; y todo lo ha soportado con humildad. Ha soportado, por amor a nosotros, incluso la cruz.

    “Bienaventurados los que tiene hambre y sed de justicia, porque serán saciados”. Si, aquellos que tienen un fuerte sentido de la justicia, y no solo hacia los demás, sino sobre todo hacia ellos mismos, estos serán saciados, porque están listos para recibir la justicia más grande, aquella que solo Dios puede dar.

    Y luego, “bienaventurados los misericordiosos, porque encontraran misericordia”. Felices los que saben perdonar, que tiene misericordia por los demás, que no juzgan todo ni a todos, sino que buscan ponerse en el lugar de los otros. El perdón es la cosa de lo cual todos tenemos necesidad, nadie está excluido. Por eso al inicio de la Misa nos reconocemos por aquello que somos, es decir pecadores. Y no es un modo de decir, una formalidad: es un acto de verdad. “Señor, aquí estoy, ten piedad de mi”. Y si sabemos dar a los demás el perdón que pedimos para nosotros, somos bienaventurados. Como decimos en el “Padre Nuestro”: Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

    “Bienaventurados los constructores de paz, porque serán llamados hijos de Dios”. Miremos el rostro de aquellos que van por ahí sembrando cizaña: ¿son felices? Aquellos que buscan siempre la ocasión para engañar, para aprovecharse de los demás, ¿son felices? No, no pueden ser felices. En cambio, aquellos que cada día, con paciencia, buscan sembrar la paz, son artesanos de paz, de reconciliación, ellos son bienaventurados, porque son verdaderos hijos de nuestro Padre del Cielo, que siembra siempre y solo paz, al punto que ha enviado al mundo su Hijo como semilla de paz para la humanidad.

    Queridos hermanos y hermanas, este es el camino de la santidad, y es el mismo camino de la felicidad. Es el camino que ha recorrido Jesús, es más, es Él mismo este camino: quien camina con Él y pasa a través de Él entra en la vida, en la vida eterna. Pidamos al Señor la gracia de ser personas sencillas y humildes, la gracia de saber llorar, la gracia de ser humildes, la gracia de trabajar por la justicia y la paz, y sobre todo la gracia de dejarnos perdonar por Dios para convertirnos en instrumentos de su misericordia.

    Así han hecho los Santos, que nos han precedido en la patria celestial. Ellos nos acompañan en nuestra peregrinación terrena, nos animan a ir adelante. Su intercesión nos ayude a caminar en la vía de Jesús, y obtenga la felicidad eterna para nuestros hermanos y hermanas difuntos, para los que ofrecemos esta Misa. Así sea.

    fuente: News V

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    Publicado por jotaefeb | 4 noviembre, 2015, 10:29
  2. “Felices los puros de corazón, porque verán a Dios.” Mt 5, 8

    La Iglesia nos ofrece en este domingo el evangelio de las bienaventuranzas que son sin dudas una de las paginas más bellas del nuevo testamento y son también un verdadero programa de vida para quien quiere de verdad ser un cristiano. Ciertamente cada una de las bienaventuranzas merecería una profunda meditación. En las otras veces que ya tuvimos oportunidad de meditar sobre este evangelio intentamos profundizar alguno de sus aspectos.
    Tuve la gracia de participar de las predicaciones de P. Raniero Cantalamessa a la Curia Pontificia en las cuales él ha reflexionado sobre algunas de las bienaventuranzas. Me llamó mucho la atención la interpretación que él ofreció sobre la sexta bienaventuranza – Felices los puros de corazón, porque verán a Dios – y desde allí busco continuar esa meditación.
    Generalmente interpretamos la pureza del corazón de que nos habla esta bienaventuranza como conexa al aspecto sexual de nuestra vida – asociamos esta pureza a la castidad, a la búsqueda de vencer los deseos carnales y al control de nuestras pulsiones sensuales. Sin embargo, en una sociedad tan erotizada como la nuestra, donde por todos los poros somos bombardeados con toda especie de propagandas de contenido sexual, muchas veces nos sentimos frustrados e incapaces de conseguir alcanzar esta pureza de corazón, que es la condición para poder ver a Dios.
    Sin negar esta interpretación, P. Raniero explicaba que en la época de Jesús, y en los primeros siglos del cristianismo, estas palabras – pureza del corazón – non eran comprendidas e interpretadas con relación a la sexualidad, sino que estaba dirigida a la recta intención, a la sinceridad, a la coherencia, a la honestidad.
    Una persona que tiene la pureza del corazón es entonces, una persona que no hace las cosas sólo para aparentar, sólo para ser vista y notada, sino que lo hace porque le nace del corazón, y aunque nadie lo viera, lo haría con la misma pureza.
    El puro de corazón es aquel que actúa sin segundas intenciones, que no está calculando los resultados. Es aquel que se rehúsa a aprovecharse de los demás. Es aquel que no apuñala a nadie por las espaldas. Es aquel que no hace de su vida un teatro de apariencias, un juego de papeles, una recitación. Es aquel que no quiere vivir con máscaras, que no desea aparentar lo que no es.
    La pureza del corazón es entonces lo contrario a la hipocresía, a la superficialidad, a la manipulación de los demás. Es tener tanto respeto por quien se tiene delante, que uno se presenta lo más sinceramente posible.
    La pureza de corazón es el no tener doblez, es el no tener dos caras, es la búsqueda de honestidad en las relaciones personales.
    El puro de corazón es aquel a quien podemos conocer y confiar.
    Es por eso que el puro de corazón puede ver a Dios, pues no tiene sus ojos tapados por la falsedad. Quien no tiene la pureza de corazón sólo consigue verse a sí mismo, y sólo ve a los demás en modo distorsionado.
    Creo que nuestro mundo hoy vive una gran carencia de personas puras de corazón. También en nuestros ambientes eclesiales muchas veces nos preocupamos demasiado con las apariencias y olvidamos la autenticidad. Pidamos al Señor que arranque de nuestros corazones la hipocresía, la falsedad y la simulación.
    Dios no exige que seamos perfectos, pero sí que seamos honestos. Sólo puede ver a Dios, esto es, conocerlo, quien sabe asumir sus propios limites, quien reconoce ser un necesitado. Los orgullosos, los soberbios, no conseguirán jamás ver a Dios, porque él es amor y misericordia.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.
    Hno Mariosvaldo Florentino, capuchino.

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    Publicado por jotaefeb | 1 noviembre, 2015, 07:05
  3. domingo 01 Noviembre 2015

    Solemnidad de Todos los Santos

    Santo(s) del día : Santos no ejemplares

    Ver el comentario abajo, o clic en el título
    Santa Catalina de Siena : «Creo en la comunión de los santos» (Credo)

    Apocalipsis 7,2-4.9-14.
    Yo, Juan, vi a otro Angel que subía del Oriente, llevando el sello del Dios vivo. Y comenzó a gritar con voz potente a los cuatro Angeles que habían recibido el poder de dañar a la tierra y al mar:
    “No dañen a la tierra, ni al mar, ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los servidores de nuestro Dios”.
    Oí entonces el número de los que habían sido marcados: eran 144. 000 pertenecientes a todas las tribus de Israel.
    Después de esto, vi una enorme muchedumbre, imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas. Estaban de pie ante el trono y delante del Cordero, vestidos con túnicas blancas; llevaban palmas en la mano y exclamaban con voz potente:
    “¡La salvación viene de nuestro Dios que está sentado en el trono, y del Cordero!”.
    Y todos los Angeles que estaban alrededor del trono, de los Ancianos y de los cuatro Seres Vivientes, se postraron con el rostro en tierra delante del trono, y adoraron a Dios,
    diciendo: “¡Amén! ¡Alabanza, gloria y sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza a nuestro Dios para siempre! ¡Amén!
    Y uno de los Ancianos me preguntó: “¿Quiénes son y de dónde vienen los que están revestidos de túnicas blancas?”.
    Yo le respondí: “Tú lo sabes, señor”. Y él me dijo: “Estos son los que vienen de la gran tribulación; ellos han lavado sus vestiduras y las han blanqueado en la sangre del Cordero”.

    Epístola I de San Juan 3,1-3.
    Queridos hermanos:
    ¡Miren cómo nos amó el Padre!
    Quiso que nos llamáramos hijos de Dios,
    y nosotros lo somos realmente.
    Si el mundo no nos reconoce,
    es porque no lo ha reconocido a Él.
    Queridos míos,
    desde ahora somos hijos de Dios,
    y lo que seremos no se ha manifestado todavía.
    Sabemos que cuando se manifieste,
    seremos semejantes a Él,
    porque lo veremos tal cual es.
    El que tiene esta esperanza en Él,
    se purifica, así como Él es puro.

    Evangelio según San Mateo 5,1-12a.
    Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.
    Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
    “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
    Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
    Felices los afligidos, porque serán consolados.
    Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
    Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
    Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
    Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
    Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
    Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
    Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.”

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    Santa Catalina de Siena (1347-1380), terciaria dominica, doctora de la Iglesia, copatrona de Europa
    El Diálogo, c. 41

    «Creo en la comunión de los santos» (Credo)

    Dios ha dicho a santa Catalina: El alma justa que acaba su vida en caridad y ligada con el amor, no puede crecer en las virtudes, porque pasó el tiempo; pero puede amar con aquel amor con que viene a Mí, y con esta medida será medida. Así es que siempre me desea y cada vez más, pero no queda frustrado su deseo, sino que, teniendo hambre, se sacia, y saciándose tiene hambre; pero el hastío está muy lejos de esta hartura y la congoja del hambre. En el amor gozan mi eterna visión, participando aquel bien que Yo tengo en Mí mismo, y doy a cada cual según su medida de amor con que vinieron a Mí, porque vivieron en mi caridad común y la particular, que dimana de una misma.

    Ellos se gozan y alegran, participando del bien los unos de los otros con el afecto de la caridad, además del bien universal con que todos se huelgan. También se regocijan y alegran con los ángeles, entre quienes fueron colocados según las diversas y varias virtudes que tuvieron en el mundo, estando todos unidos con el vínculo de la caridad. Tienen singular participación con aquellos a quienes amaban en el mundo con singular cariño, por cuyo amor crecían en gracia, creciendo en virtud, y uno daba motivo al otro de manifestar la gloria y alabanza de mi nombre en ellos y en el prójimo. Por dicha suya, en la vida eterna, no pierden, antes bien, conservan dicho amor, participando estrechamente con mayor abundancia un amor del otro, añadiéndoseles esto al bien universal.

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    Publicado por jotaefeb | 1 noviembre, 2015, 07:05
  4. Solemnidad de Todos los Santos

    Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia, leemos en el Evangelio de la Misa. Hay una especial urgencia por parte de Dios para que sus hijos tengan esa actitud con sus hermanos, y nos dice que la misericordia con nosotros guardará proporción con la que nosotros ejercitamos: con la medida con que midiereis seréis medidos. Habrá proporción, no igualdad, pues la bondad de Dios supera todas nuestras medidas. A un grano de trigo corresponderá un grano de oro; a nuestro saco de trigo, un saco de oro.
    En ocasiones, se pretende oponer la misericordia a la justicia, como si aquella apartara a un lado las exigencias de esta. Se trata de una visión equivocada, pues hace injusta a la misericordia, siendo así que es la plenitud de la justicia.

    Con la justicia sola no es posible la vida familiar, ni la convivencia en las empresas, ni en la variada actividad social. Es obvio que, si no se vive la justicia primero, no se puede ejercitar la misericordia que nos pide el Señor. Pero después de dar a cada uno lo suyo, lo que por justicia le pertenece, la actitud misericordiosa nos lleva mucho más lejos.

    Hoy se conmemora la Solemnidad de Todos los Santos, la fiesta de hoy recuerda y propone a la meditación común algunos componentes fundamentales de nuestra fe cristiana señalaba el papa Juan Pablo II.

    En el centro de la liturgia están sobre todo los grandes temas de la Comunión de los Santos, del destino universal de la salvación, de la fuente de toda santidad que es Dios mismo, de la esperanza cierta en la futura e indestructible unión con el Señor, de la relación existente entre salvación y sufrimiento y de una bienaventuranza que ya desde ahora caracteriza a aquellos que se hallan en las condiciones descritas por Jesús.

    Pero la clave de la fiesta que hoy celebramos “es la alegría, como hemos rezado en la antífona de entrada: Alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de todos los Santos; y se trata de una alegría genuina, límpida, corroborante, como la de quien se encuentra en una gran familia donde sabe que hunde sus propias raíces…”. Esta gran familia es la de los santos: los del cielo y los de la tierra.

    La Iglesia, nuestra Madre, nos invita hoy a pensar en aquellos que, como nosotros, pasaron por este mundo con dificultades y tentaciones parecidas a las nuestras, y vencieron. El papa Francisco dijo: “Siempre nos hace bien leer y meditar las Bienaventuranzas. Jesús las proclamó en su primera gran predicación, a orillas del lago de Galilea. Había un gentío tan grande, que subió a un monte para enseñar a sus discípulos; por eso, esa predicación se llama el “sermón de la montaña”. En la Biblia, el monte es el lugar donde Dios se revela, y Jesús, predicando desde el monte, se presenta como maestro divino, como un nuevo Moisés.

    Jesús enseña el camino de la vida, el camino que Él mismo recorre, es más, que Él mismo es, y lo propone como camino para la verdadera felicidad. En toda su vida. Todas las promesas del Reino de Dios se han cumplido en Él”.

    El papa Francisco, en la Solemnidad de Todos los Santos, dijo: “A esta hora, antes del ocaso en este cementerio nos recogemos. Pensamos en nuestro futuro, pensamos en todos aquellos que se nos fueron. Todos aquellos que nos han precedido en la vida y están en el Señor. Es tan linda aquella visión del Cielo que hemos escuchado en la primera lectura. El Señor Dios, la belleza, la bondad, la verdad, la ternura, el amor pleno. Nos espera eso.

    En este pre-atardecer de hoy, cada uno de nosotros, puede pensar en el atardecer de su vida. ¿Cómo será mi atardecer? El mío, el tuyo…¡todos tendremos un atardecer, todos! ¿Lo miro con esperanza, lo miro con aquella alegría de ser recibido por el Señor? Esto es lo cristiano y esto nos da paz.

    Hoy es un día de alegría, pero de una alegría serena, de una alegría tranquila, de la alegría de la paz.

    Pensemos en el atardecer de tantos hermanos y hermanas que nos han precedido, pensemos en nuestro atardecer cuando vendrá, y pensemos en nuestro corazón y preguntémonos: ¿Dónde está anclado mi corazón? Si no está bien anclado, anclémoslo allá, en aquella, arriba, sabiendo que la esperanza no desilusiona, porque el Señor Jesús no desilusiona.

    (Del libro Hablar con Dios, http://w2.vatican.va).

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    Publicado por jotaefeb | 1 noviembre, 2015, 07:03

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