Cambia, todo cambia

Es el título de una canción coreada muy popularmente por los cansados y hartos del poder autoritario de América Latina en la década de los ochenta del siglo pasado. Es de un compositor chileno y la cantaba Mercedes Sosa. Contaba que todo tiene fin, incluso aquellas formas de gobierno que se consideran inmunes e impunes al cambio. Administraciones que no pueden reconocer más el nivel del hartazgo ciudadano y se aferran al poder porque saben muy bien las consecuencias de perderlo. La lógica no tiene nada que ver con el servicio, sino con la sobrevivencia de ellos.

El viento sur, que para los que vivimos en Paraguay trae un refrescante signo de cambio, ha soplado fuertemente el domingo pasado. Los argentinos están hartos del continuismo del mismo signo y van por una segunda vuelta en la que el poder de Cristina Fernández no creía posible. Empieza a aparecer en el radar político Mauricio Macri, con grandes posibilidades de ser el futuro presidente de los argentinos. El tono de su discurso lejos del modelo de la retórica confrontacional que hicieron gala gobernantes como Chávez, Ortega, Correa o Cristina se impone sobre una sociedad cansada del matonismo autoritario que dividió y atrasó a los pueblos conducidos por este modelo. Deben acusar recibo de lo que pasó en Argentina, cambiar si… pueden o si no preparar su salida.

No sirvió de nada buscar mecanismos de fraude evitando dar a conocer los resultados hasta más de 6 horas de finalizado el escrutinio. La gente no tolera estas muestras fraudulentas del poder y se levanta contra ellas. Acabaron con el secretario privado de los Kirchner, Alberto Fernández, candidato oficialista para la mayor provincia argentina: la de Buenos Aires. Le ganó una mujer respetuosa, de hablar como todos y con una sonrisa de esperanza lejos del rostro mafioso que mostraba su rival directo.

Los electores no quieren más gobiernos que persigan a los críticos, que los multen por cosas inventadas, como Fernández, quien afirma que fue Lanata –el periodista– que acabó con él y que lo amenaza con querellarlo ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la misma a la que denostaron de manera continua cuando estaban en el poder. Ninguno podrá jamás aceptar que fueron ellos los únicos culpables del fracaso. Ellos enviaron a los agentes de tributación a sus opositores, ellos remesaron el dinero de la corrupción a los mismos bancos extranjeros a los que cuestionaban sus métodos, ellos robaron el sueño de una generación completa que jamás había recibido tanto en ingresos por materias primas que el periodo en que ellos fueron gobierno. Para lo único que sirvió es para que la presidenta Cristina Fernández aumentara su patrimonio personal en una proporción repugnante. En Brasil, a Dilma le espera su salida deshonrosa y otros comienzan a ver el final de la pesadilla divisiva que empobreció más al subcontinente.

Ya no hay tolerancia a los corruptos, a los que echaron a perder el mejor momento que tuvo el subcontinente. Lo desperdiciaron persiguiendo a sus adversarios de ocasión, acabaron con sus instituciones y dilapidaron recursos que deberían haber construido mejores países que en los que habitamos. Comienzan a caer las máscaras de esta deprimente constatación de que los pueblos se rebelan y botan a sus verdugos de ocasión cuando no les roban en las urnas.

No alcanzó con las amenazas del fin de los subsidios. Hoy ni los pobres les creen a los que hicieron de sus países espacios de división, conflicto, persecución y cárcel.

El viento sur del cambio comienza a imponerse y nada parece poder detenerlo.

Benjamín Fernández Bogado

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