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Catástrofe nuclear

A causa del Nobel de Literatura, ahora se traducen al bielorruso libros de Svetlana Alexievich publicados en ruso. Ella, la escritora bielorrusa, escribe en ruso, uno de los dos idiomas oficiales del país, y el más utilizado: el 95% de los libros se publican en ruso. El presidente Alexander Lukashenko no lo habla, la oposición lo reivindica como la lengua nacional marginada desde el tiempo de los zares.

Hasta 1991, Bielorrusia fue una de las quince naciones de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas). Se independizó sin mucha fortuna: desde 1994 la gobierna Lukashenko, el último dictador de Europa, reelegido por quinta vez hace unos días con el 84% de los votos. La policía, la antigua KGB soviética, se sigue llamando KGB en Bielorrusia.

Eso explica por qué Svetlana Alexievich fue exiliada en el 2000, y solo pudo regresar a su país en el 2011. El Nobel la protege a ella, no a su traductora, la editorial Lohvinau, hostigada por Lukashenko de varias maneras, incluyendo una multa por un valor de 60.000 euros, que pagó gracias a una colecta. Los libros, que necesitan autorización del Gobierno para imprimirse, pagan un IVA del 20%. Ese mismo porcentaje (20%) es la extensión del territorio bielorruso contaminado por el accidente de Chernóbil; la extensión total de ese país de 10 millones de habitantes es de 207.000 kilómetros cuadrados.

El accidente –en rigor catástrofe– nuclear es el tema del libro de Alexievich, Voces de Chernóbil, disponible en Asunción. En abril de 1986, en una localidad ucraniana próxima a Bielorrusia, se produjo un incendio en una central atómica, controlado solo al cabo de semanas, durante las cuales se liberó una tremenda cantidad de radiación. Aún después de controlado el incendio, no se controlaban otros escapes de radiación: solo en el año 2000 se terminó de recubrir todo el sistema de cemento y plomo. Los países más afectados fueron Bielorrusia, Ucrania y Rusia, pero también quedaron afectados, aunque en menor medida, Finlandia, Polonia y Rumania. La reacción del Gobierno de Moscú fue la de negar el accidente por semanas antes de ordenar la evacuación; así se destruyeron miles de vidas.

Para hablar de la técnica de Voces de Chernóbil voy a permitirme una comparación. Cuando apareció la fotografía, se dijo que no era arte, porque la máquina lo hacía todo; hoy sabemos que, dependiendo de la creatividad del fotógrafo, la máquina capta algo importante o banal. En el caso de Alexievich, se trata de la grabadora: la escritora grabó los testimonios de centenares de personas, luego seleccionó trozos de esos testimonios para escribir el libro. ¿No es una simple operación de cortar y pegar? No, porque la operación se ha realizado con una extraordinaria inteligencia para ofrecernos, a través de esa multitud de voces, un gran cuadro de conjunto de la situación de Chernóbil, de la URSS, y de la naturaleza humana por extensión. ¿Cómo pudo ocultarse la verdad sobre la catástrofe de Chernóbil con irresponsabilidad criminal? Lo explica una de las entrevistadas: “En la vida las cosas más terribles ocurren en silencio y de manera natural”.

Por Guido Rodríguez Alcalá

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