Asco a la corrupción

Un interesante planteo del psicólogo latino David Pizarro, quien enseña en Cornell University, nos abre la perspectiva en torno a por qué toleramos diferentes grados de corrupción sin producirnos repugnancia. Lo hace al inicio desde una perspectiva biológica, para luego agregarle elementos de análisis político y social. Como la palabra corrupción tiene distintas interpretaciones, una de las menos analizadas es aquella que la define como “echar a perder”. Eso puede significar desde ilusiones, esperanzas, posibilidades, oportunidades e incluso generaciones completas. Cuántas cosas hemos echado a perder por tonterías inútiles, por ejemplo, en la última década de crecimiento económico que tuvo la región. Desperdiciadas en luchas estériles, acusaciones y ataques a opositores, construcción de enemigos internos y externos. Así el populismo –el hijo de la abundancia– terminó por arrasar instituciones y normas jurídicas en toda la región y ahora comenzaremos a darnos cuenta de quiénes fueron los responsables.

Cómo explicarían los líderes del socialismo del siglo XXI que Venezuela, en el mejor y único momento de abundancia de la renta petrolera en su historia, haya caído a los más bajos niveles de pauperización económica, inflación de tres dígitos, destrucción de toda institucionalidad, arrestos, torturas y muertes. Todo eso pasa en ese país donde el Gobierno apesta por autoritario e inútil. Así, otros han repetido la misma historia. Brasil, Nicaragua, Argentina o Ecuador replican lo mismo: echaron a perder diez años de prosperidad económica para terminar empobreciendo a sus países y rodeándolos de una corrupción apestante.

Ni los tiempos de dominación imperial podrían ser parangonados con lo que aconteció en América Latina en los últimos años. Todo ha sido por culpa nuestra. Mientras el desarrollo chino e indio devoraba nuestras materias primas en abundancia, disminuía nuestro desarrollo político incapaz de construir institucionalidad. Sostuvo nombres o partidos con el mismo propósito hegemónico para volver a inventar la misma rueda del subdesarrollo al que nos veníamos acostumbrando. No ha habido proporción en los términos del progreso económico con una promoción de las instituciones políticas que fundamentaran el desarrollo de largo plazo. Ahora volveremos a “reinventar la rueda” culparemos a factores exógenos, buscaríamos con ardor latinoamericano al chivo expiatorio de ocasión para retornar al mismo lugar de donde habíamos partido. Y todo de la mano de gobernantes que dijeron encarnar los altos ideales del pueblo para demostrarnos en hechos prácticos la terrible desilusión que nos han dejado sus administraciones excluyentes y corruptas.

Una verdadera lástima no entender ese proceso de oportunidades y no sentir asco o repugnancia hacia quienes, reinventando la confrontación permanente, solo lograron que hoy fuéramos el subcontinente más violento y desigual del mundo. Más que África a la que siempre nos hemos referido en términos peyorativos. Si no pudimos reducir la violencia homicida en nuestras calles y menos construir una economía sólida de oportunidades, ¿de qué tipo de democracia exitosa hablamos? Es imposible explicar el “éxito económico” de un Brasil con más de 55 mil asesinatos por año o con corrupciones calculadas en miles de millones de dólares en nombre del Partido de los Trabajadores o de los excluidos. Con qué cara volverán a pedir los votos quienes han dejado como herencia estos números de muertos y de exclusiones. Es hora de sincerarnos con esta única verdad que es la realidad y de la que, como nunca antes en nuestra historia, hemos sido ampliamente los únicos responsables.

Es una mascarada lamentable que debería producirnos asco y repugnancia, porque de esta década perdida no hay otros responsables que los gobernantes que tuvimos, que tenemos y que ojalá no tengamos más.

Benjamin Fernández Bogado

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