LA TRAGEDIA SIRIA

Siria es en estos momentos uno de los lugares más “calientes” del planeta. Los 300.000 muertos registrados desde el inicio de la guerra civil, hace tres años, y los 4.000.000 de desplazados de manera forzosa, que representan casi el 20% de su población, son las expresiones más crueles de lo que allí sucede. El pueblo sirio sufre la persecución implacable del régimen de Bashar Al Asad. A esto se suman los bombardeos de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, supuestamente para derrotar al dictador, y más recientemente los de Rusia, con el claro objetivo de sostenerlo. En verdad, unos y otros quieren mantener el control geopolítico de esta región, clave para sus intereses, aunque eso desate la crisis humanitaria más tremenda de los últimos tiempos.

El pueblo sirio está compuesto mayoritariamente por “sunies”, quienes representan el 85%, mientras el 15% restante son “chiíes”, al que pertenece Asad. Cuando se dio inicio a lo que se conociera como “la primavera árabe”, que derribó los gobiernos de Egipto, Libia y otros, el de Siria desató una brutal represión para evitar correr la misma suerte. Las potencias occidentales, más Turquía, dijeron entonces que la salida del dictador era innegociable y emprendieron sus planes bélicos. Irán movilizó tropas para defender al gobierno, Rusia de hecho ya tenía bases militares en Siria y China se posicionó del mismo modo, configurándose así un conflicto de gran escala entre un bloque de Oriente y otro de Occidente.

El problema de fondo, como siempre, no se resume en causas libertarias versus autoritarias, ni mucho menos. Se llama, cuando no, petróleo, porque Siria, con puerto sobre el Mediterráneo, bien puede ser el conducto para que dicho producto sea transportado al mismo en línea recta, en lugar de tener que hacer a través del Canal de Suéz, controlado por las potencias occidentales. He ahí la raíz de todo. Lo demás, son solo discursos que destilan hipocresía.

Pero los sirios no son solo víctimas de Asad, de los gobiernos occidentales y Rusia. Entre medio aparecieron las fuerzas del Estado Islámico (ISIS), conocidas por su brutalidad extrema, Al Qaeda y el Ejército Sirio Libre (ESL), que, a diferencia de los otros, es laico y aglutina a múltiples grupos opositores, que suman alrededor de setenta.

Desde la última cumbre de Naciones Unidas, Occidente ya empezó a abandonar la idea de derrocar a Asad y, a cambio, bregar por una salida negociada, en el afán de estabilizar una región que está en guerra y que podría convertirse en escenario de conflagraciones de mayor magnitud. Además, los gobiernos europeos son los que más presionan en esta dirección, sobre todo por el aumento exponencial de los que huyen en busca de refugio.

En cuanto a la intervención directa de los rusos, basta remitirse a las declaraciones del presidente Putin, quien manifestó que “no hay otra forma de poner fin al conflicto sirio que reforzando las instituciones del actual gobierno legítimo en su combate al terrorismo”…

Ambas posturas son inaceptables y desde luego se basan en los intereses de dichos gobiernos, no de los sirios, que no seguirán siendo pisoteados impunemente mientras se mantenga el régimen de Asad, responsable de más de 3 millones de desplazados, y el accionar de los grupos islámicos fundamentalistas.

Una vez más, el cinismo de las grandes potencias está al desnudo. Y la población civil, como siempre, la que padece sus horribles consecuencias.

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6 pensamientos en “LA TRAGEDIA SIRIA”

  1. De nuevo los crematorios

    Cincuenta políticos opositores son ahorcados por día en la cárcel de Saidnaya, cerca de Damasco. Para hacer desaparecer las pruebas de estas atrocidades, el gobierno de Bachar al Asad ha hecho construir un crematorio donde son incinerados los cuerpos. Satélites espías norteamericanos han fotografiado el sitio donde el sanguinario régimen de Siria comete tales monstruosidades. En realidad, estas fotografías no han hecho más que confirmar lo que Amnistía Internacional ya había denunciado meses atrás. Lastimosamente, este organismo internacional no goza de las simpatías de muchos gobiernos, principalmente de aquellos que corren el riesgo de figurar en sus listas negras de barbaridades.
    Amnistía Internacional calcula que entre marzo de 2011 y diciembre de 2015 el régimen de Al Asad mató en ese sitio entre 5.000 y 13.000 prisioneros. También ha recogido el testimonio de los pocos que lograron salir con vida de ese lugar, donde los reclusos están con los ojos vendados sin saber el destino que les espera hasta que sienten que les colocan la soga alrededor del cuello. Las ejecuciones se realizan, muchas veces, en una sola tanda.

    Estas nuevas evidencias de la bestialidad del régimen sirio se producen a poco más de un mes que Al Asad ordenó el bombardeo de la localidad de Jan Sheijun, contra la población civil, utilizando armas químicas. A raíz de ello, murieron casi noventa personas, todas civiles, de las cuales, treinta eran niños. Sin embargo, la Coalición Nacional para las Fuerzas de la Revolución y la Oposición Siria, eleva el número de víctimas a 100, entre ellas 25 niños y 15 mujeres, y unos 400 heridos.

    La guerra civil de Siria, que muchos analistas califican como “guerra mundial de baja intensidad” se inició a comienzos de 2011, cuando se hablaba de la Primavera Árabe y de los vientos democráticos que soplaban en el mundo islámico. La Primavera tuvo diferentes finales, pero en Siria desató un enfrentamiento armado en el que se calcula han perdido la vida 420.000 personas y fueron desplazadas 4.800.000 que buscaron refugio en los países vecinos, especialmente Jordania y aproximadamente un millón en Europa, donde o no fueron acogidos o acogidos de mala gana.

    En este momento, el conflicto es extremadamente complicado y participan, de alguna o de otra manera, además del ejército sirio leal a Al Asad y los rebeldes contrarios a su gobierno, Rusia, Estados Unidos, Turquía, Kurdistán, Irán, Irak, Arabia Saudita, Alemania, Francia, Bélgica, Dinamarca, Australia, Corea del Norte, Israel, Catar y Jordania, además de las milicias irregulares del Estado Islámico. Espero no haber dejado en el tintero a ninguno de los beligerantes.

    Lo dramático de la situación es que Bachar al Asad no conoce límites; está dispuesto a las crueldades más bestiales, a una ferocidad que ha hecho que su nombre deba figurar hoy entre Hitler, Musolini, Franco, Stalin, Mao Tse Tung. Mientras tanto, las grandes potencias se han sumergido en un juego geopolítico en el que primero se encuentran sus intereses teñidos de aires imperiales (la Rusia de Putin), las glorias personales (Erdogan, su gobierno autocrático y su enfrentamiento con los kurdos) y los Estados Unidos, que mira desde lejos sin querer implicarse en este problema en el que más le preocupa el papel que juega Irán que el castigado pueblo sirio. Y en el fondo de este problema, o atrás de él, como se quiera, el milenario conflicto de chiíes y suníes que estalló pocos días después de la muerte de Mahoma en el año 632 y que se viene arrastrando hasta ahora. Si en casi 1.400 años no se logró encontrar el punto de encuentro entre ambas corrientes, difícil será que se llegue a un acuerdo a través de las armas, los crímenes en masa, las atrocidades de la guerra química, las ejecuciones en serie de quienes piensan de manera distinta y la decapitación de los “infieles”.

    Se tiene que encontrar la manera de parar esta brutalidad pensando que no se trata de un problema de enfrentamiento de religiones ni de culturas; no es el Islam su origen, sino el afán de poder y de dominio de un pequeño, pequeñísimo grupo de seres que han demostrado estar dispuestos a sacrificar a quien sea necesario, incluso a su propio pueblo (que incluye mujeres, ancianos y niños) para sentarse sobre montañas de cadáveres y seguir reinando.

    Por Jesús Ruiz Nestosa

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  2. La reacción de muchos ante el bombardeo estadounidense a una base militar en Siria el viernes pasado fue de una satisfacción moral. Es entendible. Después de todo, la dictadura de Bashar al Assad había mostrado su brutalidad una vez más al librar aparentemente un ataque químico contra parte de la población civil –y Washington, finalmente, respondió–.
    Pero en la guerra civil siria no hay soluciones buenas ni fáciles, y la decisión del presidente Donald Trump es quizás la más deficiente de todas. Esto se debe a que los escenarios previsibles que seguirán a tal intervención traen altos costos y pocos o nulos beneficios, y las consecuencias no previsibles podrían ser aun peores.

    El ataque químico que provocó la reacción de Trump acabó con la vida de unas setenta personas, entre ellas niños. Desde el 2011 hasta la fecha, sin embargo, el régimen sirio ha matado a casi 200.000 ciudadanos en ataques militares convencionales, entre los que también se encontraron menores de edad. Hasta hace poco, Trump criticó fuerte y repetidamente el intervencionismo en Siria, incluso cuando hubo otro ataque químico en el 2013.

    El cambio de política de Trump es curioso. Las imágenes del sufrimiento y de los cadáveres de los niños víctimas del reciente ataque sin duda jugaron un papel en su decisión. Pero no cambia el hecho de que los bombardeos carecen de visión estratégica. Como dice Stephen Walt, de la Universidad de Harvard, no “alteran la realidad en la Tierra, no hacen a los sirios significativamente más seguros y no nos acercan a una solución”.

    De hecho, la respuesta de Al Assad fue la de bombardear a la misma población a la vez que el aliado más importante de Siria –Rusia– había quedado enfurecido con EE.UU. ¿Qué hará Trump ante la próxima agresión del régimen sirio? La tentación de una escalada militar es enorme, pues, como observa el experto Micah Zenko, de no reaccionar a una próxima provocación, Trump parecerá ineficaz o conforme con la política siria.

    Solo una intervención militar masiva por parte de EE.UU. tendría un impacto más duradero dentro de Siria. Pero esa opción, así como la de los bombardeos, es extremadamente riesgosa. A diferencia de las otras guerras recientes de EE.UU. en la región –Irak, Afganistán y Libia–, un conflicto militar en Siria involucraría directamente a Rusia, pues miles de tropas rusas se encuentran en el territorio sirio activamente apoyando al régimen. ¿Qué pasaría si EE.UU. y Rusia se atacaran en territorio sirio por accidente? Y si EE.UU. tratara de evitar tal eventualidad, estaría muy limitado en lo que podría lograr. La posibilidad de que el conflicto sirio se convierta en uno global ha aumentado notablemente.

    Y no es que los opositores al régimen sirio se caractericen por ser demócratas liberales. Hay una diversidad compleja de enemigos del régimen, entre los más activos están los grupos armados que odian a EE.UU. y los principios de la sociedad abierta. No está claro a quién apoyar en esta guerra civil. El récord de EE.UU. en exportar la democracia a la fuerza es pobre, como lo comprobó la propia experiencia en Irak.

    Dada la complejidad de la guerra civil en Siria, podríamos esperar consecuencias negativas no previsibles de una renovada intervención militar, tal como fue el caso en Irak. El colapso de gran parte de ese país y el auge del Estado Islámico fueron ejemplos de esto.

    Ya Trump violó la Constitución y las leyes estadounidenses y el derecho internacional al bombardear Siria. Su decisión ha abierto las puertas a una guerra en Medio Oriente mucho más peligrosa de las que ha librado Washington allí en el pasado.

    Por Ian Vásquez

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  3. Siria: Sigue el bombardeo

    El Paraguay es un país independiente: se basta a sí mismo para destruirse, aunque la tarea hubiera sido más efectiva contando con la cooperación internacional, como sucede en Siria.

    En ese infortunado país, el daño causado por la guerra civil y la intervención extranjera es aterrador: 465.000 muertos, 1.000.000 de heridos, 6.300.000 desplazados internos, 4.900.000 viviendo en lugares de difícil acceso y amenazados por el hambre, las enfermedades y el fuego cruzado de los grupos en pugna (informaciones de Al Jazeera).

    El conflicto comenzó en marzo del 2011, con una serie de protestas civiles y pacíficas contra el régimen de Basar Al Assad; fue una expresión local de la Primavera Árabe, que tumbó a los tiranos de Egipto y Túnez. Por desgracia, los sirios no pudieron liberarse de Assad, porque se convirtieron en piezas en el ajedrez político de potencias regionales y globales: Rusia, Turquía, Irán, Arabia Saudita, Catar, Estados Unidos; cada cual buscando su propio beneficio, y sin mucho respeto por la soberanía del país ni las vidas de los civiles residentes en él.

    La oposición civil fue reprimida sin consideraciones por el dictador, y surgió una oposición armada; en realidad, surgieron varios grupos armados con el apoyo de varios países; aunque estaban contra Assad, no todos estaban con la democracia. El más conocido entre los antidemocráticos es el Estado Islámico, empeñado en tumbar al presidente civil para imponer una tiranía religiosa. Ciertos estrategas occidentales, que habían apoyado a una insurgencia extremista, se dijeron entonces: esto va a ser peor si cae Assad; no se lo puede echar antes de ver cómo reemplazarlo.

    La incertidumbre política conduce a la indefinición militar, que no parece resolverse con el bombardeo ordenado por Donald Trump, el 7 de abril pasado. Bombas sobran; lo que falta es una visión clara de lo que se debe hacer, y Trump no parece tenerla. Como señala el Guardian, él ha cambiado de idea cinco veces en dos semanas. Hasta el 30 de marzo pasado, Trump decía que Assad, pese a su violación de los derechos humanos, era un aliado natural contra el Estado Islámico. Días después, como reacción al uso de armas químicas por Assad, Trump ordenó el bombardeo el 7 de abril, como un primer paso hacia el derrocamiento del dictador. Después del bombardeo, el norteamericano dijo que lo inaceptable era el uso de armas químicas; lo demás podría aceptarse. El 9 de abril, nuevo cambio de rumbo: el enemigo es el Estado Islámico, no necesariamente Assad, que podría quedarse en el poder, dependiendo del parecer de Rusia. El 10 de abril, Trump mencionó de nuevo las armas químicas como lo inaceptable.

    Si el presidente de la primera potencia mundial interviene, pero no está seguro de lo que quiere hacer, es muy difícil que terminen los sufrimientos del pueblo sirio.

    Por Guido Rodríguez Alcalá

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  4. NACIONES UNIDAS Y LA TRAGEDIA SIRIA

    Ayer arrancó una nueva edición de la Asamblea General de Naciones Unidas. Tal como estaba previsto, la atención principal gira en torno a la tragedia por la que atraviesa Siria y la ruptura de la tregua pactada por Rusia y Estados Unidos; temas que vienen siendo encarados con una elevada dosis de cinismo por parte dedichos actores, pues ni al uno ni al otro le importa en lo más mínimo el pueblo sirio, que sufre la crisis humanitaria más tremenda de nuestra generación, sino el control geopolítico de la región, clave para sus intereses. Desde que se inició la guerra civil, en marzo del 2011, ya suman más de 300.000 muertos, 1.900.000 heridos y 5.000.000 de “desplazados”, la mayoría de los cuales sobreviven en condiciones infrahumanas en campos de refugiados instalados en países limítrofes y quienes, en el 2015, recibieron solo un cuarto de la ayuda que la propia ONU considera indispensable, con el agravante de que ahora se halla suspendida.

    Desde hace 5 años y medio, los sirios sufren la persecución implacable del régimen de Bashar Al Asad, a lo que se suman los bombardeos de los Estados Unidos y sus aliados (Gran Bretaña y Francia), supuestamente para derrotar al dictador, así como los de Rusia, en este caso para defenderlo.Y por si eso no fuera suficiente, también son blanco frecuente de las fuerzas del Estado Islámico (ISIS), conocidas por su brutalidad extrema, Al Qaeda y otras organizaciones fundamentalistas.

    A modo de antecedente, vale mencionar que la población siria está compuesta mayoritariamente por “sunitas”, quienes representan el 85%, mientras el 15% restante son “chiítas”, sector al que pertenece Asad. Cuando se dio inicio a lo que se conociera como “la primavera árabe”, que derribó los gobiernos de Egipto, Libia y otros, el de Siria desató una represión salvaje para evitar correr la misma suerte. Ante esto, las potencias occidentales, más Turquía, dijeron entonces que la salida del dictador era innegociable y emprendieron sus planes bélicos. Irán movilizó tropas para defender al gobierno, Rusia de hecho ya tenía bases militares en Siria y China se posicionó del mismo modo, configurándose así un conflicto de gran escala entre un bloque de Oriente y otro de Occidente.

    Sin embargo, sería un completo error pensar que la raíz del conflicto es “democracia” versus “dictadura”. El problema de fondo, cuando no, se llama petróleo, así como el lugar estratégico en el que se encuentra Siria, con puerto sobre el Mediterráneo, que bien puede ser el conducto a ser utilizado por los países petroleros, para transportar hasta el mismo, sin necesidad de hacerlo a través del Canal de Suez, controlado por las potencias occidentales.

    Ahora bien, desde la cumbre de Naciones Unidas del 2014, Occidente ya empezó a abandonar la idea de derrocar a Asad y, a cambio, empezó a posicionarse a favor de una salida negociada, en el afán de estabilizar una región que está en guerra y que podría convertirse en escenario de conflagraciones de mayor magnitud, mientras que las ínfulas imperiales del ruso Vladimir Putin, al puro estilo de los Románov, hizo que se convirtiera en el protagonista principal del bloque que sostiene a Asad a cualquier costo.

    En este contexto, es poco probable que la ONU adopte medidas prácticas para poner fin al infortunio del pueblo sirio y liberarlo del régimen criminal que lo oprime. Las expectativas, por así decirlo, más bien se cifran en hallar algún punto de equilibrio entre Rusia y los Estados Unidos, de manera a que ambos resulten beneficiados del “status quo”, que en la práctica significa darle la espalda a los sirios, dejando al desnudo la hipocresía de las grandes potencias.

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  5. Hoy Ana Frank es una niña siria
    Por NICHOLAS KRISTOF

    El 30 de abril de 1941, un hombre judío que estaba en esta ciudad le escribió una carta desesperada a un amigo estadounidense en la que le rogaba que lo ayudara a emigrar a Estados Unidos.

    “Estados Unidos es el único país al que podemos ir”, escribió. “Sobre todo es por el bien de los niños”.

    Un voluntario encontró la petición de ayuda en 2005 cuando clasificaba viejos archivos de refugiados de la Segunda Guerra Mundial en la ciudad de Nueva York. Parecía uno más de los innumerables expedientes, hasta que vio el nombre de los niños.

    “¡Oh, por Dios!”, exclamó, “este es el archivo de Ana Frank”. Junto con la carta estaban muchas otras de Otto Frank, quien buscaba ayuda para huir de la persecución nazi y conseguir una visa para Estados Unidos, el Reino Unido o Cuba; pero no recibió nada a causa de la indiferencia mundial hacia los refugiados judíos.

    Todos sabemos que los niños Frank fueron asesinados por los nazis, pero lo que es menos conocido es el modo en que el destino de Ana estuvo marcado por el cruel miedo a los refugiados, quienes son la gente más desesperada del mundo.

    ¿Te suena familiar?

    El presidente Obama prometió recibir a 10.000 refugiados sirios —un pequeño número, tan solo la quinta parte del uno por ciento del total— y Hillary Clinton sugirió recibir más. Donald Trump varias veces los ha criticado severamente por su disposición a recibir sirios y ha pedido que se excluya a los musulmanes. El miedo al terrorismo ha provocado que los refugiados musulmanes sean tóxicos para Occidente, y casi nadie los quiere al igual que nadie quería a la adolescente llamada Ana.

    “Nadie esconde a su familia en el corazón de una ciudad sitiada a menos que no tengan más opciones”, recalcó Mattie J. Bekink, un consultor en la Casa de Ana Frank en Ámsterdam. “Nadie sube a su hijo a un bote endeble para cruzar el Mediterráneo a menos que esté desesperado”.

    Yo mismo soy hijo de un refugiado de la Segunda Guerra Mundial, y he estado estudiando la histeria antirrefugiados de los años 1930 y 40. Tal como sugiere Bekink, el paralelismo con los sucesos actuales es impresionante.

    Para la familia Frank, una nueva vida en Estados Unidos parecía posible. Ana había estudiado taquigrafía inglesa y su padre hablaba inglés, había vivido en la Calle 71 al oeste de Manhattan, y era amigo de Nathan Straus Jr., un funcionario del gobierno de Franklin D. Roosevelt.

    El obstáculo era la desconfianza estadounidense hacia los refugiados que sobrepasaba su solidaridad. Después de la matanza de la Noche de los Cristales Rotos (Kristallnacht en alemán) contra los judíos, una encuesta reveló que 94 por ciento de los estadounidenses reprobaba el trato que los nazis le daban a los judíos, pero un 72 por ciento se oponía a admitir un número grande de judíos.

    En ese entonces las razones para oponerse eran las mismas que ahora se usan para rechazar sirios u hondureños: no podemos costearlo, primero debemos cuidar a los estadounidenses, no podemos aceptar a todo el mundo, van a robarse los trabajos de los estadounidenses, son peligrosos y distintos.

    “Si Estados Unidos continúa siendo el asilo del mundo, muy pronto podría arruinar su economía actual”, advertía la Cámara de Comercio de Nueva York en 1934.

    Algunos lectores estarán pensando: “¡Pero los judíos no eran una amenaza del mismo tipo que los refugiados sirios!”. En la década de 1930 y 1940, una guerra mundial estaba en ciernes y los judíos eran considerados comunistas en potencia o incluso nazis. Había temores generalizados de que Alemania podría infiltrarse en Estados Unidos con espías y saboteadores disfrazados como refugiados judíos.

    “Cuando la seguridad del país está en peligro, resulta completamente justificable resolver cualquier dilema a favor del país en lugar de favorecer a los extranjeros”, instruía el Departamento de Estado en 1941. The New York Times citó en 1938 la advertencia de la nieta del presidente Ulysses S. Grant acerca de “los llamados refugiados judíos” en la que daba a entender que eran comunistas: “Vienen a este país a unirse a las filas de aquellos que odian nuestras instituciones y quieren derrocarlas”.

    Las agencias de noticias no hicieron lo suficiente para mostrar el lado humano de los refugiados; en lugar de eso, desgraciadamente, contribuyeron a difundir la xenofobia. El Times publicó un artículo de primera plana acerca de los riesgos de que los judíos se volvieran espías nazis, y el Washington Post publicó un editorial con el que agradecía al Departamento de Estado por dejar fuera a los nazis que se hacían pasar como refugiados.

    En este entorno político, los funcionarios y los políticos perdieron toda su humanidad.

    “Dejemos que Europa se haga cargo de los suyos”, argumentaba el senador Robert Reynolds, un demócrata de Carolina del Norte que también denunció a los judíos. El representante Stephen Pace, un demócrata de Georgia, dio un paso más al proponer una ley que pedía la deportación de “todo extranjero en Estados Unidos”.

    Un funcionario del Departamento de Estado, Breckinridge Long, sistemáticamente endurecía las reglas para los refugiados judíos. Por estas circunstancias, Otto Frank fue incapaz de obtener visas para sus familiares que fueron víctimas de la paranoia, demagogia e indiferencia estadounidenses.

    La historia se repite. Como ya lo he advertido, la resistencia del presidente Obama a esforzarse más para tratar de parar la masacre en Siria ensombrece su legado; además, simplemente no hay excusa para el fracaso colectivo mundial al asegurar que los niños sirios refugiados en países vecinos al menos reciban educación.

    Hoy, para nuestra vergüenza, Ana Frank es una niña siria.

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  6. Una lágrima por Siria

    Nadie la vio venir. O quizás sí. La crisis de los refugiados sirios por la guerra civil desató una alama mundial de impredecibles consecuencias. Más de cuatro millones de personas fueron desplazadas de sus hogares desatando un problema humanitario que conmueve al mundo, pero nada más.

    Y es que la situación de Siria es pequeña, aunque pequeña es un decir, ante lo que sucede en el mundo. Se estima que la cantidad total de personas desplazadas de sus hogares en todo el planeta, actualmente, es de 60 millones. Casi la mitad son niños y adolescentes menores de 18 años.

    Pero lo que sucede con los sirios llega al mundo. Los medios nos bombardean con noticias de gente muriendo en el mar intentado preservar lo elemental, la vida. Se estima que 10.000 migrantes murieron en el Mediterráneo desde 2014. Diez mil. Un drama terrible que no perdona.

    Los relatos de la travesía en el mar son espantosos. Los recoge Amnistía en un informe que nos deja helados: “además, de las dificultades del viaje en sí, incluyendo las adversas condiciones climatológicas cuando se realiza en invierno, es habitual que estas embarcaciones, no aptas para navegar, dirigidas por capitanes sin experiencia y abarrotadas, se pierdan, se queden sin combustible, y sufran averías en el motor y vías de agua. En muchas ocasiones, los inmigrantes se deshidratan por la escasez de agua potable, se intoxican con el humo del motor o incluso mueren asfixiados por el exceso de personas y la falta de aire en las salas de máquinas del casco del barco. Casi nunca hay chalecos salvavidas y muchos de los viajeros no saben nadar” concluye.

    Escuchamos las noticias, pero no dimensionamos su magnitud. Miles de personas muertas, miles de hijos huérfanos, de padres sin hijos, de familias destrozadas. Es mucho para un mundo convulsionado que ante semejante tragedia hace lo del avestruz, mientras muchos dejan escapar una lágrima por Siria.

    Por Mariano Nin

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