No cuidamos el recurso más valioso, el tiempo

Cuidamos del dinero que es un bien que podemos evitar que se use inadecuadamente, conseguimos aumentar su cantidad, si lo necesitamos más por poco tiempo podemos prestar, si lo necesitamos más por mucho tiempo podemos capitalizar.

Los empresarios tenemos muchos sistemas de control del uso de nuestro dinero en nuestras compañías. En efecto, contamos con presupuestos formalmente aprobados, ejecución presupuestaria monitoreada, procesos de aprobación de pagos, pocas firmas autorizadas, auditorías internas, ISO 9000, etc.

Pero, como personas no tenemos los mismos cuidados con algo mucho más valioso que nuestro dinero, que es nuestro propio tiempo. Nadie puede ahorrar su tiempo, ni prestar el tiempo del otro. El tiempo es irrecuperable, insubstituible, solo se gasta. Sin tiempo no podemos ganar dinero, no podemos cuidar de nuestra salud, no podemos tener calidad de vida. El hombre más rico del mundo, y al igual que el más pobre, tienen ambos la misma cantidad de horas en el día. Solo varía como cada uno la utiliza. La calidad de como gastamos nuestro tiempo debería ser nuestra prioridad número uno.

Nuestro dinero nos lo cuidan nuestros contadores, auditores, gerentes, bancos, etc., pero nuestro tiempo lo cuidamos nosotros mismos, y estamos solos en esa tarea. Antes, la secretaria filtraba los llamados y la correspondencia física, hoy a nuestro celular llegan llamadas innecesarias de desconocidos, mientras que todo el planeta bombardea directamente nuestra casilla de email. La tecnología nos ha dejado sin fronteras ni guardianes para que todos nos roben tiempo. Las redes sociales, el Whatsapp, etc., nos roban tiempo leyendo lo que no es importante. La sociedad del conocimiento nos impuso la paranoia del “deber estar informados al instante que se desarrollan los hechos”, de los cuales el 99,99% de lo que ocurre no nos va a afectar de forma considerable. Todo nos consume tiempo al procesar tanta información irrelevante, y nos deja menos tiempo para trabajar en lo importante y lo trascendente.

Si vamos a hacer empresa en el siglo de la tecnología, vamos a tener que limitar el desperdicio de nuestro tiempo. Cada uno deberá de implementar su propia estrategia. Van algunas sugerencias.

  1. a) Considerar que todo lo que compremos y tengamos lo pagamos con tiempo, a través de la atención y mantenimiento que todo consumirá. Lo menos importante es el costo financiero.
  2. b) Incorporar como meta de cada funcionario el ahorrarle tiempo al jefe. Evitar copiar mails desnecesarios, preguntas irrelevantes, etc., para demostrar que está trabajando. Muchas veces el buen funcionario es el que resuelve todo sin hacer ruido.
  3. c) Determinar que las reuniones físicas sean la última opción, para los asuntos que no se pudieron resolver por teléfono o por mail. Forzar a la sinceridad de una vez, para que se explique las cosas como son. El costo de una reunión comienza desde el momento que usamos nuestro tiempo para ir al estacionamiento a buscar nuestro vehículo para viajar al destino. Eso es muy caro!
  4. d) Participar en la menor cantidad de grupos de spam posibles en todos sus formatos informáticos. Si alguien te necesita de verdad, te va a buscar por otros medios.
  5. e) Identificar cuando una urgencia está disfrazando una falta de planificación, y sancionarla.

Los ladrones del tiempo tienen muchos nombres, pero todos buscan el bien más preciado que tenemos cual es nuestro tiempo. Pongámosle un freno, así nos va a quedar tiempo para crear la riqueza que el  Paraguay necesita. El ritmo con que lo utilicemos sea según lo requiera la circunstancia. Y la pausa que debemos dar a la temporalidad de nuestra vida y de nuestras acciones no sea solo para descansar, sino también para reflexionar y luego obrar racionalmente. Así aprovecharemos el tiempo para el beneficio de la prosperidad.

Por Luigi Picollo

Director del Club de Ejecutivos del Paraguay

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Un pensamiento en “No cuidamos el recurso más valioso, el tiempo”

  1. Vení, jugá por este

    La primera vez que escuché el término “gamification” (que básicamente significa ludificación, pero insistimos en anglosajonizar las cosas para sonar más “interrestin”) fue en el 2008 cuando escuché una charla en TED sobre “los niveles de la vida”. Básicamente un comparativo de cómo pasar “de un mundo al otro” –como dice la jerga nintendiana–.

    La realidad es que esta noción de “mundos” ya está embebido en nuestro sistema de vida desde el día uno.

    Desde evolucionar de un tamaño de pañal a otro a entrar dentro del sistema educativo en donde uno avanza de grado en grado, divididos por edad y dificultad de materia (te hace acordar al easy, medium, hard, very hard y en tiempos de “play” ya hablamos de clasificaciones como amateur y expert), a tiempos de trabajar para vivir o vivir para trabajar en donde el éxito está medido, o, por ingreso monetario o (en tiempos recientes) el tamaño de la sonrisa que llevás puesta, termómetro de la felicidad que has logrado canalizar en la vida al entender el nuevo & antiguo commodity llamado: tiempo.

    El término cobró mayor relevancia en mi vida cuando unos años más tarde tuve la suerte de coincidentemente tropezarme con un maridaje entre otra charla que vi al mismo momento de estar terminando el libro “Techgnosis”, de Erik Davis, autor que con la mayor simplicidad de palabras logra comparar la tecnología con la religión sin entrar en los “yo creo que” que muchas veces nos desconectan del proceso cognitivo de mantenernos conectado a un “cacho de información”.

    Mientras leía el libro sentía que me faltaba el contexto para dibujar el mapa mental de estos “ángeles y mitos informáticos” de los que habla Davis. En eso me encontré con esto:

    En esta charla, Seth Priebatsch (me tardo más tiempo pronunciar el apellido que entender la charla) me dio ese contexto que estaba buscando en el proceso de comparar la forma en que entendemos los niveles de los juegos con la necesidad de aplicarlo a un “nivel social de la vida” (o social layer) como lo describe.

    Mi sensación general, si tengo que seguir haciendo saltos de año en año y testear lo que pienso sobre la vida hecha juegos o mejor dicho el juego de la vida, es que estamos en el momento en que los juegos corren el peligro de volverse aburridos (recuerdos del momento en que enterraron en el desierto el juego de ET por haber sido un fracaso económico, si no vieron el documental de ATARI, háganlo).

    Aburridos por la –aún presente– falta de respeto a la diversión de una idea erróneamente “champurreada” con la necesidad comercial de aquellos que comercializan tendencias y las abandonan en el momento en que dejan de tener sentido en el banco (de la moda de las cosas).

    Gamification puede –y no debería– ser el “agrandame el logo” de este momento. El mejor ejemplo de gamification que vi en los últimos tiempos fue el modelo de negocio que desarrolló la empresa Giff Gaff, en donde en lugar de buscar enganchar (engagement en el mundo de la mercadotecnia) a futuros usuarios o clientes, tomaron un giro introspectivos y construyeron la eficiencia y felicidad empresarial motivando al –desconocido– futuro equipo de trabajo de la compañía. Su éxito fue responderse retóricamente “si cualquiera puede ser parte de un juego online, ¿por qué no podrían ser parte de una empresa online?”

    La única forma de que esta “tendencia” genere un cauce tanto innovativo como económico para un país –felizmente– distante de la innovación del mundo es que pueda implementarse, de buenas a primeras, teniendo presente el eco digital de todos los “¿y si hacemos esto?” que los últimos 7 años de ludificación empresarial han dejado.

    Por Esteban Aguirre

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