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El problema de la vida

Su llegada es siempre inesperada, aunque digamos estar aguardándola; dolorosa, también para aquellos que afirman  estar preparados o tienen certeza de su significado trascendente. Hablamos de la muerte, aquella que “se lleva” a amigos, conocidos, gente a la que apreciamos, personas a las que admiramos y amamos. En estos días, muchos hemos sentido su impacto de manera especial con la partida del músico Jorge Garbett, y ayer del conocido locutor Osmar Apuril de Radio Ñanduti; personas a las que me cupo conocer y apreciar.

La muerte es un tema sobre el que no resulta sencillo hablar con honestidad y libertad en la sociedad actual, marcada esencialmente por la lógica del placer del momento, la exaltación del dinero como objetivo principal del vivir, además de esa superficialidad que suprime todo intento de pensamiento sobre la propia existencia, descalificándolo con expresiones como “eso es muy complicado” o “un tema demasiado filosófico”.

Está claro que no es fácil “mirar” de frente a la muerte, sin negaciones y hasta abiertos a reconocer su significado último, aunque misterioso para toda mente humana; disponibles a “escuchar” sus planteamientos, pues, al final de cuentas huir de una realidad tan contundente e inevitable, no es decisión inteligente.

Ella hace emerger preguntas provechosas para toda persona, sin importar raza, credo o situación social. Interrogantes valiosos sobre el uso del tiempo, el valor de los gestos y afectos del día a día, las prioridades de cada uno frente a realidades como la familia, los amigos, el trabajo, el perdón.

Son cuestionamientos que no deberían censurarse sino, más bien, profundizarse con miras a avanzar en nuestra calidad de vida. En efecto, estas preguntas invitan a una evaluación del trayecto que estamos realizando, nuestro aporte en la construcción de una sociedad más humana; exigen ponernos frente a los ideales por los que nos jugamos en cada proyecto, los valores que nos interesan, los cambios que necesitamos realizar. Y es aquí donde la libertad y la razón se ponen en juego; aquella para asumir los retos y encaminar los senderos; y esta para abrirnos a la categoría de la posibilidad frente al misterio de la muerte.

Pero frente al hecho del final de la vida, no solo corresponde pensar en cuestiones éticas, sino más bien, y principalmente, en cuestiones existenciales vitales, como la realización personal, la felicidad, la paz con uno mismo.

En realidad la muerte es el gran “problema” de la vida, y tomarla en serio podría ayudar a entender sobre el por qué vale la pena vivir. Ella recuerda que tenemos un tiempo límite, y para muchos, también un nuevo comienzo lleno de dicha; no en vano San Francisco la llamó “Hermana muerte”.

Como bien lo dijo Leonardo Da Vinci: “Así como una jornada bien empleada produce un dulce sueño, así una vida bien usada causa una dulce muerte”.

Por Gustavo Olmedo

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"Esta vida se va a ir rápido, no pelee con la gente, no critique tanto su cuerpo. No se queje tanto." "No se preocupe en comprar lujos y comodidades p/su casa, ni se mate dejandoles herencia a su flia. Los patrimonios deben ser ganados."22/05/17
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