Oremos por el Sínodo de la familia

El domingo 4 de octubre pasado se iniciaron en Roma las sesiones de la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, con una solemne celebración eucarística presidida por el papa Francisco. Ese mismo día, en el rezo del Ángelus, el Santo Padre pidió a toda la Iglesia invocar la luz y la guía del Espíritu Santo para que los Padres sinodales puedan ser conducidos por Él en sus discusiones, reflexiones y decisiones con relación a la vocación y misión de la familia hoy en el mundo y en la Iglesia.

Tal es la complejidad y profundidad de las situaciones que enfrentan las familias en nuestro tiempo, que el papa Francisco propició y acompañó un itinerario y un camino sinodal iniciado con el Sínodo Extraordinario realizado en octubre del año pasado sobre los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización.

La Iglesia es Madre y Maestra y como tal acoge, acompaña y enseña a sus hijos en su vida cotidiana, con sus logros y fracasos, en sus dudas y esperanzas, en su anhelo por encontrar la felicidad en medio de múltiples desafíos y problemas.

En tal sentido, se plantean hoy diversas situaciones que afectan a los miembros de la familia en el matrimonio, la relación en la pareja, los conflictos conyugales, que no pocas veces se da en un ambiente de violencia doméstica donde sufren los más débiles. Y luego sobrevienen la separación o el divorcio, con todos sus traumas humanos y espirituales.

En nuestro país no es un dato menor la gran cantidad de hogares monoparentales, con jefatura femenina o como es más conocido, de madres solteras; así como la de familias donde la figura es la de los abuelos o la de los tíos que se hacen cargo de la crianza y educación de los niños y jóvenes.

¿Cómo debe acompañar la Iglesia a estas personas en la evangelización, desde la pastoral ordinaria, desde la administración de los sacramentos, entre otros aspectos?

No existe una respuesta única a situaciones y problemas tan complejos y profundos que angustian a tantos miembros de la Iglesia que viven situaciones particulares que les impiden una plena comunión eclesial.

El discernimiento y las decisiones de los Padres sinodales, con fidelidad al Evangelio, tienen como horizonte inspirador la figura del Dios Padre Misericordioso, siempre dispuesto a acoger al hijo pródigo, o la del Pastor que sale en busca de la oveja perdida; o la del Buen Samaritano, que no duda en atender al que está herido y abandonado al costado del camino.

Por ello, es tan importante acompañar el Sínodo con la oración ferviente al Espíritu Santo, para que conceda sus dones de sabiduría, entendimiento, fortaleza, piedad, ciencia, consejo y temor de Dios a los Padres sinodales, de manera que estos, dóciles a su inspiración y con humildad evangélica, puedan señalar a la Iglesia las orientaciones pastorales más oportunas para que la familia encuentre y viva su vocación y su misión hoy en el mundo y en la Iglesia.

Por Mons. Adalberto Martínez Flores (*)

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