Marcha del 29

Siento que la lluvia haya dificultado la marcha de los estudiantes por una mejor educación. Me solidarizo con los docentes que protestan por la estafa de la jubilación. Desde agosto de 2011, hace más de cuatro años, el IPS se apropia del 25,5% del sueldo de los docentes, incluso de los que nunca van a poder jubilarse, porque no van a poder seguir trabajando en los próximos 25 años.

Es un abuso que se debe terminar dejando de descontarles a quienes no van a tener jubilación.

Pero quiero ir más allá de esas manifestaciones, sin duda importantes y, con suficiente anticipación, referirme a una, que podría ser la mayor marcha ecológica mundial: la del 29 de noviembre de este año.

Ese día comenzará la COP 21 en París; o sea, la reunión internacional auspiciada por las Naciones Unidas que pretende llegar a un acuerdo vinculante sobre el problema del cambio climático (vinculante quiere decir obligatorio desde el punto de vista del derecho internacional).

Se pretende que los países participantes firmen un tratado que los obligue a reducir la emisión de gases de efecto invernadero; los gases que hacen aumentar la temperatura media del planeta. Ya no se discute que la temperatura del planeta aumenta a causa de la acción humana; lo que se debe definir es qué se va a hacer y en cuánto tiempo.

Uno de los compromisos fundamentales es pasar de las fuentes de energía contaminantes a las no contaminantes.

Por ahora, la economía mundial depende en un 80% de los combustibles fósiles (petróleo, gas, carbón). Según estimaciones razonables, no se deberá utilizar el 80% de las reservas de esos combustibles que tienen las empresas del ramo para evitarse un serio problema, por no decir una catástrofe global.

Por cierto, pasar de las energías contaminantes a las no contaminantes costará dinero, pero más costarán las consecuencias del calentamiento global, además de la elevación del nivel de los mares, con la desaparición de vastas zonas costeras, las migraciones masivas, la inestabilidad política y económica.

Los combustibles fósiles han estado subvencionados en los últimos cien años; en muchos casos, contaron con el apoyo militar gubernamental. (Sobre el punto, es muy instructivo el libro de Daniel Yergin, Historia del petróleo.) Subvencionar industrias menos peligrosas no tiene por qué verse como una violación de las sacrosantas leyes del libre mercado, que no lo es en el caso del petróleo.

Por otra parte, el precio de la energía limpia baja: el de la solar ha bajado en un 75% desde 2009, el de la fracasada reunión de Copenhague. Además, existe conciencia política.

Hace unos días terminó la reunión de los países del G7 en Zugspitze (Alemania), que se comprometieron a reducir entre el 40% y el 70% de la emisión de gases y suprimir por completo el uso de combustibles fósiles para 2100. Si los dirigentes políticos olvidan sus promesas, la ciudadanía de todo el mundo se las recordará: para eso marchará en las principales capitales del mundo el 29 de setiembre, y no solamente en París.

También en el Paraguay se preparan marchas por una causa que es la de todos.

Por Guido Rodríguez Alcalá

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