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El evangelio del domingo

“Jesús lo miró, sintió cariño por él y le dijo: Sólo te falta una cosa: anda, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, y así tendrás un tesoro en el Cielo. Después, ven y sígueme. Cuando el otro oyó estas palabras, se sintió golpeado, porque tenía muchos bienes, y se fue triste.” (Mc 10, 21-22)

Creo que todos ya escuchamos este texto que nos habla del hombre rico que pregunta a Jesús qué es lo que debería hacer para conseguir la vida eterna. Sin dudas, él era un hombre bueno y cumplía los mandamientos: no mataba, no cometía adulterio, no robaba, no decía cosas falsas de sus hermanos, no era injusto y honraba a su padre y a su madre. Aún así, Jesús mirándolo profundamente con ternura descubrió que tenía aun una cosa que no estaba bien en su vida: él era muy apegado a sus bienes materiales. Su corazón no era libre. Sus manos, sus razonamientos, sus afectos, sus preocupaciones… eran condicionadas por los bienes materiales. En una palabra: él era esclavo de sus riquezas.

En verdad este es un tema de fundamental importancia en nuestra vida espiritual: ¿cómo nos relacionamos con los bienes de este mundo? Este es un problema que sólo nosotros los humanos poseemos. En nosotros el mundo espiritual se toca con el mundo material, pues somos las únicas criaturas formadas de cuerpo y alma.

A través de nosotros el espíritu puede trasformar la materia, puede disponerla para el bien, puede hacerla causa de crecimiento fraterno o, al contrario, la materia puede dictar normas al espíritu, puede endurecerlo y sofocarlo, puede hacerle perder la sensibilidad y la humanidad, puede ser causa de contiendas, peleas y divisiones.

Esto significa decir que no puede existir una auténtica espiritualidad que no nos instruya en relación a nuestro comportamiento delante de los bienes de este mundo. También Jesucristo tiene una palabra para decirnos en lo que a la posesión de las cosas materiales se refiere.

Dios no está en contra de que el hombre use las riquezas de este mundo. Fue él quien las hizo y las entregó en nuestras manos para que, administrándolas, pudiéramos colaborar en el progreso de la humanidad. El problema está en que el ser humano, herido por el pecado, mientras no consigue proclamar en su vida la victoria del espíritu sobre la carne, es insaciable en sus ganas de poseer.

Los bienes de este mundo ejercen sobre él una fatal atracción. El deseo de poseer y acumular lo hace ciego, lo hace perder el rumbo de la vida.  Por ejemplo:

– a causa de una promoción, una persona es capaz de pasar por encima de todos, de olvidarse hasta de la mejor amistad, de no tener cuenta de la palabra dada, de desechar quien antes lo había ayudado;

– a causa de una herencia: los hijos son capaces de despreciar a los padres que les dieron la vida y con esfuerzo les hicieron crecer; pueden odiarse entre hermanos, cuñados, primos; pueden hacer embrollos y engañar hasta a los que tienen su misma sangre;

– a causa de querer tener dinero fácil, una persona es capaz de perder la dignidad, de venderse, de participar del tráfico de drogas, de aceptar coimas, de caer en el robo, de explotar a sus obreros, sin preguntarse siquiera si así no estará destruyendo la vida de otros.

Es así que los bienes materiales, originalmente regalos de Dios para que podamos vivir bien en este mundo, pueden transformarse en una verdadera desgracia que descompone completamente la vida humana. Es increíble, pero cuanto más creemos que poseemos cosas, en verdad, tanto más somos poseídos por ellas. Es un engranaje diabólico: cuanto más posee, más quiere poseer y tanto más necesita defender lo ya que tiene. Crecen las preocupaciones y el aislamiento. Disminuye la libertad y capacidad de amar y de ser gratuitos. Hechizado por el dinero, el hombre se desfigura y en todas las cosas sólo le interesa el lucro y la ganancia.

Es delante de esta realidad humana que el evangelio nos desafía a vivir la pobreza. La pobreza evangélica es el ideal de la vida cristiana. Con todo, debemos aclarar que esta pobreza no es vivir en la miseria. Ser pobre como ideal de vida evangélica es: utilizar los bienes materiales sin la preocupación de acumular; es buscar el confort y el bien-estar normal para una vida digna, y lo que fuera a más, o lo superfluo, donar a quien más lo necesite. Ser pobre en el modo evangélico es tener los bienes necesarios pero sin perder la libertad, sin ser esclavos de las cosas. Es ser feliz teniendo sólo lo necesario.

Por eso, ser capaz de donar los bienes materiales que poseemos es una señal clara de nuestra libertad delante de tales bienes. Cuando estamos aferrados a las cosas materiales, no podemos encontrar paz en la vida, pues somos esclavos de lo que pensamos poseer.

San Francisco de Asís entendió muy bien este ideal y se propuso no apropiarse de nada en este mundo. Habiendo necesidad, él utilizaba todas las cosas que estaban a su alcance, pero se negaba a sentirse dueño de ellas, se rehusaba a poner su corazón en tales cosas y sentirse apegado. Fue así que él gozó de una envidiable libertad y fue un hombre feliz y realizado.

Al contrario de lo que piensa el mundo, no son las riquezas las que pueden traer la felicidad a una persona, sino la pobreza evangélica, el poseer lo normal para una vida digna, sin avaricia, sin apegos y con un corazón abierto a la caridad.

Infelizmente es muy difícil aceptar esto y conseguir practicarlo, pero Jesús continúa mirándonos con cariño y nos desafía a dar este paso en la vida.

El Señor te bendiga y te guarde,

El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.

El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.

Hno. Mariosvaldo Florentino, Capuchino

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

4 comentarios en “El evangelio del domingo

  1. El Papa en el Ángelus: La fe y el apego a las riquezas no pueden convivir

    11 de oct de 2015
    ¿Prefieren dejar esta plaza con la alegría que nos da Jesús o con la tristeza en el corazón que la mundanidad nos ofrece?
    “Yo les pregunto a ustedes, jóvenes, chicos y chicas, que están en la plaza: ¿percibieron la mirada de Jesús sobre ustedes? ¿Qué le quieren responder? ¿Prefieren dejar esta plaza con la alegría que nos da Jesús o con la tristeza en el corazón que la mundanidad nos ofrece?”, cuestionó, este domingo, el papa Francisco, antes del rezo del Ángelus dominical en la Plaza de San Pedro, a los jóvenes, a partir de la meditación del pasaje del Evangelio de Marcos en el que el joven rico se marcha entristecido porque no fue capaz de dejarlo todo para seguir a Jesús.

    Para responder a este reto, dijo el Pontífice, es importante recordar que “el dinero, el placer, el éxito deslumbran, pero luego desilusionan: prometen vida, pero causan muerte. El Señor nos pide el desapego de estas falsas riquezas para entrar en la vida verdadera, la vida plena, auténtica, luminosa”.

    En este pasaje, explicó el Santo Padre, “el joven no se ha dejado conquistar por la mirada de Jesús y así no ha podido cambiar. Solo acogiendo con humilde gratitud el amor del Señor nos liberamos de la seducción de los ídolos y de la ceguera de nuestras ilusiones”.

    Francisco refirió luego que el joven rico le pregunta al Maestro por lo que debe hacer para alcanzar la vida eterna. “La respuesta de Jesús resume los mandamientos que se refieren al amor al prójimo. En este contexto, ese joven no tiene nada que reprocharse; pero evidentemente la observancia de los preceptos no le basta, no satisface su deseo de plenitud”.

    Jesús intuye esta realidad en el joven, lo mira con gran amor y lo desafía a dejarlo todo, “pero el joven tiene el corazón dividido en dos patrones: Dios y el dinero, y se marcha triste. Esto demuestra que no pueden convivir la fe y el apego a las riquezas. Así, al final, el impulso inicial del joven se apaga en la infelicidad de un seguimiento que naufraga”, que no prospera.

    El Papa dijo luego que el reto es grande. Sin embargo, “la salvación es sí misma ‘es imposible para los hombres, ¡pero no para Dios!’”.

    “Si nos confiamos al Señor, podemos superar todos los obstáculos que nos dejan seguirlo en el camino de la fe. Encomendarse al Señor. Él nos dará la fuerza, él nos dará la salvación, él nos acompaña en el camino”, afirmó Francisco.

    Para concluir el Papa hizo votos para que “la Virgen María nos ayude a abrir el corazón al amor de Jesús, a la mirada de Jesús, el único que puede saciar nuestra sed de felicidad”.

    Palabras del papa Francisco

    Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

    El Evangelio de hoy, tomado del capítulo 10 de Marcos, se articula en tres escenas, marcadas por tres miradas de Jesús.

    La primera escena presenta el encuentro entre el Maestro y un tal, que –según el pasaje paralelo de Mateo– es identificado como ‘joven’. El encuentro de Jesús con un joven. Él corre hacia Jesús, se arrodilla y lo llama “Maestro bueno”. Entonces le pregunta: “¿Qué debo hacer para heredar la Vida eterna?” (v. 17). Es decir, la felicidad. “Vida eterna” no es solo la vida del más allá, sino que es esta: la vida plena, cumplida, sin límites. ¿Qué debemos hacer para alcanzarla? La respuesta de Jesús resume los mandamientos que se refieren al amor al prójimo.

    A este respecto, ese joven no tiene nada que reprocharse; pero evidentemente la observancia de los preceptos no le basta, no satisface su deseo de plenitud. Y Jesús intuye este deseo que el joven lleva en su corazón; por lo tanto su respuesta se traduce en una mirada intensa llena de ternura y de cariño. Así dice el Evangelio: “Jesús lo miró con amor” (v. 21). Se dio cuenta de que era un buen joven. Pero Jesús comprende también cuál es el punto débil de su interlocutor y le hace una propuesta concreta: dar todos sus bienes a los pobres y seguirlo. Pero ese joven tiene el corazón dividido entre dos dueños: Dios y el dinero, y se va triste. Esto demuestra que no pueden convivir la fe y el apego a las riquezas. Así, al final, el impulso inicial del joven se desvanece en la infelicidad de un seguimiento naufragado.

    En la segunda escena, el evangelista enfoca los ojos de Jesús y esta vez se trata de una mirada pensativa, de advertencia. Dice así: “Mirando alrededor, dijo a sus discípulos: ¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!” (v. 23). Ante el estupor de los discípulos, que se preguntan: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?” (v. 26), Jesús responde con una mirada de aliento -es la tercera mirada- y dice: la salvación, sí, es “imposible para los hombres, ¡pero no para Dios!” (v. 27). Si nos encomendamos al Señor, podemos superar todos los obstáculos que nos impiden seguirlo en el camino de la fe. Encomendarse al Señor. Él nos dará la fuerza, él nos dará la salvación, él nos acompaña en el camino.

    Y así hemos llegado a la tercera escena, aquella de la solemne declaración de Jesús: Les aseguro que el que deja todo para seguirme tendrá la vida eterna en el futuro y el ciento por uno ya en el presente (cfr. vv. 29-30). Este “ciento por uno” está hecho de las cosas primero poseídas y luego dejadas, pero que se encuentran multiplicadas hasta el infinito. Nos privamos de los bienes y recibimos en cambio el gozo del verdadero bien; nos liberamos de la esclavitud de las cosas y ganamos la libertad del servicio por amor; renunciamos a poseer y conseguimos la alegría de dar. Lo que Jesús decía: “Hay más alegría en dar que en recibir”.

    El joven no se dejó conquistar por la mirada de amor de Jesús y así no ha podido cambiar. Solo acogiendo con humilde gratitud el amor del Señor nos liberamos de la seducción de los ídolos y de la ceguera de nuestras ilusiones. El dinero, el placer, el éxito deslumbran, pero luego desilusionan: prometen vida, pero causan muerte. El Señor nos pide el desapego de estas falsas riquezas para entrar en la vida verdadera, la vida plena, auténtica y luminosa. Y yo les pregunto a ustedes, jóvenes, chicos y chicas, que están en la plaza: ¿han percibido la mirada de Jesús sobre ustedes? ¿Qué le quieren responder? ¿Prefieren dejar esta plaza con la alegría que nos da Jesús o con la tristeza en el corazón que la mundanidad nos ofrece?

    La Virgen María nos ayude a abrir nuestro corazón al amor de Jesús, a la mirada de Jesús, el único que puede apagar nuestra sed de felicidad.+

    fuente: Aica

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    Publicado por Anónimo | 13 octubre, 2015, 08:31
  2. La mirada de Jesús

    Anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme, le dijo Jesús a este joven que tenía muchos bienes. Y las palabras que debían comunicarle una inmensa alegría, le dejaron en el alma una gran tristeza: afligido por estas palabras, se marchó triste.
    “La tristeza de este joven nos lleva a reflexionar. Podremos tener la tentación de pensar que poseer muchas cosas, muchos bienes de este mundo, puede hacernos felices. En cambio, vemos en el caso del joven del Evangelio que las muchas riquezas se convirtieron en obstáculo para aceptar la llamada de Jesús a seguirlo. ¡No estaba dispuesto a decir sí a Jesús, y no a sí mismo, a decir sí al amor, y no a la huida! El amor verdadero es exigente”.

    Si notamos en nuestro corazón un deje de tristeza es posible que se deba a que el Señor nos esté pidiendo algo y nos neguemos a dárselo, a que no hayamos terminado de dejar libre el corazón de ataduras para seguirle plenamente. Es quizá el momento de recordar las palabras de Jesús al final de este pasaje del Evangelio: Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más –casas, y hermanos y hermanas, y madres e hijos, y tierras, con persecuciones–, y en la edad futura la vida eterna.

    El papa Francisco en un mensaje dijo: “¿Recuerdan el diálogo de Jesús con el joven rico? El evangelista Marcos dice que Jesús lo miró con cariño, y después lo invitó a seguirle para encontrar el verdadero tesoro. Les deseo, queridos jóvenes, que esta mirada de Cristo, llena de amor, les acompañe durante toda su vida.

    Durante la juventud, emerge la gran riqueza afectiva que hay en sus corazones, el deseo profundo de un amor verdadero, maravilloso, grande. ¡Cuánta energía hay en esta capacidad de amar y ser amado! No permitan que este valor tan precioso sea falseado, destruido o menoscabado.

    Esto sucede cuando nuestras relaciones están marcadas por la instrumentalización del prójimo para los propios fines egoístas, en ocasiones como mero objeto de placer. El corazón queda herido y triste tras esas experiencias negativas. Se lo ruego: no tengan miedo al amor verdadero, aquel que nos enseña Jesús y que San Pablo describe así: ‘El amor es paciente, afable; no tiene envidia; no presume ni se engríe; no es maleducado ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Disculpa sin límites, cree sin límites, espera sin límites, aguanta sin límites. El amor no pasa nunca’.

    Al mismo tiempo que les invito a descubrir la belleza de la vocación humana al amor, les pido que se rebelen contra esa tendencia tan extendida de banalizar el amor, sobre todo cuando se intenta reducirlo solamente al aspecto sexual, privándolo así de sus características esenciales de belleza, comunión, fidelidad y responsabilidad”.

    En la primera catequesis del papa Francisco en el marco del Sínodo de la Familia, dijo: “Hace pocos días ha iniciado el Sínodo de los Obispos con el tema La vocación y la misión de la familia en la Iglesia y en el mundo contemporáneo. La familia que camina en la vía del Señor es fundamental en el testimonio de amor de Dios y merece toda la dedicación de la cual la Iglesia es capaz.

    Una mirada atenta a la vida cotidiana de los hombres y de las mujeres de hoy muestra inmediatamente la necesidad que hay en todas partes de una sólida inyección de espíritu familiar. De hecho, el estilo de las relaciones –civiles, económicas, jurídicas, profesionales, de ciudadanía– aparece muy racional, formal, organizado, pero también muy deshidratado, árido, anónimo.

    Se transforma en ocasiones en insoportable. Aunque quiere ser inclusivo en sus formas, en la realidad abandona a la soledad y al descarte un número siempre mayor de personas.

    He aquí por qué la familia abre para la entera sociedad una perspectiva más humana: abre los ojos de los hijos sobre la vida –y no solo la mirada, sino también los otros sentidos– representando una visión de la relación humana edificada sobre la libre alianza de amor…”.

    (Frases extractadas del libro Hablar con Dios, de Francisco Fernández Carvajal, http://es.catholic.net/op/articulos/8935/cat/331/tambien-los-ricos-se-salvan.html y

    https://www.aciprensa.com/noticias/texto-completo-catequesis/).

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    Publicado por Anónimo | 11 octubre, 2015, 06:23
  3. El peligro de la riqueza

    Por Hno. Joemar Hohmann, franciscano capuchino

    El texto normalmente es conocido como “El joven rico”, pues este se acercó a Jesús y le preguntó qué tendría que hacer para heredar la vida eterna.

    La pregunta en sí misma ya revela una creencia en la otra vida, es decir, que estamos en esta tierra de paso, como peregrinos y administradores, que manejan cosas transitorias.

    La respuesta de Jesús es sencilla y, a la par, profunda: que observe los mandamientos, como no matar, no cometer adulterio, no robar, no calumniar, y mostrar afecto y paciencia por su padre y madre.

    Su interlocutor sostiene que conoce estas orientaciones y las ha observado desde temprana edad.

    Jesús, entonces, le propone un ideal más noble y más desafiante: desapegarse de sus bienes, seguirlo y hacerse disponible para los demás. El Evangelio afirma: “Al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes”.

    La tentación de las riquezas es algo, prácticamente, innato al ser humano. Todos queremos tener mucha plata, disfrutar de los inmensos beneficios que esto trae, tener empleados para todas las cosas, vivir en la ociosidad lujosa, gastar en productos de buena calidad, derrochar en vanidades que masajean nuestro ego; en fin, estar al día con el despilfarro y exclamar satisfecho: “compro, luego, existo”.

    Sin embargo, el corazón humano es más exigente y hay valores importantes que no están asociados a la riqueza. En la vida real vemos tantos ejemplos de gente rica, que es infeliz, que no exclama satisfecha “compro, luego existo”, sino que exclama angustiada cómo salir de este pozo oscuro que es el egoísmo y consumismo.

    El Señor, que es el dueño de todos los corazones y que los conoce a todos, pone tres puntos para que lleguemos a la verdadera realización en esta tierra y a la ventura definitiva después. Dice que hay que compartir generosamente con los necesitados lo que uno posee, hay que seguirlo con actitud esperanzada y es necesario ser disponible, que significa estar al servicio de los otros.

    Es imprescindible entender que la seducción de la riqueza agarra a todos: ricos, más o menos ricos y pobres, ya que tener “corazón de rico” es una trampa para todos, o sea, poner su confianza en el dinero. Uno puede estar apegado y ser esclavizado por grandes fortunas, así como por pocas cosas.

    El desapego eficaz para seguir a Jesucristo es lo que realmente llena el espíritu de entusiasmo, sabiduría y fortaleza. Además, es la fuerza para transformar este mundo injusto y violento en algo más fraterno y tranquilo.

    Paz y bien.

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    Publicado por Anónimo | 11 octubre, 2015, 06:22
  4. domingo 11 Octubre 2015

    Vigésimo octavo Domingo del tiempo ordinario

    Libro de la Sabiduría 7,7-11.
    Por eso oré, y me fue dada la prudencia, supliqué, y descendió sobre mí el espíritu de la Sabiduría.
    La preferí a los cetros y a los tronos, y tuve por nada las riquezas en comparación con ella.
    No la igualé a la piedra más preciosa, porque todo el oro, comparado con ella, es un poco de arena; y la plata, a su lado, será considerada como barro.
    La amé más que a la salud y a la hermosura, y la quise más que a la luz del día, porque su resplandor no tiene ocaso.
    Junto con ella me vinieron todos los bienes, y ella tenía en sus manos una riqueza incalculable.

    Carta a los Hebreos 4,12-13.
    Hermanos:
    La Palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de doble filo: ella penetra hasta la raíz del alma y del espíritu, de las articulaciones y de la médula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.
    Ninguna cosa creada escapa a su vista, sino que todo está desnudo y descubierto a los ojos de aquel a quien debemos rendir cuentas.

    Evangelio según San Marcos 10,17-30.
    Cuando Jesús se puso en camino, un hombre corrió hacia él y, arrodillándose, le preguntó: “Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?”.
    Jesús le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno.
    Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre”.
    El hombre le respondió: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud”.
    Jesús lo miró con amor y le dijo: “Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme”.
    El, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes.
    Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: “¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!”.
    Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: “Hijos míos, ¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios!.
    Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios”.
    Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: “Entonces, ¿quién podrá salvarse?”.
    Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: “Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para él todo es posible”.
    Pedro le dijo: “Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”.
    Jesús respondió: “Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia,
    desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y, campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Clemente de Alejandría (150-c. 215), teólogo
    Homilía titulada “¿Cuál rico se salvará?”

    “Una sola cosa te falta”

    Hay una riqueza que es la muerte para todo aquello que ella domina: liberaros de ella y vosotros seréis salvados. Purificad vuestra alma, rendidla para poder entender la llamada del Señor que os repite: “¡Ven y sígueme!” Es la voz que hace caminar tras ella a quien tiene el corazón puro: la gracia de Dios resbala en un alma repleta y desgarrada por una multitud de posesiones.

    Los que miran su fortuna, su oro su plata, sus casas, como dones de Dios, estos por testimoniar a Dios su reconocimiento ayudaran a los pobres con sus bienes. El sabe que lo que posee pertenece mas a sus hermanos que a él mismo; el dueño de su riqueza lo convertirán en esclavo. El no las encierra en su alma, porque no encierra su vida en ellas, pero el persigue sin cansarse una obra toda divina. Y si un día su fortuna se pierde, el acepta su ruina con un corazón libre. A este hombre, Dios lo declara bienaventurado, lo llama “pobre en el espíritu” heredero seguro del Reino de los Cielos (Mt,53)…

    Hay, por el contrario, quien acumula su riqueza en su corazón, en la morada del Santo Espíritu. La guarda en sus tierras; el acumula sin fin su fortuna, y no se inquieta mas que por amontonar mas todos los días; no eleva jamás los ojos al cielo; se embota en lo temporal, puesto que el viene del polvo y retornará al polvo (Gn3,19) ¿Cómo puede el probar el deseo del Reino, el que, en la morada del corazón, lleva un campo o una mina, a el que la muerte le sorprenderá fatalmente en medio de sus pasiones? “ Porque donde está tu tesoro, allí también está tu corazón” (Mt 6,21)

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    Publicado por Anónimo | 11 octubre, 2015, 06:21

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