La comedia ha terminado. ¡Aplaudid!

Fue el primer emperador romano, Augusto, el que como postrer mensaje legó a la posteridad la frase (aunque en un pulcro latín) que encabeza la columna. Otros sin amanuenses a mano y con menos prosapia solo pudieron haberse  limitado a decir, en un súbito instante final de claridad,  antes de expirar: “Es un micro” o “No debí meter la llave ahí”. O peor aún y en un tono casi inaudible: “Levanten el pie de la manguera del maldito respirador”.

La mayoría de los mortales tienen en la agonía (con suerte, mucha dedicación y viento a favor) a sus familiares al pie del lecho. Así que quizás se vayan con una sonrisa o un “les quiero” que es grandioso, pero solo en la intimidad familiar. Otros hombres de mayor peso histórico pudieron eternizar su despedida en los bronces del tiempo.

“¡Apunte bien! ¡Va usted a matar a un hombre!”, dice que dijo el Che Guevara ante el soldado boliviano que lo ultimó. Y su consejo se basaba en la experiencia propia, ya que para salvaguardar la revolución también estuvo en el lado más benigno del rifle.

Paraguay también aportó a la historia el dicho de su máximo héroe: “Muero por mi patria”. Aunque los legionarios aducen que lo que dijo López fue: “Muero con mi patria”.

La novelista Jane Austen apuntó: “Nada, más que muerte”. Perón, en tanto, subrayó: “Esto se acabó”. Y Evita, unos años antes de su general, había acotado abusando de la tercera persona: “Me voy, la flaca se va. Evita va a descansar”. Churchill confesó su aburrimiento y Chejov pidió champán.

Nostradamus dio la única profecía que enseguida se hizo realidad: “Mañana ya no estaré aquí”. Whitman, haciendo gala de una síntesis prodigiosa, dijo: “Mierda”. El surrealista Luis Buñuel fue muy realista e indicó: “¡Me muero!”. Bela Lugosi, un autor mediocre con un gran personaje, deliró: “Yo soy el conde Drácula, soy inmortal”. El francés Rabelais apuntó: “¡Que baje el telón, la farsa terminó!”. Tomás Moro, ante su verdugo, señaló: “Soy un fiel servidor del rey, pero primero de Dios”. En las antípodas, tras ser perseguido por la Iglesia, Galileo precisó: “No importa lo que ellos digan, la Tierra gira alrededor del Sol”.

El insigne poeta Dylan Thomas exclamó: “Me he bebido 18 vasos bien llenos de whisky. Eso es un récord. ¡Eso es todo lo que yo he conseguido en 39 años!”. Humphrey Bogart, bebedor de película, ironizó: “Nunca debí cambiarme del whisky a los martinis”.

En verdad, lo que realmente importa es lo que uno hace y dice en la plenitud de su vida; y como afirmó Carl Marx: “¡Las últimas palabras son cosas de tontos que no han dicho lo suficiente mientras vivían!”.

Por Arnaldo Alegre

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