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¿Catorce años?

El dirigente político opositor Leopoldo López ha sido condenado por el régimen chavista que encabeza Nicolás Maduro a 14 años de cárcel. Catorce años es mucho tiempo. Demasiado.

Trascendió que Maduro, ipso facto, designó cónsul en Chile a Susana Barreiro, la jueza que leyó la “sentencia judicial”. La noticia no estaba confirmada al escribir esta columna; es lo que dijo la prensa chilena, que considera que fue un” premio” que se le dio a Barreiro por leer la sentencia. También hay trascendidos contradictorios sobre cuál será el recibimiento que le dará el gobierno de Michelle Bachelet. Hay quienes dicen que será recibida como la más genuina representante de un gobierno progresista y amigo. Otras fuentes aseguran que el nombramiento no se producirá para evitarle un aprieto al Gobierno chileno, el que se ha expresado muy tibiamente, sin condenar, y de hecho ignorando y en alguna forma validando todo lo ocurrido hasta el momento respecto a este nuevo atropello del régimen chavista contra los derechos humanos y civiles.

Para ser precisos, según la información oficial la “condena judicial” a López es por los delitos de instigación, asociación para delinquir, daños a la propiedad e incendio, y por 13 años, 9 meses, 7 días y 12 horas de prisión . Parece un burla, pero no. Por más que Henrique Capriles diga que “la justicia en Venezuela está podrida”, se trata de una demostración de “la seriedad” con que los jueces del chavismo se someten a lo que dicen los códigos.

Pero, para redondear, digamos que el líder político Leopoldo López fue condenado a catorce años de prisión en una cárcel militar por ser opositor al Gobierno. Esta es la única verdad.

Puesto que las cosas son así, el hecho generó la protesta de las más serias y reconocidas organizaciones de defensa de los derechos humanos, de los dirigentes políticos democráticos y liberales de todos lados, del Gobierno de los EE.UU., de la Unión Europea y de la ONU.

Y como ya es usual, en el lado de enfrente, en silencio –y en casos, con expreso apoyo– se ubican la OEA, la Unasur, el Mercosur, un fundador e ideólogo de Podemos (los españoles se lo merecen) y la totalidad de los gobiernos de origen electoral y progresistas del hemisferio. Estos, por supuesto, porque son cuidadosos de no meterse en los asuntos internos de otro país (recordar casos de Honduras y Paraguay, por ejemplo) y pese a que sus titulares y líderes dan su apoyo expreso, explícito e in situ a los candidatos progresistas en las elecciones de “otros países”. En esto de intervenir en las elecciones de un país ajeno parece que no está en juego el tema soberanía ni es meterse en los asuntos internos. Para esos gobiernos, intervención es defender derechos que son universales y para los cuales no vale frontera alguna.

En una muy elocuente y reveladora Carta Abierta a la presidenta chilena Bachelet, el político y economista venezolano, expresidente del Consejo de Seguridad de la ONU y exgobernador de Caracas, Diego Arria, califica el silencio de esos gobiernos de “acomodo amoral”.

No se trata solo de ingratitud, de falta de reciprocidad, de doble discurso, de medir con diferentes varas, como surge de la misiva. Es peor. Es la esencia de una doctrina que se vale de la tolerancia democrática y liberal para llegar al poder, el que una vez conquistado no conciben ni admiten perder. En función de ese propósito dividen a los ciudadanos entre los que están con ellos –los buenos, los solidarios, los progresistas, los honestos– y los que están en contra –los malos, los enemigos, los corruptos, los fascistas–. A los que hoy disienten, pero que los defendieron en el pasado, los consideraban y consideran “cretinos útiles”, y como tal los tratan.

Y volviendo a lo del principio: 14 años es mucho tiempo. Demasiado. Leopoldo López, me atrevo a pronosticar, recobrará la libertad y todos sus derechos mucho antes.

En cuanto los venezolanos decidan cambiar y rechazar al chavismo, López será liberado. Y será antes.

¿O es que alguien cree o apuesta a que Maduro y el chavismo van a seguir gobernando Venezuela por 14 años más?

Por Danilo Arbilla

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Un comentario en “¿Catorce años?

  1. El mejor amigo

    Pese a las advertencias bíblicas –“dime con quién andas y te diré quién eres”, “las malas compañías corrompen las buenas costumbres”–, un entonces recién asumido presidente colombiano Juan Manuel Santos confesó en México ante unos 300 editores que su colega venezolano Hugo Chávez era “su nuevo mejor amigo”. Para algunos fue un cambio sorprendente y para otros una decisión pragmática. Una elocuente muestra de lo que es la “realpolitik”.

    Santos había sido el político colombiano más insultado por el chavismo. “El señor de la guerra” y “francotirador parapetado en Washington” le llamó el propio Chávez, quien hasta llegó a reclamarle al presidente Álvaro Uribe que lo destituyera como ministro de Defensa. Dijo también que Santos era el lobo disimulado de “caperucita roja” y de “extrema derecha”, un “mafioso” y “pitiyanqui”. Lo acusó de ser parte de un complot con EE.UU. para asesinarlo (uno de los primeros de esos tantos “complots” fracasados o inventados que también se repiten con Nicolás Maduro). Denunció que Santos había llevado paramilitares a Venezuela (los argumentos se repiten) y dijo que era el único candidato presidencial colombiano no decente y que si ganaba iba a transformar a Colombia en el “Israel de América Latina”.

    Pero Santos obvió todo eso y no le puso limites a su “realpolitik”. Dejó que su mentor Uribe fuera transformado por el chavismo en el gran “villano” –y, por supuesto, ahora el de los complots con EE.UU.– sin defenderlo mucho o casi nada. Hizo efectivamente de Chávez y el chavismo uno de sus mejores aliados y hasta intermediario y garante en las conversaciones por la paz con las FARC. En la OEA y la Unasur lo apoyó o dio vuelta la cara y se hizo el distraído para no criticar las políticas y prácticas chavistas.

    Muchos esperaban que Santos, dados sus antecedentes, fuera un freno al bolivarianismo chavista, pero no fue así.

    Los hechos, sin embargo, parecerían que no le han dado la razón. Quizás se pasó de pragmático. Quizás confió demasiado en el populismo progresista, que es uno cuando hay “plata dulce” y otro muy diferente cuando aparecen las dificultades económicas y hay que gobernar en serio y sin circunstanciales vientos a favor.

    El Presidente colombiano está pagando las consecuencias de su pragmatismo o de su ingenuidad. La OEA, en la que él debió haber levantado su voz, como muchos confiaban, en defensa de los verdaderos principios democráticos, ahora, calladita y a la sordina también, le da vuelta la cara a él. Y ni qué hablar con la Unasur; vamos a ver qué hace su colombiano secretario general.

    El presidente Santos y algunos otros presidentes del hemisferio deberían revisar la política asumida ante el avance y la prepotencia del bolivarismo y el populismo progresista, los que, cuando les va mal, no tienen límites y hacen lo que sea para continuar en el poder: Maduro es capaz de ir a la guerra y de cualquier atropello, como se está viendo hoy con este “conflicto fronterizo” que inventó.

    Santos también debería revisar los límites de su realpolitik respecto a las gestiones de paz. Tener en cuenta, por ejemplo, que los progresistas, como Maduro, son sus grandes defensores, y admitir por el otro lado que quienes están en contra y tienen dudas, no por ello deben de ser fascistas, reaccionarios o de extrema derecha. Pueden que sean demócratas verdaderos, con sus miedos y sus dudas, y que simplemente, sin dejar de ser pragmáticos, atiendan a las enseñanzas y recomendaciones de la Biblia o a la sabiduría de Confucio quien advertía: “si amamos a nuestros enemigos, ¿qué dejamos para aquellos que nos aman? Justicia, pues, para quien nos hace daño”.

    Más pragmático, realista y justo que eso no se puede ser.

    Por Danilo Arbilla

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    Publicado por jotaefeb | 19 septiembre, 2015, 16:55

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