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El terrorismo del pasado y del presente

Hace unos pocos días recordábamos los ataques terroristas a las torres gemelas de Nueva York, acaecidos el 11 de setiembre de 2001. En aquel hecho histórico encontraron la muerte cerca de 3.000 seres humanos y fue capaz de cambiar abruptamente el periodo de inocencia en que vivían muchos en los años 90, después de la finalización de la guerra fría, con la cual se había marcado el término de 60 años de lucha titánica contra el fascismo, el comunismo y el marxismo. Muchos creyeron que después de la caída del Muro de Berlín a fines de 1989 y el arriamiento de la bandera de la Unión Soviética para la Navidad de 1991, el capitalismo se expandiría por el mundo sin oposición alguna. Se equivocaron en sus apreciaciones porque el espíritu victorioso de los valores del mercado y la cultura occidental tenían ahora a un enemigo mucho más implacable que los anteriores por ser, antes que nada, fanático y sin racionalidad. Pero por sobre todas las cosas: nihilista porque no conoce ningún apego a la vida o a la autopreservación. Este es el punto de partida del terrorismo del presente, que ya se ha convertido en la peor amenaza para la humanidad y en el mayor asalto conocido a todos los derechos humanos.

El terrorismo es un tipo especial de violencia utilizada por muchísimo tiempo para aterrorizar y cambiar el comportamiento de los seres humanos, pero nunca, nunca fue aceptado como un método válido para dirimir los conflictos entre las sociedades humanas. De hecho, hasta la misma guerra convencional está sujeta a leyes internacionales y el terrorismo está expresamente prohibido como un método de lucha, según la Convención de Ginebra de 1949. Pero el terrorismo del presente no reconoce leyes en absoluto. Por eso, ninguna persona, lugar u objeto de valor está inmune a un ataque terrorista. Sin dudas, el terrorismo es la peor forma de violencia premeditada, ejecutada, o con amenazas de ser ejecutadas, por grupos clandestinos cuya motivación es generalmente política. Realmente, es la práctica más despreciable de actos criminales contra gente inocente y a quienes casi siempre utilizan como símbolos para influenciar a una audiencia mucho más allá de las víctimas inmediatas.

La mayoría de los actos de terrorismo político del presente son realizados por fundamentalistas religiosos que generalmente no se atribuyen la responsabilidad del hecho y su audiencia es principalmente su dios, a diferencia del terrorismo socialrevolucionario que trata de influenciar en la población general y en el gobierno como auditorio.

El terrorismo hasta fines del siglo XIX aún tenía cierto respeto hacia los inocentes. Por eso, el plan de asesinato de Alexander II de Rusia fue abortado varias veces por los revolucionarios, hasta que lo asesinaron el 13 de marzo de 1881 en las calles de San Petersburgo, sacrificando a su vez la vida de muchas otras personas. Anteriormente a este hecho los terroristas otorgaban cierto tipo de inmunidad a los ancianos, mujeres y niños y el efecto que querían obtener era a través de la muerte de la víctima solamente. Pero en el siglo XXI el terrorismo cambió de táctica y empezaron a asesinar a inocentes para producir presión política a través de estos crímenes. La presión es lograda al generar ansiedad en el público y destruyendo la confianza en los gobiernos. Actúan aparentemente al azar para elegir sus objetivos pero es para que le sea prácticamente imposible al gobierno proteger a todas las potenciales víctimas a la vez. Claro, al no reconocer inocentes, disponen de un número extraordinario de posibles blancos para atacar, pero terminan generalmente eligiendo los objetivos menos custodiados para tener una alta posibilidad de éxito con el menor riesgo.

La democracia también ha traído profundos cambios en el terrorismo del siglo XXI. Los gobiernos personalistas del pasado no tenían continuidad y por eso la muerte de un individuo podía traer los cambios deseados. Actualmente, los gobiernos democráticos tienen continuidad y la muerte de un solo individuo ya no produce tales cambios. Por otro lado, irónicamente, cuanto más democrático sea un gobierno y respete las leyes y los medios de comunicación, más fácilmente actúa el terrorismo. Los terroristas, sin embargo, no respetan las leyes pero necesitan de los medios de comunicación para publicitar sus actos criminales. Sin democracia no hay libertad de los medios de comunicación, pero sin los medios de comunicación no hay terrorismo. Es por eso que no existe terrorismo en los países no-democráticos, pero los países democráticos sienten la amenaza constante del terrorismo como un verdadero virus.

Por Víctor L. Romero, MD (*)

(*) Médico especialista diplomado del Consejo Americano de Psiquiatría y Neurología.

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