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¿A dónde apunta la educación?

La educación formal escolarizada nunca tuvo en toda su historia una época en la que se le plantearan tantas demandas y levantara tantas expectativas. Ni las demandas que se le hacen ni las expectativas que provoca son casuales. De hecho las sociedades no encuentran otro modo de capacitar a sus gentes para las constantes nuevas exigencias de la vida. Y ahora la educación no es plan y programas exclusivos de menores, sino que se ha extendido a todas las edades hasta la muerte, porque las novedades y los cambios son permanentes y todos tenemos que estar en permanentes capacitaciones y aprendizajes.

Ante tantos pedidos y tantas expectativas hay que preguntarse: ¿a dónde debe apuntar la educación?

Si preguntamos a empresarios, a gremios y a economi stas, nos dicen que debe apuntar a entregar a la sociedad jóvenes preparados para el trabajo. Los jóvenes necesitan entrar en el mundo del trabajo para poder vivir; las empresas y el desarrollo del país necesitan jóvenes que sepan, puedan y quieran trabajar.

Si preguntamos a rectores, directivos y profesores de educación superior, nos dicen que necesitan jóvenes que lleguen de la educación media preparados para ingresar y empezar a estudiar y comprender lo que exigen las carreras profesionales y la investigación.

Cuando le preguntamos a profesionales en ejercicio de sus respectivas carreras, muchos de ellos nos dicen en términos generales que la educación debe apuntar a la calidad, que la educación que se da no tiene calidad. La palabra calidad resulta tan abierta y flexible como un comodín en los juegos de cartas, sirve para todo, pero no es tan fácil definir cuál debe ser su contenido concreto. Es tan buena la calidad que lo mismo sirve para calificar por la infraestructura, que por el número de lenguas que se enseñan, por sus tecnologías de vanguardia, por el número de profesores con títulos de posgrado, por los excelentes resultados en deportes o en matemáticas. La palabra calidad apunta a tantas cosas, que no apunta a ninguna.

Otros dicen que ya hay sistemas internacionales de evaluación de la educación que califican comparativamente y con éxito reconocido la educación de los países, por ejemplo el famoso Informe PISA (Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes). Se trata de un programa de evaluación, que lleva a cabo la OECD cada tres años entre estudiantes de quince años. En realidad no es un programa que evalúe la educación, sino el rendimiento académico en tres áreas del conocimiento: matemáticas, comunicación y ciencias naturales. Es un análisis solamente cuantitativo y no analiza la comunicación en cuanto tal, sino la lengua, obviamente necesaria para la comunicación. Sus resultados son una buena información, pero ciertamente no miden la educación sino el manejo de tres herramientas importantes que todo estudiante debe dominar. Pero si la educación apuntara solamente al logro de esas herramientas, analizadas nada más que cuantitativamente, no tendríamos garantía de que se está educando bien a los estudiantes, aunque logren las más altas calificaciones en dichas herramientas.

Me impresionó lo que dijo hace poco Eduardo Punset, especialmente por venir precisamente de él la siguiente afirmación: “Ahora más que nunca la educación debe apuntar al corazón”. La frase está perdida en una interesante introducción a una nueva experiencia de educación con “inteligencia emocional”, promovida por el hospital San Juan de Dios de Barcelona (España). Basta observar el crecimiento irracional de la violencia en el mundo, los fundamentalismos radicales, las crisis familiares y de parejas, la venta comercial de emociones en espectáculos y aventuras, el auge del consumo autodestructivo de drogas, para comprender que a nivel universal estamos fallando gravemente en la educación permanente de la afectividad.

Y ¿a dónde apunta nuestra educación? Si al decir “nuestra”, nos referimos a la que rige el Ministerio, podemos decir que nuestra actual Ministra sabe lo que quiere y está apuntalando estratégicamente componentes fundamentales del sistema: Educación Inicial, Formación Docente, Becarios, Evaluación.

Si con “nuestra” nos referimos a una propuesta nacional consensuada, no la tenemos; porque nos cuesta demasiado sentarnos a dialogar para buscar el bien común. Además deberíamos referirnos a la educación superior, y ahí sí que será difícil saber a dónde apunta realmente la educación.

Por Jesús Montero Tirado

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

4 comentarios en “¿A dónde apunta la educación?

  1. Las cifras y las encuestas

    Una cosa es leer las impersonales cifras que traen las encuestas, y otra, muy diferente, es escuchar los testimonios que hacen que lleguemos a tales resultados. Semanas atrás, en esta misma columna me referí a un informe del Foro Económico Mundial que, en tema de educación, ubica a Paraguay en el lugar 140 entre 140 países.

    Al regresar a Salamanca (España), donde vivo, me tocó de compañera de viaje una jovencita que estaría rondando los veinte años. En casi doce horas de vuelo hay tiempo suficiente para entablar algún tipo de conversación. Fue ella quien rompió el fuego. Era la primera vez que venía a España y estaría dos meses en Madrid y un mes en Barcelona. Me preguntó si era paraguayo y se me ocurrió decirle que no, que era español y que estaba en viaje de turismo por Sudamérica.
    Como iba a ser su primera visita a España, le recomendé que visitara algunas otras ciudades que están cerca de Madrid pues en dos meses de estadía iba a tener el tiempo suficiente. Sacó una agenda donde anotó prolijamente y con buena letra los lugares que yo le iba diciendo: Toledo, Segovia, El Escorial, Ávila… Y de cada sitio, me preguntaba qué era lo importante de visitar. Al final le dije que, aunque le quedaba un poco más lejos, no dejara de visitar Salamanca. ¿Qué tenía que visitar? Comencé por la Universidad. ¿Por qué era importante? Pues porque en el 2018 cumplirá 800 años de existencia. Pero también por sus célebres profesores, comenzando por Elio Antonio de Nebrija, quien no sólo ocupó la cátedra de Gramática y Retórica, sino además escribió aquí la primera Gramática del castellano que fue también la primera gramática de una lengua vulgar y que sirvió de modelo para que se hicieran intentos similares en italiano y en francés.
    Evidentemente, le estaba hablando de un tema que no le resultaba del todo claro. Insistí por otro camino. En Salamanca se escribió “La Celestina” (1499), un libro que fue fundamental para la afirmación del castellano como lengua; o bien “El lazarillo de Tormes” (1554), que aportó una nueva palabra al diccionario (lazarillo) y un nuevo género a la literatura universal: la picaresca. Para no parecer un profesor dando una lección de pedantería, suavicé la cosa: “Estos libros los habrás estudiado en el colegio, en la clase de literatura”. Entonces vino lo que no me esperaba: “No, la verdad que no. En el colegio solo vimos dos libros: ‘El Principito’ y ‘El diario de Ana Frank’”. Que quede bien claro: no está mal leer estos libros; lo que está mal es leer nada más que estos dos libros.
    Puedo imaginarme las motivaciones del profesor para elegirlos. Lo que no me puedo imaginar es por qué eligió dos obras que originalmente no están escritas en castellano (en francés, la primera; en holandés, la segunda).
    Pienso que la materia de literatura en el colegio debe servir, por sobre todas las cosas, para valorar nuestro idioma, el castellano, conocer las obras fundamentales que enriquecieron nuestra expresión verbal para luego conocer obras fundamentales de la literatura universal; es decir, la escrita en otros idiomas. Si se me permitiera elegir dos autores que han escrito en castellano, pasaría un momento difícil ya que me vienen a la cabeza centenares de ellos. Elegiría, sin lugar a dudas, una de las Novelas Ejemplares de Cervantes, cualquiera de ellas, y para la época actual: “El camino” de Miguel Delibes. Si fuera literatura latinoamericana, “Pedro Páramo” de Rulfo y algún cuento de “El trueno entre las hojas” de Roa Bastos. O bien un cuento de Julio Cortázar (“Torito” o “La continuidad de los parques”) o “Hijo de Hombre” también de Roa Bastos. Podríamos pasar muchas horas, y horas agradables y enriquecedoras, discutiendo qué obra elegir para decirles a los alumnos, a través de ellas: “Esta es la lengua que hablamos; esta es la riqueza que hemos heredado, amémosla, cuidémosla.” Pero pasar tres años de bachillerato y ver nada más que dos libros y escritos en otra lengua, ni en el caso que fueran obras de Joyce y Beckett, es condenar a los estudiantes a la ignorancia y nuestra educación al puesto 140. Buena labor hemos realizado.
    Por Jesús Ruiz Nestosa
    SALAMANCA.

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    Publicado por jotaefeb | 17 mayo, 2016, 14:53
  2. La edad del Like-it

    Las diferentes edades por las que pasó el hombre recibieron un nombre de acuerdo al material que utilizaban en sus herramientas: la Edad de Piedra, la Edad de Bronce, la Edad de Hierro, etcétera. Nosotros estamos viviendo en plena Edad del Like-it, es decir, de ese puño cerrado con el pulgar extendido hacia arriba (o hacia abajo) sobre el que uno hace “clic” con el ratón de la computadora y expresamos así si nos gusta o no la información que aparece arriba. En esto ha naufragado la red que se había creado para compartir el conocimiento y la sabiduría de gente que se encontraba en distintas partes del planeta.

    Varias veces me referí a este tema y no niego que me sentía estar hablando en el desierto en el que ni siquiera había oasis, palmeras ni camellos: solo dunas, arena, sol y viento. Un compañero del diario, Rufo Medina, me mandó un artículo periodístico aparecido en Uruguay escrito por Leonardo Haberkorn, un conocido periodista oriental (así se los conocía hasta que un Mundial de Fútbol los convirtió en “uruguayos”), autor de varios libros, coordinador de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la ORT, bajo el título de “Con mi música y la Fallaci a otra parte”. Lamento no tener el espacio suficiente necesario para reproducir íntegro este artículo en el que se despide de su cátedra en la universidad y se va para siempre. “Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla”, escribió. Trataré, sin embargo, de reproducir algunos párrafos, los que me parecen más significativos.

    “Me cansé –dice– de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa de recibir selfies”.

    “Claro, es cierto, no todos son así”.

    “Pero cada vez son más”.

    “Hasta hace tres o cuatro años, la exhortación a dejar el teléfono de lado durante 90 minutos –aunque más no fuera para no ser maleducados– todavía tenía algún efecto. Ya no. Puede ser que sea yo, que me haya desgastado demasiado en el combate. O que esté haciendo algo mal. Pero hay algo cierto: muchos de estos chicos no tienen conciencia de lo ofensivo e hiriente que es lo que hacen”.

    “Además, cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo ante gente que no lo consume ni le ve sentido a estar informado”.

    “Esta semana en clase salió el tema Venezuela. Solo una estudiante en 20 pudo decir lo básico del conflicto. Lo muy básico. El resto no tenía ni la más mínima idea. Les pregunté si sabían qué uruguayo estaba en medio de esa tormenta. Obviamente, ninguno sabía. Les pregunté si conocían quién es Almagro. Silencio. A las cansadas, desde el fondo del salón, una única chica balbuceó: ¿no era el canciller?”.

    “Así con todo”.

    “¿Qué es lo que pasa en Siria? Silencio”.

    “¿Qué partido es más liberal, o está más a la “izquierda” en Estados Unidos, los demócratas o los republicanos? Silencio”.

    “¿Saben quién es Vargas Llosa? ¡Sí!”.

    “¿Alguno leyó alguno de sus libros? No, ninguno”.

    Se me acaba el espacio. Les pido –les exhorto– a que busquen en internet el artículo entero porque esto que he incluido es nada más que una pequeñísima parte de su dolorosa despedida vencido por la “red de redes”. Y cada día se inventan cosas nuevas para hacer que la dependencia sea mayor. En la feria de CES que se realiza en estos días en Las Vegas se exponen, o se adelantan, artefactos que nos ponen los pelos de punta ya que en vista a lo que vemos hoy día, no servirán para hacernos más inteligentes, sino para volvernos más estúpidos.

    Por Jesús Ruiz Nestosa

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    Publicado por Anónimo | 22 enero, 2016, 16:31
  3. Educación: una ganancia real

    Quien está en el mercado de trabajo necesita siempre actualizarse. Esto no es novedad. Educación es inversión y se refleja directamente en el sueldo. Una encuesta de la Fundação Getúlio Vargas, hace unos años, mostraba que, para cada año de estudio hay, en promedio, un aumento de 15% en los rendimientos del trabajador brasileño. Basta examinar la nómina de las empresas para ver que la tendencia continua y es real.

    El mundo está lleno de normas y leyes que rigen las profesiones. Varias de ellas necesitan educación formal para que sean ejercidas. Como es el caso de las ingenierías, de medicina, de contabilidad. Otras, sin embargo, se basan en el conocimiento técnico y comportamental, que puede ser adquirido de varias formas, incluso en la práctica diaria. No obstante, ese no es un camino único. Quien se basa solamente en la educación informal normalmente tiene dificultades en alcanzar puestos más altos en las organizaciones.

    Los jóvenes – y hasta algunos profesionales de mediana edad – varias veces tienen dificultades para percibir la relación directa entre la educación y sus rendimientos. Antiguamente, para postularse a un empleo, bastaba la llamada “enseñanza secundaria”. Las exigencias fueron creciendo y hoy ni la graduación en un curso superior es suficiente. Muchas empresas ya colocan en su solicitud para contratación en los cursos de postgrado.

    Por eso, el profesional debe tener en mente que a cada tres o cuatro años debe buscar un curso de perfeccionamiento, de preferencia en grado superior al anterior. Cursos en el exterior tienden a ser más valorados, pues traen embutidos también una experiencia cultural. Las clases habitualmente reúnen alumnos de varios países y continentes, lo que propicia un aprendizaje paralelo que solo la convivencia con otras culturas proporciona.

    Y hay aún una ganancia extra: quien estudia más suele ser más respetado por los colegas de trabajo y por los jefes. En la práctica funciona así, entonces piense en qué curso usted pretende cursar en el 2016. No pierda tiempo y gane más.

    Bernt Entschev

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    Publicado por Anónimo | 9 enero, 2016, 10:50
  4. Grieta tecnológica y generacional

    El televisor con antenas y sin control remoto, el teléfono con disco, la máquina de escribir, las cartas de amor, el tocadiscos a pilas, los cines al aire libre, en fin, son algunos de los símbolos de los años 60 y 70. Para los mayores, son nostálgicos recuerdos; para los adolescentes y jóvenes, son cuestiones del viejazo que no les interesan.

    Más allá de la natural brecha generacional, existe una grieta profunda entre los adultos mayores y los adolescentes por la impresionante rapidez de las innovaciones tecnológicas que conllevan radicales transformaciones culturales como si los chicos de hoy viviesen en otro mundo.

    Las nuevas tecnologías, principalmente las de comunicación, irrumpieron sin pedir permiso en la formación de los niños y adolescentes hasta el punto de que los celulares se convirtieron en los padres y docentes de esta nueva generación. Las redes sociales sustituyeron a los diarios impresos y a las radios AM, los “grupos” virtuales reemplazaron a las barras de amigos, y las páginas web, Youtube y Wikipedia son las fuentes del conocimiento y de la verdad.

    Los mayores enfrentan enormes dificultades para comunicarse con los niños y adolescentes de hoy porque éstos manejan lenguajes y códigos diferentes a los de hace dos o tres décadas. Hay una distancia psicológica y cultural muy grande porque las áreas de experiencia común son muy pequeñas o no existen.

    El celular y la computadora se tragan casi todo el tiempo no escolar de los niños y adolescentes. Incluso en los almuerzos familiares de los domingos, el móvil está ahí, entre el tallarín y la gaseosa, haciendo prácticamente imposible cualquier conversación racional entre los comensales.

    Los valores tradicionales son cuentos depreciados. El respeto a los mayores, la atención a la maestra, la misa de los domingos, la fidelidad en la pareja, el compromiso con ciertos ideales, etc., son leyendas de un tiempo extinguido, salvo raras excepciones. ¿Esto significa que los jóvenes ya no tienen valores? No. Significa que los chicos han adoptado nuevas pautas de conducta, siguen a determinados gurúes informáticos, priorizan metas personales y se interrelacionan en un mundo virtual que está fuera del alcance de los adultos mayores.

    ¿Cuál es el problema central que esto representa en la sociedad actual? Que existe un cortocircuito entre los sistemas tradicionales de educación en valores y el mecanismo actual de aprendizaje de las nuevas generaciones. Los educadores históricos (padres, docentes, sacerdotes) han cedido terreno a los “maestros tecnológicos”, es decir, esa montaña de informaciones y opiniones de muy diverso contenido y veracidad, que pueden producir, por igual, niños genios de extraordinario talento y adolescentes guiados por pervertidos sexuales o fanáticos ideologizados para matar a grupos humanos seleccionados.

    Los que ya pasamos los 50 poco o nada podemos hacer. Son los propios jóvenes quienes deberían tomar conciencia de este gran cambio cultural. Analizar la realidad, promover los aspectos positivos y alertar sobre las facetas negativas son las tareas necesarias para avanzar hacia un mundo mejor. Es el eterno desafío de la educación; solo han cambiado los protagonistas y los instrumentos pedagógicos.

    Por Ilde Silvero

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    Publicado por Anónimo | 4 enero, 2016, 15:31

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