está leyendo ...
terrenal

Mierda

En la literatura, las primeras líneas suelen funcionar como un sortilegio o un mazazo que no te deja abandonar el resto del libro.

“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé”, escribe Albert Camus en El extranjero para desnudar la abulia del existencialismo. En el mismo tono, en El túnel, Sabato apunta: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne; supongo que el proceso está en el recuerdo de todos…”.

Cervantes nos presenta al héroe universal con: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo…”.

En tanto, Nabokov nos enrostra en primera persona el amor perverso de un profesor de literatura: “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma…”.

Kafka nos regala dos perlas de su torturado acervo. En El proceso, escribe: “Alguien debió de haber calumniado a Josef K., porque sin haber hecho nada malo, una mañana fue detenido”. Y en La metamorfosis precisa: “Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”.

Juan Rulfo nos desnuda la pesadumbre del desierto mexicano al escribir en su Pedro Páramo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera…”.

Hay algunos párrafos iniciales que se convierten en frases de leyenda. León Tolstoi, en su inmensa Ana Karenina, nos apunta: “Todas las familias felices se parecen entre sí; pero cada familia desgraciada tiene un motivo especial para sentirse así”.

El hechicero colombiano, el genial Gabo, nos regala inicios preciosos. Pero también tiene finales épicos que hacen de la literatura, en fin, de la palabra, una poderosa viviseccionadora del alma humana.

En El coronel no tiene quien le escriba, el anciano espera con un optimismo tozudo la pensión que nunca llega. En su practicidad vital su mujer le espeta que su última esperanza de ganancia, un gallo de pelea, puede servir en una contienda más inmediata: matar el hambre. Propuesta que el coronel rechaza.

Entonces, ante la pregunta de la mujer: “Dime, qué comemos”, Gabo nos dice: “El coronel necesitó setenta y cinco años —los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto— para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

—Mierda”.

Por Arnaldo Alegre

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

Aún no hay comentarios.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

La frase

"No hay nada nuevo bajo el sol, pero ¿cuántas cosas viejas hay que no conocemos?"18/01/17
Ambrose Bierce

el clima

Click for Asunción, Paraguay Forecast

admin

Arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes. Desde Asunción/Paraguay. laovejacien@gmail.com

archivos

estadísticas

  • 2,615,949 visitas
Follow laoveja100 on WordPress.com

instagram

Twitter

A %d blogueros les gusta esto: