El corazón del narcotráfico

Las cifras que se manejan en la economía del narcotráfico son alucinantes. Según las más recientes estimaciones de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC, por sus siglas en inglés), el valor total de ventas al por menor de drogas ilegales a nivel mundial es de 320.000 millones de dólares (escribo la cifra para dimensionarla adecuadamente: 320.000.000.000). El mercado de venta minorista de drogas en el continente americano está estimado en 151.000 millones de dólares, lo que representa un monto cercano a la mitad del total mundial. En América del Sur se produce prácticamente toda la cocaína disponible en el mundo y en América del Norte se consume casi la mitad de ella. En América se produce más de la mitad de la marihuana del mundo y la mayor parte se consume en América del Norte.

América del Sur es la principal productora de cocaína a nivel mundial, generando una cantidad estimada de 1.000 toneladas al año. Los principales países productores son Colombia, Perú y Bolivia. Aproximadamente 450 toneladas de cocaína son enviadas a mercados de América del Norte y 250 toneladas a mercados de Europa. América del Norte, en cambio, produce la mayor parte de la marihuana que se comercializa en el mundo, seguida por América del Sur, África y Asia. Los principales países productores de marihuana en América del Norte son México, Estados Unidos y Canadá, totalizando 12.900 toneladas al año. En América del Sur, Paraguay encabeza la lista de países productores de marihuana, seguido de lejos por Colombia y Brasil, alcanzando en conjunto un total estimado de 10.000 toneladas al año. La mayor parte de la producción de marihuana se comercializa en mercados de América del Norte y Europa.

Según las estimaciones de la UNODC, Paraguay produce 5.900 toneladas de marihuana por año. Sin embargo, la Secretaría Nacional Antidrogas (Senad) calcula extraoficialmente que en Paraguay existen entre 5.000 y 8.000 hectáreas destinadas al cultivo de marihuana y que cada hectárea es capaz de producir 3.000 kilos por cosecha, pudiendo llegar a dos cosechas anuales, lo cual representaría un total de entre 30 y 48 millones de kilos al año (es decir, entre 30.000 y 48.000 toneladas). Como el valor de comercialización de la marihuana puede llegar en la región a 2.000 dólares por kilo (¡2.000.000 de dólares por tonelada!), una cosecha supondría entre 30.000 y 48.000 millones de dólares y dos cosechas supondrían entre 60.000 y 96.000 millones de dólares. Para poner el dato en escala apuntaré que existen en Paraguay entre 120.000 y 180.000 hectáreas destinadas al cultivo de arroz, cuyo valor en el mercado oscila entre 170 y 180 dólares por tonelada, y que la media nacional de producción es de 6.500 kilos por hectárea. Existen, además, entre 3 y 3,5 millones de hectáreas destinadas al cultivo de soja, con un rendimiento de 2 a 3 toneladas por hectárea y un valor aproximado de 350 dólares por tonelada. Es cuestión de calcular y comparar.

Está claro que el objetivo del narcotráfico es el lucro generado mediante la comercialización de drogas ilegales. Para conseguirlo, deben montarse estructuras extremadamente complejas: plantaciones de coca, marihuana o amapolas; laboratorios de refinamiento para producir clorhidrato de cocaína o heroína; logística y medios para trasladar sustancias prohibidas a través de diversos países; mecanismos de comercialización a niveles mayorista y minorista; sistemas de traslado y lavado de dinero efectivo para su formalización en la economía. Considerar el objetivo económico del narcotráfico es crucial para entenderlo y combatirlo. Si solo se presta atención al accionar violento y criminal de los narcotraficantes, se pierde de vista el objetivo a partir del cual es posible enfrentarlos. En rigor, los enormes márgenes de ganancias comerciales que generan las drogas ilegales son el corazón del narcotráfico.

Por Daniel Mendonca

http://www.abc.com.py/edicion-impresa/opinion/el-corazon-del-narcotrafico-1407362.html

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Un pensamiento en “El corazón del narcotráfico”

  1. NARCONOVELAS: PLATA, PLOMO Y… ¿PROHIBICIÓN?

    La narcocultura derivada del flagelo del narcotráfico se refleja en expresiones como las narconovelas y los narcocorridos. ¿Se deben prohibir las narconovelas? DW analiza este complejo tema con la ayuda de dos expertos.

    Cada vez que en Colombia se estrena una narconovela vuelve la polémica sobre la ética de los medios que las producen, sobre su influencia nefasta en la sociedad, sobre la imagen que dan del país y sobre el irrespeto a la memoria y a las víctimas. Este debate también se da en América Latina, donde igualmente hay preocupación por los efectos negativos de las narcoproducciones colombianas, que son muy exitosas por la calidad de los actores, los guiones y la producción. ¿Prohibir esta expresión de la narcocultura resolvería los problemas que supuestamente exacerba?
    Prohibir la expresión de la narcocultura
    José Manuel Valenzuela, profesor e investigador del Departamento de Estudios Culturales del Colegio de la Frontera Norte (México), dice a DW que no conoce estudios que demuestren indiscutiblemente que la inhibición de las expresiones de la narcocultura sea una medida eficaz contra sus pretendidos efectos negativos. Valenzuela evoca el caso de los narcocorridos: “En México de manera temprana empezaron las prohibiciones. La Cámara Nacional de la Industria de la Radio y de la Televisión los prohibió, y no pasó nada. Se siguen tocando en los bailes y conciertos hasta llegar a un posicionamiento más fuerte por parte de distintos actores sociales”.
    Sobre los “corridos prohibidos” se decía que si los jóvenes los escuchaban, tendrían una suerte de proclividad incontinente para consumir drogas o para incorporarse al mundo del narcotráfico. “En el fondo, esto no era lo correcto”, acota el investigador mexicano, añadiendo que estos argumentos eran “muy frívolos y poco verídicos”. Las verdaderas razones de las corrientes prohibicionistas yacían en el hecho de que los corridos comenzaron a ser más explícitos en la presentación de las complicidades del narco con el clero, con figuras de la vida social y de la política.
    Por su parte, Omar Rincón, profesor e investigador de la Universidad de los Andes, de Bogotá, se pregunta en la revista Nueva Sociedad (2015) si se deben “censurar o quitar estas narconovelas”, a lo cual responde negativamente, apuntando que “hay que seguir haciéndolas porque la historia es un duelo de relatos y la ficción es la mejor manera de contarla, solo que habría que diversificar los puntos de vista, no solo quedarse en la verdad de los narcos y violentos, sino buscar los otros relatos”.
    Para Rincón, estas producciones se deben escribir y actuar con más conciencia, de manera que no se justifique por ningún motivo el tipo de héroes que en ellas se presentan. Además, “hay que mostrar a los narcos como criminales sin justificación ni reivindicación o vidas que admirar”.
    “Más vale una hora de rey, que una vida de buey”
    ¿Por qué los colombianos -y, al parecer, muchos latinoamericanos- se identifican con producciones como “Escobar, el Patrón del mal”? Según Omar Rincón, se debe a que esta es “una sociedad de exclusión y de inequidad donde ‘el ascender’ legítimo vía educación y trabajo no es posible, ya que solo una pequeña parte logra ir a la universidad y habitar la sociedad del trabajo bien remunerado”. Omar Ricón cree que el narcotráfico ha creado en una parte de la población una cultura del “todo se vale” para salir de la pobreza o hacer fortuna. Para su homólogo mexicano, esto debe ser matizado, ya que la idea del dinero fácil en el narcotráfico casi siempre es un mito. En efecto, personas vinculadas al narco han confesado a Valenzuela que sí se puede hacer dinero rápidamente, mas no es tan fácil como se cree –o como se muestra en las narconovelas. No hay que olvidar que la mayoría de estas ficciones responden más a intereses económicos que sociales o educativos.

    La narcocultura parte de la necesidad de contar lo que significa el río de sangre que viene corriendo por América Latina en los últimos años bajo el supuesto combate al narcotráfico, pero cuando hacemos el saldo, “vemos que lo que hay es un sitio a los espacios de libertad, a los espacios de la sociedad civil, que el narco goza de cabal salud, que no hay escases de drogas en ninguna parte”, señala Valenzuela. Añade que es ahí cuando se puede observar una suerte de naturalización de las actividades del narcotráfico en diversos sectores sociales. Todo esto lleva a una “cuestión que es preocupante”.
    A pesar de los matices en sus posiciones, ambos investigadores consultados por DW concuerdan en que las diferentes expresiones de la narcocultura son la consecuencia y el reflejo de la situación política, económica y social en Latinoamérica, donde imperan la falta de educación y la escasez de oportunidades para vivir dignamente.
    Valenzuela sostiene que en México 100 mil niños están en condiciones de precarización –como el niño sicario alias “El Ponchis”- y que 30 mil están involucrados en distintas facetas del narcotráfico. Resalta además, que en el continente crece la figura de los “tonas”, es decir, los miles de seres humanos para quienes la vida es “todo o nada” y que por lo tanto creen que “más vale una hora de rey, que una vida de buey”.
    Sentencia que vivimos en sociedades que ponderan de forma delirante el consumismo como el parámetro del éxito en la vida, donde se abandona el ser por el poseer”. De ahí la importancia de dar oportunidades de educación integral y de trabajo digno que favorezcan el ascenso social por las vías legales, y que fortalezcan los valores humanos. Estas oportunidades, además, deben ayudar al ciudadano a desarrollar la capacidad de hacer una lectura crítica de los contenidos ofrecidos por los grandes medios de comunicación y de las diferentes expresiones de la narcocultura.

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