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Maduro busca la guerra

La agresiva decisión del presidente venezolano, Nicolás Maduro, de militarizar la frontera de su país con Colombia cerrando las vías tradicionales de comunicación terrestre entre ambos países por los que se canaliza gran parte del flujo comercial y el tránsito de personas de un lado a otro de la línea fronteriza, ha sorprendido desagradablemente a la comunidad internacional. Nadie digiere el pretexto de que lo hace para contener la incursión de paramilitares colombianos a territorio venezolano con el propósito de atentar contra su vida, ni para combatir al hampa y el pillaje de los contrabandistas de alimentos y combustibles endémicamente arraigados en la frontera entre ambos países. La aparatosa movilización militar ordenada por Maduro en municipios de los estados de Táchira y Zulia, bloqueando los pasos fronterizos, ha causado asombro e incredulidad en la opinión pública continental, y, sin duda, justificada preocupación en el ánimo de los gobernantes democráticos de la región que, sin embargo, llamativamente, se encierran en un cobarde mutismo. Si a esto se agrega la violenta y masiva deportación de colombianos residentes en Venezuela desde siempre, con su tendal de víctimas colaterales inocentes de familias desarraigadas de sus hogares sin ninguna contemplación humanitaria, la actitud del Presidente venezolano configura una grave violación de la Carta de las Naciones Unidas referente al debido respeto que las naciones signatarias de la misma deben observar en cuanto a los Derechos Humanos.

Según estimaciones de la ONU recientemente divulgadas, unos 20.000 colombianos residentes en Venezuela se han visto afectados por la actual crisis fronteriza. Unos 1.400 de ellos han sido violentamente deportados y más de 18.000 han huido por temor a sufrir la misma suerte. Irónicamente, mientras en nuestro continente se consuma esta tragedia humanitaria con crueldad y sufrimiento solo comparables con lo que en estos días sobrellevan los refugiados sirios que buscan amparo en Europa tras huir de su país ante la arremetida del ISIS, los gobiernos democráticos nucleados en la OEA y en la Unasur hasta ahora no se han decidido a intervenir para disuadir al belicoso Presidente venezolano de su intransigente actitud, y buscar una vía pacífica de entendimiento con su colega colombiano, Juan Manuel Santos, para resolver la crisis que los mantiene al borde de una guerra fratricida.

Mientras todo esto sucede, entremedio de acusaciones mutuas, los presidentes de ambos países sostienen estar dispuestos a dialogar para buscar una solución a la crisis. Así se ha manifestado el presidente Santos, pese a sostener que “La revolución bolivariana se está autodestruyendo, se está destruyendo a sí misma por sus resultados”. Por su parte, Maduro reaccionó airado, expresando: “El presidente Santos ha emitido las peores ofensas contra Venezuela. Ha cometido un error muy grave que es irrespetar al Presidente de Venezuela”, agregando que, no obstante, está “obligado” a hablar con su colega.

Para quienes enfocan la crisis fronteriza entre los dos países a través de la óptica de la hermandad bolivariana que los vincula históricamente y de la fluida relación comercial existente entre ellos, resulta difícil entender que de la noche a la mañana, en un arrebato de histerismo político, el gobernante venezolano haya sorprendido a la comunidad internacional con la extraña denuncia de que su homólogo colombiano había montado un complot para asesinarlo por manos de paramilitares colombianos que para el efecto estaban incursionando furtivamente en territorio venezolano. Igualmente descabellada resulta la acusación contra el hampa y los contrabandistas colombianos como siendo los causantes del desabastecimiento alimentario que está sufriendo Venezuela, cuando la verdad es que, aunque siempre hubo contrabando de uno y otro lado, la escasez de artículos de primera necesidad se debe, no al comercio ilegal fronterizo, sino a la crítica situación de la economía venezolana a raíz de la baja de los precios internacionales del petróleo, la rampante corrupción pública y una inflación anual cercana a tres dígitos. De cualquier manera, Maduro inventó un buen pretexto para desviar la atención de su gente tomando como chivo expiatorio al Gobierno colombiano.

Para los observadores realistas, la furia del Presidente venezolano contra su homólogo colombiano trasunta el manido recurso político de que acostumbran echar mano los gobernantes autoritarios para desviar la atención de sus conciudadanos cuando las papas queman en casa, centrándola en una crisis de confrontación internacional que invariablemente despierta la pasión popular del nacionalismo. Las arbitrarias decisiones que toma el presidente Nicolás Maduro parecen indicar que solo busca la guerra con Colombia, a la manera del dictador argentino Leopoldo Fortunato Galtieri, quien cuando se vio acorralado por la corrupción y las ansias libertarias de sus conciudadanos invadió las islas Falkland o Malvinas para distraer la atención de los argentinos y, de alguna manera, tratar de recuperar la unidad y credibilidad del pueblo.

Cada día que pasa, Maduro despliega más tropas en la frontera, y son justamente los militares quienes se encargan de la expulsión de los colombianos. En esta situación, todo da a entender que solo se espera que la mecha se encienda para que declare la guerra al vecino.

En verdad, la causa real del drama venezolano es la corrupción y el despilfarro imperantes en la administración pública, que está afectando gravemente a la economía de la población; no ha de extrañarnos entonces que un gobierno con la soga al cuello reaccione con la guerra contra su vecino. Por lo visto, para esto se estaba preparando Chávez cuando compró tanta cantidad de armamentos.

Parafraseando al presidente Juan Manuel Santos, podemos afirmar que el presidente Nicolás Maduro ha iniciado el desmoronamiento de la pirámide de la revolución bolivariana, y será responsable del impacto de las piedras, aunque él no las arroje personalmente.

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