La foto del niño de la playa

Pocas veces eso de que “una imagen vale más que mil palabras” ha sido tan certera como cuando, a mitad de semana, internet y los medios internacionales nos restregaban en nuestros monitores la fotografía de Aylan Kurdi, un niño kurdo-sirio de tres años, quien yacía muerto boca abajo en la playa turca de Bodrum. El fue víctima de un naufragio en el que también murieron su hermano de cinco años y su madre en su desesperado intento por huir de la guerra civil en Siria.

Su muerte centró el foco en el drama que viven los refugiados que huyen de la guerra y la imagen de esta generó encendidos debates y polémica en las redes sociales. La fotografía captada por la fotoperiodista Nilufer Demir fue calificada como sensacionalista y amarillista. Trasladado el debate a las redacciones del mundo, “publicar o no publicar” era la cuestión; el resultado, es historia conocida.

A partir de la difusión de la imagen, conviene dejar en claro algunos puntos para separar lo que es amarillista y lo que es informativo. Analicemos la fotografía: se ve a un niño que yace boca abajo; podría tratarse de tu hijo, tu hermanito o tu sobrino querido. Parece dormido, en la playa con el mar como telón de fondo. ¡Pero es una criatura muerta! Sí, cierto, está muerta. ¿Conmueve? Claro que sí. ¿La publico? Sí. ¿Por qué? Por lo siguiente:

Puede que sea una imagen emocionalmente violenta, pero es la síntesis de una realidad a la que muchos han dado la espalda. Durante años se ha clamado por ellos y por sus derechos. Aylan hizo que el mundo por fin centrara su atención sobre el drama y ensayara estrategias para un cambio real.

La foto informa y a la vez opina sobre la indolencia de las autoridades, de la gente que financia la guerra; también habla de la esperanza que tienen los refugiados por lograr una vida mejor, así les cueste la vida. La foto no es escabrosa, no busca el morbo fácil, es nada más que la dura realidad.

En un contexto diferente, la imagen del cadáver de un niño sería puro sensacionalismo, pero esta no lo es, porque responde a una política de publicación que no discrimina. La fotógrafa Demir se defendió de sus críticos diciendo que ya no había nada más que hacer por el pequeño. Lo único que podía era, a través de sus disparos, hacer escuchar el grito de su cuerpo –que yacía en la tierra– y el de muchos otros muertos por la misma causa.

Podríamos escribir ríos de tinta, hacer muchos reportajes para denunciar y buscar el cambio, pero ante la indiferencia hay que buscar otras formas de llamar la atención. Solo así se podrá hacer algo y en serio, ya sea por los refugiados allá lejos en Europa o por las víctimas de la narcopolítica acá en Paraguay. Como ejemplo local tenemos el caso del colega asesinado Pablo Medina: cuánto escribió, cuánto denunció, y nadie le hizo caso. Tuvo que morir asesinado…

Cuando el objetivo es mostrar un hecho sin trastocarlo, eso es información. Cuando el objetivo es mostrar más sangre porque vas a vender más, eso es amarillismo. Lo de Aylan, definitivamente, no es lo segundo. Lo de Pablo tampoco lo fue.

Por Marta Escurra

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