Francisco y el aborto

He leído una y otra vez la carta del papa Francisco a monseñor Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, encargado de la preparación del Jubileo de la Misericordia que comenzará el próximo 8 de diciembre, y a mi entender, la fundamentación del apartado que da atribuciones a los sacerdotes a perdonar a las mujeres que han cometido el aborto es muy simplista y hasta las presentan como las únicas culpables o responsables del hecho.

Estoy totalmente de acuerdo con Francisco en que ellas deben ser perdonadas, porque, tal como él mismo dice, “el perdón de Dios no se puede negar a todo el que se haya arrepentido, sobre todo cuando con corazón sincero se acerca al Sacramento de la Confesión para obtener la reconciliación con el Padre”.

El Papa afirma igualmente en su misiva: “Conozco bien los condicionamientos que las condujeron a esa decisión. Sé que es un drama existencial y moral. He encontrado a muchas mujeres que llevaban en su corazón una cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa. Lo sucedido es profundamente injusto; sin embargo, solo el hecho de comprenderlo en su verdad puede consentir no perder la esperanza”. Si bien dice que conoce las causas que llevaron a incurrir en ese pecado, tira toda la responsabilidad a la mujer. La ubica como si fuera la causante principal del pecado y hasta parece contradecir a su antecesor Juan Pablo II, que en su Encíclica Evangelium Vitae, n. 62, dice que la excomunión por aborto no solo afecta a la mujer, sino también a sus cómplices, “sin cuya cooperación el delito no se hubiera producido”.

No hay duda de que en este caso la responsabilidad moral, además, afecta particularmente a quienes directa o indirectamente la han forzado a abortar. Juan Pablo II dice incluso que son además responsables los médicos y el personal sanitario cuando ponen al servicio de la muerte la competencia adquirida para promover la vida. Incluye también hasta a los legisladores que han promovido y aprobado leyes que amparan el aborto, y a las instituciones y organismos internacionales que lo promueven. Esta es la explicación que hace el finado pontífice al canon 1398, que dice: “Quien procura el aborto, si este se produce, incurre en excomunión latae sententiae”.

Desde su asunción a la cátedra de Pedro, Mario Jorge Bergoglio ha tomado decisiones sorprendentes e indudablemente ha delineado una Iglesia más cercana a los marginados y a aquellos alejados de la misericordia de Dios. Para llegar a ellos ha establecido el próximo Jubileo, pero en este caso, si bien dijo que conoce bien el drama de aquellas que cometieron el aborto, no puede exculpar a los autores morales, como dirían en las investigaciones policiales.

Pero como es recién una recomendación que el Papa pide a Mons. Rino Fisichella, cuando se establezcan las disposiciones para ganar las indulgencias sería interesante que se aclare que hay otros responsables del aborto, como dice la Encíclica Evangelium Vitae, que también deberían ser llamados a arrepentirse, porque así como se lee en su mensaje, da a entender que se “criminaliza” solo a las mujeres.

Por Aníbal Modesto Velázquez

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10 pensamientos en “Francisco y el aborto”

  1. El papá también es responsable

    En nuestro vecino Uruguay se desarrolla un debate en torno a la vida de un ser humano de 12 semanas de crecimiento. En pocas palabras el tema gira en torno a quién tiene derecho a autorizar su muerte –legal y segura– en el vientre materno: ¿la madre o el padre?

    La cuestión surgió debido a que una jueza dio lugar a un recurso de amparo presentado por el padre de una criatura, que hoy está a punto de cumplir 12 semanas de desarrollo, y cuya madre, su ex pareja, había iniciado el proceso para abortarla en el marco de la ley vigente en ese país.

    Según explica el abogado del padre del bebé, el hombre “está dispuesto plenamente a hacerse cargo de su hijo, lo cual lo hace ya a partir de la concepción, independientemente de que la madre esté dispuesta a ejercer su rol como tal”.

    Asegura que intentó convencerla, lo cual resultó infructuoso, por lo cual decidió buscar la protección de la vida del hijo en común.

    Aquí no se trata de salir en defensa del hombre o de la mujer, como si esto se tratara de una guerra de sexos ni una confrontación al estilo de las feministas radicales. Lo que este hecho pone en evidencia es que la vida de un ser humano en gestación es una responsabilidad tanto del hombre como de la mujer; del padre y la madre, ninguno puede desentenderse.

    Así como el varón debe hacerse cargo plenamente de todos los hijos que trae al mundo, durante su crecimiento, también debe serlo, y hasta obligatoriamente, en la decisión de su muerte a través del aborto.

    Se trata de una acción gravísima. El padre debe asumir la carga de semejante decisión, provocada en muchos casos por un entorno de soledad, presión social, pobreza, ignorancia y desesperación; así como las graves secuelas que en la mujer que provoca. Es una cuestión de justicia. Poner al padre como sujeto de derecho ante el niño en el vientre materno es relevante. Por otro lado, todavía parece increíble, que hoy hablemos de estos asesinatos “invisibles”, autorizados por los Estados, con la naturalidad que en siglos pasados de hablaba de matar al hijo de una esclava, porque no era sujeto de derecho, carecía de valor y dignidad; era una cosa.

    Este hecho deja en evidencia el grado de deshumanización al que hemos llegado; a tal punto que la representante de una ONG uruguaya feminista es capaz de calificar de “cruel” la determinación de la jueza, y considerar a la ley del aborto como una “legislación de avanzada”, tanto, que solo basta cumplir con un frío protocolo para dar vía libre a la destrucción de vidas humanas por nacer, y herir de “muerte en vida” a miles de mujeres y parejas en el mundo.

    Por Gustavo Olmedo

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  2. Perdón sí, redefinición no

    Angustia, depresión, desesperación, tristeza… son algunos de los síntomas que me expresaba una joven anónima con la que mantuve contacto luego de que pidiera auxilio en una web uruguaya de ayuda a mujeres con problemas posaborto para la que estuve de voluntaria. A ella le fue fácil conseguir químicos y hacerse ella misma el “procedimiento”. Su novio le financió y la alentó. Hasta un día antes, según me contaba, estaban de acuerdo en todo. Luego cambió.

    Ella no tenía reparos religiosos, ni mucho menos; como estudiantes de enfermería, ambos habían recibido mucho estímulo para aceptar el aborto como algo necesario y positivo en ciertos casos… Pero cuando le pasó a ella su mundo giró completamente. No lo comprendía. No era una tonta. Sabía cómo “proceder”, pero no sabía cómo enfrentar lo que le pasaba porque todo quedó mal, de cabeza en su interior, así fue como acudió al sitio web y pidió acompañamiento. Yo la escuchaba y trataba de darle ánimo, le enuncié varias veces lo que creo en lo más profundo: la existencia del perdón y la posibilidad de volver a comenzar para bien. Fue una de las experiencias más impactantes de mi vida el contacto con esta realidad. Estar allí es otra cosa. Y no se trata de ignorancia o mal servicio sanitario, ni siquiera un prejuicio religioso. Es una mujer entrando en conciencia de que ha eliminado la vida de otro ser, uno con el que estaba unida profundamente… Mi participación fue por poco tiempo, pero en ningún momento surgió una palabra o una frase que diera a suponer que la recuperación iba a ser inmediata.

    Fue algo similar lo que les dijo el papa Francisco a los obispos de Alemania en su visita ad limina en el Vaticano: “¡Cuán grandes son las heridas que nuestra sociedad debe sufrir por el descarte de los más débiles y los más indefensos: la vida naciente, los ancianos y los enfermos! Todos nosotros finalmente recibiremos las consecuencias dolorosas… La Iglesia no debe cansarse nunca de ser abogada de la vida y no debe retroceder en el anuncio de que la vida humana debe protegerse incondicionalmente desde el momento de la concepción hasta la muerte natural”.

    Amigos: Cierto sector de la prensa insinúa una supuesta apertura al aborto del actual Papa al permitir a los sacerdotes (no solo al obispo, que ya lo ha hecho siempre) perdonar a las personas arrepentidas de haber cometido lo que el mismo papa Francisco ha definido y enfatizado “con todas sus fuerzas” como un “pecado grave, porque pone fin a una vida humana inocente”. Entonces, ¿de dónde sacaron esta conclusión tirada de los pelos? ¿Qué intereses defienden?… Vale discutirlo y ver todas las aristas, pero no vale redefinir ni tergiversar, porque desde la mentira no se construye y además hay personas a las que se puede dañar gravemente con esta campaña patética. Yo no me adhiero.

    Por Carolina Cuenca

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  3. Francisco, la riqueza y la política

    Duro, muy duro, estuvo el papa Francisco en su discurso sobre los adictos a la riqueza y su ingreso a la política en el Tercer Encuentro Mundial de Movimientos Populares hace dos semanas en el Vaticano. El obispo de Roma y sucesor de San Pedro Apóstol dijo que las personas millonarias, apegadas al dinero y a los lujos, no deben incursionar en política para no hacer daño a su comunidad y a los ideales que pretenden servir.
    Francisco recordó principios conocidos de la doctrina social de la Iglesia Católica en cuanto a los efectos negativos del sistema económico capitalista, el neoliberalismo globalizador, el dominio de los fuertes sobre los débiles y los fenómenos de la explotación y la miseria de los pueblos marginados tercermundistas.

    Al advertir sobre la riqueza como fin principal del ser humano, el papa dijo textualmente: “A cualquier persona que tenga demasiado apego por las cosas materiales o por el espejo, a quien le gustan el dinero, los banquetes exuberantes, las mansiones suntuosas, los trajes refinados, los autos de lujo, le aconsejaría que se fije qué está pasando en su corazón y rece para que Dios lo libere de esas ataduras. Pero, parafraseando al expresidente latinoamericano (Pepe Mujica) que está por acá, el que tenga afición por todas esas cosas, por favor, no se meta en política, que no se meta en una organización social ni en un movimiento popular, porque va a hacer mucho daño a sí mismo, al prójimo y va a manchar la noble causa que enarbola. Tampoco que se meta en el seminario”.

    ¿Quiénes son los hombres ricos que se metieron en política? Hay muchos, demasiados en el mundo. Citemos solo a Putin en Rusia, Piñeira en Chile, Macri en Argentina, Cartes en Paraguay y, ahora, Trump en Estados Unidos. Si seguimos el pensamiento de Francisco, estas personalidades no debieran haber hecho lo que hicieron porque el apego por el dinero les impide ver las necesidades de la gente humilde, las demandas del pueblo pobre, la exigencia de equidad y justicia social de los marginados, los emigrantes, los refugiados, los esclavos del siglo XXI.

    Es un tema difícil, delicado y, claro, muy polémico. Pareciera que Francisco está haciendo un elogio de la pobreza y una condena de la riqueza. ¿Ser millonario hoy es un impedimento, un lastre, un factor malo, si una persona acaudalada quiere “meterse en política”?

    Desde otra perspectiva, ¿solo la gente humilde y pobre o tal vez de clase media puede servir legítima y lealmente a su pueblo como líder político? ¿La pobreza conlleva una dosis de virtud que la riqueza no posee?

    Las palabras de Francisco constituyen un fuerte llamado a la reflexión a todos los católicos. A quienes no somos millonarios ni estamos cerca de serlo, quizás el mensaje papal nos sirva para no preocuparnos tanto por acumular cosas materiales sino enfocarnos en ser felices amando y sirviendo a las personas que nos rodean y a la comunidad en que vivimos, sin que las fastuosas mansiones o los autos de lujo nos quiten el sueño.

    Por Ilde Silvero

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  4. Poder e irracionalidad

    Hace dos mil años la dignidad total del hombre era indicada con el término civis romanus; dignidad conferida por el emperador. Hoy es el Estado el que determina quién tiene el derecho total de ser persona, quién lo es integralmente y concretamente, de tal modo que pueda hacer uso de sus derechos. Así lo expone Luigi Giussani en su libro El yo, el poder y las obras, señalando con aguda claridad una realidad que tiene más vigencia que nunca: la dignidad del ser humano está definida por la ley del país que le toque, por su estado de salud, utilidad en la sociedad o perspectiva de vida, y hasta por la pertenencia a un partido o grupo social.

    Esta concepción del poder, en donde el ser humano tiene un valor relativo y no intrínseco, lo expone en la actualidad con evidencia figuras como Hillary Clinton, candidata presidencial del Partido Demócrata de Estados Unidos y ex secretaria de Estado de Barack Obama, quien en una entrevista en abril pasado, en el programa Meet the Press de la cadena NBC, afirmó que “la persona no nacida no tiene derechos constitucionales”.

    Es decir, un ser humano, único e irrepetible, con ADN definido e inédito, no tiene ningún valor en el vientre materno porque el Estado y las leyes así lo definen. Una postura macabra e irracional, impulsada por la que posiblemente se convierta en la mandataria del país más poderoso del mundo, acostumbrado a imponer su propia visión ideológica en países latinoamericanos, a través de presiones económicas.

    Sin embargo, la postura de Clinton y Obama no pasa solo por los 20 millones de dólares que, según The New York Times, recibiría la mujer para su campaña de parte de la multinacional del aborto Planned Parenthood, investigada por tráfico de órganos de fetos, sino más bien por la concepción del Estado como fuente y origen de todos los derechos, y con atribuciones sin límite sobre la vida de los habitantes de la nación.

    Y errores como estos se repiten en la historia, con resultados funestos. A mediados de la década de los 30, del siglo pasado, el Tribunal Supremo de Alemania se negó a reconocer que los judíos que vivían en ese país eran “personas” legítimas, con lo cual estos perdieron sus derechos y la protección constitucional, lo que, posteriormente, facilitó su exterminio “legal”, ante la complacencia de gobernantes.

    Está claro que el aborto es una realidad existente, dolorosa y destructiva, impulsada por la desesperación, la soledad o la ignorancia de la madre, la que también termina siendo víctima, incluso, fatal. Sin embargo, no debería ser el Estado –cuya función básica es la de proteger el derecho a la vida del ser humano, tenga la edad o el desarrollo que tenga– el que promueva estos crímenes como un bien, un progreso y hasta considerándolo un “servicio de salud”. Ninguna sociedad que se jacte de justa y libre se construye cerrando los ojos ante la eliminación diaria de miles de niños y niñas por nacer. Podrán negarles derechos constitucionales, pero nunca su dignidad humana.

    Por Gustavo Olmedo

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  5. Francisco y el aborto

    Con este título, en la página 16 de la sección “Comentarios”, edición del 6 de setiembre de 2015, el periodista de este diario Aníbal Modesto Velázquez realizó un comentario en el que hacía referencia a una carta-recomendación del Santo Padre Francisco dirigida a monseñor Rino Fisichella, presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, en la que Su Santidad otorgaba atribuciones a los sacerdotes que intervienen en el Sacramento de la RECONCILIACIÓN que escuchan en confesión el arrepentimiento de mujeres que han incurrido en el pecado de aborto.

    El señor Velázquez, con cierta discrepancia por el criterio papal, manifiesta que la recomendación da atribuciones expresando que le parece que “…es muy simplista y hasta las presentan como las únicas culpables o responsables del hecho”.

    Me permito analizar el criterio que antecede invitando al autor del suelto, y a cualquiera de los lectores, a un examen del tratamiento punitivo del aborto, tanto desde el punto de vista de la religión católica como con la sanción que el Código Penal administra a las personas que han incurrido en esta conducta TAMBIÉN REPUTADA DELITO COMÚN.

    La Constitución Nacional, en su artículo cuarto (“Del Derecho a la Vida”), prescribe “EL DERECHO A LA VIDA ES INHERENTE A LA PERSONA HUMANA. SE GARANTIZA LA PROTECCIÓN EN GENERAL DESDE LA CONCEPCIÓN”, norma de la Ley Mayor de la República que permite aseverar que el aborto es un grave delito contra la vida DESDE LA CONCEPCIÓN, con lo que se marca su inicio y se explica que LA VIDA se inicia al producirse la conjunción del óvulo materno con el fecundador espermatozoide masculino. Con esto queda consolidada la idea jurídica de que la interrupción del proceso natural de la creación está protegida desde su “hora cero”, y que la eliminación del técnicamente llamado cigoto es un atentado contra la vida humana, es decir, es un homicidio.

    El aborto es un delito que casi nunca es perpetrado por una sola persona (v.g. la madre), de intervención imprescindible por su condición de receptáculo de la nueva vida. En la mayoría de las oportunidades se busca el concurso de un profesional de la salud, o de empíricos (chaé), o de hombres que luego de intervenir en el acto de creación del nuevo ser eluden responsabilidades mediante el suministro de abortivos o con el cruel procedimiento de aplicación de actos mecánicos capaces de provocar la muerte del ser contenido en el cuerpo de la madre.

    La situación que provoque el arrepentimiento por alguno de los gestantes no es frecuente, sobre todo cuando tienen el amparo del matrimonio contraído (que los hay) o con la brutalidad agravante de medios mecánicos a veces hasta extremadamente violentos, y por ende de mayor criminalidad cuando ponen en peligro también la vida de la progenitora.

    Casi siempre se recurre a personas del gremio de la salud, con conocimientos y títulos orientadores hacia su concurso idóneo (ciertos y habilitantes o puramente “prácticos”), cuya fría intervención en el hecho a veces, la mayoría, llevan consigo una actitud mercenaria al percibir por su intervención “honorarios profesionales”.

    La posición espiritual de estos colaboradores es absolutamente diferente a los aspectos espirituales que rodean a la embarazada: el amor que generalmente es el inspirador de la unión sexual tiene una especie de relación continente de la pasión, elemento natural en muchos seres humanos que es susceptible de agobio, tristeza y ATRICIÓN que proviene del conocido temor de Dios o de la habitual cobardía o temor al comentario social.

    Estos últimos sentimientos que otorgan un cambio de posición ante el suceso ya acaecido despiertan en la mujer gestante la atrición o el temor al enfrentamiento familiar y social cuando haber hecho el amor físicamente atemoriza del enfrentamiento con Dios y el enfrentamiento con el entorno.

    El primero de los casos de índole profundamente espiritual y religiosa es el que el papa Francisco, como cabeza de la religión, está en condiciones de perdonar en nombre de su Santo Representado y de su movimiento creyente mediante la fórmula sacramental del arrepentimiento y propósito de enmienda, requisitos integrantes de su reconciliación con el Padre. De allí que se muestre misericorde para quien ha pecado por su propia debilidad humana.

    No es la misma posición que la del tercero que interviene en el pecado (delito) por paga o promesa remuneratoria, vocabulario con el cual las leyes penales instituyen nada menos que una condición agravante en la violación de la Ley terrenal, sin duda inspirada por la vileza de su conducta participativa en el desorden incurrido social y espiritualmente.

    De allí que apoyemos los criterios del Pastor Mayor de la Ley Católica, y aún cuando nos negamos la capacidad de ser jueces de terceros, sí nos instituimos en defensores de la mujer arrepentida que busca paz y reconciliación mediante el Sacramento, y se la negamos a quienes se entrometieron en grave comportamiento humano.

    Por Alejandro Encina Marín

    (*) Autor de la Conferencia “El aborto, delito alevoso por excelencia”

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  6. Benedicto XVI, papa 2005-2013
    Homilía, en la celebración eucarística, de la 20 Jornada Mundial de la Juventud, 21/08/05

    Hacer que Cristo sea el Señor de nuestro sabbat

    La Eucaristía forma parte del domingo. En la mañana de Pascua, primero a las mujeres, después a los discípulos, el Señor les hizo la gracia de verle. Desde entonces han sabido que el primer día de la semana, el domingo, sería un día dedicado a Él, el día de Cristo. El día en que comenzó la creación sería el día de su renovación. Creación y redención van juntas.

    Eso es lo que hace que el domingo sea tan importante. Es bueno que, en nuestros días, y en muchas de nuestras culturas, el domingo sea un día libre, o bien que, con el sábado, lleguen a constituir eso que llamamos ahora el «fin de semana» libre. De todas manera, ese tiempo libre, permanece vacío si Dios no está presente.

    ¡Queridos amigos! Alguna vez, al principio, puede ser que nos sea incómodo el deber de dejar un lugar para la Misa en el programa del domingo. Pero si tomáis este compromiso, podréis constatar también que es precisamente ella es la que da el justo centro al tiempo libre. De ninguna manera os dejéis disuadir de participar en la Eucaristía del domingo, y ayudad también a los demás a descubrirla. Puesto que de ella se desprende el gozo del cual tenemos necesidad, seguramente hemos de aprender a comprender siempre y cada vez más, su profundidad, hemos de aprender a amarla. ¡Comprometámonos en este sentido, vale la pena! Descubramos la profunda riqueza de la liturgia de la Iglesia y su verdadera grandeza: no es que hagamos una fiesta para nosotros, sino todo lo contrario, es el mismo Dios viviente quien prepara una fiesta para nosotros.

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  7. Los neo-rigoristas que asedian los confesionarios

    04 de sep de 2015
    En las reacciones alarmadas por la carta de Papa Francisco sobre la indulgencia jubilar vuelven a aflorar los viejos tics ideológicos de los que no confían en la gracia.
    «Era hermosísimo ser católico e ir a confesarse: cada semana volvía a comenzar todo de nuevo». Así se expresa Calógero, el protagonista ítalo-estadounidense en una escena de la película ‘Bronx’, historia de bandas criminales y de posibles redenciones. Signo de que incluso para los autores de los guiones del cine uno de los secretos de la experiencia cristiana es la ininterrumpida posibilidad de un nuevo inicio.

    Durante siglos, esta fuerza de regeneración inextinguible y humanamente inalcanzable ha contado con un instrumento discreto y silencioso: el confesionario. Un dinamismo de gratuidad sin medida que Papa Francisco vuelve a proponer también en la Carta que dirigió al arzobispo Rino Fisichella, dedicada a las modalidades de la concesión de la indulgencia jubilar durante el Año Santo de la Misericordia.

    En ese documento, Papa Francisco expresa explícitamente la intención que lo llevó a proclamar el Año jubilar: permitir que el mayor número posible de personas pidan y reciban el perdón de los propios pecados con el sacramento de la reconciliación, para poder volverse a acercar a la vida sacramental de la Iglesia. También la posibilidad de las prácticas concedidas en la administración de la confesión (empezando por la de poder confesar el arrepentimiento por el pecado del aborto a cualquier sacerdote, y no solo a los obispos diocesanos o a los sacerdotes por ellos autorizados) refleja la intención de ofrecer nuevos instrumentos a la superabundancia sin medida con la que la gracia del perdón es ofrecida a los arrepentidos, según la gran Tradición de la Iglesia. Esta es la «doctrina de siempre», que siempre ha escandalizado las pretensiones religiosas y morales de los rigoristas. Un escándalo que vuelve a surgir también ahora, en los comentarios alarmados, venenosos o llenos de «ajustes» preventivos que, más o menos explícitamente, interpretan el último texto del Sucesor de Pedro como una posible cesión a la mentalidad abortista en el frente de las batallas de valores, por el único hecho de haber extendido a todos los sacerdotes en tiempo jubilar la facultad de remitir el pecado del aborto.

    Tal reacción es en sí misma elocuente. Porque no llega de los ateos o de los relativistas, sino de los neo-rigoristas que en ciertos círculos eclesiásticos han hegemonizado el debate público durante los últimos lustros.

    Lo que es cierto es que la práctica sacramental de la penitencia representa desde siempre un argumento delicado. Por los confesionarios pasa la rendija a través de la que se revela (o se desfigura) la imagen de la Iglesia como instrumento de la misericordia de Dios por el mundo. Y en muchas ocasiones, durante el curso de la historia, ha sucedido que diferentes eclesiásticos impulsados por sentimientos de rigor han instrumentalizado el sacramento de la confesión para sus proyectos culturales y religiosos, ultrajando su naturaleza objetiva.

    En 1996, en un estudio publicado por la editorial italiana Einaudi («Tribunales de la conciencia»), Adriano Prosperi recordó los objetivos perseguidos en tiempos de la Contrarreforma por parte del liderazgo católico de la época; se pretendía plegar el sacramento de la confesión a un instrumento de hegemonía social y cultural. En ese entonces, también los tribunales de la Inquisición consideraban que la práctica penitencial era un instrumento natural para controlar las conciencias, para prevenir el contagio de ideas heréticas y reunir información sobre su difusión en el pueblo católico. También algunos reformadores católicos pretendían hacer de ella un vehículo privilegiado para su proyecto de saneamiento de los comportamientos morales y sociales, con el que pretendían instaurar un modelo de vida cristiana con base en una severa moralidad.

    En épocas más recientes, un caso muy elocuente de confusión rigorista relacionado con el sacramento de la penitencia tuvo como protagonistas a algunos personajes y dicasterios vaticanos. Sucedió en 1997, cuando el Pontificio Consejo para la Familia, bajo la guía del cardenal colombiano Alfonso López Trujillo (ya fallecido) quiso publicar un «vademécum» para los confesores sobre algunos temas de moral relacionados con la vida conyugal y sexual. El primer borrador, preparado bajo la supervisión de Trujillo (quien durante muchos años fue también miembro del ex-Santo Oficio) fue concebida como un instrumento de moralización de la vida sexual de las parejas católicas. Se pretendía utilizar el confesionario para poner bajo presión la incoherencia de los católicos que en sus vidas conyugales recurrían a los anticonceptivos. Un intento «moralizador» que, en los hechos, acababa modificando la disciplina y la dinámica de la confesión, con la posible amenaza de no otorgar la absolución a los pecadores que seguían cometiendo el mismo pecado. Pero justamente por la rigidez del manual la Penitenciaría apostólica lo dejó fuera de circulación; no es cualquier dicasterio, sino el más antiguo de la Santa Sede, cuya competencia es todo lo que se relaciona con la disciplina penitencial, las absoluciones de los pecados más graves y también la concesión de las indulgencias.

    En esa época, el regente de la Penitenciaría apostólica era Luigi De Magistris, un obispo conocido por su sólida formación tradicional y ‘preconciliar’, que fue creado cardenal por Papa Francisco en febrero de este año 2015. Fueron De Magistris y otros oficiales de la Penitenciaría los que dieron la alarma: según su opinión, el rigorismo exigido por Trujillo contradecía lo que la Iglesia siempre había enseñado y practicado sobre el sacramento de la confesión. Al final, el «vademécum» publicado después de la intervención de la Penitenciaría insistió, sin medias tintas, que a los que repetían pecados de anticoncepción (los que vuelven a usar anticonceptivos después de haberse confesado de eso mismo) no se les puede negar la absolución cuando se confiesen de nuevo. Sobre todo porque esa negación representaría en sí misma un acto de desconfianza en la obra eficaz de la gracia sacramental.

    Volver a incurrir en los pecados de anticoncepción, aclaraba el «vademécum», «no es en sí mismo motivo para negar la absolución». Y el confesor debe evitar «demostrar desconfianza tanto de la gracia de Dios como de las disposiciones del penitente, exigiendo garantías absolutas, que humanamente son imposibles, de una futura conducta irreprensible». La absolución acordada sin medida («setenta veces siete») a los que continúan cayendo en los mismos pecados es un rasgo revelador de quién es el verdadero actor del sacramento de la confesión: es Jesús quien da siempre la gracia del perdón a todos los pecadores arrepentidos, que, normalmente, vuelven a cometer los mismos pecados. Y la Iglesia debe actuar para que sea fácil para todos, y posible, aprovechar este don. Por ello, con su Carta al arzobispo Fisichella, Papa Francisco concedió a todos los sacerdotes (y no solo a los obispos y a sus delegados) la facultad para confesar y absolver durante el Año jubilar a quienes confiesen el pecado de aborto procurado.

    Ya en el «vademécum» para el confesor de 1997 se decía al respecto que «si el arrepentimiento es sincero y es difícil reenviar a la competente autoridad, a la que se reserva la absolución de la censura, cada confesor puede absolver a tenor del canon 1357 (del Código de Derecho Canónico, ndr.) y sugerir la adecuada obra penitencial». También en ese documento de solicitaba que todos los sacerdotes asumieran el encargo de remitir al obispo o a sus delegados la información sobre los casos en los que en el confesionario hubieran absuelto del pecado de aborto procurado, «sin mencionar el nombre del penitente». Y esta es, de hecho, la práctica que sigue normalmente cualquier sacerdote con buen sentido pastoral, cuando le toca escuchar la confesión de quien ha abortado voluntariamente o de quien ha procurado el aborto.

    Todos los grandes confesores (desde San Alfonso María de Ligorio hasta San Leopoldo Mandic) y todos los manuales de teología sacramental (incluso antes del Concilio) han encarnado y prescrito la disponibilidad para facilitar que todos experimenten la misericordia de Dios que se expresa en el sacramento de la confesión. Siguen la misma y tradicional frecuencia las indicaciones que contiene la Carta de Papa Francisco sobre la indulgencia en vista del Jubileo de la Misericordia. Ciertas reacciones que surgieron frente a este documento hacen pensar que en algunos sectores, comprometidos en las batallas para defender verdades cristianas (sobre la familia, el sexo, la inviolabilidad de la vida), se vive completamente lejos de las dinámicas propias (es decir sacramentales) de la vida cristiana. Con una desnaturalización ideológica de las palabras y de los contenidos cristianos que modifica incluso los sacramentos (instrumentos propios y ordinarios del dinamismo de la salvación puesta en marcha por Cristo), hasta desnaturalizarlos en prácticas rituales que expresan un proyecto ideológico-cultural, o determinada ‘visión’ sobre el hombre y el mundo.

    por Gianni Valente

    fuente: Vatican Insider

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  8. Perdón por perdonar

    Surgieron varios comentarios sobre el permiso especial que ha dado el papa Francisco a los sacerdotes para perdonar directamente ellos –sin acudir al obispo como es habitualmente– el pecado del aborto a quienes se acerquen a la confesión en el Año de la Misericordia.

    Como estamos en tiempos de verdaderas guerras de redefiniciones y tergiversaciones para imponer una mirada del mundo con el fin de evadir la realidad o simplemente cambiarla a fuerza de autoconstrucciones lingüísticas, sería bueno recomendar la lectura de aquel valioso escrito de C. S. Lewis titulado El perdón y otros ensayos cristianos. Un verdadero genio del Magdalen College de Oxford, a quien nadie se atrevería a juzgar de ingenuo, irracional o supersticioso.

    Con toda claridad Lewis explica: “En la iglesia (y en otras partes), afirmamos muchas cosas sin pensar lo que estamos diciendo. Por ejemplo, al rezar el Credo, decimos ‘Creo en el perdón de los pecados’. Creemos que Dios perdona nuestros pecados, pero también que no lo hará si nosotros no perdonamos a los demás cuando nos ofenden. Dios no nos pide perdonar los pecados del prójimo solo si no son en extremo graves o cuando existen circunstancias atenuantes; debemos perdonar todas las faltas, aunque sean muy mal intencionadas, ruines y frecuentes”.

    Primera aclaración, difícil dimensionar lo que es una confesión de “pecados”, si ni siquiera creemos que existe un Dios personal o que haya realmente una diferencia entre hacer el bien o el mal.

    “Perdonar es decir: ‘Sí, has cometido un pecado, pero acepto tu arrepentimiento, en ningún momento utilizaré la falta en contra tuya y entre los dos todo volverá a ser como antes’. En cambio, disculpar es decir: ‘Me doy cuenta de que no podías evitarlo o no era tu intención y en realidad no eras culpable’. Si uno no ha sido verdaderamente culpable, no hay nada que perdonar, y en este sentido disculpar es en cierto modo lo contrario”.

    Segunda aclaración, el perdón se hace sobre la parte inexcusable de la conducta, ya que las circunstancias atenuantes de ella provocan una disculpa, cosa más digerible por la mayoría que el perdón.

    “El perdón verdadero implica mirar sin rodeos el pecado, la parte inexcusable, cuando se han descartado todas las circunstancias atenuantes, verlo en todo su horror, bajeza y maldad y reconciliarse a pesar de todo con el hombre que lo ha cometido. Eso –y nada más que eso– es el perdón, y siempre podremos recibirlo de Dios, si lo pedimos”, concluye el converso inglés, autor de las Crónicas de Narnia y otros clásicos de la literatura.

    Parafraseando a un conocido de todos: “El que pueda y quiera entender, que entienda”.

    Por Carolina Cuenca

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  9. El perdón de Francisco

    Una de las características del pontificado de Francisco es el mensaje de fácil comprensión; uno que llega a cualquier tipo de público y se acerca a las vivencias y problemas cotidianos. Sin embargo, también es cierto que muchas de sus expresiones a menudo son interpretadas de manera equívoca, a veces de mala fe, por parte de las agencias de noticias y los medios de comunicación para crear polémica y atraer la lectura.

    Cuando se trata de temas sensibles, como la protección de la vida desde la concepción, la homosexualidad, el divorcio o el celibato, entre otros tantos, es muy probable que los titulares o extractos informativos no reflejen con exactitud y fidelidad el mensaje pretendido por el Papa latinoamericano, acostumbrado al diálogo espontáneo, sin demasiado cuidado al lenguaje políticamente correcto.

    El anuncio del Pontífice sobre el perdón a las mujeres que hayan abortado y a quienes lo hayan facilitado, no fue la excepción. En efecto, algunos medios de comunicación presentaron la decisión como si en la Iglesia Católica nunca haya existido la posibilidad de perdonar este crimen a través del sacramento de la Confesión, olvidando que no existe un pecado que no pueda ser absuelto, siempre y cuando el penitente se declare culpable y se arrepienta con sinceridad, así lo afirma el Catecismo. Lo que el Santo Padre ha hecho es simplemente dar la posibilidad a todos los sacerdotes de dar la absolución durante el próximo Año Jubilar.

    Tampoco faltaron las publicaciones y analistas que pretendían dar a entender que con esta decisión el Papa resta importancia y minimiza la gravedad del aborto e incluso hasta hubo interpretaciones que sugerían que Francisco está admitiendo la tenebrosa e inhumana práctica de eliminar inocentes seres humanos.

    Aquí no hay que dar vueltas al tema, como si se tratara de algo confuso. Hay que tener claro, por un lado, que el asesinato de niños en el vientre materno será siempre un hecho horroroso, incluso aunque la Iglesia no lo diga, pues se trata de eliminar a un ser humano con dignidad y derecho a vivir. Y, por otro, que el Papa nos recuerda que la Misericordia de Dios no tiene límites ni medidas.

    “No existe polémica ni debate, no hay nada que escandalizarse, al contrario, hay que alegrarse que se posibilite a tantas personas que no sabían de esto que puedan acercarse y puedan volver a vivir en plena comunión”, aclaró al respecto Mons. Claudio Gimenez, en el portal local Hoy.com.

    Y es así. El perdón es y será una de las principales herramientas del ser humano para crecer, avanzar y salir adelante. Partiendo de que somos imperfectos ¿Qué sería un matrimonio, una familia, el trabajo y la sociedad sin la posibilidad de este noble acto? ¿Cómo retomar las relaciones y la mirada hacia uno mismo y los demás, sin el perdón? Sería imposible. Más allá de las interpretaciones, sería bueno replantearse este valor como mecanismo para construir un entorno más humano y saludable. Al final de cuentas, todos necesitamos reconocer lo que somos y volver a empezar.

    Por Gustavo A. Olmedo B.

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  10. El Papa explica el Jubileo de la Misericordia y el perdón del aborto

    Carta del Santo Padre a Mons. Fisichella, precisando sobre la indulgencia, la absolución de pecados graves y la posibilidad de los integrantes de la Comunidad San Pío X de confesarse válida y lícitamente

    Por Redacción

    Ciudad del Vaticano, 01 de septiembre de 2015 (ZENIT.org)

    El papa Francisco envió una carta a monseñor Rino Fisichella, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, en la que detalla algunos particulares sobre el Jubileo de la Misericordia.

    En el escrito, el Santo Padre explica desde cómo obtener una indulgencia jubilar plena –incluso para los difuntos, fruto del acontecimiento mismo que se celebra y se vive con fe, esperanza y caridad, y para las personas que no pueden moverse libremente, como ancianos o presos– hasta el perdón que podrán administrar los sacerdotes a quienes cometieron o estuvieron involucrados en abortos, “sabiendo conjugar palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido, e indicar un itinerario de conversión verdadera”.

    Además, a quienes forman parte de la Comunidad San Pío X, que no están en plena comunión con la Iglesia, el Pontífice les concede la posibilidad de confesarse durante este año del Jubileo de la Misericordia, recibiendo lícitamente la absolución.

    A continuación el texto completo:

    Al venerado hermano
    Monseñor Rino Fisichella Presidente del Consejo pontificio
    para la promoción de la nueva evangelización

    La cercanía del Jubileo extraordinario de la Misericordia me permite centrar la atención en algunos puntos sobre los que considero importante intervenir para facilitar que la celebración del Año Santo sea un auténtico momento de encuentro con la misericordia de Dios para todos los creyentes. Es mi deseo, en efecto, que el Jubileo sea experiencia viva de la cercanía del Padre, como si se quisiese tocar con la mano su ternura, para que se fortalezca la fe de cada creyente y, así, el testimonio sea cada vez más eficaz.

    Mi pensamiento se dirige, en primer lugar, a todos los fieles que en cada diócesis, o como peregrinos en Roma, vivirán la gracia del Jubileo. Deseo que la indulgencia jubilar llegue a cada uno como genuina experiencia de la misericordia de Dios, la cual va al encuentro de todos con el rostro del Padre que acoge y perdona, olvidando completamente el pecado cometido.

    Para vivir y obtener la indulgencia los fieles están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano y en las cuatro basílicas papales en Roma, como signo del deseo profundo de auténtica conversión. Igualmente dispongo que se pueda ganar la indulgencia en los santuarios donde se abra la Puerta de la Misericordia y en las iglesias que tradicionalmente se identifican como Jubilares.

    Es importante que este momento esté unido, ante todo, al Sacramento de la Reconciliación y a la celebración de la santa Eucaristía con un reflexión sobre la misericordia. Será necesario acompañar estas celebraciones con la profesión de fe y con la oración por mí y por las intenciones que llevo en el corazón para el bien de la Iglesia y de todo el mundo.

    Pienso, además, en quienes por diversos motivos se verán imposibilitados de llegar a la Puerta Santa, en primer lugar los enfermos y las personas ancianas y solas, a menudo en condiciones de no poder salir de casa. Para ellos será de gran ayuda vivir la enfermedad y el sufrimiento como experiencia de cercanía al Señor que en el misterio de su pasión, muerte y resurrección indica la vía maestra para dar sentido al dolor y a la soledad.

    Vivir con fe y gozosa esperanza este momento de prueba, recibiendo la comunión o participando en la santa misa y en la oración comunitaria, también a través de los diversos medios de comunicación, será para ellos el modo de obtener la indulgencia jubilar.

    Mi pensamiento se dirige también a los presos, que experimentan la limitación de su libertad. El Jubileo siempre ha sido la ocasión de una gran amnistía, destinada a hacer partícipes a muchas personas que, incluso mereciendo una pena, sin embargo han tomado conciencia de la injusticia cometida y desean sinceramente integrarse de nuevo en la sociedad dando su contribución honesta.

    Que a todos ellos llegue realmente la misericordia del Padre que quiere estar cerca de quien más necesita de su perdón. En las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia, y cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y la oración al Padre, pueda este gesto ser para ellos el paso de la Puerta Santa, porque la misericordia de Dios, capaz de convertir los corazones, es también capaz de convertir las rejas en experiencia de libertad.

    He pedido que la Iglesia redescubra en este tiempo jubilar la riqueza contenida en las obras de misericordia corporales y espirituales. La experiencia de la misericordia, en efecto, se hace visible en el testimonio de signos concretos como Jesús mismo nos enseñó. Cada vez que un fiel viva personalmente una o más de estas obras obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar.

    De aquí el compromiso a vivir de la misericordia para obtener la gracia del perdón completo y total por el poder del amor del Padre que no excluye a nadie. Será, por lo tanto, una indulgencia jubilar plena, fruto del acontecimiento mismo que se celebra y se vive con fe, esperanza y caridad.

    La indulgencia jubilar, por último, se puede ganar también para los difuntos. A ellos estamos unidos por el testimonio de fe y caridad que nos dejaron. De igual modo que los recordamos en la celebración eucarística, también podemos, en el gran misterio de la comunión de los santos, rezar por ellos para que el rostro misericordioso del Padre los libere de todo residuo de culpa y pueda abrazarlos en la bienaventuranza que no tiene fin.

    Uno de los graves problemas de nuestro tiempo es, ciertamente, la modificación de la relación con la vida. Una mentalidad muy generalizada que ya ha provocado una pérdida de la debida sensibilidad personal y social hacia la acogida de una nueva vida. Algunos viven el drama del aborto con una consciencia superficial, casi sin darse cuenta del gravísimo mal que comporta un acto de ese tipo.

    Muchos otros, en cambio, incluso viviendo ese momento como una derrota, consideran no tener otro camino por donde ir. Pienso, de forma especial, en todas las mujeres que han recurrido al aborto. Conozco bien los condicionamientos que las condujeron a esa decisión. Sé que es un drama existencial y moral. He encontrado a muchas mujeres que llevaban en su corazón una cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa. Lo sucedido es profundamente injusto; sin embargo, sólo el hecho de comprenderlo en su verdad puede consentir no perder la esperanza.

    El perdón de Dios no se puede negar a todo el que se haya arrepentido, sobre todo cuando con corazón sincero se acerca al Sacramento de la Confesión para obtener la reconciliación con el Padre. También por este motivo he decidido conceder a todos los sacerdotes para el Año jubilar, no obstante cualquier cuestión contraria, la facultad de absolver del pecado del aborto a quienes lo han practicado y arrepentidos de corazón piden por ello perdón.

    Los sacerdotes se deben preparar para esta gran tarea sabiendo conjugar palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido, e indicar un itinerario de conversión verdadera para llegar a acoger el auténtico y generoso perdón del Padre que todo lo renueva con su presencia.

    Una última consideración se dirige a los fieles que por diversos motivos frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X. Este Año jubilar de la Misericordia no excluye a nadie. Desde diversos lugares, algunos hermanos obispos me han hablado de su buena fe y práctica sacramental, unida, sin embargo, a la dificultad de vivir una condición pastoralmente difícil. Confío que en el futuro próximo se puedan encontrar soluciones para recuperar la plena comunión con los sacerdotes y los superiores de la Fraternidad. Al mismo tiempo, movido por la exigencia de corresponder al bien de estos fieles, por una disposición mía establezco que quienes durante el Año Santo de la Misericordia se acerquen a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X para celebrar el Sacramento de la Reconciliación, recibirán válida y lícitamente la absolución de sus pecados.

    Confiando en la intercesión de la Madre de la Misericordia, encomiendo a su protección la preparación de este Jubileo extraordinario.

    Vaticano, 1 de septiembre de 2015.

    FRANCISCUS

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