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América del Sur entra en una nueva era

Desde el final de la Segunda Guerra mundial, todos los países de América del Sur buscaron diferentes caminos para avanzar en un proceso de mayor desarrollo económico, mayores libertades políticas y mayor equidad social.

Desde la década del 50 hasta la del 80 muchos pensaron que ese proceso solamente podía hacerse por etapas, y la primera tenía que ser indefectiblemente el desarrollo económico, posteriormente vendría la distribución de la riqueza y por último las libertades y la democracia.

Con esas ideas nos llenamos en toda la región de “dictaduras desarrollistas”, siendo el mejor alumno el Brasil con sus gobiernos militares. Este modelo basado en la industrialización y el endeudamiento externo colapsó en los años 80 con el default de la deuda externa. Y ese momento coincidió con la caída del muro de Berlín, el desplome del comunismo y el consecuente triunfo del liberalismo.

Con la nueva idea predominante de libre mercado y de achicamiento del Estado, en los años 90, casi todos los países del continente iniciaron su transición hacia la democracia en lo político, hacia la liberalización y privatización en lo económico y hacia la reforma del Estado en lo institucional. El mejor alumno de esta época fue la Argentina de Menem.

Este modelo colapsó por el enorme crecimiento de la pobreza y de la inequidad social, facilitando la llegada al poder por la vía democrática de Chávez, Lula, Correa y Evo, por citar a los más importantes.

Todos estos líderes se enfocaron casi exclusivamente en la reducción de la pobreza, por medio de políticas sociales activas, como diversos programas de transferencias condicionadas o con el acceso gratuito a la salud, la educación y la vivienda.

Esta obsesión por distribuir fue posible porque América del Sur se benefició con los vientos favorables desde Estados Unidos y China que generaron un ciclo económico excepcional, como nunca tuvo la región en toda su historia.

Con las tasas de interés a casi el cero por ciento en Estados Unidos, miles de millones de dólares vinieron a la región y con el crecimiento de China a tasas superiores al diez por ciento al año, nuestras materias primas vieron sus precios multiplicarse varias veces.

Todo esto motivó que el dólar se desplomara, que nuestras reservas internacionales se multiplicaran, que los depósitos y los créditos bancarios se expandieran y que las construcciones tuvieran una auténtica explosión.

Con esta combinación de alto crecimiento económico y fuerte reducción de la pobreza, parecía que teníamos a los gobiernos perfectos. Los mejores alumnos de este modelo distribucionista fueron Chávez y Lula, que se convirtieron en líderes mundiales.

Pero ese “superciclo” se ha terminado y ahora los dólares se van de la región, los commodities bajan de precio y los gobiernos populistas han quedado al desnudo, porque su festival de clientelismo y corrupción, ya no puede ser financiado por economías que se encuentran en recesión.

Evidentemente en América del Sur estamos terminando una era y comenzando otra, que nadie sabe muy bien cómo será. Venezuela y Brasil se encuentran en el final de la agonía, pero parece que en la Argentina, Bolivia y Ecuador la misma va a prolongarse por un tiempo más.

Aunque nadie sepa todo lo que va a pasar, hay cosas que sí sabemos: los avances que tuvimos en materia de reducción de la pobreza, de mayores libertades y de participación ciudadana, no podrán echarse para atrás.

Lo que también sabemos, es que no podemos concentrarnos en un solo objetivo dejando de lado a los otros. No podemos pensar solo en el desarrollo económico como en los 60. No podemos pensar solo en reformas institucionales como en los 90. Tampoco podemos pensar solo en la reducción de la pobreza como lo hacemos ahora.

Tenemos que encontrar cómo armonizar estos tres objetivos y tenemos que hacerlo… en democracia. Y.. con vientos internacionales en contra.

Alberto Acosta Garbarino

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