El regreso a las cavernas

Sorprende mucho la indiferencia con que Occidente mira la secuencia de crímenes sanguinarios y desmanes del llamado Estado Islámico o ISIS. No diremos que estos tipos están inventando la barbarie, pero sí que la están llevando a extremos que creíamos ya formaban parte del pretérito ignominioso de la humanidad.

En aquella época en que su ilustre antepasado, Asurbanipal, se jactaba: “Yo maté de cada dos, uno, y conduje los supervivientes como esclavos. Hice una pirámide en la puerta de la ciudad, hice desollar vivos a algunos de los jefes de la rebelión y extendí sus pieles sobre esta pirámide. Otros fueron emparedados vivos y otros fueron empalados sobre los fuertes. Hice desollar delante de mí un gran número y tapicé la muralla con sus pieles; hice coronas con sus cabezas y guirnaldas con sus cadáveres. Mi corazón se dilataba sobre las ruinas y en la saciedad de mi cólera encontré la satisfacción”.

Entonces la crueldad era signo de temperamento firme y formaba parte de las virtudes de un rey guerrero. Según texto bíblico –Reyes, XXVII. 11–, “No dejaba David hombre ni mujer con vida; ni conducía prisionero ninguno a Get. No sea caso, decía, que hablen contra nosotros”. A menudo, esa ferocidad tenida por virtud, se extendía hacia los animales, la vegetación y hasta seres inertes.

Refiere Montaigne que Jerjes azotó al mar y escribió un cartel desafiando al monte Atos. Que Ciro empleó a un ejército, durante varios días, en golpear las aguas del río Gindo, por el temor que había experimentado al cruzarlo. Que Calígula demolió una hermosa vivienda por el placer que su madre disfrutó en ella. Atacar y destruir a seres incapacitados para defenderse parece que no demerita al furioso, como por ejemplo cuando usan de brutal sevicia contra enemigos ya difuntos.

En Lima, después de juzgado y ejecutado Gonzalo Pizarro, se ordenó demoler su casa, talar sus árboles y sembrar de sal el solar, para que no creciese hierba alguna, pues se hacía seguir a los animales domésticos, al ganado, a las plantas y a los sembrados la misma suerte de sus propietarios. El marqués de Castelfuerte ordenó decapitar el cadáver de José de Antequera en el sitio donde ya había sido muerto antes por disparos de fusilería. Brutalidades similares se aplicaron en Asunción contra algunos de los derrotados comuneros, cuyas manos y pies amputados se exhibieron en varios lugares distantes.

Junto con Artigas, el coronel Manuel Cavañas, héroe de Paraguarí y Tacuarí, conspiró breve y lánguidamente contra Francia, allá por el año 1815, cuando el Supremo iniciaba su dictadura. Las cartas que Artigas y Cavañas habían intercambiado, las que los ponían en evidencia, llegaron a manos del dictador en 1822, pero entonces calló. Una vez fallecido Cavañas, once años después, procedió a condenar al difunto por traidor, confiscando todos sus bienes, hasta la ropa, y dejando a su viuda en la miseria y el desamparo, acusándola de cómplice. “Esta saña con que se ataca a un muerto –comenta J.C. Chaves– recuerda a las tropas federales de Rosas persiguiendo implacablemente el cadáver de Lavalle para cortarle la cabeza”.

Según los informativos, el ISIS despierta entusiasmo entre jóvenes occidentales, quienes dejan su alegre y ociosa existencia para emigrar a Siria, Irak o Egipto a fin de enrolarse, recibir adiestramiento y salir a matar gente indefensa que ni siquiera conoce. Refieren que, un día cualquiera, se dan cuenta de que están hastiados de un Occidente que no les ofrece emociones sino, apenas, convivencia armónica, libertades, bienestar y placeres; entonces divisan la luz del Islam y pasan a desear ardientemente convertirse en sus mártires, aunque, antes de alcanzar esa etapa, gozar del frenesí de degollar a cuantos puedan.

Mas, ¿quién nos asegura de que mañana no serán tenidos por modelos a imitar? Si Genghis Khan, Asurbanipal, el rey David y el Dr. Francia, pese a sus locuras y crueldades, para muchos representan héroes nacionales, no debe descartarse aquella posibilidad. La ferocidad nos devuelve a la edad de las cavernas, de las que, al parecer, el homo sapiens-sapiens solo salió por un momento, a dar un paseo, sin ánimo de desalojarlas para siempre.

Por Gustavo Laterza Rivarola

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