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El evangelio del domingo: El corazón puro es libre

Retomamos el evangelista Marcos del capítulo 7 al 13 y lo vamos a leer hasta el 15 de noviembre, pues el 22 terminaremos el año litúrgico. El Evangelio de hoy nos presenta una discordia de Jesús con los fariseos, por causa de la observancia de ciertas tradiciones, en este caso, sobre lavar las manos para no comer con “manos impuras”.

Para ellos la pureza venía de un gesto ritual, como lavar las manos, los vasos y las vajillas, en cuanto Jesús toca el punto de la pureza moral.

Evidentemente que la limpieza de manos, cabellos, un cutis lleno de excelentes cremas no genera una decencia de costumbres. Y este era el motivo de la pelea, pues ellos decían que estaban “puros” por respetar prácticas exteriores.

El Señor les advierte sin pelos en la lengua: “Hipócritas, este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí y en vano me rinden culto”.

El tema es de mucha actualidad, pues hay un riesgo de uno considerarse “laico comprometido y católico ejemplar” por observar ciertos rituales, manifestar tierna devoción a los ángeles, desparramar veinte imágenes de santos por su casa y, de vez en cuando, ofrecer una chocolatada para los niños.

Todo esto será bueno y deseable, pero es necesaria una coherencia de vida mucho más profunda, pues no basta honrar al Señor con los labios.

Jesucristo nos exhorta a tener un corazón puro, lo que toca los valores morales, pues lo que hace al ser humano impuro es lo que sale de su corazón, como las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, la avaricia, la envidia, la difamación y el orgullo. Todas estas cosas proceden de su interior y son las que lo manchan y desfiguran su condición de hijo de Dios.

Es una situación peligrosa realizar cosas mecánicamente, meritorias en sí mismas, pero llenas de gusto por lucirse, llenas de soberbia por considerarse justo delante de Dios y gente de más valor que los otros.

Decía el papa Francisco para los jóvenes en la Costanera: “Padre ¿entonces se puede amar? Primero libertad, corazón libre, segundo solidaridad para acompañar. Solidaridad”. Por ello, vemos que hay una conexión entre corazón libre y solidaridad con el semejante: corazón libre y corazón puro van de manos tomadas.

Nuestra práctica religiosa debe tener una fuerte incidencia en la vida, de tal modo que la entereza de nuestro corazón se refleje en la honestidad de nuestras actitudes y en la disponibilidad para hacer el bien, sin cansarse con la eventual flojera de algunos.

Paz y bien

Por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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4 comentarios en “El evangelio del domingo: El corazón puro es libre

  1. La Tradición de Dios (Mc 7,1-23)
    Semana XXII del Tiempo Ordinario – 30 de agosto de 2015

    Retomamos este domingo la lectura del Evangelio de Marcos. El Evangelio de hoy nos presenta dos episodios distintos, pero relacionados: la discusión de Jesús sobre las tradiciones de los antepasados y su doctrina sobre lo puro y lo impuro. Son episodios independientes, porque tienen distinto auditorio, como lo haremos notar en su momento. Pero están relacionados, porque en ambos casos la enseñanza de Jesús se opone a la doctrina de los fariseos.

    Digamos inmediatamente que si Jesús tiene controversias, sobre todo, con los fariseos es porque éste era el grupo más observante y más religioso, por tanto, el más cercano a él. Las controversias demuestran que Jesús siente hacia ellos más interés y también más afecto. La mayoría de los primeros seguidores de Jesús pertenecen a ese círculo. A ese círculo pertenecían sus amigos Lázaro, Marta y María, como se deduce de su fe en la resurrección de los muertos en el último día (cf. Jn. 11,24); la reacción espontánea de Pedro, incluso después de haber sido instruido por Jesús, demuestra que debió pertenecer a ese círculo: “Jamás he comido nada profano e im-puro” (Hech. 10,14); San Pablo se confiesa: “En cuanto a la Ley, fariseo” (Fil. 3,5). La cerrazón de los fariseos será más dolorosa para Jesús, precisamente porque los estimaba más.

    En el primer episodio el auditorio está presentado así: “Se reúnen junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén”. Son todos fariseos; pero para darles peso se afirma que algunos de ellos son es-cribas. Los escribas son los que saben leer y escribir, son “letrados”. Ellos observan que algunos de los discípulos de Jesús comen sin lavarse las manos, y le preguntan: “¿Por qué tus discípulos no viven conforme a la tradición de los antepasados, sino que comen con manos impuras?”. Lo de las manos impuras es un detalle; la acusación es que “no viven conforme a la tradición de los antepasados”. Y en esto se centra la respuesta de Jesús. La palabra “tradición” se repite seis veces. Los fariseos hablan de “tradición de los ancianos (presbíteros)”; Jesús, en cambio, habla de “tradición de los hombres” y de “vuestra tradición”.

    Jesús responde: “Dejando el precepto de Dios, vosotros os aferráis a la tradición de los hombres”. Les de-cía también: “¡Qué bien violáis el mandamiento de Dios, para conservar vuestra tradición!… Anuláis la Palabra de Dios por vuestra tradición que os habéis transmitido”. La palabra griega “parádosis” se usa para describir la entrega de uno a otro. Cuando designa la transmisión de usos y costumbres de una generación a otra, se traduce por “tradición”. Este es el caso aquí. (Cuando se trata de la entrega de una persona, se traduce por “traición”; es lo que hizo Judas con Jesús).

    Si Jesús insiste en que la de ellos es “tradición de los hombres”, ¿es que existe una tradición que no es de los hombres, sino de Dios? Exactamente. A ésta se refiere San Pablo cuando escribe a los Corintios: “Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se apareció a Cefas y luego a los Doce…” (1Cor. 15,3-5). San Pablo pertenecía a la segunda generación de cristianos. Él recibió el Evangelio por tradición y ahora lo entrega, sin reducción alguna y sin introducirle nada extraño, a la generación siguiente. Así ha continuado hasta hoy. La Tradición de Dios, la sagrada Tradición de la Iglesia, es la transmisión viva, llevada a cabo en el Espíritu Santo, que garantiza a la enseñanza de la Iglesia Católica hoy –después de veinte siglos- la identidad con la enseñanza de los apóstoles, que fueron los testigos oculares.

    La Palabra de Dios es la revelación salvífica de Dios al mundo. La Palabra de Dios, en su sentido más pleno, es su Hijo encarnado y enviado al mundo (cf. Jn. 1,1.14). En esta Palabra se expresó Dios exhaustivamente. Pero ella no se reduce a la sola Escritura, como lo afirma decididamente el Concilio Vaticano II: “La Iglesia no obtiene de la sola Escritura la certeza sobre todo lo revelado” (Dei Verbum 9). La Palabra de Dios, es decir, lo que Dios quiere revelar al mundo, es la Escritura, pero tal como es leída en “la Tradición viva de toda la Iglesia” (D.V. 12). En esta Tradición no se puede introducir nada extraño que falsee la revelación, pues así como la Palabra de Dios escrita fue inspirada por el Espíritu Santo, el mismo Espíritu vela por su transmisión fiel y auténtica.

    Las “tradiciones de hombres” no son todas malas. Por ejemplo, las tradiciones patrias o las tradiciones familiares son sanas. Lo que Jesús critica a los fariseos es que con esas “tradiciones de hombres” ellos hayan “violado el mandamiento de Dios” y hayan “anulado la Palabra de Dios”.

    El segundo episodio tiene otro auditorio: “Jesús llamó otra vez a la gente y les dijo…”. Sigue una enseñanza que Jesús formula de manera enfática: “Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarlo; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre”. Será difícil que esta enseñanza entre, precisamente porque se opone a las tradiciones de hombres transmitidas entre los judíos. Ya hemos visto cómo reaccionó Pedro a la orden del cielo de matar y comer los animales que se le presentaban: “Jamás he comido nada profano e impuro”. Para un judío la pureza es lo que habilita para presentarse ante Dios; la impureza es lo que inhabilita. Jesús enseña que la presentación ante Dios no tiene nada que ver con normas alimenticias, sino con los proyectos malos del corazón del hombre. Incluye un elenco de malos propósitos que se fraguan en el corazón del hombre. Convendría leerlos para evitarlos absolutamente, pues acerca de ellos Jesús declara: “Todas esas perversidades contaminan al hombre”, es decir, lo apartan de Dios.

    + Felipe Bacarreza Rodríguez

    Obispo de Santa María de Los Ángeles (Chile)

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    Publicado por jotaefeb | 1 septiembre, 2015, 06:25
  2. «La observancia literal de los preceptos es algo estéril si no cambia el corazón»

    30 de ago de 2015
    Palabras completas del Papa en el Ángelus del último domingo de agosto
    Foto: L’Osservatore Romano Queridos hermanos hermanas, buenos dias

    El Evangelio de este domingo presenta una disputa entre Jesús y algunos fariseos y escribas. La discusión se refiere al valor de la «tradición de los antepasados» (Mc 7,3) que Jesús, refiriéndose al profeta Isaías, define «preceptos de hombres» (v. 7) y que jamás deben tomar el lugar del «mandamiento de Dios» (v. 8). Las antiguas prescripciones en cuestión comprendían no sólo los preceptos de Dios revelados a Moisés, sino una serie de dictámenes que especificaban las indicaciones de la ley mosaica. Los interlocutores aplicaban tales normas de manera más bien escrupulosa y las presentaban como expresión de auténtica religiosidad. Por lo tanto, recriminan a Jesús y a sus discípulos la transgresión de aquellas, de manera particular las que se referían a la purificación exterior del cuerpo (cfr v. 5). La respuesta de Jesús tiene la fuerza de un pronunciamento profético: «Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres» (v. 8). Son palabras que nos colman de admiración por nuestro Maestro: sentimos que en Él está la verdad y que su sabiduría nos libra de los prejuicios.

    Pero ¡atención! Con estas palabras, Jesús quiere poner en guardia también a nosotros, hoy, del considerar que la observancia exterior de la ley sea suficiente para ser buenos cristianos. Como en ese entonces para los fariseos, existe también para nosotros el peligro de creernos en lo correcto, o peor, mejores de los otros por el sólo hecho de observar las reglas, las usanzas, también si no amamos al prójimo, somos duros de corazón, somos soberbios y orgullosos. La observancia literal de los preceptos es algo estéril si no cambia el corazón y no se traduce en actitudes concretas: abrirse al encuentro con Dios y a su Palabra, buscar la justicia y la paz, socorrer a los pobres, a los débiles, a los oprimidos. Todos sabemos: en nuestras comunidades, en nuestras parroquias, en nuestros barrios, cuánto daño hacen a la Iglesia y son motivo de escándalo, aquellas personas que se profesan tan católicas y van a menudo a la iglesia, pero después, en su vida cotidiana descuidan a la familia, hablan mal de los demás, etc. Esto es lo que Jesús condena porque es un antitestimonio cristiano.

    Continuando con su exortación, Jesús focaliza la atención sobre un aspecto más profundo y afirma: «Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre» (v. 15). De esta manera subraya el primado de la interioridad, el primado del “corazón”: no son las cosas exteriores las que nos hacen o no santos, sino el corazón que expresa nuestras intenciones, nuestras elecciones y el deseo de hacerlo todo por amor de Dios. Las actitudes exteriores son la consecuencia de lo que hemos decidido en el corazón. No al revés. Con actitudes exteriores. Si el corazón no cambia, no somos buenos cristianos. La frontera entre el bien y el mal no pasa fuera de nosotros sino más bien dentro de nosotros, podemos preguntarnos: ¿dónde está mi corazón? Jesús decía: “tu tesoro está donde está tu corazón”. ¿Cúal es mi tesoro? ¿Es Jesús y su doctrina? Entonces el corazón es bueno. O el tesoro ¿es otra cosa? Por lo tanto, es el corazón el que debe ser purificado y debe convertirse. Sin un corazón purificado, no se pueden tener manos verdaderamente limpias y labios que pronuncian palabras sinceras de amor – todo tiene un doblez, una doble vida-, labios que pronuncian palabras de misericordia, de perdón. Esto lo puede hacer solamente el corazón sincero y purificado.

    Pidamos al Señor, por intercesión de la Virgen Santa, darnos un corazón puro, libre de toda hipocresía. Este es el adjetivo que Jesús da a los fariseos: “hipócritas”, porque dicen una cosa y hacen otra. Un corazón libre de hipocresía, para que seamos capaces de vivir según el espíritu de la ley y alcanzar su finalidad, que es el amor.

    * * *

    Después de rezar el Ángelus del quinto domingo de agosto, con varios miles de fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro recordó que ayer en Harissa, en el Líbano, fue proclamado Beato el Obispo siro-católico Flaviano Michele Melki, mártir en el contexto de una terrible persecución contra los cristianos. Él fue defensor incansable de los derechos de su pueblo, exhortándolos a permanecer fieles en la fe. También hoy, dijo el Obispo de Roma, en Oriente Medio y en otras partes del mundo, los cristianos son perseguidos. La beatificación de este Obispo mártir infunda en ellos consolación, valentía y esperanza.

    Ante la dramática situación humanitaria de los migrantes, que en “los días pasados numerosos de ellos perdieron la vida en los terribles viajes”, el Sucesor de Pedro realizó un apremiante llamamiento para “colaborar con eficacia para impedir estos crímenes, que ofenden a la entera familia humana”. Junto al Cardenal Schönborn y a toda la Iglesia en Austria, el Papa se unió en oración por las víctimas en este país, encomendándolos a la misericordia divina.

    fuente: Vatican Insider

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    Publicado por jotaefeb | 31 agosto, 2015, 11:22
  3. domingo 30 Agosto 2015

    Vigésimo segundo Domingo del tiempo ordinario

    Deuteronomio 4,1-2.6-8.
    Moisés habló al pueblo, diciendo:
    “Y ahora, Israel, escucha los preceptos y las leyes que yo les enseño para que las pongan en práctica. Así ustedes vivirán y entrarán a tomar posesión de la tierra que les da el Señor, el Dios de sus padres.
    No añadan ni quiten nada de lo que yo les ordeno. Observen los mandamientos del Señor, su Dios, tal como yo se los prescribo.
    Obsérvenlos y pónganlos en práctica, porque así serán sabios y prudentes a los ojos de los pueblos, que al oir todas estas leyes, dirán: “¡Realmente es un pueblo sabio y prudente esta gran nación!”.
    ¿Existe acaso una nación tan grande que tenga sus dioses cerca de ella, como el Señor, nuestro Dios, está cerca de nosotros siempre que lo invocamos?.
    ¿Y qué gran nación tiene preceptos y costumbres tan justas como esta Ley que hoy promulgo en presencia de ustedes?.

    Epístola de Santiago 1,17-18.21b-22.27.
    Todo lo que es bueno y perfecto es un don de lo alto y desciende del Padre de los astros luminosos, en quien no hay cambio ni sombra de declinación.
    El ha querido engendrarnos por su Palabra de verdad, para que seamos como las primicias de su creación.
    Dejen de lado, entonces, toda impureza y todo resto de maldad, y reciban con docilidad la Palabra sembrada en ustedes, que es capaz de salvarlos.
    Pongan en práctica la Palabra y no se contenten sólo con oírla, de manera que se engañen a ustedes mismos.
    La religiosidad pura y sin mancha delante de Dios, nuestro Padre, consiste en ocuparse de los huérfanos y de las viudas cuando están necesitados, y en no contaminarse con el mundo.

    Evangelio según San Marcos 7,1-8.14-15.21-23.
    Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús,
    y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar.
    Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados;
    y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras y de la vajilla de bronce.
    Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: “¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?”.
    El les respondió: “¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.
    En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos.
    Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres”.
    Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanlo bien.
    Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre.
    Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios,
    los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino.
    Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre”.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Maximiliano Mª Kolbe (1894-1941), franciscano, mártir
    Conversaciones espirituales inéditas

    «Su corazón está lejos de mí»

    La vida interior es primordial… La vida activa es la consecuencia de la vida interior y no tiene valor más que si depende de ella. Quisiéramos hacerlo todo lo mejor posible, con perfección. Pero si no está ligada a la vida interior no sirve para nada. Todo el valor de nuestra vida y de nuestra actividad depende de la vida interior, la vida del amor de Dios y de la Virgen Maria, la Inmaculada, no son teorías ni dulzuras, sino la práctica de un amor que consiste en la unión de nuestra voluntad a la voluntad de la Inmaculada.

    Ante todo y por encima de todo, debemos profundizar en la vida interior. Si se trata verdaderamente de la vida espiritual, son necesarios los medios sobrenaturales. La oración, la oración y solamente la oración es necesaria para mantener la vida interior y su desarrollo; es necesario el recogimiento interior.

    No estemos inquietos por las cosas sin necesidad, sino que, suavemente y en la paz, procuremos guardar el recogimiento del espíritu y estar disponibles a la gracia de Dios. Es para eso que nos ayuda el silencio.

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    Publicado por jotaefeb | 30 agosto, 2015, 06:35
  4. Jesús les contestó: “¡Qué bien salvan las apariencias! Con justa razón hablaba de ustedes el profeta Isaías cuando escribía: Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me rinden de nada sirve; sus enseñanzas no son más que mandatos humanos.”
    (Mc 7, 6-7)

    Realmente el evangelio de hoy nos pone delante de un problema que parece ser muy presente en toda la historia de la humanidad, y que hoy lo sentimos muy particularmente: las apariencias.
    Como hemos dicho en las semanas anteriores, el ser humano sólo puede exprimirse a través de su cuerpo. Su alma sólo puede manifestarse cuando encuentra un modo de hacerse sensible, sea con la palabra, sea con la mirada, sea con el modo de vestirse, sea con un gesto, con un toque de cariño… Por eso es muy importante para nosotros lo que se ve y lo que siente. Del mismo modo sólo podemos conocer a las demás personas de acuerdo a lo que experimentamos de ellas: lo que vemos, escuchamos, sentimos…
    El problema está en que los seres humanos tienen la capacidad de manifestar no sólo lo que realmente son –su interioridad– sino también la capacidad de engañar, de generar una imagen diferente de lo que, de hecho, son. Esto es una verdadera tentación en nuestras vidas: mostrarnos mucho mejores de lo que efectivamente somos. Nos preocupamos demasiado con lo que los otros piensan de nosotros y por eso intentamos crear ilusiones generando en ellos una imagen nuestra que no nos corresponde.
    Cuantas veces, por ejemplo, delante de un pobre, cuando estamos solos, ni “buenos días” le damos, pero cuando estamos acompañados le saludamos bien y atendemos a su súplica. Esta caridad seguramente no nace de la generosidad de nuestro corazón, sino de la preocupación con nuestra imagen, es una caridad solamente aparente. Nuestro pensamiento no está en el bien del pobre, sino sólo nuestro propio bien. Tiene el disfraz de caridad, pero es nuestro egoísmo disfrazado.
    La misma cosa muchas veces sucede con nuestra fe. Queremos parecer cristianos, devotos, creyentes… y por eso hacemos algunas prácticas exteriores: vamos a la iglesia; usamos una cadenita con la cruz, hacemos la señal de la cruz, encendemos una vela, colocamos alguna moneda que nos sobra en una alcancía… y así mantenemos la imagen de buen cristiano.
    El problema es que muchas veces esto no pasa de una cáscara. A veces nuestro cristianismo es tan superficial que nuestro corazón continua lleno de odios, rencores, pereza, envidia, egoísmo, autosuficiencia, juicios, malos deseos, injusticias, corrupciones, discriminaciones … En estos casos podríamos decir, en verdad, que tenemos una máscara de cristianos, que mantenemos sólo una apariencia, que somos como sepulcros blanqueados… lindos por fuera, pero llenos de podredumbre por dentro.
    Sin dudas, esta no es la propuesta de Jesucristo. Para él no es interesante tener falsos seguidores. El Señor no quiere que hagamos sólo gestos exteriores sino que cambiemos nuestro corazón. No sirve de nada ser hijo de una cultura cristiana, si yo no me decido a asumir y vivir el evangelio en mi vida. A Dios no le podemos engañar. Él conoce nuestros corazones.
    Con esto no queremos decir que las obras exteriores no son importantes. Santiago ya nos dijo que la fe sin obras es muerta. Esto significa que, sin dudas, la fe tiene que hacerse visible, reconocible. Quien tiene fe, quien cree el evangelio, tiene que manifestarlo concretamente, en sus palabras y en sus acciones. Cuando se tiene verdaderamente fe, es como una ciudad construida sobre una montaña, que no se puede esconder. Pero la acción debe ser expresión del corazón y no mero teatro para eludir a los demás.
    Ahora nos queda la pregunta: ¿Soy verdaderamente un cristiano y con mis acciones lo manifiesto? O ¿mis acciones son puras apariencias, pues mi corazón continúa duro como una piedra?

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.
    Hno. Mario, Capuchino

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    Publicado por jotaefeb | 30 agosto, 2015, 06:34

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