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Cómo enseñar en casa a ser demagogos

El cliente siempre tiene la razón y el votante siempre debe creer estar influyendo, cuando en realidad está siendo manipulado. Al menos esta parece ser la consigna de las políticas de diverso orden últimamente. Pero antes de llegar a esta conclusión a nivel social, primero hay que practicar en casa. Allí donde la actuación moral se modela desde pequeños.

Afirmaba el papa Francisco en su visita a nuestro país que la corrupción es el cáncer de un pueblo y lo es, pero como decía un buen cura en su homilía al respecto, lastimosamente, la corrupción no es la única enfermedad. Hay otro cáncer terrible de sutil expansión entre nosotros y se llama demagogia y, a la postre, populismo.

Cáncer, porque mata nuestras relaciones, vulnera nuestra libertad y diluye la conciencia; es decir, degrada lo humano. Es terrible, pero zalamero y a muchos engatusa.

La demagogia ofrece soluciones falsas, aparentes a los problemas y así se gana la simpatía, la adhesión, el cariño y la fidelidad a los propios criterios. En casa, los padres demagogos compran el afecto de sus hijos con regalos, concesiones en la disciplina y vistas gordas a los errores.

Sí, a ser falsos se puede enseñar con la demagogia. No hace falta pegar, ni ridiculizar, ni escarmentar. Se puede dejar de lado el plagueo que casi siempre surge de corazones de padres preocupados por el destino de los hijos. La demagogia soluciona el qué dirán porque no tiene reparos en las consecuencias a largo plazo, lo importante es el éxito inmediato, el aplauso y la inclinación psicoafectiva de la encaramelada víctima.

El gran enemigo de la demagogia es la realidad que siempre tiene sus aspectos difíciles, verdades duras, situaciones complejas que requieren el uso de la libertad y de la inteligencia, así como del desarrollo de virtudes humanas, imposibles de conseguir con los coqueteos demagógicos.

Para ganarse el favor del hijo, el padre demagogo paga precios altos, por lo general. Y esta es la trampa mortal para su propio bienestar. Porque las dádivas implican chantajes, compras, gastos, caprichos, insolencias y desobediencias encubiertas, comportamientos inadecuados recatalogados como comprensibles, victimización constante… El precio es la fragmentación, la imposibilidad de aportar algo genuino, la irresponsabilidad y, finalmente, el fracaso de lo humano.

Atención, hay un populista cerca, dentro mismo de nosotros, y, ojo, porque del corazón, de la intimidad del ser, se convierte en el método de relacionamiento con toda la realidad. La vacuna contra esta enfermedad la tiene la abuela cuando enseña, quizás con las cejas un poco fruncidas, a llamarle pan al pan y vino, al vino.

Por Carolina Cuenca

Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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