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UNA REFLEXIÓN SOBRE EL LEÓN CECIL

No hay duda de que la matanza del león Cecil es una barbaridad, y que debe ser castigada, pero me hubiera gustado que al menos una fracción de la atención que le estamos prestando al felino de Zimbabue se hubiera destinado a otras tragedias que están pasando casi desapercibidas en todo el mundo, incluso en el propio país de Cecil.

Cecil, el león que al parecer fue sacado de un parque nacional en Zimbabue para ser cazado por un dentista estadounidense, que pagó $50.000 para cazar al animal, ha estado en los titulares de todo el mundo desde que el hecho fue reportado el 27 de julio. Al parecer, el cazador primero hirió al animal con una flecha, y luego lo siguió por la selva para matarlo de un tiro 40 horas después.

Apenas pasa un día sin un nuevo titular acerca de la vida de Cecil, o sobre el destino de su hermano el león Jericó –cuyo supuesta muerte a manos de cazadores conmocionó al mundo por unas horas, hasta que resultó ser una falsa alarma– o sobre la solicitud de Zimbabue de que el dentista estadounidense sea extraditado.

Y, sin duda, es una historia fascinante, y triste, que ayuda a llamar la atención sobre la crueldad contra los animales. Pero también es cierto que le estamos prestando mucho más atención a la matanza de un león en Zimbabue que a las denuncias de asesinatos masivos atribuidos al dictador de Zimbabue, Robert Mugabe.

Ya hay más de 76 millones de búsquedas en Google para “Cecil el león”, un número sorprendente teniendo en cuenta que la noticia de su muerte se conoció hace menos de dos semanas. Comparativamente, “Robert Mugabe”, que ha estado en el poder desde la década de 1980, muestra solo 9 millones de búsquedas en Google.

Mugabe, además de destruir la economía de su país, fue primer ministro durante las llamadas masacres de Gukurahundi en 1983, en las que perdieron la vida unas 20.000 personas. Según un artículo reciente de Stuart Doran en el diario británico “The Guardian”, nuevos documentos históricos muestran que Mugabe “fue el arquitecto principal de los asesinatos en masa planificados y ejecutados de manera sistemática”.

Asimismo, hemos escuchado muy poco en las últimas semanas sobre el conflicto que ya ha cobrado 220.000 muertes en Siria, donde el gobernante Bashar al-Assad ha utilizado armas químicas contra su propio pueblo. (Assad, dicho sea de paso, cuenta con 18 millones de búsquedas en Google).

Y en los últimos días, hemos escuchado muy poco acerca de los arrestos de 674 opositores pacíficos por parte del régimen cubano, según lo informado por la Comisión de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional de Cuba; o de los argumentos ridículos del Gobierno venezolano para prohibir la participación de cinco líderes de la oposición en las elecciones legislativas del 6 de diciembre.

Pero tal vez la mayor ironía sobre el extraordinario interés que ha despertado Cecil es que está atrayendo mucha más atención en los medios de Estados Unidos que los 89 seres humanos que mueren cada día en actos de violencia con armas de fuego en este país. Sí, leyeron bien, 89 personas al día –más de 32.000 al año– mueren a causa de la violencia con armas de fuego en Estados Unidos, según cifras de la Campaña Brady para Prevenir la Violencia de Armas.

Sorprendentemente, los recientes tiroteos masivos en Charleston, Chattanooga y Lafayette parecen haber estado en las noticias nacionales por un período más corto que Cecil el león.

Aún más sorprendente, a pesar de que un 40 por ciento de los millones de armas de fuego que se venden anualmente en Estados Unidos se llevan a cabo sin verificaciones serias de los antecedentes del comprador, los principales aspirantes republicanos para las elecciones del 2016 se oponen a cualquier tipo de control de armas.

Mi opinión: Los medios siempre han tenido una debilidad por las tragedias de celebridades, ya se trate de la muerte de Michael Jackson, Lady Di, o de un conocido león de Zimbabue. Son historias que nos conmueven a todos, y son mucho más baratas de cubrir que los asesinatos masivos en Zimbabue, la guerra civil en Siria, o la represión en Cuba o Venezuela.

Además, las nuevas tecnologías de rastreo de las redes sociales –algoritmos que buscan en Facebook o Twitter para detectar los temas que pronto podrían ser “tendencias”– pueden hacer que las empresas noticiosas sean aún más propensas a centrarse en historias como la de Cecil.

Ignorar una historia como la de Cecil no es una opción, porque es un tema que merece atención mundial, y es interesante. Pero todos nos beneficiaríamos si destináramos al menos la misma atención a las tragedias que están afectando a muchos seres humanos, ya sea en Zimbabue, Cuba o Estados Unidos.

Por Andrés Oppenheimer

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