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UNA MUJER EN LA CASA BLANCA

Por razones contrarias, Carly Fiorina y Donald Trump fueron los personajes centrales de los dos recientes debates republicanos. Es posible que este primer evento público haya descarrilado totalmente la candidatura de Trump a la presidencia, pero ha servido, en cambio, para potenciar seriamente la de Fiorina.

Fiorina fue la más distinguida dentro de su grupo de siete aspirantes, de acuerdo con el 83% de los encuestados. Trump, en cambio, decepcionó a un número considerable de los republicanos congregados por Fox para evaluar los resultados del debate. Al focus group le pareció un tipo desconsiderado, superficial y avasallador. You are fired pudieron decirle al final de la discusión. Usted está despedido. Sin embargo, tienen puntos de convergencia. Ni Fiorina ni Trump son políticos profesionales. Ambos provienen del mundo empresarial, disfrutan de una holgada situación económica y han sido educados en buenas universidades. Trump reivindica una fortuna personal de cuatro mil millones de dólares, pero es tal el embrollo de sus múltiples negocios que es difícil saberlo con precisión. Entre 1999 y 2005 Fiorina fue la CEO o Presidente de Hewlett-Packard, una gigantesca corporación tecnológica creada en el mítico garaje de Sillicon Valley (California) en 1939 por los dos ingenieros que le dieron nombre a la compañía. La empresa hoy tiene trescientos mil empleados, opera en medio planeta, y vende ciento once mil millones de dólares anuales, una cifra mayor que el PIB de más de 100 países. En su momento, la Junta de Accionistas despidió a Fiorina de su cargo, le pagó cuarenta millones de dólares como compensación, y aclaró que prescindía de ella por su estilo de gerencia y no por sus resultados. Donald Trump es una conocidísima personalidad de la televisión y un empresario notable de bienes inmuebles, casinos, concursos de belleza, libros, y otras múltiples actividades, incluida una línea de ropa de hombre. Su nombre se ha convertido en una marca asociada a su extraña pelambre rubia que muchos piensan (erradamente) que es una inverosímil peluca. Nadie elige un nido de pájaros para simular una cabellera. Trump tiene una docena de bancarrotas a sus espaldas, una complicada biografía genital compartida con diversas señoras estupendas, y un historial sospechoso de pleitos civiles y penales que mantienen al FBI en vilo permanente, aunque nunca, creo, lo han acusado formalmente de nada. Demandó al comediante Bill Maher porque este dudó que pudiera demostrar que no era hijo de un orangután. La maliciosa falsedad era fácil de desmentir: Trump ha hecho del exabrupto y el insulto su manera más eficaz de instalarse en los titulares de los medios, mientras los orangutanes suelen ser gentiles, silenciosos y algo melancólicos. Por ahí no van los genes. Aunque es demasiado temprano para hacer cábalas, si Hillary Clinton es la candidata de los demócratas –lo que cada día parece más improbable dado el creciente escándalo de los emails perdidos–, acaso se enfrente a Fiorino. De esa manera no habría la menor duda de que en el 2017 Estados Unidos tendría a una dama sentada en la Casa Blanca. En todo caso ¿está preparada la sociedad norteamericana para elegir a una mujer, demócrata o republicana? Supongo que sí. El gran legado de Barack Obama no es su obra de gobierno, que tiene aspectos positivos y negativos, sino el hecho mismo de que fuera elegido y reelegido. Tras sus dos triunfos consecutivos no queda duda de que los votantes norteamericanos son mucho más aceptantes de lo que sostenía el prejuiciado estereotipo. Lo que está menos claro es si elegirían a un empresario. Los 44 inquilinos que hasta ahora se han hospedado en la Casa Blanca generalmente han sido militares, abogados, ingenieros, políticos en ejercicio, un sastre, un maestro y un actor, pero pocos empresarios, y los que han tenido esa experiencia no han poseído o dirigido grandes compañías, sino pequeñas entidades generalmente vinculadas a la producción agrícola. En los comicios de 2012, cuando Obama se enfrentó a Mitt Romney, un inversionista mormón grande y exitoso, uno de sus argumentos más eficaces fue que los empresarios están adiestrados para maximizar sus beneficios y no para identificar el bien común. Supongo que, si la candidata republicana es Fiorina, tendrá que hacerle frente a ese ataque. Tal vez responda que hay principios generales de la economía que funcionan en todos los ámbitos. Dirá, por ejemplo, que los empresarios saben cómo controlar los gastos, aumentar la productividad y propiciar la generación de empleos rentables en el sector privado, algo que les está vedado a los organizadores sociales, mucho más preocupados en crear redes clientelares alimentadas por los presupuestos públicos. Será muy interesante ese nuevo debate. Por Carlos Alberto Montaner (*)

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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Un comentario en “UNA MUJER EN LA CASA BLANCA

  1. Un millonario se divierte

    Por Mario Vargas Llosa

    Entre los millonarios, como entre los demás seres comunes y corrientes, hay de todo: gentes de gran talento y esforzado trabajo, que han hecho su fortuna prestando una gran contribución a la humanidad, como Bill Gates o Warren Buffett, y que, además, destinan buena parte de su inmensa fortuna a obras de beneficencia y servicio social, o imbéciles racistas como el señor Donald Trump, ridículo personaje que no sabe qué hacer con su tiempo y sus millones, y se divierte en estos días como aspirante presidencial republicano insultando a la comunidad hispánica de Estados Unidos —más de cincuenta millones de personas— que, según él, son una chusma infecta de ladrones y violadores.

    Los dislates de un payaso con dinero no tendrían mayor importancia si las estupideces que Trump dice a diestra y siniestra en su campaña política —entre ellas figuran los insultos al senador McCain, que peleó en Vietnam, fue torturado y pasó años en un campo de concentración del Viet Cong— no hubieran tocado un nervio en el electorado norteamericano y lo hubieran catapultado a un primer lugar entre los precandidatos del Partido Republicano. Por lo visto, entre estos, solo Jeb Bush, que está casado con una mexicana, se ha atrevido a criticarlo; los demás han mirado a otro lado, y por lo menos uno de ellos, el senador Ted Cruz (de Texas), ha apoyado sus diatribas.

    Pero, por fortuna, la respuesta de la sociedad civil en Estados Unidos a las obscenidades de Donald Trump ha sido contundente. Han roto con él varias cadenas de televisión, como Univision y Televisa, las tiendas Macy’s, el empresario Carlos Slim, muchas publicaciones y un gran número de artistas de cine, cantantes, escritores, e incluso el chef español José Andrés, muy conocido en los Estados Unidos, que iba a abrir uno de sus restaurantes en un hotel de Trump, se ha negado a hacerlo luego de sus declaraciones racistas.

    ¿Es bueno o malo que el tema racial, hasta ahora evitado en las campañas políticas norteamericanas, salga a la luz e incluso pase a ser protagonista en la próxima elección presidencial? Hay quienes consideran que, pese a las sucias razones que han empujado a Donald Trump a servirse de él —vanidad y soberbia— no es malo que el asunto se ventile abiertamente, en vez de estar supurando en la sombra, sin que nadie lo contradiga y refute las falsas estadísticas en que pretende apoyarse el racismo antihispánico. Tal vez tengan razón. Por ejemplo, las afirmaciones de Trump han permitido que distintas agencias y encuestadoras de Estados Unidos demuestren que es absolutamente falso que la inmigración mexicana haya venido creciendo sistemáticamente. Por el contrario, la propia Oficina del Censo (según un artículo de Andrés Oppenheimer) acaba de hacer saber que en la última década el flujo migratorio procedente de México cayó de 400.000 a 125.000 el año pasado. Y que la tendencia sigue siendo decreciente.

    El problema es que el racismo no es nunca racional, no está jamás sustentado en datos objetivos, sino en prejuicios, suspicacias y miedos inveterados hacia el “otro”, el que es distinto, tiene otro color de piel, habla otra lengua, adora a otros dioses y practica costumbres diferentes. Por eso es tan difícil derrotarlo con ideas, apelando a la sensatez. Todas las sociedades, sin excepción, alientan en su seno esos sentimientos torvos, contra los que, a menudo, la cultura es ineficaz y a veces impotente. Ella los reduce, desde luego, y a menudo los sepulta en el inconsciente colectivo. Pero nunca llegan a desaparecer del todo y, sobre todo en los momentos de confusión y de crisis, suelen, atizados por demagogos políticos o fanáticos religiosos, aflorar a la superficie y producir los chivos expiatorios en los que grandes sectores, a veces incluso la mayoría de la población, se exonera a sí misma de sus responsabilidades y descarga toda la culpa de sus males en “el judío”, “el árabe”, “el negro” o “el mexicano”. Remover aquellas aguas puercas de los bajos fondos irracionales es sumamente peligroso, pues el racismo es siempre fuente de violencias atroces y puede llegar a destruir la convivencia pacífica y socavar profundamente los derechos humanos y la libertad.

    Es muy probable que, pese a la incultura de que hace gala en todo lo que dice y hace el señor Donald Trump —empezando por sus horribles y ostentosos rascacielos— intuya que sus insultos a los estadounidenses de origen latino o hispano son absolutamente infundados y los perpetre a sabiendas del daño que eso puede hacer a un país que, dicho sea de paso, ha sido y sigue siendo un país de inmigrantes, es decir, de manera frívola e irresponsable. Saber hacer dinero, como ser un as en el ajedrez o pateando una pelota, no presupone nada más que una habilidad muy específica para un quehacer dado. Se puede ser millonario siendo —para todo lo demás— un tonto irrecuperable y un inculto pertinaz, y todo parece indicar que el señor Trump pertenece a esa variante lastimosa de la especie.

    Pero sería también muy injusto concluir, como han hecho algunos a raíz de las intemperancias retóricas del magnate inmobiliario, que el racismo y demás prejuicios discriminatorios y sectarios son la esencia del capitalismo, su producto más refinado e inevitable. No solo no es así. Los Estados Unidos son la mejor prueba de que una sociedad multirracial, multicultural y multirreligiosa puede existir, desarrollarse y progresar a un ritmo muy notable, creando oportunidades que atraen a sus playas a gentes de todo el planeta. Estados Unidos es el primer país de nuestro tiempo, gracias a esa miríada de pobres gentes que, desesperadas por no encontrar alicientes ni oportunidades en sus propios países, fueron allí a romperse el alma, trabajando sin tregua y, a la vez que se labraban un porvenir, construyeron un gran país, la primera potencia multicultural de la historia moderna.

    Al igual que los irlandeses, los escandinavos, los alemanes, los franceses, los españoles, los italianos, los japoneses, los indios, los judíos y los árabes, los hispanos han contribuido de manera muy efectiva a hacer de Estados Unidos lo que es. Si en cualquier país, hoy, resulta una sandez hablar de sociedades pulquérrimas, no mezcladas, lo es todavía más en Estados Unidos, donde, debido a la flexibilidad de su sistema que concede oportunidades a todos quienes quieren y saben trabajar, la sociedad se ha ido renovando sin tregua, asimilando e integrando a gentes procedentes de los cuatro puntos cardinales. En este sentido, los Estados Unidos son la sociedad punta de nuestro tiempo, el ejemplo que tarde o temprano deberán seguir —abriendo sus fronteras a todos— los países que quieran llegar a ser (o seguir siendo) modernos, en un mundo marcado por la globalización. La existencia de un Donald Trump en su seno no debe hacernos olvidar esa estimulante verdad.

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    Publicado por Anónimo | 9 agosto, 2015, 08:22

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