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La herencia maldita versus el legado “inmaculado” del PT

La herencia maldita versus el legado “inmaculado” del PT

Se ha discutido mucho el papel del líder iluminado en la sociedad. Marx hablaba de las poderosas y dinámicas fuerzas sociales, antivoluntaristas que movían a la historia y que actuaban con una inercia propia, dialéctica, llevando a la civilización a un mejor nivel siempre ascendente, a fin de realizar de este modo la utopía de la solidaridad, la fraternidad, la igualdad y la paz social. El famoso ensayista Thomas Carlyle se oponía tenazmente a este concepto hablando de las fuerzas emanadas de los grandes líderes iluminados y de los profetas que interpretaban el tiempo de los tiempos y que habían sido destinados por la providencia para regir los destinos del mundo.

El expresidente Lula parecía enmarcarse dentro del contexto esgrimido por Carlyle. En el Brasil de antaño Lula fue considerado como un superdotado líder providencial que venía a salvar al país del latrocinio, de la inmoralidad y de la corrupción, erigiéndose como un portavoz de la credibilidad pública. Fue en realidad un ícono y un símbolo de la probidad y de la virtud suprema que marcó un antes y un después en la historia política del Brasil. Pero es efímera la gloria del líder, como se relata en la historia de la trascendencia humana. En efecto, en los últimos meses la imagen impoluta de Lula se ha venido deteriorando a pasos agigantados, sospechado de ser el gestor principal del voluminoso tráfico de influencias que se ha gestado dentro del gigante petrolero (Petrobras) y con operaciones que rayan en la ilegalidad con referencia a empresas constructoras, no solamente dentro del ámbito nacional sino también en la agenda internacional. El expresidente Lula visitó varios países del mundo y ha tenido entrevistas con numerosos presidentes y empresarios de países muy distantes de la región, no solamente para recibir condecoraciones, galardones y honores académicos sino también para promover supuestos negocios vinculados con el affaire del “Petrolao”. La sospecha que pesa hoy sobre la figura de Lula corrió como reguero de pólvora por todo el mundo y los medios más importantes de comunicación internacionales publicaron editoriales con matices catastróficos profetizando el naufragio del Brasil en el profundo mar de la corrupción y de la inmoralidad sin poder vislumbrarse en un futuro cercano una salida de emergencia a semejante situación. Todo esto viene a colación por el hecho de que Lula es el aspirante presidencial más destacado para las elecciones del año 2018, sin dejar de tener en cuenta que el mismo fue el soporte fundamental, la piedra basal para el triunfo de la presidenta Dilma Rousseff en su reelección. Por otra parte, Lula estuvo de acuerdo con la presidenta Rousseff en el sentido de promover un encuentro personal y privado con el expresidente Fernando Enrique Cardozo para tratar de salvar lo poco que queda de la credibilidad del gobierno que ha caído estrepitosamente en las últimas semanas a un nivel degradante de menos del 10% de popularidad. El expresidente Cardozo de manera contundente y firme declaró que no es el “momento apropiado” para buscar un acercamiento con la presidenta sino “con el pueblo de Brasil”. Con esta negativa, Cardozo da a entender que está de acuerdo con la multitudinaria convocatoria que hará Aécio Neves el día 16 de agosto para pedir el juicio político a Rousseff y su separación del poder. Cabría recordar aquí que cuando Lula era presidente de la República había hecho constantes referencias a la “herencia maldita” que habría dejado su predecesor Fernando Enrique Cardozo acusándolo de anteponer sus ambiciones personales sectarias a los intereses del bien común de la patria, en connivencia con las empresas foráneas que supuestamente querían devastar al país. Cardozo jamás contestó estas injurias y difamaciones, pero se tomó la revancha al negarse a dialogar con la presidenta Dilma Rousseff. Si la convocatoria multitudinaria del 16 de agosto adquiere matices y ribetes relevantes, la performance del Gobierno del Brasil se verá lamentablemente jaqueada marcando, tal vez, el tránsito hacia un camino sin retorno con visos de irreversibilidad. Por Hugo Saguier Guanes Se ha discutido mucho el papel del líder iluminado en la sociedad. Marx hablaba de las poderosas y dinámicas fuerzas sociales, antivoluntaristas que movían a la historia y que actuaban con una inercia propia, dialéctica, llevando a la civilización a un mejor nivel siempre ascendente, a fin de realizar de este modo la utopía de la solidaridad, la fraternidad, la igualdad y la paz social. El famoso ensayista Thomas Carlyle se oponía tenazmente a este concepto hablando de las fuerzas emanadas de los grandes líderes iluminados y de los profetas que interpretaban el tiempo de los tiempos y que habían sido destinados por la providencia para regir los destinos del mundo. El expresidente Lula parecía enmarcarse dentro del contexto esgrimido por Carlyle. En el Brasil de antaño Lula fue considerado como un superdotado líder providencial que venía a salvar al país del latrocinio, de la inmoralidad y de la corrupción, erigiéndose como un portavoz de la credibilidad pública. Fue en realidad un ícono y un símbolo de la probidad y de la virtud suprema que marcó un antes y un después en la historia política del Brasil. Pero es efímera la gloria del líder, como se relata en la historia de la trascendencia humana. En efecto, en los últimos meses la imagen impoluta de Lula se ha venido deteriorando a pasos agigantados, sospechado de ser el gestor principal del voluminoso tráfico de influencias que se ha gestado dentro del gigante petrolero (Petrobras) y con operaciones que rayan en la ilegalidad con referencia a empresas constructoras, no solamente dentro del ámbito nacional sino también en la agenda internacional. El expresidente Lula visitó varios países del mundo y ha tenido entrevistas con numerosos presidentes y empresarios de países muy distantes de la región, no solamente para recibir condecoraciones, galardones y honores académicos sino también para promover supuestos negocios vinculados con el affaire del “Petrolao”. La sospecha que pesa hoy sobre la figura de Lula corrió como reguero de pólvora por todo el mundo y los medios más importantes de comunicación internacionales publicaron editoriales con matices catastróficos profetizando el naufragio del Brasil en el profundo mar de la corrupción y de la inmoralidad sin poder vislumbrarse en un futuro cercano una salida de emergencia a semejante situación. Todo esto viene a colación por el hecho de que Lula es el aspirante presidencial más destacado para las elecciones del año 2018, sin dejar de tener en cuenta que el mismo fue el soporte fundamental, la piedra basal para el triunfo de la presidenta Dilma Rousseff en su reelección. Por otra parte, Lula estuvo de acuerdo con la presidenta Rousseff en el sentido de promover un encuentro personal y privado con el expresidente Fernando Enrique Cardozo para tratar de salvar lo poco que queda de la credibilidad del gobierno que ha caído estrepitosamente en las últimas semanas a un nivel degradante de menos del 10% de popularidad. El expresidente Cardozo de manera contundente y firme declaró que no es el “momento apropiado” para buscar un acercamiento con la presidenta sino “con el pueblo de Brasil”. Con esta negativa, Cardozo da a entender que está de acuerdo con la multitudinaria convocatoria que hará Aécio Neves el día 16 de agosto para pedir el juicio político a Rousseff y su separación del poder. Cabría recordar aquí que cuando Lula era presidente de la República había hecho constantes referencias a la “herencia maldita” que habría dejado su predecesor Fernando Enrique Cardozo acusándolo de anteponer sus ambiciones personales sectarias a los intereses del bien común de la patria, en connivencia con las empresas foráneas que supuestamente querían devastar al país. Cardozo jamás contestó estas injurias y difamaciones, pero se tomó la revancha al negarse a dialogar con la presidenta Dilma Rousseff. Si la convocatoria multitudinaria del 16 de agosto adquiere matices y ribetes relevantes, la performance del Gobierno del Brasil se verá lamentablemente jaqueada marcando, tal vez, el tránsito hacia un camino sin retorno con visos de irreversibilidad. Por Hugo Saguier Guanes

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Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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