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El evangelio del domingo: La obra de Dios

Jn 6, 24-35.- Este diálogo de Jesús con la gente sucede inmediatamente después de la multiplicación de los panes y hay que tener en mente este milagro para entender la conversación. Además, es una introducción al discurso sobre el Pan de Vida, que Él hace en la sinagoga de Cafarnaúm.

El Señor cuestiona el motivo por el cual la gente va tras Él, o sea, lo buscan porque Él les dio pan para comer, de modo fácil y gratuito. Es oportuno que cada uno analice las motivaciones que tiene para buscar a Dios, si lo hace para alabarlo o solamente para resolver sus problemas personales. En seguida, Él invita a buscar el alimento “que permanece hasta la Vida eterna”, ya que el alimento corporal, aunque muy importante, es efímero y algún día termina su necesidad. Ellos le preguntan: “¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?” Es justamente esta la pregunta que debemos formular para nosotros también. Jesús les da la respuesta: “La obra de Dios es que ustedes crean en Aquél que Él ha enviado”. Por ello, hay una “obra de Dios” que toca al ser humano realizar y pasa por la fe en Cristo, pues Él es el mensajero más sublime del Padre, quien Lo revela de modo profundo y sincero. Si queremos realizar la obra que Dios nos encomienda y la misión que tenemos en la vida, no podemos ser indiferentes a la enseñanza de Jesucristo. Una de las enseñanzas que Él deja claro es esta: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed”, y esto expresa que la esencia de la vida humana es estar unido a Él. Sin embargo, la obra que Dios nos pide no puede ser sinónimo de algunos gestos piadosos y san Pablo da orientaciones muy reales, afirmando que no debemos proceder como los paganos, es decir, gente que no conoce a Cristo o, si lo conoce, no se importa con sus ejemplos de vida y se deja llevar por las frivolidades del mundo. Además, hay que despojarse del hombre viejo, que es aquel que se corrompe por las seducciones del sexo o de la plata y genera zozobra en su familia y en la sociedad. Por otro lado, hay que revestirse del hombre nuevo, de la mujer rejuvenecida, que transforma su espíritu con la justicia y con la auténtica fe en Cristo. Para terminar, nosotros franciscanos, celebramos hoy la hermosa fiesta de la Indulgencia Plenaria de la Porciúncula. Paz y bien Por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

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Acerca de jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

Comentarios

4 comentarios en “El evangelio del domingo: La obra de Dios

  1. «Jesús evidencia la necesidad de ir más allá del don, y descubrir, conocer al donador»

    02 de ago de 2015
    Texto de la alocución del Papa antes del Angelus
    Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

    En este domingo continúa la lectura del capítulo sexto del Evangelio de Juan. Después de la multiplicación de los panes, la gente se había puesto a buscar a Jesús y finalmente lo encuentra en Cafarnaúm. Él comprende bien el motivo de tanto entusiasmo en seguirlo y lo revela con claridad: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse” (Jn 6,26).

    En realidad, aquellas personas lo siguen por el pan material que el día anterior había mitigado su hambre, cuando Jesús había multiplicado los panes; no han comprendido que aquel pan, partido para tantos, para muchos, era la expresión del amor de Jesús mismo. Han dado más valor a aquel pan que a su donador. Ante esta ceguera espiritual, Jesús evidencia la necesidad de ir más allá del don, y descubrir, conocer al donador. Dios es el don, también el donador, es lo mismo. Y así de aquel pan, aquel gesto, la gente puede encontrar a aquél que lo da, que es Dios. Invita a abrirse a una perspectiva que no es solamente la de las preocupaciones cotidianas del comer, del vestir, del éxito, de la carrera. Jesús habla de otro alimento, habla de un alimento que no es perecedero y que está bien buscar y acoger. Él exhorta: “Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre” (v. 27). Es decir, trabajen, busquen la salvación, el encuentro con Dios.

    Y con estas palabras nos quiere hacer entender que, además del hambre físico el hombre lleva en sí mismo otro hambre – todos nosotros llevamos este hambre – un hambre más importante, que no puede ser saciado con un alimento ordinario. Se trata del hambre de vida, el hambre de eternidad que sólo Él puede saciar, porque es “el pan de Vida” (v. 35). Jesús no elimina la preocupación y la búsqueda del alimento cotidiano, no. No elimina la preocupación de todo lo que puede hacer la vida más desarrollada. Pero Jesús nos recuerda que el verdadero significado de nuestro existir terreno está al final, en la eternidad, está en el encuentro con Él, que es don y donador, y nos recuerda también que la historia humana con sus sufrimientos y sus alegrías debe ser vista en un horizonte de eternidad, es decir, en aquel horizonte del encuentro definitivo con Él. Y este encuentro ilumina todos los días de nuestra vida. Si nosotros pensamos en este encuentro, en este gran don, los pequeños dones de la vida, incluso los sufrimientos, las preocupaciones serán iluminados por la esperanza de este encuentro. “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed” (v. 35). Y esta es la referencia a la Eucaristía el don más grande que sacia el alma y el cuerpo. Encontrar y recibir en nosotros a Jesús, “pan de Vida”, da significado y esperanza al camino a menudo tortuoso de la vida. Pero este “pan de Vida” nos es dado con una tarea, es decir, para que podamos, a su vez, saciar el hambre espiritual y material de los hermanos, anunciando el Evangelio por doquier. Con el testimonio de nuestra actitud fraterna y solidaria hacia el prójimo, hagamos presente a Cristo y su amor en medio de los hombres.

    Que la Virgen Santa nos sostenga en la búsqueda y en el seguimiento de su Hijo Jesús, el “pan verdadero”, el “pan vivo” que no se acaba y dura para la vida eterna.

    fuente: Radio Vaticana

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    Publicado por Anónimo | 6 agosto, 2015, 15:15
  2. La obra de Dios (Jn 6,24-35)
    Semana del XVIII del Tiempo Ordinario – 2 de agosto de 2015

    El domingo pasado comenzamos la lectura del capítulo sexto de Juan con el relato de la multiplicación de los panes. Jesús no creó los panes de la nada, sino que multiplicó panes y peces existentes, pero insuficientes. Había que nutrir una multitud de la cual sólo los hombres eran cinco mil; y para eso se disponía de cinco panes y dos peces. El milagro que Jesús hizo será un signo y una prueba del verdadero pan de vida.

    Podemos imaginar el entusiasmo de la multitud que había comido de esos panes milagrosos: “Sabiendo Jesús que intentaban venir a tomarlo por la fuerza para hacerlo rey, huyó de nuevo al monte él solo”. Cuando ya oscurecía, los discípulos se embarcaron sin Jesús e intentaban regresar a Cafarnaúm. En medio de la travesía los alcanza Jesús caminando sobre el agua y, cuando quieren tomarlo con ellos en la barca, llegan a la otra orilla. Aquí comienza el Evangelio de hoy.

    La gente que había quedado en la otra orilla y los que llegaron allá al día siguiente, al no encontrar a Jesús, regresaron a Cafarnaúm en su busca y, al encontrarlo, le dijeron: “Rabbi, ¿cuándo has llegado aquí?”. Estaban extrañados de encontrarlo allí, porque sabían que en la orilla opuesta no había más que una barca y que Jesús no se había embarcado en ella junto con los discípulos. Jesús no responde a la pregunta, sino que trata de rectificar el motivo por el cual lo buscan: “En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado”. De los peces ya no se habla. Ellos se habían quedado en el beneficio material que Jesús les había procurado; pero no habían visto en ese hecho la revelación de algo más profundo.

    Ese pan era signo de otro pan superior. Para explicar esto pronuncia Jesús el discurso del Pan de Vida que comienza con estas palabras: “Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello”. Tres cosas afirma Jesús: 1) hay un alimento que no perece y que comunica la vida eterna; 2) este alimento lo dará el Hijo del hombre (ya sabemos que esta es la expresión que usa Jesús para hablar de sí mismo); 3) Dios, a quien Jesús llama “el Padre”, lo ha marcado a él –al Hijo del hombre- con su sello. En otros textos del Nuevo Testamento el “sello de Dios” es el Espíritu Santo. Pero aquí lo que Jesús quiere decir es que Dios ha imprimido en él su imagen, como afirma el himno cristológico de la carta a los colosenses: “Él es Imagen de Dios invisible” (Col 1,15).

    Entendemos lo que significa “obrar” por el pan perecedero; con el sudor de la frente nos procuramos este pan. Pero Jesús dice que hay que “obrar” por un pan no perecedero; y agrega que este pan lo dará él. ¿Qué es lo que tienen que hacer ellos, entonces? Ellos tienen que hacer la “obra de Dios”. Y Jesús aclara: “La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado”. Para obtener el pan de vida eterna es necesaria una sola cosa: creer en Jesús. Es necesario creer que él da este pan y que este pan es su misma Persona divina ofrecida en alimento. Ellos se resisten a hacer esa “obra” y piden un signo: “¿Qué signo haces para que viéndolo creamos en ti?”. Los que piden ahora un signo son los mismos que el día anterior habían comido los panes multiplicados por Jesús y “al ver el signo que había realizado, decían: ‘Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo’” (Jn. 6,14). Ayer veían un signo y hoy preguntan: “¿Qué signo haces?”. Su cerrazón actual los ciega y les impide ver incluso la evidencia.

    Arguyen con la Escritura: “Nuestros padres comieron el maná en el desierto, según está escrito: ‘Pan del cielo les dio a comer’”. Esta es una cita textual del Salmo 78,24. Este Salmo es muy posterior a los hechos; los hechos se han magnificado hasta el punto de llamar al maná “pan del cielo”. La insinuación es que Moisés hizo un signo claro porque él les dio pan del cielo. Jesús replica: “No fue Moisés quien os dio el pan del cielo”. Jesús se refiere al texto de Exodo 16,15 que es más cercano a los hechos. Cuando los israelitas preguntan: “¿Qué es esto?”, Moisés responde: “Este es el pan que el Señor os da por alimento” (Ex. 16,15). Se trataba de “una cosa menuda como granos, parecida a la escarcha que apareció sobre el suelo” (Ex 16,14). Jesús tiene razón: el maná no era pan del cielo y no fue Moisés quien se lo dio. Pero agrega: “Es mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo”. Y explica el origen y la virtud de este pan: “El pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo”.

    Jesús había dicho que el pan de vida eterna lo daría el Hijo del hombre, es decir, él mismo. Y ahora dice que es su Padre quien da el pan del cielo. Y, cuando los judíos escuchan la virtud de ese pan, se dirigen a él, no al Padre, diciendo: “Señor, danos siempre de ese pan”. ¿Quién lo da, Jesús o el Padre? Lo dan ambos, porque en esta acción salvífica se aplica la sentencia de Jesús: “Yo y el Padre somos uno” (Jn. 10,30). Esto es lo que se insinúa en la afirmación culminante: “Yo soy el pan de la vida”. La expresión “Yo soy” es el nombre de Dios; y la expresión “pan de la vida” designa a Jesús. Ambas unidas en esa afirmación revelan que Jesús es Dios hecho hombre y dado a los hombres como alimento que comunica la vida divina.

    + Felipe Bacarreza Rodríguez

    Obispo de Santa María de Los Ángeles (Chile)

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    Publicado por Anónimo | 2 agosto, 2015, 16:14
  3. Decimooctavo domingo del tiempo ordinario

    Libro del Exodo 16,2-4.12-15.
    En el desierto, los israelitas comenzaron a protestar contra Moisés y Aarón.
    “Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto, les decían, cuando nos sentábamos delante de las ollas de carne y comíamos pan hasta saciarnos. Porque ustedes nos han traído a este desierto para matar de hambre a toda esta asamblea”.
    Entonces el Señor dijo a Moisés: “Yo haré caer pan para ustedes desde lo alto del cielo, y el pueblo saldrá cada día a recoger su ración diaria. Así los pondré a prueba, para ver si caminan o no de acuerdo con mi ley.
    “Yo escuché las protestas de los israelitas. Por eso, háblales en estos términos: “A la hora del crepúsculo ustedes comerán carne, y por la mañana se hartarán de pan. Así sabrán que yo, el Señor, soy su Dios”.
    Efectivamente, aquella misma tarde se levantó una bandada de codornices que cubrieron el campamento; y a la mañana siguiente había una capa de rocío alrededor de él.
    Cuando esta se disipó, apareció sobre la superficie del desierto una cosa tenue y granulada, fina como la escarcha sobre la tierra.
    Al verla, los israelitas se preguntaron unos a otros: “¿Qué es esto?”. Porque no sabían lo que era. Entonces Moisés les explicó: “Este es el pan que el Señor les ha dado como alimento.

    Carta de San Pablo a los Efesios 4,17.20-24.
    Les digo y les recomiendo en nombre del Señor: no procedan como los paganos, que se dejan llevar por la frivolidad de sus pensamientos
    Pero no es eso lo que ustedes aprendieron de Cristo,
    si es que de veras oyeron predicar de él y fueron enseñados según la verdad que reside en Jesús.
    De él aprendieron que es preciso renunciar a la vida que llevaban, despojándose del hombre viejo, que se va corrompiendo por la seducción de la concupiscencia,
    para renovarse en lo más íntimo de su espíritu
    y revestirse del hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad.

    Evangelio según San Juan 6,24-35.
    Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban allí, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
    Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: “Maestro, ¿cuándo llegaste?”.
    Jesús les respondió: “Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse.
    Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello”.
    Ellos le preguntaron: “¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?”.
    Jesús les respondió: “La obra de Dios es que ustedes crean en aquel que él ha enviado”.
    Y volvieron a preguntarle: “¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas?
    Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: Les dio de comer el pan bajado del cielo”.
    Jesús respondió: “Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo;
    porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo”.
    Ellos le dijeron: “Señor, danos siempre de ese pan”.
    Jesús les respondió: “Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed.

    Extraído de la Biblia: Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Juan Pablo II (1920-2005), papa
    Carta Encíclica Ecclesia de Eucharistia, 1

    “Yo soy el pan de la vida”

    La Iglesia vive de la Eucaristía. Esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia. Ésta experimenta con alegría cómo se realiza continuamente, en múltiples formas, la promesa del Señor: « He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo » (Mt 28, 20); en la sagrada Eucaristía, por la transformación del pan y el vino en el cuerpo y en la sangre del Señor, se alegra de esta presencia con una intensidad única. Desde que, en Pentecostés, la Iglesia, Pueblo de la Nueva Alianza, ha empezado su peregrinación hacia la patria celeste, este divino Sacramento ha marcado sus días, llenándolos de confiada esperanza.

    Con razón ha proclamado el Concilio Vaticano II que el Sacrificio eucarístico es «fuente y cima de toda la vida cristiana».(LG.11) «La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua y Pan de Vida, que da la vida a los hombres por medio del Espíritu Santo ».(PO5) Por tanto la mirada de la Iglesia se dirige continuamente a su Señor, presente en el Sacramento del altar, en el cual descubre la plena manifestación de su inmenso amor.

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    Publicado por Anónimo | 2 agosto, 2015, 07:54
  4. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí no tendrá sed. Jn 6, 35
    La palabra de Dios en este domingo nos invitar a descubrir la plena satisfacción para nuestras vidas en el encuentro con Cristo. Si venimos a Él no tendremos hambre y si creemos en Él, se terminará nuestra sed.
    Qué lindo sería que esto pudiera suceder en la vida de todos los cristianos: ser personas satisfechas, realizadas, plenas… Sin embargo, existen muchos de los que hasta frecuentan la Iglesia, pero que no se sienten satisfechos. Están en la expectativa de un encuentro más profundo o de una realización más plena. Al estar insatisfechos son víctimas fáciles de los tentadores que prometen felicidad, milagros y bendiciones abundantes si abandonan la iglesia católica para congregarse en las carpas.
    La pregunta que siempre me hago es: ¿Por qué estos hermanos están insatisfechos con nuestro encuentro con Cristo? si estoy convencido de que la Eucaristía es lo máximo de la comunión con Dios que podemos lograr en este mundo.
    Creo que existen dos factores que pueden contribuir a esta insatisfacción.
    En primer lugar o modo como muchas eucarísticas son celebradas. Sacerdotes desanimados, sin ninguna vibración que consiguen desfigurar la celebración. A veces con una comunicación muy débil que no llega a tocar a las personas, que no hace el pueblo de Dios vivir intensamente el misterio de encuentro con este Señor que dio su vida por nosotros.
    La otra posibilidad es, que las personas que van a la iglesia, lo hacen en modo muy deficitario. Están allí sólo de cuerpo presente. Participan distraídamente, no cantan, no responden, o están pensando en otras cosas, no se esfuerzan en vivir los ritos, para que su voz coincida con sus sentimientos. Ciertamente quien va a la misa y se queda jugando con el celular o distraído con otras cosas, saldrá de allí insatisfecho del encuentro con el Señor.
    Yo estoy convencido que una misa bien vivida, bien participada, con un sacerdote que nos ayuda a vivir este encuentro es aquella experiencia que nos lleva a una satisfacción tan profunda que rechazaríamos cualquier otra propuesta.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.
    Hno. Mariosvaldo Florentino, capuchino

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    Publicado por Anónimo | 2 agosto, 2015, 07:54

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