La captura política por las élites económicas

Las instituciones po­líticas han sido cap­turadas por las élites económicas. En otras palabras, los que tienen más riqueza acumula­da, han conquistado el poder y definitivamente han comprado ?la de­mocracia?. El modelo fantasmagórico-mer­cantilista domina las elecciones y las deci­siones de aquellos que ejercen el poder en el Estado.

Las instituciones po­líticas han sido cap­turadas por las élites económicas. En otras palabras, los que tienen más riqueza acumula­da, han conquistado el poder y definitivamente han comprado “la de­mocracia”. El modelo fantasmagórico-mer­cantilista domina las elecciones y las deci­siones de aquellos que ejercen el poder en el Estado.

Esto es así, apa­rentemente, en la mayor parte del mundo. Pero el sesgo más acentuado es en el Paraguay, al cual se lo analiza en el presente estudio. A juzgar por el origen del poder econó­mico que ha tomado de rehén al poder político en cuestión, algunos le quieren llamar “narco­política”. Sin embargo, no se puede limitar el tema a este único epife­nómeno.

Para escudriñar las fa­lencias de la democracia liberal en general y de la paraguaya en particular, sobre todo con relación a la desigualdad econó­mica que se replica en la desigualdad política, y a partir de una lectura de contexto global, se apelará a los siguientes marcos conceptuales:

1. Joseph Stiglitz: des­igualdad y democracia.

2. Yuriy Gorodnichenko y Gérard Roland: cultura y democracia.

3. Dani Rodrik y Sarun Mukand: derechos y de­mocracia.

4. Daron Acemoglu y James Robinson: insti­tuciones y democracia.

DESIGUALDAD Y  DEMOCRACIA

La desigualdad econó­mica conduce a la des­igualdad política. Luego, eso no es democracia. Esta es la tesis del célebre economista Joseph Sti­glitz, premio Nobel. La desigualdad económica impide la democracia po­lítica. O mejor dicho, el poder económico ha cap­turado al poder político. Luego, la democracia con desigualdad económica, es un “blef”, porque el poder económico, incluso proveniente de activi­dades informales, hasta fuera del marco de la ley- toma de rehén al Estado de derecho.

Peor aún, poco se pue­de esperar de un Estado social. La desigualdad no es inevitable. Existe un círculo vicioso donde la desigualdad económica se traduce en desigualdad política. Esto a su vez se refleja en reglas de juego que conducen a una ma­yor desigualdad económi­ca, y que permiten que la desigualdad económica se retroalimente hacia una desigualdad política cada vez mayor.

La desigualdad económi­ca inexorablemente lleva a la desigualdad política, y quien acumula poder

económico, naturalmen­te, algún día tendrá poder político.

Un ejemplo de cómo se transfiere la riqueza de las manos de los pobres, a otras, las de los ricos (una especie de Robin Hood inverso) surge de la con­sideración siguiente. En pocas palabras, en el Bra­sil, los financistas ricos que compraron la deuda emitida por lo que ellos llaman la Unión, y que son los principales financistas de los políticos, recibieron pagos en forma de intere­ses por valor equivalente al 125% del PIB del Brasil, entre 1995 y 2014.

Estos pagos salieron de un modelo de recaudación regresivo, sustentado por los que tienen menos. Son los impuestos indirectos que gravan el consumo.

Es lo mismo que pasa en el Paraguay, donde el 70% de las recaudacio­nes genuinas del Estado, provienen de impuestos indirectos como el IVA y el Selectivo al Consumo, esencialmente regresivos.

El Brasil posee 374 dipu­tados que responden di­rectamente a los intereses de lo que denominan la bancada rural, los bancos y financieras eligieron y financiaron a 197 di­putados, los frigoríficos ostentan a 162 diputados hospedados en 21 parti­dos, y así por delante.

Las empresas de minería tienen 85 diputados y las empresas de bebidas al­cohólicas cuentan con 76 diputados. Nada mal, todo dentro del marco de la ley.

CULTURA Y  DEMOCRACIA

La cultura es otro ele­mento clave que influye en la existencia de Esta­dos democráticos.

La intervención de la so­ciedad está condicionada por elementos culturales, conscientes y sublimina­les. El momento en que la democracia se establece, temprano o tardío, la ca­lidad de la misma, buena o mala, e incluso, la duda existencial sobre si es real o definitivamente un mero ilusionismo, se debe a cuestiones cultu­rales que tienen que ver con principios y valores, y hasta antecedentes ge­néticos.

Esta es la tesis de los investigadores Yuriy Go­rodnichenko y Gérard Roland, ambos de la Uni­versidad de California – Berkeley.

Ellos afirman que la ma­triz cultural individualis­ta versus la colectivista, favorece en mayor o me­nor grado, al desarrollo de una sociedad demo­crática.

El modelo tribal del Paraguay, de familias y clanes, la mal entendida solidaridad basada en el cuñadazgo, que asocia el clientelismo político con el nepotismo, como modo de apropiación de los recursos del Estado, desfavorece el desarrollo de un verdadero Estado democrático.

En primer lugar, la cultura individualista centrada en principios, dentro de determinados límites, demanda ele­mentos que pertenecen a la democracia, como la libertad individual, la cual es fundamental para la auto-realización.

En consecuencia, la igualdad ante la ley y el gobierno limitado, previ­siones de la democracia, ayudan a proteger la li­bertad individual.

En segundo lugar, la cultura colectivista no es mala, pero cuando se enfoca más en la nece­sidad de un gobernante benevolente para crear la estabilidad entre los di­ferentes clanes y grupos, se vuelve negativa.

El énfasis está más en la jerarquía y el orden, y la libertad puede ser vista como un peligro para la estabilidad. En este con­texto, se puede observar que si bien la democracia ha avanzado en el mun­do la misma adolece de este tipo defectos.

Al final de cuentas, en una cultura colectivista deturpada, quién puede rebelarse contra líderes políticos que le dan traba­jo a un hijo incompetente y lo convierten en “plani­llero”; otras veces repar­ten dinero para ser elec­tos candidatos aunque los estatutos de un partido no lo permitan; compran el cajón cuando muere un pariente; llevan chapas a los asentamientos cuan­do hay una emergencia climática y; distribuyen comida cuando surgen las inundaciones.

DERECHOS

Y DEMOCRACIA

Los derechos son funda­mentales en la democra­cia, entendida ésta como la igualación de opor­tunidades en la base del Estado de derecho, que garantice las libertades, y del Estado social, como protector de los indivi­duos.

Esto es, una especie de póliza de seguros emitida  por la comunidad para el caso del infortunio indi­vidual (Z. Bauman).

Y ahora viene lo peor: en la democracia liberal los derechos civiles están amputados, quizá los más importantes, tal cual se puede observar en las diversas naciones donde existen elecciones alre­dedor del mundo.

La democracia liberal, que se caracteriza por garantizar los derechos de propiedad, los dere­chos políticos y derechos civiles, privilegia a los dos primeros y desdeña a los últimos. Esta es la postura defendida por los economistas Dani Rodrik, quien es profesor de ciencias políticas de la Universidad de Princeton en Nueva Jersey, y Sa­run Mukand quien ejerce como profesor de econo­mía en la Universidad de Warwick.

Los derechos políticos interesan en primer lugar a las masas organizadas, los partidos políticos que podrían representar a los trabajadores o a alguna mayoría étnica, o alguna mayoría de clases, según la estructura y las divi­siones de la sociedad.

Los miembros de las mayorías son comparati­vamente pobres, pero son numerosos. Pueden ame­nazar a la élite con levan­tamientos, invasiones a la propiedad privada o pueden estimular expro­piaciones.

En cambio, los benefi­ciarios de los derechos civiles son generalmente las minorías que no son ni ricas y muchas veces no son muy numerosas. Es el caso de los indíge­nas, los beneficiarios de las transferencias con­dicionadas como el Te­koporã; los obreros que poseen seguridad social, y que son minoría, que quieren mejorar su acce­so a servicios de calidad en cuestiones de salud y sistemas de jubilación; las mujeres que trabajan como empleadas domés­ticas y que no tienen de­rechos de ninguna laya e; incluso las minorías reli­giosas y los transexuales.

INSTITUCIONES Y

DEMOCRACIA

Las instituciones son las que sustentan la prospe­ridad de una Nación.

Si bien se está hablando de categorías puramente económicas, sin embargo, los economistas, cuando elucubran sus modelos de crecimiento y bienestar, creen que los problemas político-institucionales están suficientemente resueltos.

Daron Acemoglu, profe­sor de economía del MIT y James Robinson, profesor de Harvard, nos dicen en su libro titulado “¿Por qué fracasan los países?”, que los tipos de Estado, la ca­lidad de la democracia y el modelo de contrato social existente en una sociedad determinada, afectan los incentivos y el comporta­miento económico de las personas.

El marco conceptual y analítico de los autores define que la democracia, sobre todo económica, está determinada por ins­tituciones económicas ex­tractivas o inclusivas.

Del mismo modo, si la política es el medio me­diante el cual las socieda­des determinan la forma de gobernarse, las reglas que rigen las instituciones en el juego político, tam­bién pueden ser extracti­vas, si concentran el poder en algunas élites, o inclu­sivas, si lo distribuyen.

Según estos autores, en el campo económico, dependiendo sobre todo del tipo de incentivos es­tablecidos en el aparato productivo, instituciones económicas extractivas o inclusivas, determinan la eficiencia del mismo.

Por ejemplo, qué tipos de incentivos, extractivos o inclusivos, pueden espe­rarse de la propiedad pri­vada de terrenos rurales, de acceso fácil, en forma relativamente segura y sobre todo barata -para los ricos en el Paraguay, como es el caso de las tie­rras mal habidas destina­das supuestamente para la reforma agraria, pero cedidas a los personeros del gobierno durante la dictadura stronista.

O el modelo extractivo del impuesto inmobiliario de apenas 1% sobre valo­res irrisorios que pagan los colonos brasileros en la plantación de granos; versus, la propiedad in­segura o inexistente de tierras para los pobres, como es el caos de la titu­lación de parcelas, sobre todo minifundiarias, en el esquema sojero agroex­portador.

Así es la genera la eco­nomía dual, que expul­sa a los campesinos de sus espacios originarios, condenándolos a la vida urbana, a poblar los cin­turones de pobreza en los asentamientos alrededor de las ciudades, sin estar preparados para disputar este tipo de mercado.

CONCLUSIÓN

Finalmente, las insti­tuciones políticas y eco­nómicas, según sean extractivas o inclusivas se relacionan entre sí en estrecha correlación.

Las instituciones políti­cas inclusivas son plura­listas y fijan fronteras en el ejercicio del poder. Las instituciones extractivas son laxas en fijar límites al ejercicio del poder.

De esta forma, este tipo de instituciones políti­cas concentran el poder alrededor de una élite, y forman una morfolo­gía económica que drena recursos del resto de la sociedad. Por lo tanto, las instituciones económicas extractivas “acompañan de forma natural a las instituciones políticas extractivas”.

Y así, no da gusto

Victor Raul Benitez

Un comentario en “La captura política por las élites económicas”

  1. El mercado de la política

    Si bien para algunos pocos es muy evidente que la política no es más que un mercado como tantos otros, lamentablemente, la mayoría de los ciudadanos no logra asumirlo y espera que su comportamiento sea diferente sin comprender sus reglas más básicas y elementales.

    Como en todo ámbito en el que se encuentran la oferta y la demanda, la política termina descubriendo un punto de equilibrio. Siempre esa armonía es inestable, un mero acuerdo transitorio en constante mutación. Cualquier movimiento leve conduce a la búsqueda de un nuevo punto de confluencia.

    Si se entiende que la política es un mercado, es mucho más fácil vislumbrar que el resultado que se obtiene hoy no es más que el producto de lo que la sumatoria de oferentes y demandantes lograron acordar en un instante.

    Un ejemplo omnipresente es el de las propuestas de campaña. Un sector de la sociedad se suele quejar diciendo que los candidatos no plantean propuestas concretas. Algunos dirigentes hasta se animan a enumerarlas, pero jamás son demasiado específicos para describir como las concretarán.

    Sin embargo parece que quienes demandan ese tipo de exigencias a los políticos no son los suficientes. De lo contrario los candidatos se tomarían en serio la cuestión y le dedicarían más energías a ese reclamo.

    En realidad, no hacen propuestas precisas, ni dicen como las realizarán porque eso no es suficientemente valorado por los ciudadanos. Es probable que esto explique porque unos y otros, políticos y ciudadanos, se comportan de un modo relativamente similar.

    No vale la pena pedir algo que igualmente no otorgarán dicen los ciudadanos, mientras los políticos afirman que no tiene sentido proponer algo que tampoco es determinante. Todo funciona de este modo y seguirá así. No existen estímulos suficientes para que se modifiquen esas actitudes.

    Un “mercado libre”, eventualmente, optimizaría los resultados colocándolos en su máximo punto de eficiencia. Pero claro, la actividad política no ha quedado exenta de la corriente intervencionista que rige esta era.

    Es factible que la política del presente funcione de un modo ineficiente e inadecuado porque sus reglas han sido permanentemente manipuladas por quienes ostentan el poder y establecen esas normativas intencionalmente.

    Se trata de un espacio brutalmente intervenido, absolutamente regulado, que instaura pautas que impiden, deliberadamente, la indispensable competencia. La extensa nómina de interferencias que exhibe este mercado político explica la escasez de alternativas. Por eso la gente termina optando entre lo disponible sin tener chances de ejercer legítimas elecciones libres.

    Si se esperan progresos en la materia, resulta vital disminuir los obstáculos de acceso a la política y fomentar una verdadera competencia, esa que impulsa a brindar lo mejor para que los ciudadanos tengan opciones.

    Como en todo mercado, los oferentes hacen lo que sea para satisfacer las pretensiones de la sociedad. No lo harán por altruismo, bondad natural o integridad personal, sino porque de lo contrario, siempre se corre el riesgo de que otro irrumpa en la escena y logre interpretar mejor las demandas.

    El régimen actual solo encierra a los “consumidores” sin otorgarle salidas. Pero esto tampoco es casualidad. Los dueños del sistema se han ocupado de bloquear intencionalmente a los potenciales nuevos dirigentes.

    Es por esa razón que existen muchas legislaciones en las que los partidos políticos tienen el monopolio formal de la representación. En ellas, los ciudadanos no pueden siquiera postularse sino pertenecen a una facción.

    Como sucede en otros mercados, los oferentes intentan eliminar adversarios recurriendo a restricciones legales que les permitan limitar la oferta. Para hacerlo, utilizan argumentos que hasta parecen razonables.

    Un caso emblemático, cuya comparación es pertinente, es el de los industriales nacionales que se amparan en la sinuosa justificación de las posibles fuentes de trabajo perdidas para evitar que sus rivales extranjeros puedan ofrecer productos de mayor calidad o mejor precio. Esos pseudo empresarios apelan al tráfico de influencias para impedir que ingresen nuevos actores y su herramienta predilecta son las barreras aduaneras.

    La política no es diferente. Los dirigentes contemporáneos, se ocupan de establecer normas que le garanticen la exclusividad de la representación. De hecho, los partidos mayoritarios acuerdan esas reglas para repartirse las porciones de poder. Listas sábanas, sistemas complejos de elecciones, de fiscalización, pisos mínimos para obtener representación, personería política con limitaciones de tiempo, cualquier instrumento es eficaz para quitar del camino a cualquier entrometido que quiera modificar el esquema vigente.

    Si se espera que la política cambie, habrá que flexibilizar sus reglas, para que sean muchos los que deseen participar y puedan hacerlo sin una burocracia que se interponga. Si los ciudadanos tienen más poder, dispondrán de una mayor cantidad de alternativas para seleccionar. Nada asegura la perfección, pero esa dinámica incentivará a los postulantes a ser mejores e intentar seducir de otro modo a su potencial electorado.

    Si se sigue creyendo que la política es solo servicio a la comunidad y que debe ser un apostolado vocacional, no se ha comprendido la naturaleza de las transacciones entre individuos. Ningún problema puede ser resuelto si antes no se comprende su dinámica. Si se quiere que la política sea el motor del cambio se debe entender primero que también es un mercado.

    Alberto Medina Méndez

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