El Fin de los Clásicos

No se habló de otro tema en el mundo deportivo: el “clásico” Boca-River terminó en escándalo y vergüenza para el futbol mundial y la sociedad argentina. Y pensar que en el fondo, no fue una cuestión puramente deportiva: ¡fue un problema de gestión!

Los hechos, probablemente ya los conocés: segundo partido de las octavas de final de la Libertadores, River Plate versus Boca Juniors, en el estadio La Bombonera. Al regreso del entretiempo, bandidos disfrazados de hinchas burlan la protección de la manga inflable y tiran gas pimienta a los jugadores de River. La Conmebol decide suspender el partido, y se toma más de una hora en comunicar el hecho, mientras un bando de incompetentes conversa sobre como anunciar el hecho, y sacar a más de 40 mil personas del estadio en relativa tranquilidad.

Los jugadores de Boca, en lugar de hacer causa común con sus compañeros de profesión de River, querían seguir jugando, ya que acatar la suspensión podría significar la desclasificación del equipo, como después se confirmó. Se quedaran en la cancha, actitud mezquina y amateur, actitud de “soy más macho que vos”, mientras los jugadores de River esperaron tener algún grado de seguridad para dejar la cancha y el estadio. El mundo lo vio: el clásico argentino por excelencia, uno de los clásicos más importantes del futbol mundial, dejó de existir, y con él nos damos cuenta que los clásicos del futbol, en todo el mundo, se terminaron.

La Real Academia Española define “clásico” como algo “que se tiene por modelo digno de imitación (…) la base de su desarrollo posterior (…) período de tiempo de mayor plenitud de una cultura, de una civilización”.

Un partido clásico debería ser, por lo tanto, un ejemplo de deportividad y organización, algo que equipos más chicos y deportistas menos adinerados quisieran imitar. Un clásico debería sentar las bases para el desarrollo del deporte y, de manera reflejada, de una sociedad dónde personas que piensan y sienten distinto son contrincantes, no enemigos. Un clásico debería ser un símbolo de la plenitud cultural y cívica de un pueblo, una fiesta del deporte, de la alegría, de la vida sana y de la familia.

Más lejos de nuestra actual realidad latinoamericana, imposible. Ya lo decía Perón: la única verdad, es la realidad. La verdad es que en Latinoamérica, los clásicos se terminaron.

¿Quién, en su sano juicio, llevaría a sus hijos pequeños a un Boca-River, a un São Paulo-Palmeiras, a un Olimpia-Cerro? Tomados por barrabravas delincuentes, los estadios dejaron de ser un programa familiar para transformarse en campos de guerra, violencia, irracionalidad y falta de espíritu deportivo. De fair, el play ya no tiene nada.

El Boca-River demostró además que, más allá de lo deportivo, el fenómeno social del fútbol latinoamericano sufre de una total incapacidad de gestión por parte de los responsables. Como si no bastara el hecho violento contra los jugadores, lo que siguió fue una sucesión de bochornos dignos de una película de Woody Allen. Los jugadores lastimados que no fueron atendidos debidamente por los médicos; el técnico de Boca, Rodolfo Arruabarrena, con actitud digna de un capo mafioso y cero autoridad sobre sus jugadores; estos últimos, demostrando total falta de solidaridad con sus colegas deportistas, y probando como sus intereses mezquinos se imponían sobre el juego limpio y el honor deportivo; el portero de Boca, Agustín Orión, liderando al equipo en su actitud idiota, y organizando el saludo-casi-nazi de los jugadores a la barra violenta que instigaba a los de River, imposibilitando su salida de la cancha por casi 2 horas. Y la policía…

Según las autoridades policiales, había más de 1.200 efectivos en el estadio y sus alrededores. Durante las horas dramáticas y cobardes que se siguieron a la agresión inicial, los jugadores de River no podían salir porque, ubicados en las graderías tras la manga de salida a vestuarios la gavilla de estúpidos violentos los agredía a botellazos limpios… digo, botellazos SUCIOS, y la policía, en lugar de vaciar el espacio de graderías cercano a la manga, improvisó una ridícula cobertura de escudos que completaba la manga en 3 metros. Los locutores de la tele, yo, y seguramente vos si estabas mirando el partido, nos preguntábamos: ¿por qué la policía no evacúa las graderías y aleja a los agresores, para que los jugadores puedan salir?

La explicación para todo ese descontrol es tan grave como simple: falta de gestión. Nadie sabía que tenía que hacer, nadie lideró, nadie se hizo responsable. Ni Conmebol, ni réferi, ni dirigentes, ni comandantes de la policía, nadie. Y Sergio Berni, Secretario de Seguridad de la Nación famoso por sus declaraciones descabelladas, decía minutos después que “no hubo ningún incidente” y que “la responsabilidad es del club”. Cuando el responsable se hace el ñembo tavy, y además descarga su responsabilidad en otros, es todo menos un buen “gerente”.

Mientras el negocio del futbol siga siendo más importante que el deporte del futbol, los clásicos, aquellas fiestas dignas de imitar, se terminaron, por absoluta incompetencia de gestión de sus responsables. Y detrás de los clásicos, morirán todos los buenos partidos que tanto placer nos daban.

Un consejo final para los dirigentes y técnicos de futbol: lleven a sus jugadores a ver un  partido de rugby. Ahí todavía prima el honor por sobre el marcador, y a pesar de jugar con pasión y garra el partido, no importando el resultado los jugadores del equipo derrotado hacen ellos mismos una “manga” a la salida de los vencedores, no para agredirles, y sí para aplaudirles, para saludarles por su victoria.

O un partido de squash, un deporte poco conocido pero en el cual dos contrincantes comparten un espacio limitado de 6×9 metros, muñidos de una raqueta y pegándole a una pelota de goma que viaja a más de 100 Km/h, y por lo tanto podrían lastimarse muy fácilmente; pero en el cual un código de ética estricto rige el comportamiento en cancha, ¡y es superior al mismo reglamento del juego! Increíblemente, el squash y su ética no están en los Juegos Olímpicos, mientras el futbol y su descontrol egoísta sí.

Un detalle: el pasacalles de la foto con una clara amenaza e incitación a la violencia, colgado por la hinchada de Boca desde el inicio del partido y dejado ahí por Policía, la Conmebol y demás “autoridades deportivas” presentes en el estadio, decía todo sobre lo que iba a ser, y fue, el partido. No es futbol.

Mi metys es: deporte sin ética no es deporte; liderazgo sin gestión, no es liderazgo.

Marcos Tatijewski

Contacto: marcos@otrainteligencia.com   |   Facebook.com/BusinessAction

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