Un comentario en “A qué suena la basura”

  1. La favela, Cateura y Salamanca
    11 NOVIEMBRE, 2016 ⋅
    En España, habitualmente las películas se exhiben dobladas al español, una costumbre que viene de la época de la dictadura franquista, cuando, entre otras cosas, la censura podía cambiar todo aquello que le gustaba. Caló tan hondo esta modalidad, que aún hoy el grueso del público se niega a verlas de otra manera. A pesar de ello, en las grandes ciudades hay salas que solo exhiben películas en versión original, subtituladas.
    En Salamanca, una ciudad pequeña, no tenemos ese tipo de salas, pero, en cambio, los cines Van Dyck, una veintena de salas, con mucha frecuencia organiza ciclos de cine en versión original, lo que tiene enormes ventajas. Entre ellas, que durante dos o tres semanas, y a veces un mes, cambian de programación todos los días y, como se parte de la idea que es un público especial, se tiene la oportunidad de ver películas venidas de los rincones menos esperados, desde Estonia a Malí, desde Pekín (¿o debo decir Beijing?) a la república de Georgia, antigua Unión Soviética.

    Todo este largo prólogo es para contar que anoche fui a ver una película brasileña, “El profesor de violín” (“Tudo que aprendemos juntos”), del director Sérgio Machado (2015). La historia se centra en Heliópolis, la favela más grande de São Paulo, a donde va un violinista mayor, sin trabajo, a enseñar música a un grupo de adolescentes. Antes de iniciarse la proyección, se puso adelante el dueño de esta cadena de salas, que es un cinéfilo empedernido, como deben ser los buenos empresarios de salas, y me preparaba ya a que nos diera la lata con algunas disquisiciones sobre lo que iríamos a ver. Pero no; fue muy breve: anunció que acababan de descubrir un cortometraje que tenía que ver con la película principal y nos recomendaba que la viéramos con atención “porque es una verdadera joya”.

    Se apagaron las luces, se iluminó la pantalla y esperaba ver alguna zona depauperada de África, o vacas paseándose por las calles de alguna ciudad miserable de la India o el lejano Pakistán. No. No era ni África, ni India, ni Pakistán. Casi. Era Cateura, el barrio más golpeado por la miseria de Asunción donde la gente vive de los desperdicios que arroja la ciudad a ese gigantesco vertedero de basura. No niego que me dio un vuelco el corazón y, sin poder contenerme, le dije a la persona que estaba a mi lado y a quien no conocía: “Ese es mi país”.

    Pienso que la película tiene que haber sido vista en Asunción. No dura más de un cuarto de hora, y en todo ese tiempo se ve el trabajo que realiza Favio Chávez, creador del grupo, con el apoyo inicial de Luis Szarán y su organización Sonidos de la Tierra. Si me olvido de alguien o si los cito en el orden indebido, no importa. Lo importante es ver cómo esos jóvenes, esos adolescentes, han descubierto, a través de la música, que, más allá de ese horizonte de pobreza, de miseria, de basura, hay otro mundo; no el mundo de la riqueza, de la opulencia y la abundancia, sino un sitio donde el ser humano puede encontrar una vía para su propia realización.

    En una escena, el “luthier” que trabaja con los chicos, ayudándoles a hacer sus instrumentos con los desperdicios que rescatan del vertedero, dice: “Yo no sé quién es Mozart, pero les ayudo a hacer sus instrumentos para que puedan hacer su música que les hace felices”. Evidentemente, el hombre entiende la música de Mozart mucho más que algún egresado de conservatorio.

    La película brasileña es muy buena, y aconsejo verla. Pero en la sesión de anoche, personalmente, creo que perdió bastante de su efecto dramático a causa del cortometraje sobre Cateura. La comparación era inevitable: la ficción y la realidad, la historia inventada y la historia concreta; pero sobre todo el deseo irreprimible que de pronto siente el espectador de que los chicos de la favela puedan encontrar lo que encontraron los de Cateura. Al salir de la sala me sentí un ser privilegiado por conocer de cerca a quienes han llevado adelante este proyecto que no es un milagro, sino el resultado de un trabajo serio, duro, constante y hecho, sobre todo, con mucho amor.

    Por Jesús Ruiz Nestosa

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