El Evangelio del Domingo: Las tentaciones que tenemos

Lc 4,1-13. Con el Miércoles de Ceniza empezamos la Cuaresma, cuya idea central es la preparación para la Pascua de Resurrección.

Normalmente, entendemos la Cuaresma como tiempo de penitencia, lo que es correcto, sin embargo, hemos de vivir esta penitencia en tres sentidos: como mortificación corporal, como conversión del corazón y como frecuencia al sacramento de la reconciliación.

Y todos necesitamos hacer penitencia para fortalecernos delante de las tentaciones que la vida pone en nuestro camino, ya que la derrota delante de ellas agranda la confusión en el mundo y el dolor en tantos corazones.

Las tentaciones que Jesucristo experimentó son las mismas del ser humano de todas las épocas, aunque los diferentes tiempos les ponen distintos ropajes. Pero más importante que esto es el modo cómo Jesús luchó contra ellas y las venció: él nos da el ejemplo para vencerlas hoy también.

Delante de la tentación del placer, expresada en la palabra “pan”, Jesús aclara que el hombre no vive solamente del pan para el estómago, pero necesita también del pan del espíritu, que es la Palabra de Dios.

Igualmente el placer relacionado con la sexualidad debe ser iluminado con el Evangelio, de manera que no resbalemos delante de la infidelidad matrimonial, de la fornicación y otras costumbres enfermizas, como la bisexualidad y la pornografía.

Cuando el demonio le lanza el anzuelo de tener muchas cosas materiales, desde que doble las rodillas y sirva al mal, a la corrupción y al manoseo de la Justicia, el Maestro afirma categóricamente que debemos adorar solamente a Dios, solamente ante Él hemos de doblar las rodillas y considerar sus enseñanzas como el tesoro más valioso del mundo.

Los bienes materiales son un medio para favorecer la calidad de vida y han de ser compartidos con los otros. Nunca deben ser el objetivo primordial de nuestra existencia. Además, como dice la gente: el ataúd no tiene cajón y uno no lleva nada de todo lo que tiene.

Igualmente, todos nosotros probamos la tentación del poder, porque aparentemente, es dulce ser tenido en cuenta, ser obedecido, ser adulado y dar la última palabra en las decisiones profesionales y familiares.

Ante esta provocación de autosuficiencia y de soberbia, Jesús afirma que el verdadero camino es este: “No tentarás al Señor tu Dios”, en el sentido de querer robar el lugar de Dios y usar gua’u su poder.
Podemos dominar estas tres tentaciones con el ayuno, la oración y la limosna-solidaridad, para que la fortaleza del Espíritu Santo alegre y mejore nuestra vida desde hoy.

Paz y Bien.

Por Hno. Joemar Hohmann

6 comentarios en “El Evangelio del Domingo: Las tentaciones que tenemos”

  1. Existencia y actuación del diablo.

    I. San Mateo termina la narración de las tentaciones de nuestro Señor con este versículo: Entonces lo dejó el diablo, y los ángeles vinieron y le servían (Mateo 4, 11). Es doctrina común que todos los hombres, bautizados o no, tienen su Ángel Custodio. Su misión comienza en el momento de la concepción de cada hombre y se prolonga hasta el momento de su muerte.

    San Juan Crisóstomo afirma que todos los ángeles custodios concurrirán al juicio universal para “dar testimonio ellos mismos del ministerio que ejercieron por orden de Dios para la salvación de cada hombre” (Catena Aurea) En los Hechos de los Apóstoles encontramos numerosos pasajes en que se manifiesta la intervención de estos santos ángeles, y también la confianza con que eran tratados por los primeros cristianos (5, 19-20; 8, 26; 10, 3-6). Nosotros hemos de tratarles con la misma confianza, y nos asombraremos muchas veces del auxilio que nos prestan, para vencer en la lucha contra los enemigos.

    II. Los ángeles custodios tienen la misión de ayudar a cada hombre a alcanzar su fin sobrenatural, por lo tanto, los auxilian contra todas las tentaciones y peligros, y traen a su corazón buenas inspiraciones. Son nuestros intercesores, nuestros custodios, y nos prestan su ayuda cuando los invocamos. Nuestro Ángel Custodio nos puede prestar también ayudas materiales, si son convenientes para nuestro fin sobrenatural o para el de los demás.

    No tengamos reparo en pedirle su favor en las pequeñas cosas materiales que necesitamos cada día, como por ejemplo, encontrar estacionamiento para el coche. Especialmente pueden colaborar con nosotros en el trato de las personas que nos rodean y en el apostolado. Hemos de tratarle como a un entrañable amigo; él siempre está en vela y dispuesto a prestarnos su concurso, si se lo pedimos. Y al final de la vida, nuestro Ángel nos acompañará ante el tribunal de Dios.

    III. Para que nuestro Ángel nos preste su ayuda es necesario darle a conocer, de alguna manera, nuestras intenciones y deseos, puesto que no puede leer el interior de la conciencia como Dios. Basta con que le hablemos mentalmente para que nos entienda, o incluso para que llegue a deducir lo que no somos capaces de expresar. Por eso debemos tener un trato de amistad con él; y tenerle veneración, puesto que a la vez que está con nosotros, está siempre en la presencia de Dios. Hoy le pedimos a la Virgen, Regina Angelorum, que nos enseñe a tratar a nuestro Ángel, particularmente en esta Cuaresma

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  2. Las tentaciones de Jesús.

    I. El diablo existe. La Sagrada Escritura habla de él desde el primero hasta el último libro revelado, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. La historia del hombre ha padecido la influencia del diablo. Hay rasgos presentes en nuestros días de una intensa malicia, que no se explican por la sola actuación humana. El demonio, en formas muy diversas, causa estragos en la Humanidad. La actuación del demonio es misteriosa, real y eficaz. Con Jesucristo ha quedado mermado el dominio del diablo, pues Él “nos ha liberado del poder de Satanás” (CONCILIO VATICANO II, Sacrosanctum Concilium).

    Por razón de la obra redentora, el demonio sólo puede causar verdadero daño a quienes libremente le permitan hacérselo, consintiendo en el mal y alejándose de Dios: nadie peca por necesidad. Además, para librarnos del influjo diabólico, Dios ha dispuesto también un Ángel que nos ayude y proteja. “Acude a tu Ángel Custodio, a la hora de la prueba, y te amparará contra el demonio y te traerá santas inspiraciones” (J ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino).

    II. El demonio es un ser personal, real y concreto, de naturaleza espiritual e invisible, y que por su pecado se apartó de Dios para siempre. Es el padre de la mentira (Juan 8, 44), del pecado, de la discordia, de la desgracia, del odio, de lo malo y absurdo que hay en la tierra (Hebreos 2, 14), el enemigo que siembra el mal en el corazón del hombre (Mateo 13, 28-39), y al único que hemos de temer si no estamos cerca de Dios.

    Su único fin en el mundo, al que no ha renunciado, es nuestra perdición. Y cada día intentará llevar a cabo ese fin a través de todos los medios a su alcance. Es el primer causante de las rupturas en las familias y en la sociedad. Sin embargo, el demonio no puede violentar nuestra voluntad para inclinarla al mal. El santo Cura de Ars dice que “el demonio es un gran perro encadenado, que acosa, que mete mucho ruido, pero que solamente muerde a quienes se le acercan demasiado”.

    III. Nos debe dar gran confianza saber que el Señor nos ha dejado muchos medios para vencer y para vivir en el mundo con la paz y alegría de un buen cristiano: la oración, la mortificación, la Confesión y la Eucaristía, y el amor a la Virgen. El uso del agua bendita es también eficaz protección contra el influjo del diablo. Nuestro esfuerzo en la Cuaresma por mejorar la fidelidad a lo que sabemos que Dios nos pide, es la mejor manifestación de que frente al Non serviam del demonio, queremos poner nuestro personal Serviam: Te serviré, Señor.

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  3. Una reflexión sobre el desierto

    13 de feb de 2013
    ¿Sabemos lo que es el «desierto», esa expresión tan bíblica y a la que la Cuaresma nos invita?
    Me detengo a traducir un texto de Dom Gabriel Bunge, sacado de su obra: “Akedia, il male oscuro”, Edizioni Quiquajon. Comunità di Bose. P. 20; y dice así:

    “… El monaquismo de los orígenes tenía la clara conciencia de que en el Desierto hallaría al príncipe de este mundo. Ir con Cristo al Desierto no comporta huír de las tentaciones, sino más bien, como Cristo y con Cristo, enfrentar ‘desnudos’ al tentador. Pensar que hoy las cosas son diferentes es una ilusión fatal. El opositor del género humano no está ligado a lugares, tiempos o condiciones de vida. Quien entra hoy en un monasterio o ingresa en la vida religiosa o eclesiástica, en este nuestro mundo desmitizado, con frecuencia olvida este hecho fundamental: ha entrado inmediatamente en el ‘desierto’, en el lugar del aislamiento y de la derelicción, de los desolados parajes de la sed y de engañosos espejismos. Quien no quiera admitir esta realidad e imagine ser solamente un bravo operario en la viña del Señor, correrá el riesgo de desconocer la verdadera naturaleza de las dificultades que inevitablemente deberá encontrar. Quedará sorprendido al hallar en su ‘viña’ tanta ‘cizaña’, ‘espinas y cardos’ en lugar de ‘uvas’, y no entenderá que ha sido el ‘enemigo’ quien las sembró ocultamente. ¡Esta lucha no es un simple accidente, un imprevisto, sino que es parte integrante de la vida en el desierto! Paradójicamente esta falta de conciencia no se encuentra sólo en los cristianos que viven en el mundo, cuya visión a menudo es ofuscada por la opacidad de los bienes materiales, sino también en tantos monjes y eclesiásticos, quienes, por otra parte, deberían estar más advertidos. La acedia es un ejemplo particularmente significativo de ello (…) ¿Por qué este descuido? ¿Quizá por el hecho de que los mismos monjes, o religiosos, o eclesiásticos ya no van más concientemente con Cristo a la despiadada desnudez del Desierto, sino que prefieren permanecer en la opacidad del ‘mundo’?.”

    publicado por Alberto E. Justo

    fuente: Ermitaño Urbano

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  4. “Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió de las orillas del Jordán y se dejó guiar por el Espíritu a través del desierto, donde estuvo cuarenta días y fue tentado por el diablo.” (Lc 4, 1-2)
    Estamos empezando nuevamente nuestro itinerario cuaresmal. Este es un tiempo fuerte que nos invita a mirar hacia nosotros mismos, hacia nuestras vidas, buscando con todo el corazón cambiar las cosas que nos distancian del plan de Dios y reforzar aquellas que nos ayudan a vivir su palabra.
    Nadie puede convertirse sin conocerse a sí mismo, sin darse cuenta de su realidad personal, sin reconocer cuáles son sus tentaciones y sus debilidades.
    La tentación nos revela que somos libres pues delante de nosotros existen siempre dos caminos, uno que nos lleva al bien y a la verdad, y otro que conduce al mal y a la mentira.
    Es imposible no tener tentaciones en la vida, así como es inútil, pedirle a Dios para quitarlas completamente. Ellas son propias de la condición humana. Hacen parte de nuestro ser libres. Lo máximo que podemos pedir a Dios es que “no nos deje caer en la tentación”, que nos dé la fuerza para hacer bien nuestras elecciones, que nos dé una fuerza de voluntad capaz de decir “no” a la tentación, evitando así, salir del buen camino.
    Con nuestro bautismo, empezamos a seguir el camino del bien, pero nuestro enemigo, siempre se presentará al borde de nuestro camino con una nueva propuesta, con una propaganda engañosa, intentando de desviarnos. El siempre se mostrará preocupado con nosotros, supuestamente queriendo nuestro “bien”, y ofreciéndonos facilidades y una felicidad inmediata. El conoce nuestras debilidades, nuestros puntos frágiles, nuestros deseos y tendencias. Por eso, es muy importante que también cada uno de nosotros conozcamos nuestras propias debilidades. Cada uno debería saber bien claro cuáles son sus fragilidades, para poder darse cuenta de las tentaciones.
    Por eso es importante dejarse conducir por el Espíritu a través del desierto, que es el lugar de la soledad. Allí uno tendrá la oportunidad de entrar dentro de sí mismo y reconocer quien es; cuáles son sus capacidades e inconsistencias; cual es su vocación, y cuál es el sentido de su vida; donde quiere llegar, y que cosas tiene que evitar, para no alejarse del objetivo.
    Jesús se dejó conducir a través del desierto. Allí pudo conocer cuáles eran sus tentaciones. Cuáles eran las cosas a las que él tendría que estar siempre atento, para no desviare de su misión. Las tres tentaciones de Jesús pueden ser interpretadas de muchos modos y podemos también encontrar en ellas semejanzas con aquellas que experimentamos. Por ejemplo: él sabía de su poder, sabía que podía hacer todo fácil: podría hasta transformar piedras en pan; podría hacer con que los clavos no entrasen en su carne; podría hacer morir a sus opositores; pero estas soluciones fáciles arruinarían su misión y si cayera en esta tentación, se desviaría del plan del Padre y seria su falencia. Jesús quería ser el Señor de todos los pueblos y naciones, pero para llegar a esto el camino se mostraba largo y arduo, pues dependía de la adhesión personal de cada uno. El diablo le ofrece un medio ilícito y mucho más fácil para llegar a tener este poder, y Jesús tuvo la fuerza de renunciarlo. Jesús sabia que el Padre lo amaba y protegía, y fue tentado a aprovecharse y abusar de esta protección, pero hacer esto arruinaría la relación de amor, era una tentación que debería ser siempre evitada.
    Independiente si nuestras tentaciones fueran semejantes a aquellas de Jesús, lo que tenemos que hacer es identificar precisamente cuales son las nuestras, para poder resistirlas. Debemos, en primer lugar, conocer a nuestro enemigo, para poder combatirlo. Todos necesitamos del desierto, esto es, de tiempos fuertes de oración, de soledad, de entrar dentro de nosotros mismos. La cuaresma es un tiempo muy oportuno para esto. Por eso la Iglesia sugiere evitar las fiestas, las grandes distracciones, para así darnos la posibilidad de, en el silencio, encontrarnos con nosotros mismo.
    La segunda cosa que tenemos que hacer es reforzar nuestra voluntad, para que delante de las tentaciones tengamos la fuerza de refutarlas. Muchas veces, delante de la tentación, la reconocemos y hasta queremos resistirla, pero con una fuerza de voluntad débil, acabamos cayendo. Es aquí que entran las penitencias: un ayuno, una renuncia, un sacrificio… es algo que yo me impongo libremente, y que exige que mi voluntad sea más fuerte que la tendencia natural de mi cuerpo. Cuando me elijo un pequeño sacrificio y lo consigo llevar a cabo, entonces estoy proclamando en mi persona la victoria del espíritu. Haciendo estas cosas en el cotidiano, voy reforzando mi voluntad, y cuando llega la tentación tengo mucho más fuerza para poder resistirla. Por eso, la cuaresma es también un tiempo muy oportuno para la penitencia.
    Dos cosas el evangelio de hoy nos enseña y que quieren marcar todo el tiempo cuaresmal: debemos ir al desierto para conocer nuestras tentaciones, y debemos también dar sostén a nuestra voluntad, con las prácticas ascéticas del cotidiano.
    “No caer en tentación” es sin duda, una gracia de Dios, pero como todas las gracias que él nos da, necesita ser conquistada también con nuestro esfuerzo.
    Buena cuaresma.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno Mariosvaldo Florentino, capuchino

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  5. Humildad personal y confianza en Dios

    Sé la roca de mi refugio, Señor, un baluarte donde se me salve…, rezamos en la Antífona de entrada de la Misa. Él es la fortaleza y la seguridad en medio de tanta debilidad como encontramos a nuestro alrededor y en nosotros mismos; Él es el agarradero firme en cada momento, a cualquier edad y en toda circunstancia.

    Bendito quien confía en el Señor y pone en Él su confianza, nos dice el profeta Jeremías en la Primera lectura, será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto.

    Por el contrario, es maldito quien, apartando su corazón del Señor, confía en el hombre, y en la carne busca su fuerza. Su vida será estéril, como un cardo en la estepa. Sé la roca de mi refugio, Señor: la humildad personal y la confianza en Dios van siempre juntas. Solo el humilde busca su dicha y su fortaleza en el Señor.

    Uno de los motivos por los que los soberbios tratan de buscar alabanzas con avidez, de sobreestimarse a sí mismos y se resienten ante cualquier cosa que pueda rebajarles en su propia estima o en la de otros, es la falta de firmeza interior: no tienen más punto de apoyo ni más esperanzas de felicidad que ellos mismos.

    Por esto son, con mucha frecuencia, tan sensibles a la menor crítica, tan insistentes en salirse con la suya, tan deseosos de ser conocidos, tan ansiosos de consideraciones. Se afianzan en sí mismos como el náufrago se agarra a una débil tabla, que no puede sostenerlo. Y sea lo que fuere lo que hayan logrado en la vida, siempre se encuentran inseguros, insatisfechos, sin paz. Un hombre así, sin humildad, sin confiar en su Padre Dios que le tiende continuamente sus brazos, habitará en la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita, como nos dice hoy la liturgia de la Misa. El soberbio se encuentra sin frutos, insatisfecho y sin la paz y felicidad verdaderas.

    El cristiano tiene puesta en Dios su esperanza y, porque conoce y acepta su propia debilidad, no se fía mucho de lo propio. Sabe que en cualquier empresa deberá poner todos los medios humanos a su alcance, pero conoce bien que ante todo debe contar con su oración; y reconoce y acepta con alegría que todo lo que posee lo ha recibido de Dios.

    Los mayores obstáculos que el alma encuentra para seguir a Cristo y para ayudar a otros tienen su origen en el desordenado amor de sí mismo, que lleva unas veces a sobrevalorar las propias fuerzas y, otras, al desánimo y al desaliento, al ver los propios fallos y defectos.

    El soberbio es poco amigo de conocer la auténtica realidad que anida en su corazón. Examinemos hoy en la oración si valoramos mucho la virtud de la humildad, si la pedimos al Señor con frecuencia, si nos sentimos constantemente necesitados de la ayuda de nuestro Padre Dios, en lo grande y en lo pequeño.

    El ejemplo de nuestra Madre Santa María, Ancilla Domini, Esclava del Señor, nos moverá a vivir la virtud de la humildad. A ella acudimos al terminar nuestra oración, pues «es, al mismo tiempo, una madre de misericordia y de ternura, a la que nadie ha recurrido en vano; abandónate lleno de confianza en el seno materno; pídele que te alcance esta virtud que tanto apreció; no tengas miedo de no ser atendido, María la pedirá para ti de ese Dios que ensalza a los humildes y reduce a la nada a los soberbios; y como María es omnipotente cerca de su Hijo, será con toda seguridad oída».

    (Frases extractadas del libro Hablar con Dios de Francisco Fernández Carvajal).

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  6. domingo 17 Febrero 2013

    Primer Domingo de Cuaresma

    Santo(s) del día : Santos Fundadores Siervos de la Virgen María

    Ver el comentario abajo, o clic en el título
    San Rafael Arnáiz Barón : El Hijo de Dios rechaza la tentación y obedece la voluntad de su Padre

    Deuteronomio 26,4-10.
    El sacerdote tomará la canasta que tú le entregues, la depositará ante el altar,
    y tú pronunciarás estas palabras en presencia del Señor, tu Dios: “Mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y se refugió allí con unos pocos hombres, pero luego se convirtió en una nación grande, fuerte y numerosa.
    Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron una dura servidumbre.
    Entonces pedimos auxilio al Señor, el Dios de nuestros padres, y él escuchó nuestra voz. El vio nuestra miseria, nuestro cansancio y nuestra opresión,
    y nos hizo salir de Egipto con el poder de su mano y la fuerza de su brazo, en medio de un gran terror, de signos y prodigios.
    El nos trajo a este lugar y nos dio esta tierra que mana leche y miel.
    Por eso ofrezco ahora las primicias de los frutos del suelo que tú, Señor, me diste”. Tu depositarás las primicias ante el Señor, tu Dios, y te postrarás delante de él.

    Carta de San Pablo a los Romanos 10,8-13.
    ¿Pero qué es lo que dice la justicia?: La palabra está cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, es decir la palabra de la fe que nosotros predicamos.
    Porque si confiesas con tu boca que Jesús es el Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado.
    Con el corazón se cree para alcanzar la justicia, y con la boca se confiesa para obtener la salvación.
    Así lo afirma la Escritura: El que cree en él, no quedará confundido.
    Porque no hay distinción entre judíos y los que no lo son: todos tienen el mismo Señor, que colma de bienes a quienes lo invocan.
    Ya que todo el que invoque el nombre del Señor se salvará.

    Evangelio según San Lucas 4,1-13.
    Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto,
    donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre.
    El demonio le dijo entonces: “Si tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan”.
    Pero Jesús le respondió: “Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan”.
    Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra
    y le dijo: “Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero.
    Si tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá”.
    Pero Jesús le respondió: “Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a él solo rendirás culto”.
    Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: “Si tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo,
    porque está escrito: El dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden.
    Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”.
    Pero Jesús le respondió: “Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios”.
    Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de él, hasta el momento oportuno.

    Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    San Rafael Arnáiz Barón (1911-1938), monje trapense español
    Escritos Espirituales, 15/12/1936

    El Hijo de Dios rechaza la tentación y obedece la voluntad de su Padre
    Yo también alguna vez allá en el mundo, corría por las carreteras de España, ilusionado de poner el marcador del automóvil a 120 km por hora… ¡Qué estupidez! Cuando me di cuenta de que el horizonte se me acababa, sufrí la decepción del que goza la libertad de la tierra… pues la tierra es pequeña y, además, se acaba con rapidez. Horizontes pequeños y limitados rodean al hombre, y para el que tiene un alma sedienta de horizontes infinitos… los de la tierra no le bastan… le ahogan. No hay mundo bastante para él, y sólo encuentra lo que busca en la grandeza e inmensidad de Dios. ¡Hombres libres que recorréis el planeta! No os envidio vuestra vida sobre el mundo. Encerrado en un convento, y a los pies de un crucifijo, tengo libertad infinita, tengo un cielo…, tengo a Dios. ¡Qué suerte tan grande es tener un corazón enamorado de El!…

    ¡Pobre hermano Rafael!… Sigue esperando… sigue esperando con esa dulce serenidad que da la esperanza cierta. Sigue quieto, clavado, prisionero de tu Dios, a los pies de su Sagrario. Escucha el lejano alboroto que hacen los hombres al gozar breves días su libertad por el mundo. Escucha de lejos sus voces, sus risas, sus llantos, sus guerras… Escucha y medita un momento. Medita en un Dios infinito… en el Dios que hizo la tierra y los hombres, el dueño absoluto de cielos y tierras, de ríos y mares; el que en un instante, con sólo quererlo, con sólo pensarlo, creó de la nada todo cuanto existe.

    Medita un momento en la vida de Cristo y verás que en ella no hay libertades, ni ruido, ni voces… Verás al Hijo de Dios, sometido al hombre. Verás a Jesús obediente, sumiso, y que con serena paz, sólo tiene por ley de su vida cumplir la voluntad de su Padre. Y, por último, contempla a Cristo clavado en Cruz… ¡Á qué hablar de libertades!

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