Buen periodismo

La prensa está en crisis.  La alternativa entre el papel y lo digital tiene a la industria entre dos aguas. Las ventas de periódicos caen, en las redacciones quieren “más con menos” y sus profesionales, en muchos casos becarios con contratos leoninos, pierden credibilidad en una sociedad que vive en la cultura de lo gratuito.

Si hace unas décadas el periodismo era una profesión respetable, desde hace unos años, son cada vez más los que tienen a los periodistas en el punto de mira. Los desmanes del cuarto poder, junto al tsunami sensacionalista y amarillista multiplicado por las nuevas tecnologías, han hecho que “el mejor oficio del mundo”, como lo solía llamar García Márquez, pase por un momento difícil.

Tenemos la fórmula para el desastre si a esto le sumamos la cantidad de intrusos que flirtean con el delicado trabajo de informar, y que no han pasado por una facultad de Periodismo para adquirir un mínimo de conocimientos, tanto deontológicos como periodísticos, para poder ejercer la profesión. Nunca se le llamó médico  a alguien que cura una herida o jockey a alguien que monta una tarde a caballo.

Pero esto no significa que los jóvenes que salen de las facultades tengan la preparación adecuada para entrar a trabajar en un medio de comunicación, o que por haber estado en ella la sociedad les redima de sus negligencias en un futuro. Pero tienen unas bases para distinguir y conocer mejor los límites que el periodismo no debe cruzar. Lo que hagan después forma parte de las elecciones que cada uno toma en la vida. Mal que les pese a algunos maestros, la universidad está para algo.

En España, un programa de prensa rosa al que acuden tanto políticos como personajes sin oficio ni beneficio –en los tiempos que corren a veces se confunden-, sufrió la retirada de grandes anunciantes por practicar un periodismo de ética dudosa. Las marcas se negaron a financiar un programa que mercadeaba con las especulaciones y sentimientos de la madre de un joven involucrado en un crimen que ha tenido gran repercusión en  los medios, y ha generado una gran conmoción en la sociedad española. Por una vez, los dueños del mercado pusieron pies en pared y negaron su dinero a un programa que no cumplía con las normas éticas que se esperaba de un espacio televisivo de esas características. En la actualidad sigue en la programación del canal de televisión, pero no deja de ser un interesante toque de atención.

Por otro lado, y no sin relación con toda esta cascada de acontecimientos, la Asociación de Prensa de Madrid ha elegido como presidente a una mujer, por primera vez en su historia. Carmen del Riego sostiene que su propósito es hacer cumplir el Código Ético y que la sociedad sepa que “hay mecanismos para reprochar las malas prácticas de los periodistas”. Estas declaraciones ponen de manifiesto que en la profesión periodística hay personas que no hacen las cosas bien. La nueva responsable del buen periodismo en España da un toque de atención a la sociedad para que, en el momento en que las cosas se están haciendo mal, se diga. Pero también es un  toque indirecto a los periodistas, para que no crean que el “todo vale” rige uno de los pilares sobre los que descansa la democracia.

“El periodismo, tanto el informativo como el de opinión, es el mayor garante de la libertad, la mayor herramienta de que una sociedad dispone para saber qué es lo que funcional mal, para promover la causa de la justicia y para mejorar la democracia”, subraya Mario Vargas Llosa desde la atalaya del Nobel, pero desde la sabiduría y la humildad de saber que sin el buen periodismo la sociedad siempre pierde.

Si los medios de comunicación solo trabajan con la máxima del beneficio económico y la mínima inversión, sus profesionales son sustituidos por becarios que carecen de formación y desconocen la ética periodística. Si además falta la sensibilidad y no se cumplen las buenas prácticas, el buen periodismo tendrá los días contados.

David García Martín

Periodista

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Autor: jotaefeb

Un arquitecto jubilado. Aprendiz de todo, oficial de nada. Un humano más. Acá, allá y acullá. Hurgador de cosas cotidianas y trascendentes.

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