Prensa y corrupción

Dos opciones tienen los poderes gubernamentales con respecto a la prensa: combatirla o tolerarla. La primera puede ser por métodos brutos como lo hicieron las dictaduras o por métodos subliminales, como lo hacen los gobernantes autoritarios disfrazados de demócratas. La segunda opción es respetarla, a pesar de todos sus defectos.

Esta última opción es la adoptada por la actual presidenta brasileña, Dilma Rousseff, cuyo gobierno viene interactuando con la opinión pública y por ende con la prensa, en el afán de transparentar el complejo ejercicio del poder de una nación-potencia y dar crédito a su gestión gubernamental y estilo personal de liderar un proceso de reformas.    La presidenta brasileña encara la nada fácil misión de combatir la corrupción y como es una persona inteligente y a la vez luchadora por los ideales y valores democráticos, no le costó mucho trabajo entender que la corrupción es esencialmente un problema político y como tal su mejor aliada, además de la justicia es la prensa, la cual aporta lo suyo con las contundentes denuncias en contra de los miembros de su propio gabinete.

A nuestras sociedades contaminadas por el virus de la corrupción y anestesiadas por la impunidad, les cuesta entender cómo una presidenta se puede deshacer tan fácilmente de media docena de ministros en menos de un año por simples publicaciones de corrupción cometidos por quienes fueron elegidos entre miles para tener el alto honor de atender carteras de Estado. A no pocos les ha parecido exagerado y hasta complaciente con la opinión pública que una presidenta deje caer a funcionarios tan encumbrados a raíz de “simples” investigaciones periodísticas.

Muchos pensaron que Dilma no tendría autoridad y menos autonomía para actuar frente a estos “antiguos vicios políticos” por el hecho de haber sido propuestos y apoyados por Lula, algunos de cuyos amigos integraron el gabinete con la creencia de que eran intocables por ser leales al líder real del PT.

Una foto periodística muestra a la presidenta -cuando tenía 22 años- declarando frente a un consejo militar represor luego de ser torturada durante días y a los militares tapándose la cara de vergüenza. La simple publicación de esta foto en la prensa fue suficiente para que el pueblo brasileño entendiera en qué se sustenta la autoridad de Dilma para actuar con firmeza frente a la corrupción.

La frase de la presidenta referida a la prensa revela su profunda convicción democrática: “prefiero el ruido, a veces doloroso de la prensa, al silencio de las dictaduras”. Lo dijo mientras entregaba un premio en homenaje a la memoria del periodista Vladimir Herzog, quien falleció en 1975, dos días después de haber sido detenido por agentes de la dictadura, situación que pudo haberla alcanzado como víctima de la dictadura.

Lula fue capaz de hacer entender a los brasileños que es viable un proyecto país liderado por un socialista con un gran protagonismo capitalista, y Dilma ahora trata de hacer entender que conviviendo con la corrupción en las más altas esferas, es imposible pretender ejercer un liderazgo internacional. Para ello, nada mejor que tolerar el “doloroso ruido” de la prensa mientras la justicia se decide a combatir la impunidad, algo que al parecer nunca llegará aquí y allá.

por Edwin Brítez

13 de Diciembre de 2011

http://www.abc.com.py/nota/prensa-y-corrupcion/

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5 comentarios en “Prensa y corrupción”

  1. Preguntar, la esencia del periodismo

    Los expertos fijan entre los tres y los cuatro años la etapa en la que un niño no hace otra cosa que preguntar ¿y por qué?, acabando incluso con la paciencia de sus padres. Preguntas con las que pretenden obtener datos que les permitan entender el mundo que están descubriendo. Para conseguirlo necesitan que sus padres se lo expliquen con sus respuestas.
    Pues lo mismo ocurre con los periodistas, intermediarios de los que se sirven los ciudadanos para comprender la sociedad en la que viven cuando llegan a la edad madura, para hacer lo que ellos hacían de pequeños, preguntar.

    No es otra cosa lo que hacemos los periodistas en las ruedas de prensa, al preguntar a políticos, banqueros, empresarios, artistas o deportistas. Preguntas con cuyas respuestas podamos saciar el ansia inagotable de saber de los ciudadanos.

    Preguntar no es un derecho de los periodistas. Nuestro papel es ser intermediarios entre quienes quieren enviar un mensaje a los ciudadanos y éstos. Pero no cualquier mensaje, porque nuestro papel es ser garantes del derecho a la información que tienen los ciudadanos.

    Sólo si se entiende así la profesión de periodista, como la intermediación entre el emisor y el receptor, se entenderá la pelea que algunos, pocos al principio, iniciamos hace ya más de cinco años, cuando dijimos NO a las ruedas de prensa sin preguntas, en cartas que enviamos al entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y al que era líder de la oposición, Mariano Rajoy, por sus convocatorias a los medios para hacer ante ellos declaraciones sin permitir hacerles preguntas, pedirles aclaraciones.

    Lo que entonces fue propio de quien clama en el desierto, se fue extendiendo entre los colegas y ahora la demanda ha traspasado las fronteras de la profesión, para convertirse en una exigencia ciudadana.

    Defender que quienes se ponen delante de los periodistas estén obligados a responder preguntas no es una concesión al periodista. Son los ciudadanos los que pese a haber superado la etapa infantil de los “¿y por qué?” tienen derecho a preguntar.

    Ese derecho, que ejercen a través de nosotros, no se debe traducir en preguntas porque sí, o para quedar bien, ya sea haciendo la pelota o para demostrar lo listos que somos. No. La obligación del periodista es ponerse en el lugar del ciudadano y formular las preguntas que ellos harían al mismo personaje si lo tuviesen delante. Pedirles las aclaraciones que exigirían ellos, o plantear las dudas que asaltarían a los ciudadanos al oír a nuestro interlocutor.

    Claro que los políticos, sobre todo ellos, tienen derecho a comparecer ante sus partidos, a puerta cerrada o permitiendo que los periodistas puedan escuchar sus discursos, aunque sea a través de un plasma, faltaría más, pero eso no suple su obligación de dar respuestas a los ciudadanos sobre lo que quieren saber.

    Para eso están las ruedas de prensa, las entrevistas. Intentar eludir las preguntas parece consustancial al político, y se da en todos los sitios en mayor o menor medida, pero nuestra obligación será exigir siempre poder preguntar. Eso sí, no sólo es cosa nuestra. Son los ciudadanos los que deben exigir que los políticos den explicaciones, los que pidan que haya ruedas de prensa donde nosotros podamos preguntar, actos en los que ellos mismos puedan hacerlo. Son los ciudadanos los que deben premiar a quienes se sometan a los “¿y por qué?” y castigar a los que se nieguen. A nosotros, los periodistas nos quedará lo más difícil, saber preguntar lo que de verdad los ciudadanos quieren saber, no lo que nos interesa a nosotros o a otros intereses que no sean los de los ciudadanos.

    Carmen del Riego

    Presidenta de la Asociación de la Prensa de Madrid (APM)

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  2. Periodismo para construir ciudadanía

    Decía la periodista Rosa María Calaf que sólo en China existían las ruedas de prensa de políticos en las que no se pueden hacer preguntas. Pero la imagen que ha circulado de una pantalla de plasma con la cara de un presidente recuerda a la película V de Vendetta o a 1984, de George Orwell. Frente a esa pantalla, decenas de periodistas redactaban una “crónica” que podrían haber hecho desde su oficina, desde su casa o desde un bar con el apoyo de una nota de prensa recibida por email, sin necesidad de desplazarse y perder tiempo en un contexto de reducción de plantillas por la crisis. Obedecen las órdenes de sus directores, que insisten en “ser los primeros” en sacar la propaganda política disfrazada de información para no perder negocio.
    En lugar de darles plantón con campañas como “sin preguntas no hay cobertura”, que nacen en las redes sociales, algunos jefes mandan a sus precarios, como hoy se conoce a los becarios, “por si dicen algo interesante”. La periodista Rosa María Artal sostiene que, hace unos años, los políticos se desgañitaban para colar sus declaraciones en la televisión, en la radio o en la prensa. Los propios medios han convertido esas declaraciones en noticia cuando ni siquiera cumplen con las reglas elementales del periodismo: impacto, importancia, proximidad, interés y actualidad.

    En unas jornadas de la European Anti Poverty Network en la Asociación de la Prensa de Madrid, periodistas y comunicadores sociales debatían las dificultades a las que se enfrentan los periodistas para asumir su papel de construir ciudadanía. Una profesional recordaba las dificultades para dejar plantados a personajes con poder mediático. Citaba el caso de José Mourinho, ex entrenador del Real Madrid. Varios periodistas habían acordado no asistir a su rueda de prensa por los constantes ataques que dirigía contra varios compañeros de profesión. Un medio rompió el pacto y se quedó con la exclusiva. La moda del periodismo declarativo se ha extendido más allá de la política.

    Con ciertos formatos, algunos medios también han hecho de la política un reality show. Los cruces de acusaciones entre políticos y tertulianos que se arrebatan a gritos la palabra han saltado del plató al congreso.

    Cansados de esos espectáculos por parte de supuestos “servidores públicos” que compaginan sus sueldos con otras actividades “privadas”, que cuentan con coches oficiales y todo tipo de privilegios, muchos ciudadanos se evaden con programas de telebasura o con el fútbol. Cuando no es la Liga es la Copa, la Libertadores, la Champions, el europeo sub 21, el mundial sub 20 y ahora también la Copa Confederaciones. Si no, para eso está la cada vez más extensa sección del tiempo que nos dice que hace calor en verano, que llueve en otoño y que hace frío en invierno. Están también las noticias bizarras, las inundaciones, los descarrilamientos de trenes y accidentes a miles de kilómetros y que, sin un contexto adecuado, no son noticia. Pero entretienen y mantienen los niveles de audiencia que exigen muchos directivos. La entrada en bolsa de los medios de comunicación ha marcado un antes y un después en los contenidos.

    De nada sirve tener decenas de canales de televisión si cuentan lo mismo o si todos se dedican al entretenimiento. Es lícito ofrecer este tipo de programas, pero no tanto cuando se confunde información con entretenimiento. Aunque se trate de medios privados, los gobiernos les conceden las licencias para emitir con el dinero de los ciudadanos, lo que implica una responsabilidad pública y social. Así como no vale adulterar bebidas para aumentar ganancias, tampoco debería valer transgredir la decencia ni la ética con tal de incrementar las audiencias.

    Los encuentros entre periodistas para debatir estas cuestiones permiten conocer nuevos medios y aportar propuestas. En España surgieron Infolibre o eldiario.es, con la credibilidad que les da su independencia ante sus socios que aportan una cuota baja. Puede que algunos medios “tradicionales” estén condenados a la extinción por el modelo mercantilista que han seguido, pero no por eso dejará de existir el buen periodismo, garantizado por profesionales formados y con un sentido de la ética.

    Carlos Miguélez Monroy

    Periodista, coordinador del Centro de Colaboraciones Solidarias (CCS)

    ccs@solidarios.org.es

    Twitter: @cmiguelez

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  3. Brasil: Rousseff prefiere el ruido de la prensa al silencio de la dictadura
    Brasilia, 11 de diciembre de 2011

    Las claves
    Rousseff destacó las bondades de la democracia frente a épocas en que “una huelga era un caso de policía y las divergencias podían llevar a la cárcel o a la muerte”.
    La presidenta brasileña, Dilma Rousseff, entregó los premios nacionales de derechos humanos de 2011 y reafirmó su defensa de la libertad de expresión, al señalar que prefiere “el ruido a veces doloroso de la prensa libre al silencio de las dictaduras”.

    Rousseff encabezó la entrega de los premios, creados en 1995, por primera vez desde que asumió el poder, el pasado 1 de enero, y evitó toda alusión a su propio pasado de presa política, aunque no dejó de subrayar que en los últimos años Brasil “devoró y digirió todos los artificios autoritarios para crecer en democracia”.

    El acto se celebró una semana después de que la revista Época divulgase una foto de fuerte impacto, en la que se ve a Rousseff, con sólo 22 años, en 1970, interrogada por un tribunal militar cuando estaba presa por sus presuntos vínculos con grupos alzados en armas contra la dictadura que entonces gobernaba al país.

    La jefa de Estado, hoy de 63 años, afirmó que Brasil aún tiene mucho por hacer en el área de derechos humanos, pues carga todavía con la herencia de la esclavitud y de “regímenes de excepción, que siempre dejan marcas duraderas y actitudes arbitrarias en el poder público”.

    No obstante, destacó las bondades de la democracia frente a épocas en que “una huelga era un caso de policía y las divergencias podían llevar a la cárcel o a la muerte”.

    En ese marco, reiteró que prefiere “el ruido a veces doloroso de la prensa al silencio de las dictaduras” y rindió especial homenaje a la memoria del periodista Vladimir Herzog, quien falleció en 1975, dos días después de haber sido detenido por agentes de la dictadura.

    Según sus captores, Herzog fue hallado en su celda ahorcado con su propia corbata, pero exámenes posteriores revelaron que murió a consecuencia de las severas torturas a las que fue sometido.

    Una de las 21 personalidades o instituciones premiadas hoy por su labor en favor de los derechos humanos fue precisamente un instituto que lleva su nombre y preside su viuda, Clarise Herzog.

    Otra distinción recayó en manos de Creuza Maria Oliveira, quien preside la Federación Nacional de Trabajadoras Domésticas y en un emotivo discurso evocó a las 7,2 millones de brasileñas que “cada día cuidan de las casas de otras mujeres”.

    Oliveira pidió a Rousseff que agilice los trámites para que el país ratifique la Convención 189, aprobada en junio pasado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que establece normas para dignificar el trabajo de los empleados domésticos.

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    1. Periodismo de héroes y villanos

      El periodismo es la profesión con mayor intrusismo en la actualidad y también una de las más vilipendiadas. A nadie se le ocurre realizar una intervención quirúrgica a corazón abierto sin los conocimientos ni los instrumentales adecuados, pero cualquiera se atreve a escribir y, lo que empieza a ser peor, a pontificar sobre cualquier asunto. En los tiempos gloriosos del periodismo, y no hace tanto, su verdadera función era el servicio a los ciudadanos a través de la denuncia de las injusticias y de la vigilancia del poder. Sin embargo, esta situación ha degenerado en auténticos medios publicitarios en manos de los partidos políticos y poderes económicos sin tener en cuenta a la sociedad, que vive anestesiada por la alterada realidad que se le quiere presentar.

      Los medios de comunicación se han convertido en simples empresas donde lo único verdaderamente importante es ganar dinero a cualquier precio, la mayoría de las veces con escasos recursos humanos, sin sentido común, sin investigar, sin cotejar datos, sin comprobar fuentes y sin que las informaciones tengan en cuenta todas las versiones, pero abarcando el mayor número de medios de difusión posibles para que la información parezca tan universal como creíble e irrebatible.

      Estos motivos me llevaron hace algún tiempo a desconfiar de dos tipos de periodistas: por un lado, los que presumen de que a ellos nunca les han censurado o cambiado un titular o una información, porque demuestran que tienen tanta autocensura previa que se preocupan más de no molestar al poderoso que de servir al ciudadano. Por otro, los que pregonan a los cuatro vientos que ellos sí son objetivos… porque la objetividad no existe, y lo que hay que reclamarle a un periodista es honestidad, es decir, que siempre quiera decir la verdad.

      Un hecho trágico ocurrido a finales de julio vino a reafirmarme en el triste momento que vive el periodismo: las 79 víctimas mortales que dejó el descarrilamiento de un tren a la entrada de Santiago de Compostela volvió a poner en evidencia la peor forma de informar. ¿No se aprendió nada de los atentados del 11-S en Nueva York, del 11-M en Madrid, del 7-J en Londres, de la masacre de Utoya (Noruega) en 2011…? España fue el único país en el que muertos, mutilados y ensangrentados llenaron portadas de periódicos e imágenes en la televisión y en internet en los atentados de los trenes en 2004… y nueve años más tarde ha vuelto a ocurrir.

      ¿Qué aporta el morbo a la información? ¿Qué curso de ética periodística se saltaron quienes deciden exhibir “imágenes impactantes” para “vender más” o tener “más audiencia”? Resulta inexplicable por qué, ante cualquier suceso que conmociona a la sociedad, hay que buscar siempre un culpable mediático y condenarlo aunque sólo se tenga el argumento de su mal comportamiento en los años de colegio…

      Los periodistas somos notarios de la actualidad, narradores de historias, sin adornos, sin hacer de jueces ni de adivinos, sin que tenga que haber héroes y villanos en cada información, sin destrozarle la vida a un inocente pero tampoco haciéndolo con las familias de las víctimas. Es tan fácil de entender como preguntarse en estos casos si se publicarían imágenes o darían tantos datos irrelevantes como escabrosos si la víctima fuera un familiar nuestro… Así de sencillo, así de duro.

      Hay demasiada hipocresía sobre el nuevo periodismo y la ética cuando todos los medios tienen las mismas imágenes, fotos o información, pero cuando hablamos de “exclusivas”, ahí cada uno defiende su derecho a informar por encima de todo y de todos.

      Está claro que hasta que el sentido común, la sensibilidad, la formación adecuada y escribir de lo que realmente le preocupa a los ciudadanos, y no de lo que le interesa a los políticos y a las empresas periodísticas para ganar dinero, no se impongan en las redacciones, la regeneración periodística será inviable. Cualquiera con un simple smartphone seguirá considerándose periodista del mismo modo que cualquier director o editor con una portada o una imagen dictará sentencia mediática ante un hecho aunque luego la Justicia lo archive o lo declare inocente.

      Ya lo decía el maestro Ryszard Kapuściński: “Las malas personas no pueden ser buenos periodistas”.

      Alberto López Herrero

      Periodista

      ccs@solidarios.org.es

      Twitter: @CCS_Solidarios

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