La cigarra navideña

Un amigo me dijo que es una pena que la Navidad se haya convertido en una cuchipanda donde la gente se junta para comer, beber y darse regalos, una gran farra en la que se pretende olvidar todo lo malo que hicimos, todo lo malo que nos hicieron y todo lo malo que nos pasó; una noche de puro placer sin una sola reflexión. Seguir leyendo La cigarra navideña

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El evangelio del domingo: Gozo, oración y gratitud

(III Domingo de Adviento, ciclo B)

Comentarios a la segunda lectura dominical

Pedro Mendoza LC

“Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros. No extingáis el Espíritu; no despreciéis las profecías; examinadlo todo y quedaos con lo bueno. Absteneos de todo género de mal. Que Él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Él que os llama y es Él quien lo hará”. 1Ts 5,16-24

Comentario

El pasaje propuesto como segunda lectura para el 3º domingo de adviento, que ha sido tomado de la 1ª carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses, recoge tres argumentos: consignas sobre la oración (vv. 16-18), los carismas (vv. 19-22) y una oración final del apóstol (vv. 23-24).

vv. 16-18: Las exhortaciones que el apóstol dirige a esa comunidad eclesial reunida para el rendir culto a Dios. Son tres las consignas propuestas. En la primera resplandece el tono que debe caracterizar cada momento de la vida del creyente, también en medio de las pruebas: la alegría. Como aparece en otros pasajes de la carta, no se trata de una alegría meramente externa y transitoria, sino de esa alegría profunda y “teologal” que nace de la conciencia de las gracias de Dios recibidas, entre las cuales destaca la de la elección a formar parte de esta su iglesia. Una elección y llamada que ha sido acogida en la fe. Alegría también motivada por la experiencia de la acción del Espíritu Santo; alegría de perseverar en la esperanza y de amarse fraternalmente.

La segunda y la tercera consigna corresponden a actitudes que deben acompañar nuestra oración: ésta debe ser, por una parte, constante y sin interrupción, y por otra, llena de acción de gracias. La constancia en la oración a la cual se nos invita no significa que haya que consagrar todas las horas del día a esta actividad, pues el apóstol bien sabe que estamos obligados a atender otras tareas. Lo que quiere decir con esta característica de la oración es que, a ejemplo de las costumbres de las comunidades judías y del mismo Cristo, nuestra oración debe ritmar los diversos momentos del día: por la mañana, al medio día y en la noche.

Como nota distintiva, la oración debe ser ante todo la acción de gracias, debe convertirse en oración “eucarística”. San Pablo nos da ejemplo de ello sobre todo en la primera parte de la carta, en donde se comprueba cómo todo lo que ocurre en las comunidades cristianas le da materia para dar gracias a Dios, fuente de todo bien.

vv. 19-22: Las tres peticiones están en relación con los fenómenos espirituales que sobresalían en las primeras comunidades cristianas, como en la de Corinto donde Pablo se encuentra escribiendo esta carta.  Por eso les recomienda que no apaguen esos carismas, como el don de lenguas o la profecía, destinados a edificar la comunidad. Pero, dado que existe el peligro de desviaciones en el uso de tales carismas, les recomienda estar alertas para examinarlos juzgando los frutos de los mismos. De este modo alcanzarán el juicio para separar lo que conviene conservar por ser “bueno” y lo que hay que desechar por sus malas consecuencias.

vv. 23-24: El apóstol llega, finalmente, a implorar a Dios que santifique Él mismo a quienes ha convocado a formar esa comunidad eclesial. Con esta oración deja constancia de que sólo Dios puede santificar, infundir y llevar a plenitud en el hombre las virtudes teologales de la fe, la esperanza y el amor. De este modo el cristiano estará preparado para la “Venida de nuestro Señor Jesucristo”, presentándose a este encuentro con Él con un espíritu, el alma y el cuerpo, sin mancha alguna.

Aplicación

Gozo, oración y gratitud.

La Iglesia nos exhorta con insistencia a vivir bien este tiempo de adviento cultivando el espíritu de oración, que debe caracterizar toda nuestra vida. Sólo por medio de la oración alcanzamos el clima adecuado para encontrarnos con Dios y ser dignos de recibir sus dones, entre los cuales sobresale el gran don de su próxima venida en la Navidad. Precisamente este don constituye uno de los motivos principales para estar alegres, pues viene a nosotros nuestro Salvador. Ante todas esas muestras del amor de Dios debemos corresponder con vivo agradecimiento.

La primera lectura de Isaías (61,1-2.10-11) refuerza el motivo de gozo que debe acompañarnos en estos días de espera presentándonos de modo bastante completo en qué consiste la misión de Cristo, nuestro Salvador: viene a traer la buena nueva, a vendar los corazones rotos; a pregonar la liberación, y un año de gracia del Señor, a consolar… Por ello debemos estar siempre alegres en el Señor, llenos de esperanza y de gozo, porque tenemos un Dios que nos ama tanto, que hace hasta lo imposible para hacernos partícipes de su salvación.

En el pasaje del evangelio de Juan (1,6-8.19-28) es san Juan el Bautista quien, con su testimonio de precursor humilde de Cristo, nos ofrece una clave para poder participar de los dones que Dios quiere comunicarnos: la necesidad de vaciarnos de nosotros mismos, pues Dios no puede donarse a sí mismo, ni puede salvarnos, si nosotros estamos llenos de nosotros mismos. Para prepararnos a la venida de Cristo en esta Navidad debemos vaciarnos de nosotros mismos, para dejar espacio a Dios en nuestro corazón.

Secundando la exhortación de san Pablo (1Ts 5,16-24), estamos invitados a fomentar el gozo en nuestras vidas por todas las bendiciones que Dios nos otorga y a volvernos a Él en una oración perseverante y llena de gratitud. Gocemos de todo lo hermoso y bello de los dones materiales y también de los dones espirituales, descubriendo en ellos al Dador de todo bien, a Dios. Infundamos a nuestra jornada diaria, en diversos momentos, el aliento espiritual de la oración que nos ayudará a vivir siempre en su presencia y bajo su bendición. Y, finalmente, que la gratitud sea una expresión continua que brote de nuestros labios y que vaya acompañada de nuestras obras. Gratitud, porque nos descubrimos destinatarios del amor infinito y misericordioso de un Dios que tanto nos ama que viene nuevamente a nosotros en esta Navidad para llenar nuestras vidas de sentido y de felicidad.