El Evangelio del Domingo: Preparar el camino

El Evangelio proclama: “Un voz grita en el desierto: preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”.

Es la predicación de Juan Bautista, que retoma las palabras del profeta Isaías, y esta proclamación debe mantenerse viva por todos los siglos, ya que es justamente eso que necesita el ser humano.

El profeta usa términos de la geografía, como “desierto, rellenar los vales, aplanar las montañas” y otros.

Hoy día, delante de las brutales agresiones a la naturaleza, de cierta manera, podemos entender el urgente cuidado con la ecología, sea en la preservación de las florestas, del agua potable y del aire que respiramos.

Pero si el ser humano no cambia su corazón materialista, tampoco va a cambiar el modo como trata a la naturaleza.

Por ello, “preparar el camino del Señor” presenta un significado más profundo, pues se refiere al modo como uno se relaciona con Dios, y a la honestidad consigo mismo.

“Allanar sus senderos” es no poner obstáculos cretinos para la acción liberadora de Dios, como la falta de autodisciplina delante del consumismo. Por estos tiempos, sentimos que hay un feroz marketing hacia todo tipo de compras y derroches, a tal punto de que uno “compra lo que no necesita con la plata que no tiene”. Y, después se queda agobiado por esa impulsividad que es nandi vera.

“Preparar el camino” es reconocer que Dios debe entrar en nuestro corazón y sentirse a gusto ahí. Para tanto, es imperativo que la egolatría dé un paso al costado y que no estemos tan satisfechos con nuestras irresponsabilidades. Es mirar el propio interior y admitir que uno necesita madurar, que es importante ser más sencillo, y tomar la iniciativa para cambiar sus actitudes.

La expresión “preparar el camino” es sugestiva, ya que expresa la necesidad de no improvisar, de organizarse para ser más solidario y más dedicado a los otros, pues pasar el tiempo adorando el propio ombligo es trayecto seguro de frustración.

Peregrinamos a Caacupé, lo que es bueno, sin embargo, es fundamental aprender con María la peregrinación hacia los verdaderos valores y que sepamos preparar el “TERERÉ DEL ALMA”, que es tener un corazón más fresco y una conciencia realmente limpia.

San Pedro, en su carta, insiste en que allanar los caminos exige una conducta sana, pues esto de alguna manera acelera la venida del Señor.

Es cierto: cuanto más vivimos de modo generoso, más manifestamos que la gracia divina está operando en nuestra alma, y por lo tanto, en el mundo.

Paz y bien

Mc 1,1-8

por Hno. Joemar Hohmann – Franciscano Capuchino

11 comentarios en “El Evangelio del Domingo: Preparar el camino”

  1. Preparar en nuestra vida la venida del Emmanuel

    Palabras de Benedicto XVI antes del Ángelus

    CIUDAD DEL VATICANO, domingo 4 diciembre 2011 (ZENIT.org).- A las doce de este domingo, segundo de Adviento, Benedicto XVI, desde la ventana de su despacho, en el Palacio Apostólico, dirigió el rezo de la oración del Ángelus ante los fieles y y peregrinos llegados a la plaza de san Pedro en el Vaticano. Estas son las palabras del papa al introducir la oración mariana.

    *****

    ¡Queridos hermanos y hermanas!

    El domingo de hoy marca la segunda etapa del Tiempo de Adviento. Este periodo del año litúrgico pone de relieve a las dos figuras que han tenido un papel preeminente en la preparación de la venida histórica del Señor Jesús: la Virgen María y san Juan Bautista. Justo sobre este último se concentra el texto de hoy del Evangelio de Marcos. Describe la personalidad y la misión del Precursor de Cristo (cfr Mc 1,2-8). Empezando por el aspecto exterior, Juan es presentado como una figura muy ascética: vestido de piel de camello, se nutre de langostas y miel silvestre, que encuentra en el desierto de Judea (cfr Mc 1,6). Jesús mismo, una vez, lo contrapone a aquellos que “están en los palacios del rey” y que “visten con lujo” (Mt 11,8). El estilo de Juan Bautista debería llamar a todos los cristianos a optar por la sobriedad como estilo de vida, especialmente en preparación de la fiesta de Navidad, en la que el Señor –como diría san Pablo– “de rico que era, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros os hicièrais ricos por medio de su pobreza” (2 Cor 8,9).

    Por lo que se refiere a la misión de Juan, fue un llamamiento extraordinario a la conversión: su bautismo “está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios” (Jesús de Nazaret, I, Madrid 2007, p. 36) y de la inminente aparición del Mesías, definido como “aquél que es más fuerte que yo” y que “bautizará en Espíritu Santo” (Mc 1,7.8). La llamada de Juan va por tanto más allá y más en profundidad respecto a la sobriedad del estilo de vida: llama a un cambio interior, a partir del reconocimiento y de la confesión del propio pecado. Mientras nos preparamos a la Navidad, es importante que entremos en nosotros mismos y hagamos un examen sincero de nuestra vida. Dejémonos iluminar por un rayo de la luz que proviene de Belén, la luz de Aquél que es “el más Grande” y se ha hecho pequeño, “el más Fuerte” y se ha hecho débil.

    Los cuatro evangelistas describen la predicación de Juan Bautista refiriéndose a un pasaje del profeta Isaías: “Una voz grita: «En el desierto preparad el camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios»” (Is 40,3). Marcos inserta también una cita de otro profeta, Malaquías, que dice: “Mira, envío mi mensajero delante de tí, el que ha de preparar tu camino” (Mc 1,2; cfr Mal 3,1). Estas alusiones a las Escrituras del Antiguo Testamento “hablan de la intervención salvadora de Dios, que sale de lo inescrutable para juzgar y salvar; a É hay que abrirle la puerta, prepararle el camino” (Jesús de Nazaret, I, p. 37).

    A la materna intercesión de María, Virgen de la espera, confiamos nuestro camino al encuentro del Señor que viene, mientras proseguimos nuestro itinerario de Adviento para preparar en nuestro corazón y en nuestra vida la venida del Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

    [Traducción del italiano de Nieves San Martín

    © Librería Editorial Vaticana]

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  2. El llamamiento extraordinario a la conversión de Juan Bautista

    El papa en el Ángelus exhortó a preparar la llegada del Emmanuel

    CIUDAD DEL VATICANO, domingo 4 diciembre 2011 (ZENIT.org).- A las doce de este domingo, segundo de Adviento, Benedicto XVI, desde la ventana de su despacho, en el Palacio Apostólico, dirigió el rezo de la oración del Ángelus ante los fieles y y peregrinos llegados a la plaza de san Pedro en el Vaticano. El papa exhortó a preparar en la propia vida la llegada del Emmanuel.

    Este periodo del año litúrgico, dijo el santo padre, pone de relieve a las dos figuras que han tenido un papel preeminente en la preparación de la venida histórica del Señor Jesús: la Virgen María y san Juan Bautista.

    Respecto al último, subrayó el aspecto ascético del Precursor de Cristo que se contrapone a aquellos que “están en los palacios del rey” y que “visten con lujo”.

    “El estilo de Juan Bautista –dijo el papa- debería llamar a todos los cristianos a optar por la sobriedad como estilo de vida, especialmente en preparación de la fiesta de Navidad, en la que el Señor –como diría san Pablo– ‘de rico que era, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros os hicièrais ricos por medio de su pobreza’”.

    Por lo que se refiere a la misión de Juan, “fue un llamamiento extraordinario a la conversión: su bautismo ‘está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios’,dijo Benedicto XVI citando su obra Jesús de Nazaret, I.

    A la materna intercesión de María, Virgen de la espera, concluyó Benedicto XVI, “confiamos nuestro camino al encuentro del Señor que viene, mientras proseguimos nuestro itinerario de Adviento para preparar en nuestro corazón y en nuestra vida la venida del Emmanuel, el Dios-con-nosotros”.

    Ver alocución completa en: http://www.zenit.org/article-41062?l=spanish.

    Al final del rezo mariano, el papa se dirigió a los peregrinos de habla española, con estas palabras: “Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los fieles de las parroquias de la Santísima Trinidad, de Castellón de la Plana, y de la Preciosísima Sangre, de Valencia. En este segundo domingo de Adviento, la Palabra de Dios ilumina las actitudes espirituales necesarias para acoger la venida del Señor. Llama a la conversión total que endereza el camino extraviado. Exhorta a creer en el designio de salvación de Dios e invita a comprometerse en la construcción de su Reino. Que la Virgen Madre nos obtenga de su Hijo abundantes gracias en este santo tiempo y nos ayude a ser siempre fieles en estos propósitos de vida cristiana. Feliz domingo”.

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  3. El Papa recuerda que Adviento es tiempo de profunda conversión

    VATICANO, 04 Dic. 11 (ACI/EWTN Noticias) .- Al presidir el rezo del Ángelus en este segundo domingo de Adviento, el Papa Benedicto XVI recordó que este tiempo de preparación para la Navidad, debe ser un periodo de intensa conversión al Señor.

    Al dirigirse a los miles de peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre explicó que en Adviento “es importante que volvamos a entrar en nosotros mismos y que hagamos una constatación sincera sobre nuestra vida”.

    “Dejémonos iluminar por un rayo de la luz que proviene de Belén, la luz de aquel que es el más grande y se ha hecho pequeño, el más fuerte y se ha hecho débil”, exhortó.

    Seguidamente propuso imitar la sobriedad de San Juan Bautista e indicó que su estilo de vida “debería llamar a todos los cristianos a escoger la sobriedad como forma de vida, especialmente en preparación a la fiesta de la Navidad, en la que el Señor tal y como diría San Pablo siendo rico, se hizo pobre por nosotros, con el fin de enriquecernos con su pobreza”.

    “El llamado de Juan va por lo tanto más allá y más profundamente con respecto a la sobriedad del estilo de vida: llama a un cambio interior, a partir del reconocimiento y de la confesión del propio pecado”.

    El Santo Padre recordó que el bautismo de Juan “está ligado a una ardiente invitación a un nuevo modo de pensar y de actuar, está ligado sobre todo al anuncio del juicio de Dios y a la inminente aparición del Mesías, definido como aquel que es más poderoso que yo y que bautizará con el Espíritu Santo”.

    Asimismo, exhortó a seguir el ejemplo de la Virgen María y confió a su intercesión el camino y el encuentro hacia “el Señor que viene”.

    “¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!”, exclamó.

    En su saludo en español, el Papa dijo que en este segundo domingo de Adviento, la Palabra de Dios ilumina las actitudes espirituales necesarias para acoger la venida del Señor. “Llama a la conversión total que endereza el camino extraviado. Exhorta a creer en el designio de salvación de Dios e invita a comprometerse en la construcción de su Reino”.

    “Que la Virgen Madre nos obtenga de su Hijo abundantes gracias en este santo tiempo y nos ayude a ser siempre fieles en estos propósitos de vida cristiana”, concluyó.

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  4. Convertirse y vivir en la santidad para habitar el mundo nuevo (2º domingo de Adviento, ciclo B)

    Comentarios a la segunda lectura dominical

    ROMA, viernes 2 diciembre 2011 (ZENIT.org).- Dado que en el 2º domingo de Adviento la segunda lectura dominical corresponde a un pasaje de la 2ª carta de san Pedro, en esta ocasión nuestra columna “En la escuela de san Pablo…” ofrece el comentario y la aplicación de dicho pasaje.

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    Pedro Mendoza LC

    “Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día. No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión. El día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá. Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la venida del día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán? Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en lo que habite la justicia. Por lo tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz ante él, sin mancilla y sin tacha”. 2Pe 3,8-14

    Comentario

    El pasaje propuesto para este 2º domingo de adviento en la 2ª lectura nos reclama a la verdad de fe de “la venida del Señor” al final de los tiempos (vv.8-10) y a la necesidad de “prepararse santamente” para el día del Señor (vv.9-14).

    En la primera parte del pasaje se habla de “la venida del Señor” (vv.8-10): Para explicar el retraso aparente de la parusía, el autor de la carta recurre al Sal 90,4, según una interpretación judía tradicional: para el Señor un solo día es como mil años. También el Apocalipsis (20,3-6) refiere una especulación análoga de los tiempos antes de la llegada del Señor, la cual ha dado lugar posteriormente a toda una serie de cálculos sobre el fin del mundo. Está claro que el texto que comentamos no se sitúa ni mucho menos en semejantes perspectivas.

    Ante el hecho del alargarse de los tiempos antes de “la venida del Señor”, no sería exacto juzgar esto como si se tratara de un retraso indefinido. Más bien debemos ver en ello un plazo de gracia, como indica el v.9: se trata de la paciencia que Dios tiene con vosotros, para que abracemos la conversión. De este modo el autor de la carta nos interpela a descubrir la misericordia de Dios como la clave de la historia, según demostraba ya la historia de Noé que invitaba a sus contemporáneos a la conversión, antes de que fuera demasiado tarde (2Pe 2,5).

    Esta paciencia y misericordia de Dios no contradice el hecho de que el juicio llegará, caracterizado por una irrupción del fuego celestial. El carácter imprevisible del regreso de Cristo queda gráficamente expresado por medio de la imagen del ladrón. Tal imagen procede de una parábola (Mt 24,43-45 y par.) y se encuentra también en 1Tes 5,2 y en Ap 3,3; 16,15.

    La segunda parte del pasaje gira en torno a la necesidad de “prepararse santamente” para el día del Señor (vv.9-14). Se trata de la consecuencia lógica de lo expuesto anteriormente. Ante la realidad de “la venida del Señor” sólo cabe la actitud de quien se dispone a recibirlo con una conducta y piedad santas, esto es en una vida cristiana justa e intachable, contribuyendo de este modo a la inminencia del día del Señor en que surgirán “nuevos cielos y nueva tierra”. Por consiguiente, la enseñanza sobre la destrucción del mundo no tiene que llevarnos a un desinterés egoísta por nuestras tareas terrenas, ya que podrán habitar en la tierra nueva (Is 65,17) sólo quienes hayan caminado por el “camino de la justicia” (2Pe 2,21).

    Nuestro comentario está muy bien ilustrado en la constitución Gaudium et Spes: “Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia, y cuya bienaventuranza es capaz de saciar y rebasar todos los anhelos de paz que surgen en el corazón humano. […] No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo” (nº 39).

    Aplicación

    Convertirse y vivir en la santidad para habitar el mundo nuevo.

    En este tiempo de adviento que nos prepara a la celebración del misterio de la Navidad, la liturgia de la palabra de este segundo domingo nos exhorta, de forma clara e insistente, a disponernos de la mejor manera para ser dignos de entrar a formar parte del mundo nuevo que la llegada de Cristo inaugurará. Esta preparación para el encuentro con Dios pasa, en primer lugar, por la conversión personal. Así resuena en la primera lectura del libro de Isaías (40,1-5.9-11), en donde Dios garantiza que está a punto de obrar un cambio radical en la situación de aflicción de su pueblo, debida a sus mismos pecados, ofreciendo la “consolación” que proviene de Él, pero a condición de que el pueblo se convierta a Él.

    El evangelio de Marcos (1,1-8) retoma, como en un eco, las palabras del profeta Isaías colocándolas en labios de Juan el Bautista. De este modo confirma la necesidad de la conversión como algo imprescindible para purificar nuestro corazón de todo aquello que puede mantenernos apartados de Dios. Sólo podrán colocarse entre los destinatarios de la acción benéfica de Dios en su venida quienes hayan purificado su corazón de todo mal. Estamos llamados a abrir camino al Señor a través de la escucha y docilidad a su palabra; a rellenar los valles con su presencia en nuestras vidas; y a rebajar las colinas vaciándonos de todo orgullo y dando paso a una actitud de total sumisión y confianza en Él.

    Por lo mismo el autor de la segunda carta de san Pedro (3,8-14), al mismo tiempo que despierta nuestra conciencia ante lo que conllevará “la venida del Señor”, nos insiste en la necesidad de disponernos a ella con una vida santa. La santidad a la que somos llamados no es otra que la vivencia fiel y coherente de nuestra vida cristiana, abrazando por amor y puntualmente la voluntad de Dios en sus diversas expresiones, según el estado y los compromisos de vida de cada uno. Así seremos juzgados dignos de habitar el mundo nuevo que Él viene a inaugurar.

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  5. domingo 04 Diciembre 2011

    II Domingo de Adviento B

    Libro de Isaías 40,1-5.9-11.
    ¡Consuelen, consuelen a mi Pueblo, dice su Dios!
    Hablen al corazón de Jerusalén y anúncienle que su tiempo de servicio se ha cumplido, que su culpa está paga, que ha recibido de la mano del Señor doble castigo por todos sus pecados.
    Una voz proclama: ¡Preparen en el desierto el camino del Señor, tracen en la estepa un sendero para nuestro Dios!
    ¡Que se rellenen todos los valles y se aplanen todas las montañas y colinas; que las quebradas se conviertan en llanuras y los terrenos escarpados, en planicies!
    Entonces se revelará la gloria del Señor y todos los hombres la verán juntamente, porque ha hablado la boca del Señor.
    Súbete a una montaña elevada, tú que llevas la buena noticia a Sión; levanta con fuerza tu voz, tú que llevas la buena noticia a Jerusalén. Levántala sin temor, di a las ciudades de Judá: “¡Aquí está su Dios!”.
    Ya llega el Señor con poder y su brazo le asegura el dominio: el premio de su victoria lo acompaña y su recompensa lo precede.
    Como un pastor, él apacienta su rebaño, lo reúne con su brazo; lleva sobre su pecho a los corderos y guía con cuidado a las que han dado a luz.

    Epístola II Carta de San Pedro 3,8-14.
    Pero ustedes, queridos hermanos, no deben ignorar que, delante del Señor, un día es como mil años y mil años como un día.
    El señor no tarda en cumplir lo que ha prometido, como algunos se imaginan, sino que tiene paciencia con ustedes porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan.
    Sin embargo, el Día del Señor, llegará como un ladrón, y ese día, los cielos desaparecerán estrepitosamente; los elementos serán desintegrados por el fuego, y la tierra, con todo lo que hay en ella, será consumida.
    Ya que todas las cosas se desintegrarán de esa manera, ¡qué santa y piadosa debe ser la conducta de ustedes,
    esperando y acelerando la venida del Día del Señor! Entonces se consumirán los cielos y los elementos quedarán fundidos por el fuego.
    Pero nosotros, de acuerdo con la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva donde habitará la justicia.
    Por eso, queridos hermanos, mientras esperan esto, procuren vivir de tal manera que él los encuentre en paz, sin mancha ni reproche.

    Evangelio según San Marcos 1,1-8.
    Comienzo de la Buena Noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios.
    Como está escrito en el libro del profeta Isaías: Mira, yo envío a mi mensajero delante de ti para prepararte el camino.
    Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos,
    así se presentó Juan el Bautista en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados.
    Toda la gente de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a él, y se hacían bautizar en las aguas del Jordán, confesando sus pecados.
    Juan estaba vestido con una piel de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. Y predicaba, diciendo:
    “Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias.
    Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”.

    Extraído de la Biblia, Libro del Pueblo de Dios.

    Leer el comentario del Evangelio por :

    Homilía atribuida a san Gregorio Taumaturgo (v. 213 – v. 270), obispo
    Homilía sobre la santa Teofanía, 4; PG 10, 1181

    «No soy digno de desatarle las sandalias»
    [Jesús fue a Juan para que lo bautizara. Juan dijo: ¡soy yo quien tengo que ser bautizado por ti! (Mt 3,3.14).] En tu presencia, Señor, no me puedo callar, porque «yo soy la voz, y la voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor. Soy yo el que necesita que tú me bautices, ¿y tú vienes a mí?» (Mt 3,3.14).
    En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios (Juan 1,1) ; eres el reflejo resplandeciente de la gloria del Padre, la expresión perfecta del Padre(He 1,3); eres la verdadera luz que ilumina el mundo(Jn 1,9); tú que aunque estabas en el mundo, viniste donde ya estabas; tú que te hiciste carne, pero que habitas en nosotros(Jn 1,14; 14,23) y que te mostraste a tus siervos en condición de siervo(Fil 2,7); tú que uniste la tierra y el cielo con tu santo nombre como puente; ¿Eres tú quien vienes a mi?¿Tú que eres tan poderoso en comparación a mi pobreza? El rey hacia el servidor, el Señor hacia el servidor…
    “Yo sé cuál es el abismo entre la tierra y el Creador». Cuál la diferencia entre el barro de la tierra y el que la ha modelado (Gen 2,7). Yo sé que tú eres el sol de justicia mayor que yo, que soy la lámpara de tu gracia (Mt 3,20 y Jn 5,35). Y mientras estás cubierto por la nube de tu cuerpo puro, yo, sin embargo, reconozco mi condición de siervo, que proclama tu gloria. “Yo no soy digno de desatar la correa de tus sandalias.” ¿Y cómo me atrevo a tocar tu cabeza? Cómo extenderé la mano sobre ti, »que has extendido los cielos como una tienda de campaña” y que has afianzado «las aguas sobre la tierra” (Salmo 103,2, 135,6) … ¿Qué oración voy a hacer sobre ti, que acoges las oraciones de aquellos que te ignoran?

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  6. Evangelio según San Marcos, capítulo 1, versículos del 1 al 8
    4 de Diciembre de 2011
    Predicación de Juan Bautista

    1. Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
    2. Según lo que está escrito en Isaías, el profeta: “Mira que envío delante de Ti a mi mensajero, el cual preparará tu camino”.
    3. “Voz de uno que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas”.

    4. Estuvo Juan el Bautista bautizando en el desierto, y predicando el bautismo del arrepentimiento para perdón de pecados.
    5. Y todos iban a él de toda la tierra de Judea y de Jerusalén y se hacían bautizar por él en el río Jordán, confesando sus pecados.
    6. Juan estaba vestido de pelos de camello y llevaba un ceñidor de cuero alrededor de sus lomos. Su alimento eran langostas y miel silvestre.
    7. Y predicaba así: “Viene en pos de mí el que es más poderoso que yo, delante del cual yo no soy digno ni aun de inclinarme para desatar la correa de sus sandalias.
    8. Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo”.

    COMENTARIO

    2. s. Véase Mal. 3, 1; Is. 40, 3; Mat. 3, 1 ss.; Luc. 3, 2 ss. La voz de Juan es como el trueno que conmueve los desiertos (S. Ambrosio); y sin embargo, Israel no escuchó su mensaje ni preparó el camino. De ahí lo que dice Jesús en Mat. 17, 11 – 13 .

    4. El desierto en que San Juan predicaba y bautizaba se hallaba a tres o cuatro leguas al este de Jerusalén, entre esta ciudad y el Mar Muerto. Su nombre geográfico es “desierto de Judea”. Acerca del carácter del bautismo de Juan véase Mat. 3, 6 y nota. Cf. v. 3; Mat. 3, 1; Luc. 3, 2 .

    7. La conmoción que el Bautista con su predicación de penitencia y su modo de vivir produjo, fue tan grande, que muchos creyeron que él fuese el “Mesías” prometido. Para evitar este engaño, Juan acentúa su misión de “precursor” señalando con su dedo hacia Jesús: En pos de mí, viene uno… “Así como la aurora es el fin de la noche y el principio del día, Juan Bautista es la aurora del día del Evangelio, y el término de la noche de la Ley” (Tertuliano). Véase Juan 3, 30 y nota.

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    1. Comienzo del Evangelio (Mc 1,1-8)
      Segundo domingo de Adviento – 4 de diciembre de 2011

      El año litúrgico organiza el tiempo según los distintos aspectos del misterio de Cristo que se ofrece a nuestra contemplación y vivencia profunda. Es el misterio de nuestra salvación eterna que fue obrada por Cristo, el Hijo eterno de Dios hecho hombre, y que se hace presente ahora en la liturgia. Por eso la invitación a participar de la Eucaristía dominical debería ser para el cristiano un motivo de gozo profundo. Allí entra en comunión con el misterio de Cristo que le revela su destino eterno y le concede go-zar de un anticipo desde ahora. Nada de esta tierra se le puede comparar, como exclamaba el Santo Cura de Ars: “¡Qué alegría para el cristiano, cuando al levantarse de la sagrada mesa, se lleva consigo todo el cielo en el corazón!”.

      Este año en la liturgia de la Palabra leemos las lecturas del ciclo B que se caracteriza por tomar el Evangelio de Marcos. Hoy día, domingo II de Adviento, leemos los primeros versículos de ese Evangelio. La primera frase es claramente un título: “Comienzo del Evangelio de Jesús, el Cristo, Hijo de Dios”. Todo el escrito tiene la finalidad de revelar quién es Jesús, como lo iremos viendo en los domingos del año. Por otro lado, sabemos que fue escrito en Roma, para la comunidad cristiana de la Urbe, poco antes del año 70 d.C. Por eso, en el punto culminante, a saber cuando Jesús expira en la cruz, es un centurión romano quien declara: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Mc 15,39).

      Si la primera frase es: “Comienzo del Evangelio…”, y este es un título, nos preguntamos: ¿Es el título de todo el escrito o es el título solamente del ciclo de Juan el Bautista, que es lo que sigue inmediatamente? Es decir: ¿El “comienzo del Evangelio” es toda la obra -sus 16 capítulos- o sólo los primeros 13 versículos que se refieren a Juan? Tradicionalmente se ha considerado que el “comienzo” es sólo lo referente a Juan y que se extiende hasta el versículo 14: “Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba el Evangelio de Dios”. Aquí comienza el Evangelio propiamente tal; Juan sería sólo el Precursor.

      Pero hay también razones para sostener la primera hipótesis. En primer lugar eso es lo que dice el título de todo el escrito: “Comienzo”. Pero, además, porque termina “en punta”, dejando abierto a algo ulterior, que en esta hipótesis sería el verdadero Evangelio. En efecto, los últimos versículos del escrito relatan cómo las mujeres fueron al sepulcro de Jesús con aromas para embalsamar su cuerpo en la madrugada del domingo. Sigamos el relato: “Entrando en el sepulcro vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: ‘No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí… Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo’. Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo…” (Mc 16,5-8). Aquí terminaba el escrito. (El relato de las apariciones de Cristo Resucitado es canónico y Escritura sagrada; pero es posterior y no pertenece a la obra de Marcos). En la obra de Marcos el Evangelio sería, entonces, lo anunciado por el ángel: “Allí lo veréis”, es decir, el encuentro con Cristo vivo cada domingo en la celebración de la Eucaristía.

      + Felipe Bacarreza Rodríguez
      Obispo Auxiliar de Concepción

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  7. EL PRECURSOR: pREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR

    En este tiempo litúrgico la Iglesia propone a nuestra meditación la figura de Juan el Bautista. Este es aquel de quien habló el profeta Isaías diciendo: Voz del que clama en el desierto: preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas.

    Juan realizará acabadamente su cometido, hasta dar la vida en el cumplimiento de su vocación. Muchos conocieron a Jesús gracias a la labor apostólica del Bautista. Los primeros discípulos siguieron a Jesús por indicación expresa suya, y otros muchos estuvieron preparados interiormente gracias a su predicación.

    Cada hombre, en su sitio y en sus propias circunstancias, tiene una vocación dada por Dios; de su cumplimiento dependen otras muchas cosas queridas por la voluntad divina: “De que tú y yo nos portemos como Dios quiere -no lo olvides- dependen muchas cosas grandes”. ¿Acercamos al Señor a quienes nos rodean? ¿Somos ejemplares en la realización de nuestro trabajo, en la familia, en nuestras relaciones sociales? ¿Hablamos del Señor a nuestros compañeros de trabajo o de estudio?.

    Plenamente consciente de la misión que le ha sido encomendada, Juan sabe que ante Cristo no es ni siguiera digno de llevarle las sandalias, lo que solía hacer el último de los criados con su señor; para ese menester cualquiera servía. El Bautista no tiene reparo en proclamar que él carece de importancia ante Jesús. Ni siquiera se define a sí mismo según su ascendencia sacerdotal. No dice: “Yo soy Juan, hijo de Zacarías, de la tribu sacerdotal de…”. Por el contrario, cuando le preguntan: ¿Quién eres tú?, Juan dice: Yo soy la voz que clama en el desierto: Preparad los caminos del Señor, allanad sus sendas. Él no es más que eso: la voz. La voz que anuncia a Jesús. Esa es su misión, su vida, su personalidad. Todo su ser viene definido por Jesús; como tendría que ocurrir en nuestra vida, en la vida de cualquier cristiano. Lo importante de nuestra vida es Jesús.

    A medida que Cristo se va manifestando, Juan busca quedar en segundo plano, ir desapareciendo. Sus mejores discípulos serán los que sigan, por indicación suya, al Maestro en el comienzo de su vida pública. Este es el cordero de Dios, dirá a Juan y a Andrés, indicando a Jesús que pasaba. Con gran delicadeza se desprenderá de quienes le siguen para que se vayan con Cristo. Juan “perseveró en la santidad, porque se mantuvo humilde en su corazón”; por eso mereció también aquella formidable alabanza del Señor: En verdad os digo que no ha salido de entre los hijos de mujer nadie mayor que Juan.

    El Precursor señala también ahora el sendero que hemos de seguir. En el apostolado personal -cuando vamos preparando a otros para que encuentren a Cristo-, debemos procurar no ser el centro.

    El Señor nos pide también que vivamos sin alardes, sin afanes de protagonismo, que llevemos una vida sencilla, corriente, procurando hacer el bien a todos y cumpliendo nuestras obligaciones con honradez. Sin humildad no podríamos acercar a nuestros amigos al Señor. Y entonces nuestra vida quedaría vacía.

    Nuestra gran alegría será haber acercado a Jesús, como hizo el Bautista, a muchos que estaban lejos o indiferentes. Sin perder de vista que es la gracia de Dios y no nuestras fuerzas humanas la que consigue mover las almas hacia Jesús. Y como nadie da lo que no tiene, se hace más urgente un esfuerzo por crecer en la vida interior, de forma que el amor de Dios sobreabundante pueda contagiar a todos los que pasan por nuestro lado.

    La reina de los apóstoles aumentará nuestra ilusión y esfuerzo por acercar almas a su Hijo, con la seguridad de que ningún esfuerzo es vano ante Él.

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  8. «Una voz grita: en el desierto preparad el camino del Señor, en la estepa haced una calzada recta para nuestro Dios » (Is. 40,1).

    Esrte es el centro en torno al cual “gira” toda la liturgia del segundo domingo del tiempo de Adviento. El Señor pide a todos una auuténtica apertura del corazón, para acoger su venida. El corazón, que a menudo anda por “caminos desviados” (cfr. Is. 40, 4-5) revive gracias a dos factores fundamentales: el impacto con la realidad y el encuentro con una Presencia. Ambos se encuentran en la raíz de la vigilancia que debe caracterizar al hombre, y que se nos pide especialmente en el tiempo del Adviento.

    El modelo supremo de discípulo de Cristo, ejemplo para ser siempre imitado, es sin duda, en sintonía con los Padres de la Iglesia, la Madre de Dios. María, la más sublime y alta criatura, que supo “aplanar” y “abajar” toda su existencia delante del Señor, marchando por el camino que Él le indicaba: el camino de la humildad. Mirando a la Santísima Virgen, cada uno es llamado a revestirse con la humildad: la veradera senda que “revelará la gloria del Señor”, dándole a todos la posibilidad de gritar, exultando en su alma y con la fidelidad de su vida: “¡He aquí que viene el Señor!”.

    La Iglesia, de la cual María es imagen, ofrece a sus hijos y a cada hombre este tiempo de gracia, con el fin de que “todos tengan la oportunidad de arrepentirse”, de reconocer las necesidades fundamentales del propio corazón y, de este modo, “abrirlo” a la única posibilidad real de una respuesta plena: Cristo el Señor, que llega.

    En verdad, que “todos tengan la oportunidad de arrepentirse” es también una fuerte llamada a la conversión, a cortar –dolorosamente, pero sólo así será fecundo el corte- con el pecado, pero en la perspectiva de una respuesta a un regalo más grande, de un sí a un encuentro que revela un modo nuevo de vivir: más verdadero, más justo, más humano y que nos hace más felices.

    El apóstol Pedro nos invita, en este sentido, a buscar vivir una nueva y auténtica conducta, que pueda conducir a la plena santidad, para ser encontrados “sin mancha e irreprensibles delante de Dios” (cfr. 2Pt. 3, 8-14).

    La venida de Jesús, como recuerda el evangelio de hoy, pide, también históricamente, un tiempo de preparación, anunciado por Juan el Bautista por medio de “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados”, en espera del adviento definitivo del Señor, que siempre se renueva en el bautismo “en el Espíritu Santo”.

    El modo más auténtico, más sencillo, más inmediato y, en el fondo, más humano para “preparar la venida del Señor”, es comenzar a recorrerlo: ponerse en marcha, aunque sea con pasos tímidos e inseguros, hacia Aquel que con todo su Ser, misericordioso y amante, viene gratuitamente al encuentro del hombre. Y teniendo siempre, como insuperable modelo, el “paso presuroso” de la Santísima Virgen que va al encuentro de su prima Isabel.

    Hugo de San Víctor afirma: «¡Oh grandeza del Amor, por medio del cual amamos a Dios, lo elegimos, nos dirigimos hacia Él, lo alcanzamos, lo poseemos! (…) Me doy cuenta de que eres la vía maestra, la cual acoge, dirige y conduce a la meta; eres el camino del hombre hacia Dios y el camino de Dios hacia la humanidad. ¡Oh dichosa vía!” (…) Tú conduces Dios a los hombres; Tú diriges los hombres a Dios” (Hugo de San Víctor, Alabanza del divino amor, p. 280).

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  9. B – Domingo 2o. de Adviento
    Primera: Is 40, 1-5.9-11; Salmo 84; Segunda: 2 Pe 3, 8-14; Evangelio: Mc 1, 1-8
    Autor: P. Octavio Ortíz | Fuente: Catholic.net

    Sagrada Escritura

    Primera: Is 40, 1-5.9-11
    Salmo 84
    Segunda: 2 Pe 3, 8-14
    Evangelio: Mc 1, 1-8

    Nexo entre las lecturas

    La imagen del “desierto” aparece en la primera lectura y en el evangelio y en ella se compendia el mensaje litúrgico de este domingo de adviento. En el exilio babilónico, a punto ya de que se acabe, un voz grita: “Preparad en el desierto un camino al Señor” (primera lectura). En el evangelio la voz que así grita es la de Juan Bautista, el precursor del Mesías, cuya venida está ya cerca. También en el “desierto” el hombre habrá de prepararse para la grande venida última del Señor, en la que “esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva, en que habite la justicia” (segunda lectura).

    Mensaje doctrinal

    1. Un “desierto” necesario. En el mundo se dan fenómenos nada evangélicos, nada cristianos. Como los judíos exiliados de Babilonia estaban encandilados por la grandeza del imperio y por la fastuosidad de sus ritos religiosos, los hombres de hoy sienten la seducción del progreso técnico, el prurito de otras religiones que no son cristianas, el reclamo de paraísos alucinantes en que reinan la droga, el sexo y el alcohol, la dulce y adormecedora inconciencia del pecado incluso ante las exigencias básicas de los diez mandamientos…En estas circunstancias surge la necesidad del “desierto”: lugar o estado del espíritu donde recrear el ambiente propicio y favorable para encontrarse con Dios y con la propia dignidad de imagen e hijo de Dios, mediante el silencio interior y el recogimiento de los sentidos, mediante la meditación y la plegaria asiduas. Ante la pérdida del sentido de Dios y del sentido del pecado se requieren “espacios”, sean exteriores o interiores, de recuperación de sentido, de readquisición de principios, valores y convicciones anclados en el mismo ser del hombre y del cristiano.

    2. La intervención divina. Dios desea intervenir en la historia y en la vida del hombre, día con día. Los hombres, sin embargo, ni captan la intervención divina ni se dejan conducir por ella, sino únicamente en el “desierto”. Sólo en el “desierto” los hombres se dan cuenta, como los judíos de Babilonia, que hay valles que elevar, colinas que abajar y caminos torcidos que enderezar, a fin de regresar otra vez a la tierra prometida (primera lectura). Sólo en el “desierto” escuchan la predicación de Juan Bautista, se convierten y reciben el bautismo de agua, preparación del bautismo con Espíritu Santo, propio de los discípulos de Cristo (evangelio). Dios continúa en nuestros días su intervención en la vida del individuo y de los pueblos. Imposible reconocer y aceptar tal intervención, si no se vive la experiencia purificadora y medidativa del “desierto”.

    3. El “desierto” florece. En el ambiente sereno y silencioso de “desierto” nos vamos empapando de la verdad de Dios, del sentido del tiempo, de la norma suprema de la existencia. Dios es nuestro rey que viene con poder y brazo dominador para liberarnos del pecado y de sus secuelas; Dios es nuestro Señor que trae consigo su salario de vida y salvación eternas; Dios es nuestro pastor, que reúne al rebaño y lo cuida amorosamente (primera lectura). En el “desierto” conoceremos que el día del Señor llega como un ladrón y que el cómputo del tiempo que Dios hace no coincide con el de los hombres. En el “desierto” sabremos que Dios no quiere que alguien se pierda, sino que todos se conviertan. En el “desierto” veremos con claridad que la espera de la venida del Señor debe llevar al hombre a una conducta santa y religiosa, es decir, al cumplimiento perfecto de la voluntad santísima de Dios (segunda lectura).

    Sugerencias pastorales

    1. Un “desierto” en tu vida. La vida es movimiento, acción, ir y venir, hacer, proyectar, progresar, cambiar. Tu vida, desde la mañana a la noche, está llena de trabajos y tareas, de citas y reuniones, de contactos y relaciones, de ruido, smog, tensión nerviosa…Puedes llegar a pensar que más que vivir eres “vivido” por el dinámico duende de cada día. ¿Cómo vivir? ¿Cómo ser tú mismo en plenitud? ¿Cómo infundir espíritu al duende cotidiano, no poco materialista y ramplón? Tienes necesidad de “desierto”. Y eres tú mismo quien puede y tiene que construírselo con paciencia, voluntad y gracia de Dios. Dentro de tu “desierto” te será fácil prepararte bien para la Navidad, para la sorpresa de Dios en este año jubilar.

    2. ¿Sabes quién viene? La respuesta es fácil y clara para un cristiano: “El Verbo de Dios que se hizo hombre y nació de María la Virgen en Belén de Judá”. Es la respuesta catequética, que apredimos de niños. Pero te vuelvo a preguntar: ¿Sabes realmente quién viene? A la respuesta catequética tiene que seguir la respuesta dogmática, es decir, el rico contenido doctrinal de la formulación catequética; y además la respuesta espiritual, o sea, el sentido e incidencia que Jesucristo tiene en tu mundo interior (pensamientos, decisiones, ideales, proyectos) y en tu relación con lo divino; y finalmente, la respuesta moral, aquella que se da con los comportamientos diarios según el estilo de Cristo, aquella en la que Cristo modela la propia actividad y el conjunto de las experiencias vitales. ¿Sabes realmente quién viene? ¿Es la tuya una sabiduría meramente nocional o incide vitalmente en toda tu personalidad y en toda tu experiencia existencial? El adviento es tiempo favorable para dar una respuesta completa a pregunta tan sencilla, pero tan trascendental.

    II Domingo de Adviento – Año B

    Citas

    Is 40,1-5.9-11: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abtmtbh.htm

    2P 3,8-14: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ammsec.htm

    Mc 1,1-8: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abs0xa.htm

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  10. “Escuchen ese grito en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos.” Mc 1, 3

    Este segundo domingo de adviento nos presenta la gran figura de Juan Bautista. Él, como profeta encargado de preparar la llegada del Salvador, es para nosotros una importante ayuda en nuestra preparación espiritual.
    Su mensaje aun hoy hace eco en el desierto del mundo y de nuestras vidas: “Preparen el camino del Señor.”
    Así como Juan hablaba a la gente de Israel que conocían la ley, que fueron circuncidados, pero que vivían muy superficialmente su fe, hoy él nos habla a nosotros, bautizados, confirmados, “eucaristizados”, (tal vez esposados en la iglesia o consagrados), pero que tantas veces vivimos a medias nuestra fe y nos comportamos casi peor que los paganos.
    Infelizmente, esta es una realidad muy común en la vida humana: con el pasar del tiempo las cosas se van acomodando y pierden aquel vigor inicial. Hasta las primeras comunidades fueron llamadas a redescubrir “el primero amor”, porque el fuego inicial se había enfriado. De hecho la vida cristiana necesita una continua nutrición para que no se debilite y pierda su brillo.
    Nuestra conversión debe ser un proceso continuo, y debemos empeñarnos constantemente en él. Bastan algunos descuidos para que se instale en nuestro espíritu aquella voz del mundo, que se insinúa suavemente “bien hoy estás cansado, así no más, mañana haces tu oración, o domingo próximo vas a la misa”; “bueno no se puede ayudar a todos, ya hiciste mucho”, “nadie me va a descubrir, porque no pruebo…”, “un pecadito solo por hoy no me cambiará …” Y así, sin darnos cuentas, nos trasformamos casi en lo opuesto de un discípulo de Cristo, nos desfiguramos en nuestra fe, perdemos la intimidad con El, aunque mantengamos el nombre de cristianos.
    Es entonces, el momento de escuchar a Juan Bautista que pasa y grita, y grita fuerte en el desierto de nuestras vidas: ¡Conviértanse! ¡El Señor ya viene! ¡Ajusten sus caminos!
    Por eso, el adviento es tiempo de tomar conciencia y preguntarse: ¿Por dónde estoy andando? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Mis bonitas ideas o mis buenos propósitos, estoy colocando en práctica en mi cotidiano?
    A aquellos que querían cambiar de vida, Juan proponía un baño ritual, una inmersión en el río Jordán, como señal de renacimiento, de vida nueva. Hoy a los que ya fueron bautizados, la Iglesia propone una nueva inmersión en la gracia de Dios, que perdona y revigoriza a través de la confesión y de la eucaristía. Son estos sacramentos que pueden hacer florecer nuestro desierto.
    No nos olvidemos que prepararse para navidad es mucho más que adornar las puertas y arbolitos, escribir tarjetitas, comprar regalitos, jugar “amigo invisible” o pensar a las comidas. Todo esto va bien, si es acompañado de una preparación interior. De nada sirve llegar a Navidad con muchas luces coloridas a fuera, cuando dentro reinan las tinieblas.
    El tiempo es ahora: ¡Preparen los caminos del Señor!

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor vuelva su mirada cariñosa y te dé la PAZ.
    Hno Mario, capuchino

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