La Cantata de Bach que Ratzinger prefiere

Junto a mí ( dice el papa) estaba el obispo luterano de Munich y espontáneamente le dije: Escuchando esto se comprende: es verdad; es verdadera la fe tan fuerte, y la belleza que expresa irresistiblemente la presencia de la verdad de Dios”.

ROMA, 5 de setiembre de 2011 – En la audiencia del pasado miércoles, Benedicto XVI les ha hablado, a los peregrinos y a los fieles reunidos en la pequeña plaza de Castel Gandolfo, sobre la belleza del arte como “verdadero camino hacia Dios, la Belleza suprema”.

No es la primera vez que el papa Joseph Ratzinger indica en el arte y en la música “la más grande apología de nuestra fe”. Al igual que la “estela luminosa” de los santos y más de los argumentos de razón.

Pero esta vez el Papa ha agregado un recuerdo personal:

“Vuelve a mi mente un concierto de piezas musicales de Johann Sebastian Bach, en Munich, dirigido por Leonard Bernstein. Al concluir el último fragmento, en una de las Cantatas, sentí, no por razonamiento, sino en lo más profundo del corazón, que lo que había escuchado me había transmitido verdad, verdad del sumo compositor, y me impulsaba a dar gracias a Dios. Junto a mí estaba el obispo luterano de Munich y espontáneamente le dije: Escuchando esto se comprende: es verdad; es verdadera la fe tan fuerte, y la belleza que expresa irresistiblemente la presencia de la verdad de Dios”.

¿Cuál fue la Cantata de Bach que llegó tan profundamente al corazón del futuro Papa?

Fue la que Bach compuso para la Misa del vigésimo séptimo domingo después de la Trinidad, la última antes del Adviento en el año litúrgico luterano.

Entre las casi doscientas Cantatas que Bach nos ha dejado, aquélla es la que lleva la sigla BWV 140.

Las Cantatas eran verdadera y propiamente música litúrgica. Llenaban el espacio entre las lecturas de la Misa y la homilía. Con Lutero eran un simple himno. Pero en el siglo XVI se desarrollaron en la forma que luego fue la de Bach: con órgano y orquesta, con coro y solitas, con corales, recitativos y duetos.

El texto de la Cantata tomaba ideas de las lecturas de la Misa del día, especialmente del Evangelio, haciéndose objeto de íntima meditación espiritual, con tramos también poéticos. A veces no se predicaba la homilía al final, sino en la mitad de la Cantata.

Los fieles escuchaban en silencio. Y a veces se distribuía a los presentes el texto de toda la composición, para seguirla mejor.

En el vigésimo séptimo domingo después de la Trinidad – en el que se cantaba la versión de la Cantata dirigida por Bernstein que tanto emocionó a Joseph Ratzinger – las lecturas eran de sello escatológico, referidos a los últimos tiempos.

La primera lectura era tomada de la Segunda carta a los Corintios (5, 1-10) o bien de la Primera carta a los Tesalonicenses (5, 1-11), mientras el Evangelio era el de Mateo (25, 1-13), con la parábola de las vírgenes prudentes y de las vírgenes necias:

“El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas. Pero a medianoche se oyó un grito: ‘Ya viene el esposo, salgan a su encuentro’. Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas. Las necias dijeron a las prudentes: ‘¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?’. Pero estas les respondieron: ‘No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado’. Mientras tanto, llegó el esposo: las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta. Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: ‘Señor, señor, ábrenos’, pero él respondió: ‘Les aseguro que no las conozco’. Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora”.

El autor del texto de la Cantata, Philipp Nicolai, se inspiró en el año 1559 precisamente en esta parábola para desarrollar su meditación, con líricas referencias al Cantar de los Cantares y a los símbolos esponsales.

Como en el recitativo que sigue al coral del comienzo:

“Él viene, Él viene,

el Novio viene,

oh, hijas de Sión, salid,

desde las alturas llega

a la casa de vuestra madre.

El Novio viene, como un corzo

y un joven ciervo

salta por las colinas;

os trae la fiesta nupcial.

Levantaos, alegraos

para recibir al Novio;

allá, mirad, por aquí viene”.

O en el posterior dueto entre soprano y bajo:

S. – Cuándo llegarás, Salvador mío?

B. – Ya llego, pues parte de ti soy.

S. – Espero con aceite para quemar. Abre ahora la sala para el banquete celestial.

B. – Ahora abro la sala para el banquete celestial.

S. – ¡Ven, oh Jesús!

B. – ¡Ven, oh alma amada!

En este texto, Bach le puso música en Leipzig a una de sus Cantatas merecidamente más célebres, la cual toma el nombre, como todas, de las primeras palabras del coral introductorio: “Wachet auf, ruft uns die Stimme” [Despertad, la voz nos llama].

La elección de esta Cantata típicamente escatológica, que termina con la visión de la Jerusalén celestial, no fue casual para el concierto que Bernstein dirigió en Munich, con Joseph Ratzinger en la platea.

Era el año 1981. Ratzinger era arzobispo de Munich desde cuatro años atrás. Y el 15 de febrero murió imprevistamente, en la capital de Baviera, uno de los más grandes intérpretes de la música de Bach, tanto como organista y clavicembalista así como director: Karl Richter.

Ese concierto fue celebrado en memoria de Richter, con la Bach-Orchestra y el Bach-Choir de Munich. Todo con música de Bach, en este orden:

– el coral “Wenn ich einmal soll scheiden” de la Pasión según san Mateo (BWV 244);

– el Concierto Brandeburgués n. 3, en Sol Mayor (BWV 1048);

– la Cantata “Wachet auf, ruft uns die Stimme” (BWV 140).

Y luego del intervalo:

– el Magnificat, en Re Mayor (BWV 243).

Como se puede ver, la Cantata que tanto emocionó al futuro Papa concluyó, precisamente, no todo el concierto, sino su primera parte.El obispo luterano que se sentó a su lado, al que Ratzinger confió sus pensamientos, era Johannes Hanselmann, muerto en el 2002, figura de gran relieve en el diálogo ecuménico que llevó a la Declaración conjunta sobre la Doctrina de la justificación, suscrita en 1999 por la Iglesia Católica y por la Federación Luterana Mundial

fuente: Chiesa news

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