Improvisación y cerebro

Una investigación del Instituto Max Planck de Leipzig exploró la reacción del cerebro ante la improvisación

El cerebro reacciona de forma diferente ante una melodía improvisada y otra que no lo es. Lo demostró un estudio del Instituto Max Planck. La científica Annerose Engel nos revela los detalles de la investigación.

Improvisación versus imitación. El cerebro reacciona de manera diferente ante dos formas distintas de tocar una melodía, pero ¿cómo se llegó a esta conclusión? Y, ¿cuáles son las consecuencias de este hecho? Annerose Engel participa habitualmente en investigaciones que involucran música y neuropsicología. En declaraciones para Deutsche Welle, ofreció detalles sobre el estudio del Instituto Max Planck sobre los efectos de la improvisación en el cerebro.

Deutsche Welle: Antes de comenzar su investigación, ¿tenían alguna idea de cuáles podrían ser los resultados?

Annerose Engel: Partíamos del hecho de que la experiencia musical podría tener un papel importante a la hora de detectar si una música es improvisada o no. Por ello, para el estudio no escogimos participantes cualquiera, sino músicos que tocaban  habitualmente jazz.

DW: ¿Qué pruebas realizaron?

A.E.: Pedimos a un pianista profesional de jazz, Andrea Keller, que compusiera para nosotros secuencias de acordes de un swing, de una balada de blues y de una pieza en estilo bossa nova. Él mismo se ocupó de grabarlas al piano. Invitamos después a otros pianistas de jazz a que improvisaran una melodía sobre la grabación de Keller. Después pedimos a los mismos pianistas que imitaran las melodías que otros habían improvisado previamente. De esta manera, conseguimos fragmentos similares originados de manera distinta. En una segunda fase del experimento, quisimos descubrir si esos músicos eran capaces de reconocer auditivamente qué melodías eran improvisadas y cuáles eran imitaciones. Para ello observamos su reacción cerebral, poniéndoles un extracto de 10 segundos. Finalizado el estudio, llegamos a la conclusión de que en su mayoría eran capaces de discernir entre ambas  posibilidades. Sobre todo dieron en el clavo quienes estaban acostumbrados a tocar en grupo y aquellos que en un cuestionario previo se autodefinieron como empáticos, capaces de ponerse fácilmente en la piel de los demás. Nos dimos cuenta de que las melodías improvisadas eran rítmica y dinámicamente más variadas que sus imitaciones; estas eran menos expresivas. La amígdala cerebral, que procesa y almacena las emociones, reaccionaba de manera más sensible ante estas cualidades de la música improvisada: la variación rítmica y dinámica.

D.W.: ¿Qué consecuencias tienen esas conclusiones?

A.E.: Nuestro estudio supone un primer paso para investigar la percepción de la espontaneidad, pero necesitamos nuevos estudios para llegar a resultados más consistentes. La investigación en otras disciplinas, como la danza, nos puede ayudar a refrendar nuestras conclusiones. Por ejemplo, en danza, ¿distingue el cerebro entre movimientos improvisados o coreografiados?

D.W.: A través de su estudio ¿se pueden deducir aspectos aplicables a otras áreas? Por ejemplo, en política ¿tendría alguna consecuencia el hecho de que un discurso esté siendo leído o sea improvisado?

A.E.: De nuestro experimento no se puede deducir tal cosa. Me consta que se están realizando investigaciones en el área de la lingüística que  tratan de analizar el discurso libre, pero no concretamente su distinción respecto al que es leído o aprendido previamente.

D.W.: ¿En qué investigación se encuentra enfrascada actualmente?

A.E.: Estoy trabajando en un proyecto sobre transferencias inter-modales, es decir, cómo interactúan las distintas áreas cerebrales en acciones recientemente aprendidas. En ese estudio enseño a personas que no son músicos a tocar melodías cortas al piano. Aprenden a tocarlas “a ciegas”, esto es, escuchándolas sin ver mover las manos de la persona que toca, o de forma “muda”, es decir, sin escuchar sonidos, tan solo observando cómo los dedos del intérprete se mueven en silencio. Pretendemos saber si en el cerebro se produce de forma automática una transferencia de información entre las áreas audio-motoras y las visuales.

Autora: María Santacecilia

Editora: Claudia Herrera Pahl

Un comentario en “Improvisación y cerebro”

  1. Ejercita el cerebro, enciende tu lámpara

    El filósofo griego Plutarco aseguraba que “el cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender”. El cerebro es el órgano más decisivo en nuestro crecimiento, no solo físicamente –ya que se encarga de enviar las órdenes al cuerpo–, sino a nivel personal e intelectual.

    La neuroplasticidad se ha convertido en uno de los grandes avances científicos. Conocer que podemos entrenar nuestro cerebro, como si fuera un músculo, nos ayuda a ser conscientes de que debemos ejercitarlo.

    El cerebro tiene la capacidad de cambiar a partir del entorno y la experiencia. Recuerdo un proverbio árabe que dice: “Los ojos no sirven de nada a un cerebro ciego”. La frase viene a colación con un estudio de la Universidad de Washington en St. Louis, donde el neurocientífico Harold Burton esclareció qué sucedía en las zonas cerebrales de información visual de los invidentes.

    Burton formó dos grupos. El primero, con siete ciegos de nacimiento, y el segundo, con otros siete que habían perdido la visión. Los científicos midieron la activación de la corteza visual mientras los ciegos leían palabras en braille. La conclusión fue que los invidentes de nacimiento alcanzaban una mayor actividad en la corteza visual que los que habían llegado a ver en algún momento de su vida.

    Es conocido que la mitad cerebral derecha está asociada a las aptitudes más creativas y expresivas, mientras que la izquierda a la racional y cognitiva. Sin embargo, nuestra forma de ser, ¿afecta también al cerebro?

    Un estudio publicado en Social Cognitive and Affective Neuroscience subraya que nuestros rasgos sociales se originan en este órgano. Nuestras personalidades, según los investigadores, son las siguientes: insegura, extrovertida, abierta, agradable y recta. De tal manera que, gracias a la neuroplasticidad, podemos adaptar el comportamiento a las circunstancias sociales en que vivamos. Así, es necesario continuar incrementando las conexiones neuronales.

    Por ello es tan importante aprender un nuevo idioma, practicar meditación y deportes, potenciar nuestra curiosidad o transformar hábitos para estar siempre despiertos ante los cambios. Hay actividades que nos proporcionan dopamina y serotonina, las sustancias relacionadas con la felicidad y la motivación.

    Como dice el refrán, “no dejes que se abra tu boca, antes de conectar tu cerebro”. Haz de la neuroplasticidad una aliada para desarrollar nuevas habilidades en el camino del éxito y la excelencia.

    POR ISMAEL CALA

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