Reglas del prostíbulo

Bruno Peron Loureiro

La prostitución es un tema que genera discursos candentes y austeras tomas de posición.

La tentativa de dar normatividad a este “servicio” choca constantemente contra preceptos religiosos y estigmas incesantes, como el tratamiento degradante de algunos policías a las prostitutas en Brasil.

Cada vez que el tema llega a las mesas legislativas, algunos obstáculos impiden que diputados y senadores voten a favor proyectos de ley que reglamenten la profesión.

La presidenta de Argentina, Cristina Fernández revivió el debate sobre la prostitución al prohibir a partir de julio de 2011, anuncios de oferta sexual en los medios de comunicación (impresos y virtuales) que atenten contra la decencia de la mujer.

El decreto presidencial se ampara en leyes nacionales e internacionales (contra el tráfico de personas, por ejemplo) con el objetivo de reducir la violencia contra las mujeres por la explotación del sexo o del trabajo en la Argentina. Las penas previstas para  quienes incumplan las normas serán de encarcelamiento de 3 a 15 años.

Los que se resisten a la medida de Cristina Fernández, tal como se espera de estos temas polémicos, alegan que habrá una reducción de la facturación publicitaria en los medios de comunicación, la dificultad de fiscalizar el contenido de Internet, y el hecho de que la prostitución no sólo es alentada a través de los medios de comunicación.

El turismo sexual atrae rutinariamente a los extranjeros a América Latina. La “transacción“ comercial se intensifica en períodos de eventos deportivos internacionales, como la Copa Mundial de Fútbol o las Olimpíadas, o cuando se conmemoran victorias bélicas en países musulmanes.

La prostitución no es criminal en Brasil, excepto cuando saca provecho de las mujeres o cuando se mantienen casas de explotación sexual. La pena varía hasta los ocho años de prisión, sin embargo los investigadores tienen dificultades para probar que un establecimiento promueve la prostitución, ya que no es suficiente con la flagrancia única.

Se reconocen tres mecanismos jurídicos sobre la prostitución: el abolicionismo, el prohibicionismo y el reglamentarismo. El Brasil adopta el primero, que criminaliza al proxeneta y no a la prostituta. Este país además no reglamenta el oficio de prostituta, como por ejemplo lo hace Alemania, que asegura sus derechos de trabajo desde enero de 2002, en forma similar lo hacen Holanda, Suiza, Paraguay, Uruguay, Bolivia y Ecuador. En los Estados Unidos está prohibida la práctica.

La sociedad brasilera está apta, en el régimen democrático para debatir sobre el tema y conducir sus propuestas a los legisladores a fin de que las leyes atiendan las demandas del país. La Red Brasilera de Prostitutas navega por estos mares desde 1987 a través de la lucha por sus derechos y de la organización de encuentros nacionales de categoría.

Los proyectos de ley que intentan reglamentar la prostitución en Brasil, reciben críticas por definir locales específicos para la oferta del “servicio” y exigir periódicos exámenes de salud a fin de mapear las enfermedades de transmisión sexual, o por que generan discriminación o restricción de libertades, según los interesados.

Hay que considerar mientras tanto la necesidad de un mínimo de regulación para que el exceso de libertad no manche el decoro de las mujeres y la transformación de las jóvenes en adultas concientes. Esta urgencia es debida a que algunas empresas brasileras han invertido en la venta de sostenes (sujetadores, brassiers, soutiens) con rellenos para niñas de seis años.

Dentro de esa búsqueda (no siempre sensata) de aumentar la facturación, estas empresas no dudan en destruir el encanto de la infancia y despertar la libido en una edad en que lo aprendido es todo o nada.

En este aspecto es que el Estado se hace imprescindible con la elaboración de leyes que moderen la vocación mercadológica de entidades no dispuestas a pensar en el interés público.

Igualmente, la política de la reducción de la violencia contra la mujer se alía a los motores del expansivo movimiento feminista, que ha negado el machismo imperante y alzado a las mujeres a los puestos donde siempre merecieron estar –por el principio de equidad– en las sociedades latinoamericanas.

Jamás seré un defensor de la prostitución, puesto que el sexo debe provenir de excelsos lazos afectivos y no de la mercantilización del cuerpo, pero no niego la prerrogativa de las mujeres para escoger lo que hacen con sus cuerpos.

De esta manera el Estado oye los ecos de la sociedad y nos los devuelve en forma de sonidos nítidos, sin perder sin embargo el papel de corrector de extravíos.

Un comentario en “Reglas del prostíbulo”

  1. Es un tema polémico e interesante. Pero lo que me deseo destacar es un parrafito que resume o expresa la triste, banal condición de nuestra época. Creo que contiene lo peor (en cuanto a despreciable) y lo menos malo, en cuanto a perdonable, de lo que hoy somos. El autor escribe:

    “Jamás seré un defensor de la prostitución, puesto que el sexo debe provenir de excelsos lazos afectivos y no de la mercantilización del cuerpo, pero no niego la prerrogativa de las mujeres para escoger lo que hacen con sus cuerpos.”

    Ahí está: Pocas cosas denuncian más la pobre sed ética de nuestro tiempo como esas líneas. Nadie quiere hacer el trabajo sucio. Ni siquiera queremos pensar suciamente: todo tiene que ser bueno, justo, caritativo, consciente, etc.

    Cómo se habrían reído gente como Julio César o Milcíades de nuestras miserias. Como nos habrían despreciado gente como Aquiles, el patriarca Jacob o Catón.

    Nadie quiere ser “extremista” y acusar de extremista a alguien es una cosa hoy bien fácil. Basta que tenga opiniones inusuales, “duras”, tajantes. Nadie va a hablar de guerra justa o de desigualdad aceptable o cosas así. No, ni menos de transacción o negociación. Nuestro mundo detesta los “dobles discursos”. La verdad es que no hay dobles discursos. A veces hay hasta cinco o seis en juego. Un hombre de verdad tiene que tomar posición. Es bien fácil decir: “No estoy por la pena de muerte, pero rechazo la violencia de los delincuentes sobre los inocentes.” Esa es una hipócrita y ciertamente errada forma de ponerlo. No se trata de las opciones que queremos escoger, sino de las que nos dan y las que tenemos enfrente. Plantear las cosas como ese señor que escribió es poner la realidad no ya infantil, sino de cretinos idealistas por lo menos. No dan para acá ni para allá. La vida no es así. Las especies “inflexibles” y sobre todo las estúpidas, que rechazan toda idea de adaptación, son las que primero sucumben a la muerte: la suya y las de todas las vidas que habrían podido dar de haber elegido mejor. El señor Loureiro nos ha enseñado mucho: al mostrarnos como NO debemos ser, como NO debemos pensar.

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