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Democracia en el hogar

 

La irrupción de nuevos aires democráticos en los hogares ha contribuido a renovar estilos de convivencia que hoy se nos antojarían obsoletos. Hemos sido testigos del declive del patriarcado como ideología de dominio. Durante muchas generaciones, se aceptaba como algo natural que ésta careciera de derechos, reservados solo para los varones.

Hoy semejantes principios nos parecen inconsistentes y hombres y mujeres entienden que las relaciones de pareja deben estar fundadas en el respeto y la igualdad. Ahora ya no se trata de que uno de los adultos se atribuya el derecho natural a “mandar” y “dirigir”, sino de dos personas maduras que negocian sus diferencias y sus obligaciones. La vieja visión jerárquica que atribuía al varón un estatus dominante entra definitivamente en crisis.

Es preciso revisar viejos estereotipos para poder aceptar una conducta que se atenga al valor democrático de la igualdad dentro del hogar. Uno de los más relevantes es el que adjudicaba a las mujeres las funciones nutricias de crianza y educación de los hijos y, al mismo tiempo, las tareas de limpieza y mantenimiento del hogar.

En relación a la primera de estas cuestiones, habría que decir que la asunción del varón de los compromisos educativos debe ser una exigencia. Se trata de una tarea que debe ser compartida por ambos padres para asegurar una buena crianza. Un matrimonio “democrático” compartirá esa responsabilidad y tratará de llegar a acuerdos en relación a las líneas maestras que orientarán la formación de sus hijos. La ausencia de uno de los progenitores en esta labor acarrea consecuencias negativas para el desarrollo personal de los menores. En palabras del Dr. Corbella, en España, “si se comparte la decisión de tener un hijo y el gozo de su nacimiento debe también compartirse la experiencia de su crecimiento”.

Con respecto a las tareas domésticas, cabría hacer algunas consideraciones. Las labores del hogar deben ser compartidas equitativamente teniendo en cuenta gustos, capacidades o disponibilidad horaria. Habrá que transitar desde la comodidad o la explotación del otro hacia la complementariedad y la generosidad. Una generosidad desde la que se evite convertir la reivindicación de la igualdad en una carrera disparatada en la que se pretende medirlo todo o aquilatarlo todo.

Según un estudio realizado a nivel europeo por una conocida marca de limpieza en abril del 2010, solo el 7% de los encuestados españoles creían que existía igualdad en el reparto de las tareas del hogar. Sin duda es una cifra que revela un desequilibrio llamativo y nos alerta de que, en el terreno de la tan cacareada igualdad, aún queda un largo camino por recorrer.

Quienes se han dedicado al estudio del funcionamiento de los sistemas humanos nos advierten que una de las características de una unidad familiar es que en ésta debe existir siempre un principio de jerarquía. La familia no es una comunidad de iguales en la que todos tienen el mismo “poder” y las mismas responsabilidades. Como sistema humano destinado a cumplir importantes funciones de socialización y de educación, no puede funcionar sin una buena definición y un correcto ejercicio de la autoridad o del liderazgo.

La teoría sistémica nos ha demostrado que las familias desestructuradas en las que impera el caos por carecer de figuras que ejerzan el liderazgo son incapaces de ejercer sus funciones educativas, tienden al desorden permanente y se convierten en estructuras en las que germinan las más variadas patologías.

El ejercicio de la autoridad deberá apoyarse en los sólidos pilares del respeto, la tolerancia y el amor. Desde ellos se reconoce la dignidad de los hijos, se avanza desde la imposición a la convicción, se reparten responsabilidades en función de la madurez de los menores, y se crea un clima de escucha activa y de simpatía hacia las iniciativas, opiniones o criterios que contribuyan a que todos se sientan cómodos en el ejercicio de los roles.

Entre el caos y el autoritarismo existen alternativas. Una familia sana es aquella que es capaz de hallar el justo equilibrio entre ambos extremos. Es posible el correcto ejercicio de la responsabilidad paterna sin recurrir a actitudes dictatoriales, es posible no renunciar a un razonable control sobre los hijos sin dar la espalda a la demanda de autonomía personal que éstos puedan reclamar al ritmo que irá marcando su propio proceso de crecimiento.

A. Gimeno, en alusión a estudios de Beavers y de Pittman, subraya que la familia funcional necesita que la autoridad la sustente la pareja. Una relación sana en el subsistema conyugal permite llegar a decisiones compartidas ante los hijos, lo que introduce claridad en el sistema y previene frente al desorden y la confusión. Por el contrario, las relaciones disfuncionales entre adultos, las luchas de poder más o menos larvadas que pueden arrastrar a uno de los cónyuges o a ambos a buscar alianzas con alguno de sus hijos para hacer frente al otro progenitor, son perversas en sí mismas. Fundamentalmente porque acarrean funestas consecuencias, sobre todo para los menores.

 

José María Jiménez

Catedrático de Filosofía, terapeuta familiar y vicepresidente internacional del Teléfono de la Esperanza

http://www.telefonodelaesperanza.org

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