NIÑOS DE LA GUERRA

Han cambiado sus muñecos por un kalashnikov y se han convertido en los “soldaditos de plomo” con los que otros “juegan” a la guerra. Son los niños soldado, una más de las caras oscuras de la guerra y una de las peores vergüenzas de la comunidad internacional. Más de 300.000 menores participan en conflictos armados en 86 países, repartidos por los cinco continentes, según Amnistía Internacional.

Organizaciones no gubernamentales como Entreculturas, Save de Children, Servicio Jesuita a Refugiados, Fundación el Compromiso o Amnistía Internacional exigen a los Estados que ratifiquen el Protocolo Facultativo de la Convención de los Derechos del Niño.  De este modo se unen a la campaña de Naciones Unidas Nadie menor de 18 años, que exige un compromiso firme de los países para que ninguna persona menor de 18 años pueda ser reclutada en las Fuerzas Armadas o grupos armados no gubernamentales. Un total de 134 países lo han ratificado, pero 24 no lo han firmado y 35 no lo aceptan.

 

Miles de menores han sido desmilitarizados en Afganistán, Burundi o Costa de Marfil gracias a programas de reinserción y desmovilización, pero otros conflictos han estallado o se han intensificado y dado origen a nuevos reclutamientos para grupos gubernamentales o insurgentes. Irak, Chad, Somalia o Sudán son sólo algunos lugares en los que se captan niños para fines bélicos.

 

Los menores son carne de cañón. Da igual si son reclutados por la fuerza o de forma voluntaria. Una vez preparados para la guerra, no temen a nada. No protestan, son piezas reemplazables con facilidad y fanáticos cuando se sienten integrados en el grupo. Pronto se convierten en chicos para todo: acarrean el agua, llevan mensajes o espían al bando contrario. También son los “héroes” accidentales de misiones suicidas. Sin ser conscientes de que peligra su vida, buscan minas antipersona, se convierten en señuelos, colocan explosivos y, si se precisa, disparan sus pistolas y armas automáticas.

 

“Te dan un arma y te obligan a matar a tu mejor amigo. Lo hacen para ver si pueden confiar en ti. Si no lo matas, le ordenan a él que te mate a ti. Tuve que hacerlo porque, de lo contrario, me habrían matado a mí”, cuenta un adolescente de 17 años que, con sólo 7, se unió a un grupo paramilitar colombiano.

 

Aparte de las secuelas físicas que acarrea la participación en conflictos, los menores sufren graves consecuencias a nivel emocional. Unos son víctimas de abusos sexuales, otros son testigos mudos de asesinato y violaciones. Muchos participan en matanzas y la mayor parte padece importantes trastornos psicológicos.

 

La reinserción de estos niños no es fácil. Muchos han sido drogados para contrarrestar el terror y tienen miedo de no ser aceptados por su comunidad, que fue testigo de todas sus atrocidades.

 

Dora Akol, directora de World Vision, organización dedicada a asistir psicológicamente a quienes fueron niños soldados, explica: “Algunos de ellos ya no pueden controlar sus agresiones, incluso aunque ellos mismos sufran con aquello en lo que se han convertido. E incluso cuando las familias de estos niños desean volver a acogerlos, conviven con ellos con miedo”.

El drama de los niños soldados no es exclusivo de los países empobrecidos. Amnistía Internacional denuncia que, aunque en Europa y Estados Unidos los menores no participen en las guerras, se les adiestra en campos de reclutamiento para menores de edad. Reino Unido permite que adolescentes se unan de modo voluntario a sus fuerzas armadas a los 16 años y que entren en combate a los 17. En Estados Unidos, el Pentágono recluta niños de hasta catorce años en las escuelas. Aunque su formación dista de la que se imparte en los países empobrecidos, la finalidad es la misma: prepararlos para matar.

El reclutamiento de menores es un crimen de guerra y va contra la declaración de los Derechos del Niño. En cualquier situación, los menores deben ser los primeros que reciban protección y socorro, y debe apartárseles de toda forma de crueldad y explotación. Un mundo que envía a sus niños a la guerra se condena a su propia destrucción.

 

 

 

Sara Cañizal Sardón

 

Periodista

 

ccs@solidarios.org.es

 

 

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