EL PASTOR DEL SALMO

El conjunto de los 150 salmos que habitualmente se les denomina salmodia, es la columna básica de la Liturgia de los Horas, que a vez está constituida por tres horas mayores y tres horas menores, que se rezan a lo largo de las 24 horas del día.

La persona que habitualmente utiliza los salmos en sus rezos, es aquella está recorriendo el camino con verdadero entusiasmo. En su amor al Señor, esta persona al emplear los salmos, como instrumento para estrechar más sus relaciones con el Señor, quizás sin darse cuenta ha puesto en su amor al Señor, un cierto sentido lírico y poético, y bien sabemos que en el amor, el que ama se siente inclinado a la lírica y a la poesía.

Ya en el A.T. los salmos eran elemento esencial, para relacionarse con Dios, sea alabándole en su fuerza y grandeza, fuese para darle gracias, fuese para invocar su ayuda en los trágicos momentos, de la historia del Pueblo elegido. Ahí tenemos la derrota frente a Nabucodonosor, y el destierro a Babilonia: “¿Cómo podríamos cantar un canto de Yahveh en una tierra extraña? ¡Jerusalén, si yo de ti me olvido, que se seque mi diestra! ¡Mi lengua se me pegue al paladar si de ti no me acuerdo, si no alzo a Jerusalén al colmo de mi gozo!” (Sal 137,4-6).

San Francisco de Sales, con respecto a los salmos, decía: “Los santos, tienen a Dios por autor y hay pocas oraciones que puedan ser compartidas tan íntimamente con Nuestro Señor. Él mismo los recitó durante Su vida sobre la tierra y continuará diciéndolos en nosotros y con nosotros, si Le permitimos hacerlo así”. Los salmos al estar integrados en el A.T. no puede caberle la menor duda a un católico, que todos ellos son de inspiración divina, incluidos aquellos que muchas veces a nuestros oídos nos suenen como paganos o es más hasta casi blasfemos, por lo duras que son algunas de sus expresiones.

Pero precisamente eso es lo que los convierte en oraciones, que salvan al hombre del servilismo,  devolviéndole la sinceridad de sus sentimientos y enseñándole a educarlos. La oración de los salmistas es tan realista, que al lado de la alabanza, la súplica, las peticiones de perdón, y las acciones de gracia, se recogen también sentimientos de indignación e incluso de venganza. Y es que, ante los continuos abusos de los déspotas, el israelita piadoso no tiene miedo de decir que deseaba que desaparecieran, ni de pedirle a Dios que los castigase.

Los Salmos son una forma de orar muy especial, pues relatan de modo muy directo y humano las alegrías y las tristezas de la vida, las virtudes y los pecados. Son portadores del mensaje de que en última instancia el bien prevalece. Y cuando ves a la gente que mencionan los salmos para unirse al Señor, esto le hace a uno pensar, que esto ya sucedía hace miles de años. En los salmos se encuentran todos los sentimientos del hombre compartidos por Cristo como hombre perfecto que era y es, ya que en los salmos Él ora por nosotros, con nosotros y por medio de nosotros. Y nosotros lo hacemos también con el corazón de la Virgen, que en el Magnificat, ora con la voz de todos los pobres de espíritu.

El conjunto de los 150 salmos que habitualmente se les denomina salmodia, es la columna básica de la Liturgia de los Horas, que a vez está constituida por tres horas mayores y tres horas menores, que se rezan a lo largo de las 24 horas del día. Los monjes que siguen la regla de San Benito y todas las órdenes monásticas entonan los salmos unas veces cantando y en otras órdenes rezando verbalmente en el coro. Thomas Merton escribe que: “Quienes sitúan su vocación de plegaria en la Iglesia, descubren que viven en los salmos, pues los salmos inciensan a cada compartimiento de su vida”. Pero aunque la salmodia sea un rezo específico de la vida consagrada y en especial de la monástica, no por ello se ha de pensar que su finalidad es producir la contemplación, y que le está vedad al resto de los mortales.

Tampoco pensemos que el ser fiel diariamente a la Liturgia de las Horas, es solo algo a lo que están obligados todos los presbíteros y diáconos, porque también hay seglares que impulsados por su amor al Señor, mantiene voluntariamente, en su vida diaria esta devoción, que tan estrechamente una a la persona con su Creador.

En relación a los salmos ha venido a mis manos una corta historia que voy a relatar. Una vez en una cena coloquio de carácter social, en la que se encontraba un famoso actor teatral, el actor entretuvo a los comensales declamando diversos textos de autores clásicos españoles. Cuando ya había declamado un cierto tiempo, se ofreció a que le pidieran algunas interpretaciones. Entonces tímidamente un sacerdote que allí se encontraba invitado, le preguntó al actor si conocía el Salmo 23, a lo que el actor respondió:

Sí, lo conozco, pero estoy dispuesto a recitarlo sólo con la condición de que después también lo recite usted. Se hizo un cierto silencio en la sala, pero  el sacerdote un poco azarado accedió a la petición del actor.

El actor tomó la palabra y comenzó, haciendo una bellísima interpretación, con una perfecta dicción.

“El Señor es mi pastor, nada me falta; en verdes praderas me hace recostar.

Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas.

Aunque camine por cañadas oscuras, nada  temo, porque Tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan.

Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos.

Me unges la cabeza con perfume y mi copa rebosa.

Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida.

Y habitaré en la casa del Señor por años sin término”.

Los comensales, al final, aplaudieron vivamente. Llegó el turno del sacerdote, que se levantó y recitó las mismas palabras del Salmo… Esta vez, cuando terminó, no hubo aplausos, sino un profundo silencio. Algunos se le habían saltado las lágrimas. El actor se mantuvo en silencio, después se levantó y dijo a todos, notablemente emocionado: Señoras, señores, espero que se hayan dado cuenta de lo que ha sucedido esta noche y lo hayan comprendido. Yo conocía el Salmo, pero este hombre: ¡Conoce al pastor!

Deseo de corazón, que todos seamos capaces de rezar con la salmodia, poniendo a flor de piel nuestros sentimientos de amor al Señor, que espera gozoso el incienso de nuestras oraciones.

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

Juan del Carmelo

fuente: Religion en Libertad

2 comentarios en “EL PASTOR DEL SALMO”

  1. Libertad
    Un discípulo corrió a los pies de su Maestro y le suplicó diciendo:
    – ¡Venerable Señor! ¿Cómo puedo liberarme?
    – ¿Y quién te ata?, – le preguntó plácido el Maestro mientras miraba alrededor del discípulo.
    – ¡Nadie!, Maestro.
    – Pues, ¿entonces?
    La mente que ata es la mente que libera. La libertad auténtica no nos la puede dar nadie. La libertad es un quehacer, una tarea que dura toda la vida. Nadie puede ganarla para otro, porque la libertad no es un concepto ni una idea sino una experiencia.
    O como dice un viejo amigo. ¡No se puede experimentar sino experienciar! Y, entonces, ya nunca se olvida su sabor. Es evidente que esa

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  2. Levantar la mirada para vernos unidos

    «Nuestros padres adoraron en esta montaña,
    y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar…» Juan 4,5-42

    El relato del encuentro de Jesús con la mujer samaritana, contiene un paradigma de lectura del estilo de convivencia organizacional del pueblo, estilo que por la condición de pecado del ser humano, lleva a la división y enemistad. Tengamos en cuenta que el relato hace referencia a generaciones posteriores a las que protagonizaron la división y enemistad entre los pobladores de Samaria y de Jerusalén. El pozo de Jacob carga con el símbolo de la atención que Dios ha dado al pueblo abasteciéndolo de agua, sin agua la vida orgánica estaba condenada a muerte, de ahí la comprensión de que si el pozo no se secaba Dios seguía proveyendo y asistiendo al puebl o, convirtiéndose en símbolo que justificaba las razones que hubieran para sostener las diferencias con los pobladores de Jerusalén. El pueblo de Samaria veía en Jacob un modelo de expectativa mesiánica, distinta a la expectativa que se tenía en Jerusalén. Cada grupo de la población esperaba ver realizada su expectativa mesiánica, por supuesto, en su grupo y no en el del otro. Esto llevó a una larga historia de divisiones y peleas, de violenta indiferencia e interminables especulaciones y confabulaciones. La llegada de Jesús al pozo de Jacob y al pueblo de Samaria deja en claro que es necesario levantar la mirada más allá de las razones que justifican la división: “Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén se adorará al Padre” (Jn 4,21). Hay que dejar de sostener nuestras propias creencias que alimentan la enemistad entre nosotros/as, y comprender que el Mesías de Dios pretende llegar a todos/as.

    Nosotros/as, hoy en día, no escapamos de este paradigma de convivencia que nos lleva a ubicarnos en un grupo que está enfrentado a otro/s. Mayormente se trata de grupos armados por otros/as, en la actualidad o en generaciones anteriores a la nuestra, y cada grupo justifica hasta religiosamente su postura, y como es imaginable, espera el cumplimiento de su expectativa deseando que Dios ratifique la postura y razones propias para hacer lo que se hizo. ¿Cuáles son los símbolos sobre los que nos apoyamos para justificar nuestra postura frente a los demás grupos?, ¿Templos?, ¿Ritos?, ¿Doctrinas?, ¿Nombres de personas?, ¿Modelos?, ¿Visiones o visionarios/a s? Nada de esto garantiza la ausencia de discriminación, división, peleas, indiferencias, especulaciones y confabulaciones. ¿De qué se tratará el planteo que Jesús hace de que la verdadera adoración debe hacerse en Espíritu y en Verdad? (Jn 4,23). ¿Acaso nosotros/as no adoramos en espíritu y en verdad? Claro que lo hacemos, pero al igual que los de Samaria y Jerusalén, lo hacemos en el espíritu y en la verdad de nuestro grupo. Para orientarnos a la adoración, a la que se refiere Jesús, será necesario levantar la mirada más allá de los intereses de nuestro grupo y trabajar por la reconciliación. Trabajar por conciliar los ánimos desunidos es la adoración que tra sciende las visiones, modelos, el nombre de personas, ritos y Templos. El alimento del Hijo de Dios es cumplir la voluntad del Padre (Jn 4,34), y esto consiste en conciliar los ánimos desunidos y no favorecer los intereses de un grupo por sobre otro. El alimento de los grupos cristianos no puede ser distinto al de Jesús, dado que todo lo que acreciente la desunión de los ánimos va en contra de la voluntad de Dios. Esta es una nueva manera de comprender la expectativa mesiánica, donde estamos llamados/as a reconciliarnos, sobre todo con aquellos/as con quienes heredamos división y enemistad.

    Generalmente cuando los grupos -sobre todo los cristianos- se predican a sí mismos, no hacen más que seguir reproduciendo lo que sentían los pobladores de Samaria y Jerusalén antes de Jesucristo, es una manera de ir predicando un dios a su propia imagen y semejanza. Sin embargo si se predica a Cristo, es decir a la reconciliación, se va más allá de las propias creencias, confiando desde la fe en la salvación que Dios realiza. El pueblo no puede quedarse con lo que alguien dice sobre el mesías, debe llegar a creer por haberse encontrado con el mesías (Jn 4, 39-42). No podemos aspirar a que el pueblo se encuentre con noso tros/as solamente, porque la salvación no está en nosotros/as, ni en nuestros ritos, ni en nuestras visiones y modelos, ni en nuestros Templos, el pueblo necesita encontrarse con Jesucristo, es decir con la reconciliación, ese es el camino de salvación.

    Fabián Paré.

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