EL DERECHO DE APRENDER

por Marycruz Najle

“La perversión  más grande de una sociedad, es permitir que la falta de educación se perpetúe como si viviéramos en un sistema de castas.  Los que nacen de este lado de la calle, podrán estudiar; los que tienen la mala pata de nacer del otro lado, ¡Se embroman!”

“La única oportunidad de salir adelante en la vida para un chico pobre es la educación”. Las palabras del doctor Fleming, un especialista canadiense en políticas públicas educativas que disertó sobre el tema en una jornada en Asunción, deberían retumbar a todo volumen en nuestros oídos.

La noticia publicada ayer, que anunciaba que ninguno de los más de mil jóvenes egresados de la educación media del país, que postularon a becas de la Itaipú Binacional, habían alcanzado el mínimo de 80% de la prueba, debería dolernos más que una cachetada en pleno rostro.

 

“Y que conste que éstos son los seleccionados entre los de mejor promedio , los mejores alumnos”, dijo una compañera, agregando más sal a la herida que en el alma se le abre a una cuando calcula los numerosos daños colaterales que eso representa para un país. Duele saber que los mejores ni siquiera alcanzan a responder simples preguntas o resolver problemas simples, al alcance de cualquiera.

 

La perversión más grande de una sociedad, es permitir que la falta de educación se perpetúe como si viviéramos en un sistema de castas. Los que nacen de este lado de la calle, podrán estudiar; los que tienen la mala pata de nacer del otro lado, ¡se embroman! No importa que por el lado “equivocado “ nazcan futuros científicos o maravillosos artistas que sólo podrían tener la oportunidad de salir de la miseria, gracias a la mano generosa de algún ángel salvador disfrazado de mecenas, que los descubra y le dé una mano.

 

Lo malo de esta situación es que no debería ser así. La educación y la oportunidad de aprender de un niño no deberían depender de la beneficencia ni de la buena voluntad , sino ser parte de sus derechos básicos. La oportunidad de ser, de elegir libremente, de aprender y elegir el destino, debería ser tan natural como la de poder respirar.

 

La falta de acceso a la mejor educación, debería ser un delito de lesa humanidad. Porque significa impedir que un ser humano, tenga las capacidades que tenga, las desarrolle en su máxima expresión. Así de sencillo.

 

Pero para transmitir ese mensaje, esa idea de que aprender es mucho más que saberse de memoria unas cuantas fechas y nombres de batallas, sino un proceso para el que todos los seres humanos venimos preparados “de fábrica” y merecemos, vivamos en donde vivamos, hacen falta docentes capaces de entenderlo.

 

¿Cómo transmitirles a ellos que tienen en sus manos el futuro de cuarenta o más niños y niñas a las que tienen que guiar por la senda del proceso de aprender? ¿Cómo explicarles que su función es mucho más trascendente que el mero hecho de pasar por el cajero a retirar su escaso salario cada mes? ¿Cómo decirles que las letras y los números no son solamente cosas que se acomodan apretadas en los pizarrones, sino maravillosas oportunidades para ellos y los chicos, que emprenderán un viaje extraordinario y sin fin hacia el conocimiento?

 

Educar al soberano, insistían los primeros reformistas, pensando en que el pueblo educado, tendría derecho a pensar en un futuro mejor. “Educar a los que educan”, debería ser el lema que domine los próximos años, para evitarles a los jóvenes la vergüenza de seguir postergados y sin fe, abrazados a la ignorancia y sumidos en la frustración.

 

2 comentarios en “EL DERECHO DE APRENDER”

  1. Sobreviven sin educación básica

    No saben leer. No podrán nunca escribir una carta, ni un libro, ni una simple nota. No conocen a Hans Christian Andersen, ni a Walt Whitman, ni a Oscar Wild. Serán incapaces de entender y deleitarse con las obras de Miguel Ángel, de Édouard Manet o de Salvador Dalí. Es posible que nadie les haya leído nunca un cuento. Ellos tampoco se los leerán a sus hijos, ni a sus nietos.
    Unos 250 millones de niños en el mundo no reciben una educación básica. Algunos dejan la escuela a edades muy tempranas, otros no llegan a pisarla. Son muchos los que viven en zonas de conflicto o en sitios desfavorecidos, donde escasean profesores y medios para el aprendizaje. La mayoría se ven en la obligación y en la necesidad de trabajar para sobrevivir. No disfrutan de sus derechos, en concreto del derecho a tener una enseñanza digna, recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

    Sin esa educación no tendrán un desarrollo intelectual comparable al de una persona que ha ido al colegio. Aprenden por la experiencia, pero solo entienden su mundo. Se acostumbran a lidiar con situaciones desesperantes, al trabajo duro y a vivir con muy poco. Su personalidad se forma en un ambiente escaso de cultura. No adquieren aptitudes básicas, ni los valores necesarios para ser personas libres. Será difícil que juzguen por sí mismos una realidad distinta a la que viven. La falta de conocimientos impide que tengan ideas firmes y que puedan defenderlas con argumentos. Tienen enormes carencias de las que ni siquiera serán conscientes. Su futuro se limita a seguir trabajando sin descanso, a tener hijos a los que tampoco podrán educar, y a no poder mejorar su calidad de vida.

    Esto los hace más vulnerables ante cualquier forma de poder. Ejercer un control sobre ellos es muy fácil porque resultarán muy manejables.

    No alcanzarán el progreso si no ponemos a su alcance los medios necesarios. No tendrán aficiones. Se dedicarán a subsistir. Su vida carecerá de sentido debido a todo lo que se pierden.

    Les enriquecería tanto atender a un buen maestro, aprender matemáticas, idiomas, leer, escribir, viajar, conocer otras culturas, observar obras de arte, estudiar historia, escuchar música, ir al cine, a museos, a exposiciones, a teatros, disfrutar del silencio de una biblioteca, ir al colegio, jugar en el recreo… Sin educación corren el peligro de quedarse estancados, de no avanzar.

    Bárbara Sánchez Labajo

    Periodista

    ccs@solidarios.org.es

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  2. Siete atajos que tomamos para NO APRENDER
    PUBLICADO POR JOTAEFEB ⋅ 11/04/2013 ⋅ DEJAR UN COMENTARIO
    ARCHIVADO BAJO EDUCACION
    Para ser creativos tenemos que tener algunas habilidades. No sólo habilidades de las consideradas “creativas” (flexibilidad, capacidad de divergencia, imaginación, etc.). También, y sobre todo, las habilidades, destrezas y conocimientos propios del ámbito en el cual creamos.

    Un músico creativo debe saber manejar un instrumento, manejar (aunque sea intuitivamente) elementos de armonía, tener nociones de cómo se trabajan los sonidos en la actualidad y así por el estilo.

    Un persona que quiere crecer en una empresa debe saber de su oficio en particular (marketing, finanzas, sistemas…) y, además, debe tener ciertas habilidades vinculadas al management, por ejemplo, capacidad de liderazgo, buen manejo del tiempo, saber comunicar sus ideas, etc.

    Hace algunos años, solía considerarse a la creatividad como una especie de polo opuesto del conocimiento. Hasta llegaba a suponerse que la creatividad estaba especialmente motivada por la falta de conocimiento ante un problema: “como no sé resolverlo, tengo que ser creativo”.

    Pero, desde hace algún tiempo, sabemos que el dominio de habilidades específicasque hacen a nuestra área de incumbencia, es un componente imprescindible de la creatividad.

    Cuando nos negamos a aprender, también nos estamos negando a desarrollar nuestra creatividad.

    Porque reconocer que debemos aprender no tiene absolutamente nada de malo. Y disfrutar aprendiendo, incluso, ayuda muchísimo a la creatividad.

    En algún punto, esto parece obvio. Sin embargo, estoy notando demasiado seguidoque hay gnete que ve a sus necesidades de aprendizaje como una suerte de signo dedebilidad.

    Y evitan encarar proyectos que los haga más competentes. Y hasta se enojan si alguien les señala que deberían capacitarse en algo.

    Es como si, en vez de aprender, tomáramos atajos. Aquí van, permitiéndome el humor y ciertas ironías, algunos:

    1. Conseguir alguien que nos diga que “ya estamos capacitados”

    Siempre vamos a encontrar a alguien que adule. Alguien que, sin corroborar demasiado, nos ubique en el altar de los conocedores de lo que sea.

    Típico de los grupos que se conocen hace años y que “mantienen” determinados roles.

    “Fulano ES un gran guitarrista”, dicen. Porque recuerdan nuestros rasgueos en los fogones de hace 25 años. Sin tomar nota que hace 23 que ni nos acercamos a una guitarra.

    2. Minimizar el esfuerzo del aprendizaje

    Es suponer, por ejemplo, que para aprender a hacer algo sólo falta “un poquito de tiempo” para dedicarse. Y listo.

    “Y sí… Me gustaría escribir un libro con todas mis anécdotas en la empresa. Hoy cualquiera escribe un libro. Lo que pasa es que estoy con mucho trabajo y no tengo tiempo para sentarme y escribir. En el verano arranco y en un par de meses voy a ver si le presento algo a alguna editorial”.

    3. Ofendernos

    Tomar cualquier sugerencia vinculada a nuestro aprendizaje como un agravio. Como si nos estuvieran humillando.

    – “Sería lindo que hagas algún cursito de cocina árabe”.

    – “¿Por qué? Acaso te morís de hambre con lo que cocino”.

    4. Compararnos con gente menos competente

    Siempre habrá otra persona que sabe menos que nosotros.

    – “Creo que te vendría bien agregar algunos conocimientos sobre biología para complementar tu trabajo de guía de turismo en Usuahia”.

    – “No estoy de acuerdo. Al lado de Jorge y Esteban, soy Darwin”.

    5. Decretar, por nosotros mismos, que ya sabemos lo que tenemos que saber

    – “Tenemos un nuevo cliente, importante, en Milán. Sería buenos que empieces a aprender italiano”.

    – “Estuve tres veces en Italia. Me manejo bastante bien: bonasera, grazie, bambino…Quedate tranquilo que me manejo”.

    6. Hacer comparaciones exageradas para restarle importancia al tema

    “¡Hay tala indiscriminada de árboles en Amazonas y tu única preocupación es que yo aprenda a usar el Excel!”

    7. Responder con un listado de lo que sí sabemos

    Esto es, considerar el aprendizaje estrictamente como una obligación que ya está cumplida por el hecho de haber aprendido algo alguna vez.

    “Soy técnico mecánico, tengo tres años de Arquitectura, leo inglés a la perfección, llegué a manejar obras de tres pisos… ¡Y ahora se te ocurre que tengo que aprender AutoCad!”.

    Por: Eduardo Kastika –

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