EVANGELIO DEL DOMINGO: UN CAMINO DE ALEGRÍA

Publicamos el comentario al Evangelio del domingo, primero de Cuaresma (Mateo 4, 1-11), 13 de marzo, redactado por monseñor Jesús Sanz Montes, ofm, arzobispo de Oviedo.

* * *

Antes de la escucha de la Palabra de Dios, antes de las ofrendas, antes de la comunión, la misa tiene un comienzo humilde: recordarnos que somos pecadores. No es una humillación que te aplasta, sino que es la que te permite recomenzar. La liturgia de cuaresma comienza con una afirmación impopular, que es quizás la que nos ha colgado a los cristianos el sambenito de tener una fe oscurantista. La afirmación es que necesitamos convertirnos porque somos indigentes. El salmo responsorial del primer domingo de cuaresma dice preci­samente: “Reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado” (Sal 50). Y sin embargo si el pecado (y todos nuestros fracasos y limitaciones) tuviese la palabra última y fatal, eso sería lo triste.

Eso del pecado y eso de ser pecadores, no es un “tic” cristiano, sino una realidad patente. El cristiano le pone nombre, lo reconoce, y le ofrece una solución, pero el pecado no es invención del Cristianismo. Pensemos en la generosa gama de corrupciones, inmoralidades, violaciones, robos, homicidios, injusticias, depravaciones… Pensemos en todos esos sucesos que llenan hoy día las páginas luctuosas. Estas cosas son pecado, pero no existen porque los cristia­nos las cataloguemos como tales, sino justamente al revés: porque se dan por eso las llamamos pecado y las ponemos un nombre.

No obstante, si sólo llegásemos a denominar nuestro fracaso, nuestros fallidos intentos de ser felices sin ofender, sin manchar, sin machacar, el Cristianismo sería cruel por advertirnos anticipadamente de un mal que no tiene cura, de algo que realmente no tiene solución. Pero este es precisamente el núcleo del acontecimiento cristiano: que la salvación, la felicidad, la superación de todo pecado, de todo fracaso y de toda muerte se llama Jesucristo.

Por eso el salmo 50 continúa diciendo: “Crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme… devuélveme la alegría de tu salvación”. Efectivamente, el mensaje de la cuaresma cristiana no es la condena a un terrible paredón, sino precisa­mente la más grande, la más inesperada y la más inmerecida de las amnistías.

Comienza la cuaresma. Es el desierto de todas nuestras tentaciones en donde se nos salva de la soledad librándonos de nuestras seducciones funestas. Comienza un tiempo de penitencia, de ayuno y de oración, para prepararnos a la acogida renovada de la Luz pascual que viene a iluminar todas nuestras oscuridades, la acogida de la salvación del Hijo de Dios en cuyas heridas todas las nuestras han sido curadas, la acogida de la victoria del Resucitado que viene a triunfar sobre todas nuestras muertes. Por eso, paradójicamente… la cuaresma es camino de alegría.

6 comentarios en “EVANGELIO DEL DOMINGO: UN CAMINO DE ALEGRÍA”

  1. Un domingo para el recuerdo

    Las lecturas de hoy nos cuentan una historia, pero no precisamente una historia de datos, sino una historia de salvación, de una salvación cuya fuerza de proclamación haremos bien en buscar ante todo dentro de nosotros mismos.

    Domingo I de Cuaresma, ciclo A: Gn 2,7-9; 3,1-7; Sal 50 (frg.); Rm 5,12-19; Mt 4,1-11

    Redacción de ETF – Nuestra fe apela permanentemente a la historia, es histórica. Ya desde los orígenes de Israel la formulación de fe tenía un fuerte componente histórico: «cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: “¿Qué significa esto?”, le dirás: “Con mano fuerte nos sacó Yahveh de Egipto, de la casa de servidumbre.”» (Ex 13,14). Si leemos con atención nuestro Credo, junto a la dimensión de exaltación de las tres Personas divinas, lo recorre esta evocación de la historia; el Credo cuenta una historia de creación, cruz, muerte, renacimiento, exaltación final. Nada más natural, entonces, que cuando comienza la cuaresma, cuando decididamente la nave de la liturgia enfoca la proa hacia el día más importante de todo el año celebratorio, el domingo de Pascua, se dedique un domingo a recordar los motivos históricos que llevaron a necesitar una redención.
    Efectivamente, las lecturas de hoy están engarzadas como una historia: de caída y gratuita elevación. La primera lectura nos habla de una tentación -la de Adán y Eva- en la que se sucumbió, y de una tentación -la de Jesús- en la que no se sucumbió; mientras que la segunda lectura -Carta a los Romanos- se lleva hoy un gran peso: contarnos cómo ese triunfo de Jesús se convierte en causa de triunfo para todos los seres humanos.
    Hoy los predicadores tienen un menú muy completo: si son de tendencia pelagiana (es decir, si se inclinan a valorizar la fuerza del hombre para resistir a la tentación) pueden hablar de cómo Jesús nos dio un ejemplo de resistir y triunfar frente al demonio; si son de tendencia más agustiniana (es decir que tienen menos confianza en las fuerzas del hombre) pueden hablar de cómo la lucha de Jesús frente al demonio abrió por fin el campo de la gracia, hizo posible, no el ejemplo de Jesús a nuestra vida, sino el obrar de Jesús en nuestra vida. Si al predicador le gusta jugar con la imaginación, puede evocar la escena del paraíso, con su árbol del conocer el bien y el mal, su serpiente parlanchina, etc. Si por el contrario le gusta la conceptualidad, puede enzarzarse en los vericuetos de la teología del «pecado original», concepto que san Agustín elaboró precisamente a partir de dos de las lecturas de hoy, la primera y la segunda.
    Me gustaría por mi parte detenerme en lo que creo que es la energía subterránea de las lecturas de hoy, aquello que hace que estas lecturas no sean una mera lección de protohistoria, ni un ejercicio de abstracción teológica, sino una verdadera celebración. Lo que reúne a todas estas lecturas está magistralmente expresado en el salmo, se trata de la confesión personal, la confesión de la fe, pero no de los grandes enunciados de la fe, sino la confesión de por qué mi alma se vuelve una y otra vez suplicando a Dios un rescate, y confía en que ese rescate es posible:
    «Pues yo reconozco mi culpa,
    tengo siempre presente mi pecado:
    contra ti, contra ti sólo pequé,
    cometí la maldad que aborreces.»
    La fe no deviene «confesión de fe», fe creída auténticamente y vivida más auténticamente, hasta que el pecado de Adán no es el mío, la culpa de Adán no es la mía, y la debilidad y miseria de Adán no son mi propia debilidad y miseria. El paseo por la historia nos lleva a la solidaridad esencial con todos los hombres: «todos pecaron», enuncia san Pablo. El paseo por la «teología de la gracia» alienta la esperanza de toda la Iglesia, de una comunión en la redención que ya ha comenzado. Pero no hay solidaridad en la debilidad ni comunión en la redención si yo no soy capaz de decir desde mí mismo y por mí mismo, no porque me lo manden decir, me lo enseñen en historias, ni me reciten una teología, sino porque lo percibo dentro de mi mismo como una llaga lascerante:
    «Misericordia, Dios mío, por tu bondad…»
    Las lecturas de estos primeros días de la cuaresma, y muy especialmente las de este domingo, apuntan a ese centro, a ese «yo confesante». La confesión de la fe es sin duda un hecho colectivo, como dice la fórmula en la proclamación bautismal: «ésta es nuestra fe, ésta es la fe de la Iglesia, la que nos gloriamos de profesar…». A mí me llena de emoción una fórmula que se usa en la liturgia judía y que lamentablemente no hemos tomado: «Dios nuestro y de cada uno de nosotros…». Sin embargo todas estas fórmulas, colectivas o de comunidad confesante, se apoyan y adquieren su verdadera dimensión en algo que es prereligioso y preconfesional: la mirada vuelve hacia el centro de sí mismo y descubre que, sea como sea, no puede resolver por sí mismo un lugar de llaga y dolor, de vacío y marca, de sinsentido.
    Ese sentimiento, que no es todavía religioso, ni es todavía confesión de fe, pone en movimiento «algo». En la parábola «del hijo pródigo» está hermosamente retratado ese momento en el que la llaga interior adquiere un lenguaje religioso: «sí, volveré y diré a mi padre…» La llaga pone en movimiento la posibilidad de hacerme cargo del dolor y el mal que llevo conmigo. Más allá de nuestra responsabilidad en términos jurídicos, estamos inmersos en un mal que nos mantiene alejados de Dios; incluso si nada o muy poco de él pudiera sernos imputado, permanecer sumidos en el mal es una forma de acordar con él. Tendemos (y nuestra pelagiana época, hecha de libros de autoayuda y voluntarismo ñoño, nos ayuda a ello) a considerar la culpa nada más que como un hecho jurídico. Incluso miramos con malos ojos un salmo como el 50, que enuncia «mira que en la culpa nací»; quizás nos puede parecer psicológicamente degradante semejante confesión de una culpabilidad de la que no necesariamente somos responsables. Pero la culpa, aquella de la que hablan la religión y la confesión de fe, no es sólo -y me atrevería a decir que no es ni siquiera principalmente- el derivado de haber hecho mal las cosas: hay una «culpa de existir», de permanecer en la llaga de la existencia y no clamar a Dios día y noche reclamando su intervención:
    «Devuélveme la alegría de tu salvación,
    afiánzame con espíritu generoso.
    Señor, me abrirás los labios,
    y mi boca proclamará tu alabanza.»
    Job clamaba a Dios. Jesús, clavado en la cruz, clamaba a Dios, y razona en una parábola (Lc 18): Si los jueces humanos, esencialmente injustos, hacen justicia a quien la reclama con insistencia, «Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar?» Ese clamor es precisamente el punto más alto de la religiosidad personal, el punto en que reconocemos que sólo Dios puede ser fuente de salvación. Tras ese punto llega la eclesialidad de la fe: puesto que necesito una salvación, puesto que no me salvo a mí mismo, puesto que es Dios quien me salva, me uno a todos aquellos que en su debilidad encuentran la fuerza de la confesión de fe, y son así convertidos en «los elegidos que claman día y noche».
    Casi sin darnos cuenta hemos hecho, en apenas dos párrafos, todo el camino que lleva desde el sentimiento de una llaga y vacío, hasta la confesión comunitaria de la redención. Demasiado para sólo dos párrafos. Debemos ver más de cerca algunos de esos aspectos: he hecho la distinción, un poco al pasar, entre la religión y la confesión de fe, corresponde ahora que ahondemos en ella, que penetremos en lo específicamente cristiano de lo que hablan este salmo y en general las lecturas de hoy. Estamos quizás acostumbrados a confundir una cosa con la otra, a llamar fe a la religión y religión a la fe; pero ni remotamente son lo mismo. Puede haber una desarrolladísima religión, y ni un ápice de fe. La religión puede incluso devenir folclore y negocio, y desaparecer de ella la fe, sin que podamos «objetivamente demostrar» que allí no hay fe. Y esto que pasa en las comunidades, pasa también en la vida personal: nuestra vida puede enredarse en ritos regiosos, en gestos religiosos y en movimientos interiores religiosos, pero no llegar nunca a la confesión de fe, o perderla de vista, olvidarnos de apuntar a ella y de aspirar a ella.
    La religión -lo dice cualquier manual de Teología Fundamental I- es un hecho humano, una potencialidad de cada hombre; no necesitamos ninguna revelación para que haya religión y religiones. La religión es ese movimiento humanísimo de un hombre que se vuelve desde sí mismo a reconocer frente a sí, sobre sí, a un Otro, incluso permaneciendo completamente desconocido. El hombre es, por ser una creatura, «capaz de Dios», y eso no se pierde nunca, ni por el más abyecto y degradante pecado; ni aun sumido en el más bajo peldaño espiritual el hombre deja de ser capaz de Dios, capaz de reconocer fuera de sí un Otro, y de dirigirse a él. En la infinita variedad simbólica de las muchas culturas que han existido y existen, los mitos y ritos constituyen lenguaje religioso creado por el hombre, por un hombre que se intuye «capaz de Dios», y ensaya dirigirse a él, con mayor o menor «eficacia».
    Cuando un ser humano, cualquiera de nosotros, siente en sí ese vacío del que hablaba más arriba, esa llaga, «la vieja llaga de la herida en el ser», en la hermosa expresión de Alberto Moravia, puede ponerse en movimiento de ensayar un lenguaje para dar nombre a ese sentimiento, dirigir ese sentimiento a aquel que es el único que, intuimos, está fuera de ese dolor y vacío: al reconocer ese dolor y llaga como mal, al dirigir ese reconocimiento a Dios, realizamos un movimiento religioso. Cualquier hombre, de cualquier punto de la historia, puede comprendernos.
    Aun cualquier hombre puede comprendernos y acordar con nosotros cuando ese reconocimiento del mal se transforma en un pedido de salvación: «sálvanos, Señor, que perecemos…», «Ten piedad de mí, Señor, que vea, que camine, que oiga…». Siguen siendo movimientos religiosos, surgidos del interior del hombre mismo, que toma las riendas de su existencia, que no se regodea en el mal en el que está sumido, sino que por el contrario, lucha por abrirse paso en la existencia, desde el vacío y la nada hasta alcanzar a Dios. Todo eso es el «clamor» del que hablaba más arriba, y puede -y debe- realizarlo cualquier ser humano, todos somos capaces de ello.
    El problema del Dios de la religión no está en la religión… está en Dios. El problema no está en tender la mano hacia Dios, sino en si él la tiende hacia nosotros. El problema no está en llamar por teléfono, sino en si del otro lado de la línea hay alguien. Y no me refiero aquí al inútil cuestionamiento filosófico de si Dios «existe», sino a la pregunta mucho más radical, que no dirigimos a los demás acerca de Dios, sino al propio Dios: «¿pero realmente estás ahí?» Podamos o no definir la libertad, la experimentamos, vivimos inmersos en ella, la experimentamos incluso ya en el sentimiento de la llaga y en el origen de la religión: todo eso que sentimos puede o no convertirse en clamor a Dios. Si no somos libres de estar sumidos en el mal y el vacío, sí que lo somos de encontrar desde esa nada un lenguaje para clamar y reclamar a Dios. Y si nuestra libertad, que es creada, es tal que podríamos permanecer por siempre sentados en el mal y en el vacío y no querer hablar con Dios de eso, ¿acaso no podría la misma libertad de Dios rehuir nuestro llamado, no tender la mano, no levantar el teléfono?
    Dios no salva en automático, no existe el «programa 14, de lavado, secado y salvación». Si es religioso dirigirse a Dios clamando por su auxilio, es profundamente irreligioso y blasfemo hacer de Dios una máquina de salvación. «Siempre aparece un dedo del cielo dispuesto a socorrernos», ironiza Kierkegaard contra esa religión de consumo de la salvación, mientras se pregunta si esas trombas de agua que descienden del cielo arrollando todo a su paso, serán esos benditos dedos de Dios. Clamamos a Dios, reconocemos nuestro mal, nuestro dolor, nuestra culpa… si queremos. Dios nos salva… si quiere, si le parece bien, si desea hacerlo. ¡Hombre! ¡Cómo no va a desearlo? Pues a decir verdad no sé, bastante tengo con tratar de entender las contradicciones de mi libertad como para dar cátedra de la interioridad de la libertad divina. Lo único que sé es que si yo soy (limitadamente) libre, Dios lo es ilimitadamente, y que esa libertad implica decidir responder a nuestro llamado, decidir querer salvarnos.
    La confesión de fe comienza cuando la religión terminó su trabajo, terminó de pedir, de clamar, de implorar, y podemos ahora con toda serenidad sentarnos a ver -porque Dios mismo nos los deja ver- los signos de salvación que nos rodean, que ocurren en nosotros mismos, que ocurren a través nuestro, que ocurren en los demás, y decir: «Sí, ha querido salvar, ha salvado». La religión se resuelve en un clamor, está suspendida del futuro, se abre a la esperanza sin que pueda aun fundamentar acabadamente esa esperanza. La confesión de la fe se resuelve en una historia, en el recuerdo de que Dios podrá volver a salvar, puesto que ya ha querido hacerlo. Si la religión es un hecho humano universal, la confesión de la fe es particular, es de comunidades y grupos, es de Iglesias. Para nosotros, los que creemos en Cristo, la confesión de la fe es reconocer la obra de Dios en Jesús: sí, él fue escuchado, como dice Carta a los Hebreos: «habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente.» (Heb 5,7) Y si él fue escuchado, todos los demás pueden ser escuchados; «también a mí me diste esperanza», reconoce serenamente la secuencia de difuntos (Dies irae).
    Entre el sentimiento de vacío y el clamor religioso se mueve nuestra libertad, entre la religión y la confesión de fe se manifiesta la libertad de Dios. Libertad que no podemos forzar, que no podemos manipular, que no podemos obligar, pero que podemos serenamente aguardar, ahora que hemos visto viva y eficaz la obra de Dios en Jesús, y por haber visto, celebrar. Como señala la Carta a los Romanos que hemos leído hoy: «Cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán y reinarán todos los que han recibido un derroche de gracia y el don de la justificación.»

    Abel Della Costa
    13-mar-2011

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  2. Triunfo de la vida sobre la muerte (Mt 4,1-11)
    Semana I del Tiempo de Cuaresma – 13 de marzo de 2011

    “Por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, ya que todos pecaron” (Rom 5,12). Esta frase de San Pablo se refiere evidentemente al pecado de Adán, el padre de toda la humanidad. Por ese pecado de Adán entró la muerte en el mundo, pues a él Dios le había dicho: “Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gen 2,17). Comprendemos que Adán muriera, porque él pecó habiendo sido advertido. Pero ¿por qué “alcanzó la muerte a todos los hombres”? El apóstol explica: “Porque todos pecaron”.

    Esta afirmación se entiende en dos sentidos: a) “Todos pecaron” en Adán, es decir, todos venimos a este mundo en el estado de pecado en que nos dejó el pecado de Adán, y con la sentencia de Adán: “Morirás”. Este es el pecado original, con el cual todos somos concebidos, exceptuada la Inmaculada Virgen María, por singular privilegio. b) “Todos pecaron” en el sentido de que el hombre, privado de la gracia de Dios (aún no bautizado), llegado al uso de la razón, el primer acto responsable que hace es un pecado personal semejante al de Adán. Y a éste agrega muchos otros en su vida. Permanece, por tanto, firme la sentencia: “Por el pecado entró la muerte en el mundo”. Esto, por decir el mayor de los males, pues también es verdad que por el pecado entra en el mundo la violencia, el terrorismo, la injusticia en todas sus formas, el egoísmo, la eliminación de los ino-centes, etc. Cosas que, por desgracia, vemos crecer en el mundo.

    El Evangelio de este I Domingo de Cuaresma nos relata el antiejemplo del pecado de Adán. El mismo que hizo caer a Adán e introdujo la muerte en el mundo va a intentar hacer caer a Jesús. Pero el desenlace es infinitamente distinto. Dios había sentenciado a la serpiente antigua, refiriendose a uno que sería “descendencia de la mujer”: “Él te pisoteará la cabeza, mientras acechas tú su talón” (Gen 3,15). El diablo se arrastra y con la sagacidad de una serpiente tienta a Jesús con los placeres de la comida, de la fama y del poder. Está acechando su talón. Pero Jesús, con gesto decidido y firme, lo rechaza: “Apártate, Satanás”. Quedaba todavía la victoria final, la destrucción definitiva de Satanás. Ésta se cumpliría con el sacrificio de Jesús en la cruz, tal como lo explica la Epístola a los Hebreos: “Cristo compartió nuestra sangre y carne para reducir a la impotencia, mediante su muerte, al que tenía el dominio sobre la muerte, es decir, al diablo” (Heb 2,14).

    Si Adán es cabeza de la humanidad, Cristo, el nuevo Adán, lo es con mucho mayor razón. Si por el pecado de Adán entró la muerte, por la fidelidad de Cristo se nos devuelve la vida. Esto es lo que él declara: “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Considerando todo su misterio, el evangelista afirma: “En él estaba la vida” (Jn 1,4). Este don es el que quería destruir el diablo y es el que destruye cada vez que nos seduce. Pero fue vencido por Cristo. Por eso en este tiempo de Cuaresma adherimos a Cristo y, con su ayuda, rechazamos las tentaciones del diablo para tener vida y paz abundantes. Pues “si por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte,… cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán todos” (Rom 5,17).

    + Felipe Bacarreza Rodríguez
    Obispo de Los Angeles (Chile)

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  3. LAS TENTACIONES DE JESÚS

    «La Cuaresma conmemora los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto, como preparación de esos años de predicación, que culminan en la Cruz y en la gloria de la Pascua. Cuarenta días de oración y de penitencia. Al terminar, tuvo lugar la escena que la liturgia de hoy ofrece a nuestra consideración, recogiéndola en el Evangelio de la Misa: las tentaciones de Cristo. (Cfr. Mt 4, 111.)

    »Una escena llena de misterio, que el hombre pretende en vano entender –Dios que se somete a la tentación, que deja hacer al Maligno–, pero que puede ser meditada, pidiendo al Señor que nos haga saber la enseñanza que contiene.» (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 61.)

    Es la primera vez que interviene el diablo en la vida de Jesús, y lo hace abiertamente. Pone a prueba a Nuestro Señor; quizá quiere averiguar si ha llegado ya la hora del Mesías. Jesús se lo permitió para darnos ejemplo de humildad y para enseñarnos a vencer las tentaciones que vamos a sufrir a lo largo de nuestra vida: «Como el Señor todo lo hacía para nuestra enseñanza –dice San Juan Crisóstomo–, quiso también ser conducido al desierto y trabar allí combate con el demonio, a fin de que los bautizados, si después del bautismo sufren mayores tentaciones, no se turben por eso, como si no fuera de esperar». (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre San Mateo, 13, 1.) Si no contáramos con las tentaciones que hemos de padecer, abriríamos la puerta a un gran enemigo: el desaliento y la tristeza.

    Quería Jesús enseñarnos con su ejemplo que nadie debe creerse exento de padecer cualquier prueba. «Las tentaciones de Nuestro Señor son también las tentaciones de sus servidores de un modo individual. Pero su escala, naturalmente, es diferente: el demonio no va a ofreceros a vosotros ni a mí –dice Knox– todos los reinos del mundo. Conoce el mercado y, como buen vendedor, ofrece exactamente lo que calcula que el comprador tomará. Supongo que pensará, con bastante razón, que la mayor parte de nosotros podemos ser comprados por cinco mil libras al año, y una gran parte de nosotros por mucho menos. Tampoco nos ofrece sus condiciones de modo tan abierto, sino que sus ofertas vienen envueltas en toda especie de formas plausibles. Pero si ve la oportunidad, no tarda mucho en señalarnos, a vosotros y a mí, cómo podemos conseguir aquello que queremos si aceptamos ser infieles a nosotros mismos y, en muchas ocasiones, si aceptamos ser infieles a nuestra fe católica». (R. A. KNOX, Sermones pastorales, pág. 79.)

    El Señor, como se nos recuerda en el Prefacio de la Misa de hoy, nos enseña con su actuación cómo hemos de vencer las tentaciones, y además quiere que saquemos provecho de las pruebas por las que vamos a pasar. Él «permite la tentación y se sirve de ella providencialmente para purificarte, para hacerte santo, para desligarte mejor de las cosas de la tierra, para llevarte a donde Él quiere y por donde Él quiere; para hacerte feliz en una vida que no sea cómoda; y para darte madurez, comprensión y eficacia en tu trabajo apostólico con las almas; y…, sobre todo, para hacerte humilde, muy humilde». (S. CANALS, Ascética Meditada, 14ª ed., Madrid 1980, pág. 127.) Bienaventurado el varón que soporta la tentación –dice el Apóstol Santiago–, porque, probado, recibirá la corona de la vida que el Señor prometió a los que le aman. (Sant 1, 12.)

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  4. Derrotar al mal

    El miércoles hemos empezado la Cuaresma, tiempo dedicado a la preparación de la Pascua, para que entendamos mejor el significado en nuestras vidas de la Resurrección de Jesucristo.

    Estos cuarenta días son realmente para un poco de mortificación, de más oración y de agrandar las actitudes de solidaridad hacia los demás.

    Sentimos que el mal nos rodea por todos lados y se manifiesta a través de la politiquería inmoral, de la violencia dentro de la familia, de la inconsciencia en el tránsito y de un multifacético egoísmo.

    El Señor nos invita a unirnos a El para derrotar al mal, tarea gigantesca, pues el pecado es como un pulpo que tiene cien brazos, cincuenta estómagos y está siempre con hambre, procurando a quién devorar.

    Jesús, impulsado por el Espíritu Santo, se va al desierto para entablar una especial lucha con el Príncipe de este mundo.

    Ahí padece las tres tentaciones básicas de todo ser humano: la búsqueda del PLACER, principalmente de la comida, bebida y sexo; el gusto del PODER, donde uno se juzga intachable y lleno de sabiduría, de tal modo que todos deben aplaudirlo y obedecerle. Y finalmente, del TENER, pues realmente es fuerte la atracción de poseer cosas, bienes y derrochar en pavadas.

    Tal vez hoy día podríamos acrecentar la tentación del SABER, cuando el manejo de la tecnología de punta y de la información es elemento de dominación.

    Jesús nos enseña cómo derrotar al mal: en una palabra, con la fidelidad y confianza en Dios.

    Con más detalles, delante del placer, buscar luz en las Sagradas Escrituras; delante del poder, no tentar a Dios con la desobediencia, y frente al tener, no adorar a la tarjeta bancaria, el pie de soja, la vaca de la estancia o producto de la empresa, pero arrodillarse humildemente delante del único Señor.

    Para que alcancemos la victoria, movidos por la fuerza del Espíritu Santo, es necesario un poco más de empeño de nuestra parte.

    No derrochemos esta preciosa oportunidad que la vida nos ofrece y hagamos un propósito concreto en esta Cuaresma. Algo que sea verdaderamente realizable, como por ejemplo, abstenerse de bebida alcohólica un día por semana, o no usar cosméticos un día por semana, de modo que tengamos el dominio sobre las cosas, y no estas sobre nosotros.

    Este gesto de autodisciplina es un medio para derrotar al mal, pero debe estar asociado a la caridad. Lo que uno ahorra con su mortificación, debe compartir con el semejante más necesitado.

    Paz y bien.
    hnojoemar@gmail.com

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  5. I DOMINGO DE CUARESMA

    Al inicio del gran camino de conversión de la Cuaresma, la Iglesia nos da las “armas de la penitencia” – el ayuno, la oración y la limosna -, de entender no como un mero proposito exterior, sino como reflejo, en las obras, de la conversión interior, confiando radicalmente en la misericordia, en la bondad y en la providencia de Dios.

    Se nos conduce, como por mano e, incluso la sucesión cronológica de las lecturas parece sostener el paso hacia el camino de la liberación.

    En la primera lectura, con la historia del “pecado original” se indica el punto desde el que todos partimos. Sabemos bien que la expresión “pecado original” indica la desobediencia de las primeros hombres hacia Dios, de la cual, en un modo que nosotros no podemos comprender plenamente, deriva sea la situación inicial de “no-salvación” en la que cada hombre nace, que la tendencia al mal que cada uno experimenta dentro de sí mismo.

    Además de este primer significado se señala tambien el pecado que es el origen de todos los demás pecados: el orgullo, el considerarse autosuficientes, independientes de cualquier vínculo, y el querer tener la vida para sí mismos, sin abrirla, sin dilatarla a la obra de Aquel che la creó y después nos la confió.

    Y después del renacimiento del Santo Bautismo tal inclinación permanece como una herida.
    En el Salmo 50, la oración que el hombre dirige a Dios, «Contra ti, contra ti solo pequé, lo malo a tus ojos cometí», es el primer paso de suma importancia, que la gracia divina puede lograr: el reconocimiento del propio pecado.

    Humildemente, osea, sin buscar excusas ni justificaciones representa el inicio de la liberación, ya que es cumplir la verdad y, por consecuencia, no pertenecer más al pecado, sino a la Verdad: «Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (Jn 8,32).
    Pidamos una clara conciencia de nuestras limitaciones y de nuestros pecados, la humildad de saber que siempre el tentador, que no respetó ni al Señor Jesús, nos insidia con sus mentiras, que son siempre las mismas, desde el jardín del Edén hasta el fin de los tiempos: «seréis como Dios». En la raíz de todo pecado hay siempre una mentira, como en la raíz de cada auténtica liberación esta siempre la verdad.
    Que este tiempo fuerte del año litúrgico, sea el triunfo de la verdad. Será también el triunfo de la libertad y la victoria sobre la muerte que celebramos en la Pascua.

    Citaciones di

    Gn 2,7-9: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9ak0pnb.htm

    Gn 3,1-7: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abstdc.htm

    Rm 5,12-19: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9astc2e.htm

    Mt 4,1-11: http://www.clerus.org/bibliaclerusonline/es/9abtnfd.htm

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  6. Luego el Espíritu Santo condujo a Jesús al desierto para que fuera tentado por el diablo. (MT 4,1)
    Querido hermano, querida hermana, desde este miércoles de cenizas estamos viviendo la cuaresma, tiempo fuerte de encuentro con el Señor que nos quiere llevar a una conversión siempre mas autentica y profunda. La Iglesia nos invita a meditar en este primer domingo sobre las tentaciones.
    La realidad de las tentaciones es que está presente en la vida de todos nosotros. Nadie puede decir: ‘yo nunca tuve una tentación, un mal deseo o las ganas de aceptar alguna propuesta que no corresponda con el bien y la justicia’. Es propio de la condición humana sentir tentaciones, porque somos libres. Hasta el mismo Jesús, Dios hecho hombre, fue tentado. A veces hasta pensamos que cuanto más buscamos vivir correctamente, las tentaciones son aún mayores, pero esto tal vez sea solamente una impresión, pues estando mas sensibles al bien, las reconocemos mas fácilmente.
    Las tentaciones son propias de nuestra libertad, pues podemos hacer opciones. Si no tuviéramos la posibilidad de elegir entre el bien y el mal, no seriamos libres y no tendríamos tentaciones, pero viviríamos en un determinismo instintivo como los animales, o entonces seriamos simples marionetas en las manos de Dios.
    Entonces, ya que no podemos evitar tener tentaciones en la vida, debemos al menos aprender con Jesús como vencerlas. Según lo que dice el evangelio de este domingo, creo que su secreto es conocer profundamente la Palabra de Dios. Para cada tentación Jesús supo responder con una frase bíblica precisa. No es la sabiduría del mundo, no son los cursos, los títulos universitarios, los que nos dan la capacidad de vencer a las tentaciones que se presentan justamente en los momentos en que nos sentimos más débiles (“y tuvo hambre!” MT 4,2). Por eso, la única cosa que puede hacernos suficientemente fuertes para rechazar al tentador en todos sus disfraces y desenmascarar sus embrollos, es estar imbuido de la Palabra de Dios. Por eso, la Biblia debemos leerla, escucharla y meditarla siempre. Sus contenidos, sus frases, su espíritu deben penetrar nuestra mente y nuestro corazón.
    Con todo, es muy importante ir a la fuente de la Biblia con buena intención, buscando realmente encontrar allí la voluntad de Dios. Pues si tenemos mala intención podremos encontrar en la Biblia pasajes que podrán ser manipulados, tergiversados y usadas para justificar nuestras caídas y pecados. El propio diablo también ha citado la Biblia para confirmar su tentación. Sin embargo, Jesús, que conoce el espíritu de la Palabra de Dios, no se ha dejado engañar. Él sabía que el diablo la estaba manipulando y no se quedó intimidado sólo porque el enemigo le hizo también una cita bíblica, él la rebatió con otra.
    Aprovechemos este tiempo de cuaresma para redescubrir la Biblia en nuestra vida. Tengámosla con nosotros. Leámosla todos los días. Veremos que en los momentos de fragilidad la Palabra de Dios nacerá en tus labios y será tu defensa.

    El Señor te bendiga y te guarde,
    El Señor te haga brillar su rostro y tenga misericordia de ti.
    El Señor volva su mirada cariñosa y te de la PAZ.
    Hno Mariosvaldo Florentino, capuchino

    http://www.gotasdepaz.com

    Gotas de Paz – 433 Roma, 11 de marzo de 2011.

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